Del techo sideral cuelga bocabajo una isla sorda.
Su acento silba en el viento, pero no lo escucha.
El norte ve el rabillo clueco de la isla.
Isleta, casisla chica, isla dentro disla.
Una ramita de lava le nace en la frente
y el mar la lame despacio.
Es de noche y justo arriba la luna brilla.
Regala una luz que se extiende como una manta sobre sí misma.
Me tapo de luna y hablo.
Esta boca es mía y sale de ella.
Sale arena, sale cumbre, sale un decir torcido,
un decir de barranco, de cardón y caldera.
Hablo y la isla se endereza en el aire,
se me acomoda en la lengua como un canto antiguo.
Digo risco, digo charco, digo calima,
digo sangre seca como presas secas.
La isla me responde con un ruido de mareas,
con un soplido que lanza al cielo dado vuelta.
Y en este techo estrellado me quedo bocabajo,
con la manta de luna cubriéndome la voz
mientras la isla, sordamente,
aprende a oírse —y a oírnos—
escuchando esta canción.