Revista n.º 1053 / ISSN 1885-6039

De cuando mi cuñada se emperró en apuntarse a un cursillo de natación.

Sábado, 5 de marzo de 2005
Alfredo Ayala
Publicado en el n.º 42

Todos los años, con el fin de formar y entretener a la pollería, el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria lanza un intenso programa de actividades culturales, recreativas y deportivas que tienen gran aceptación entre la población. Mi cuñada, madre de cinco hijos, galletones todos,...

Foto Noticia De cuando mi cuñada se emperró en apuntarse a un cursillo de natación.


Mi cuñada, madre de cinco hijos, galletones todos, trincó uno de esos programas de mano y lo leyó detenidamente. Concluida la lectura, vio en ese reclamo la posibilidad de escaquearse de la casa y ponerse en remojo cual garbanzo, lejos de la rutina diaria que dictan las labores del hogar.

Felipa, mi cuñada, que así se llama, preparó su táctica de mujer y esperó el momento oportuno. Mientras le daba vueltas y más vueltas a las cebollas para que no se quemaran, perfilaba todos los detalles de su estrategia. En su rostro se le dibujaba esa sonrisa característica que posee el mal llamado sexo débil cuando quieren convencer al marido de algo que les interesa.

Julián, su marido, es de esos hombres sumamente prudentes al que el dinero en el bolsillo le cría musgo; que sabe de penurias y estrecheces desde aquellos años infantiles en que, en su desértica Fuerteventura, comenzó haciendo mandados hasta hoy, que una reducción de plantilla presentada por la empresa le afectó dejándolo a la deriva con tres escasos millones, una vivienda a medio terminar, ochenta mil pesetas de paro y 58 años sobre el lomo. No ha hecho, en su aperreada vida otra cosa que trabajar. Temeroso de Dios, enemigo de Felipe González y esperanzado porque vuelva al poder Aznar, sigue pensando que con Franco se vivía a "tutti play", aunque él desconozca lo que significa, simplemente, vivir.

Mi cuñada, que en sus años de soltera alternaba el trabajo en la desaparecida factoría de Lloret y Linares], con sus horas de lectura de novelas del Coyote y Corin Tellado tumbada a la bartola, tiene una mirada desafiante y una frescura que se debe adquirir en la universidad de la calle, propia de los que nada tienen que perder. Físicamente es como una hamburguesa con patas; no puede agacharse porque su ancha barriga se lo impide y nunca me he explicado cómo se puede amarrar las Adidas. ¿Tendrá un mando a distancia...?

Mi cuñada, es enredadora, mezquina, aprovechada y hasta podría decirse licenciada en arte dramático. Capaz de las más inverosímiles artimañas para salirse con la suya... Enferma de conveniencia, ha llegado a convencer a la familia de que su sangre no circula por las venas, sino entre cuero y carne. Pero todos estos "pequeños defectos" se convierten en virtudes para Julián que, si bien es crítico y severo para los demás, es consentidor y defensor de los suyos, con mentiras incluidas. Julián, es parco en el decir; Felipa, capaz de conversar bajo el agua. Julián sólo sabe un par de poesías que aprendió por transmisión oral y recita de memoria cuando tiene un par de copas; Felipa primero estimula para que Julián se jinque los pizcos hasta el desatino. Ella aprovecha su estado para fingir tremenda calentura autóctona y hacer lo que quiere. Julián, que de estas artes marciales no sabe nada, siempre sale noqueado y sometido al dictado de su mujer.

Al día siguiente, una vez evaporado el efecto del alcohol, recién bañado y dando olor a agua floriá pa'despistar, irrumpe Julián en la cocina con la vergüenza por fuera y la felicidad por dentro... Felipa aguarda el momento con el papel aprendido. Con cara agria y unos besos mas pronunciados que unas chácaras, comienza su actuación. A modo de susurro, pero con contundencia, arranca su puesta en escena...¡¡Borracho!! ¡Qué ejemplo para tus hijos! Esa es tu vida, estar todo el día encerrado entre cuatro paredes sacrificándonos a todos y tú haciendo lo que te gusta. ¡No piensas en nadie! ¡Quién me mandaría a mí casarme con un albañil! Sabes que yo estoy fatal de la columna y no me das sino mala vida. Además, tú que tienes esa alergia al cemento que te esta destrozando las manos... Julián se queda con las orejas gachas y se siente vapuleado. Felipa aprovecha la ocasión de que su compañero está groggy y sentencia. ¡Pero esto lo arreglo yo como Felipa que me llamo! ¡Vaya si lo arreglo! Mañana me voy a la piscina Julio Navarro, me apunto al cursillo de natación y si quieres ir vas, si no, te quedas.

Y de la misma manera que los ilusionistas sacan el conejo de la chistera, Felipa se apresuró a hacer el descabello, usando como escudo los niñitos... ¡Parece que no eres ni padre...! No te das cuenta que estos niños necesitan salir de tanta porquería. Ya estoy harta. 20 años construyendo un solar, los niños mas blancos que un tipex y nosotros dos enfermos... Julián refleja en el rostro la derrota.

El dominio ha sido tan abrumador, tan apabullante, que sólo le queda el recurso de rezongar para sus adentros y adivinar un mañana al borde de la piscina respirando cloro, lejos de su ambiente natural.

Felipa, al día siguiente, está radiante como novia que ha cazado a un buen pretendiente... Ya están todos apuntados para ir a la piscina. Los niños, aleccionados por mi cuñada, se levantan de madrugada, como si fuera Día de Reyes, y se enfundan los bañadores de hace unos cuantos veranos. Cuatro carantoñas al padre dictadas por la madre es combustible suficiente para que Julián no rompa la ilusión de los "angelitos". Los siete suben al fotingo, ladera abajo, hacia Julio Navarro. Julián, no sabe nadar; Felipa, tampoco. Los niños de hoy, con sólo oler el agua, nadan cual longorón. Mi cuñada es más ancha que alta. Tiene las piernas y los brazos cortos y hasta, si me apuran, sus manos son de "pegona". Desconoce lo que es el ridículo. Luce un bañador entero que soporta a duras penas su grueso volumen. La cremallera, se requinta como las cuerdas de un timple pero resiste con éxito la presión de su flácido y orondo estomago. Llega a la escalerilla, toca el agua, se hace la señal de la cruz casi tantas veces como el luchador Cirio Morales y desciende por la parte menos honda.

Julián observa. Es el hombre rural sacado de su ambiente habitual. Quiere meterse en remojo pero no puede hasta que no haga el acopio de arrestos necesarios. Los hijos, le llaman de todo: miedica, cobardica. Al final, después de observar detenidamente las evoluciones de cuantos están en las piscina, se decide a meterse en el agua. Se ve junto a su mujer y sus hijos en la parte menos profunda. El agua le llega a la altura del pecho y no pasa nada. Se llena de ilusión y, poniéndole imaginación a raudales, ya se ve hasta nadando. Se agarra de la corchera con una mano y empieza a hacer experimentos. Afloja las piernas del fondo de la piscina, recuesta su cuerpo hacia atrás y nota cómo el culillo se le va a la superficie. Piensa para sus adentro: ¡coño que fácil es esto! Y piensa para sus adentros: Ahora me doy la vuelta, me suelto de la corchera y como el culo busca la superficie me hago un par de largos que voy a despertar la envidia del Mark Spik el de las medallas olímpicas. Y del pensamiento pasó a la acción... Menuda fatiga. Nuestro Julián daba manotazos y más manotazos para sacar la cabeza a flote; intentaba llevar los pies al suelo para ponerse de pié y nada. Los niños se creían que estaba haciendo una gracia y se partían de risa junto a la madre.

Pero él estaba apurado. Su suave color bronce, se tornaba morado. Le faltaba la respiración, los nervios lo dominaban y por su cerebro pasaban una y otra vez, como en la moviola, las imágenes más felices. ¡De esta no escapo...!. Cuando más crudo lo tenía... Cuando se veía como los toreros saliendo a hombros, pero con las patas por delante camino de las plataneras, una de sus piernas tropezó con la corchera. Sacó fuerzas de flaqueza y le echó una burra a la corchera que si llega a tropezar al Pollito de la Frontera le pega un costalazo que lo desclava.

Lentamente, pero con un considerable esfuerzo, fue recomponiendo la figura. Sus ojos, casi a salírsele del casco, veían con asombro, cómo nadadores y aspirantes, seguían disfrutando de lo lindo, ajenos a su tragedia. Mientras subía por la escalerilla, agotado por el esfuerzo y el susto, con el corazón que parecía una batidora, decía: Coño, se ahoga uno aquí, donde hay tanta gente, y nadie se entera. ¡Al carajo! Mi mujer y los niños si quieren que venga, pero este que esta aquí, este Julián de profesional albañil, no ve más la piscina ni pa'azulejiarla.

Hoy lo cuenta y es una juerga generalizada. Pero en su rostro se sigue adivinando el mal trago que pasó...
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