Revista n.º 1049 / ISSN 1885-6039

Carta sobre los Hernández en Venezuela.

Domingo, 22 de mayo de 2005
Marisol Moreno
Publicado en el n.º 53

Hace algunos días atrás recibí un correo, donde se me animaba a contar en la sección Tornaviaje cómo habían llegado mis antecesores a Venezuela y cómo había sido nuestra experiencia.

Foto Noticia Carta sobre los 'Hernández' en Venezuela.

Hace algunos días atrás recibí un correo, donde se me animaba a contar en la sección "Tornaviaje" cómo habían llegado mis antecesores a Venezuela y cómo había sido nuestra experiencia.

Creo que es oportuno contarles que yo tengo 50 años, y soy venezolana por nacimiento y según las leyes no tengo derecho a ningún pasaporte o ciudadanía española pues mis padres, ambos venezolanos (Padre-Táchira y Madre-Aragua; Abuelos Paternos-Táchira y Maternos-Aragua); y por último y aquí comienza la espaneidad-canaria, Bisabuelos Paternos-Táchira y Maternos-Aragueños, todos menos una, Antonia Álvarez, la cual y según reza la partida de nacimiento de mi abuelo, era Súdbita del Reino Español y murió siéndolo, ya que siempre se opuso a recibir la nacionalidad venezolana, que por casarse con un venezolano y tener hijos en Venezuela, obtenía de manera automática. Dicen quienes la conocieron que era una mujer alta, fuerte de carácter y con ojos muy azules, y sé que esta descripción no solo la describe a ella, sino a mí, a mi abuelo, y a mi mamá.

Pero acá no termina nuestra unión con la Islas Canarias, ya que ella era nativa de La Laguna y llegó a Venezuela, con dos de sus hermanas (Concepción y Carmen) para casarse, en lo que suponemos fue un matrimonio arreglado, muy propio de la época de finales del XIX, con Matías González, venezolano hijo de descendiente de canarios y residente de La Victoria-Estado Aragua. Fue muy prolijo el matrimonio de los González Álvarez, tuvieron 6 u 8 hijos, mi abuelo materno, fue el tercero (¿?), de nombre José Bernardo González Álvarez (1907-1986).

Los González originales llegaron a Venezuela procedentes de las islas (creemos que de Las Palmas de Gran Canaria) como administradores, traídos por la familia Volmer, para administrar y hacerse cargo, de la hoy muy conocida Hacienda Santa Teresa (Ron Santa Teresa). Todo lo cual, les hacía un tanto distintos a los emigrantes comunes, pues vinieron con otras motivaciones. De estos González hay dos ramas conocidas, los González Álvarez y los González Gorrondona.

Según mi mamá, y quizás por la misma posición de mi bisabuela Antonia, estos casaron a su vez con descendientes de canarios, mi abuelo casó con Josefa Obdulia Toro Sumoza, mi abuela, quien de padres venezolanos (Padre-Guárico y Madre-Aragua), de abuelos Paternos-Guárico y Maternos-Aragua, era descendiente de canarios.

Y así llegamos a mis cuartos abuelos o chornos o tata-tarabuelos maternos, originarios de La Gomera, llegados a Venezuela, entre los años 1840-1845. Pensamos que se acogieron al decreto del General José Antonio Páez, que otorgaba facilidades y la nacionalidad venezolana a los canarios que vinieran con intenciones de ser inversores y radicarse en el país. Llegaron por Puerto Cabello, eran de apellidos Hernández Motamayor y Motamayor Sumoza. Estos dos últimos apellidos no aparecen en las páginas blancas de Canarias, hoy por hoy. Liderizaba el grupo José Ramón Hernández Motamayor (Don Ramón) nacido en La Gomera en 1817, quien murió en Villa de Cura, Estado Aragua, Venezuela, en 1904. Era hijo de José Antonio Hernández y Rosario Motamayor, llegó casado con su prima María Antonia Motamayor Sumoza, que nació en La Gomera en 1827 y murió en Villa de Cura en 1898, era hija de Miguel Motamayor y Francisca Sumoza, tuvieron 22 hijos. El hijo primogénito, José Ramón Hernández Motamayor (Ramoncito), que nació en 1848, y a ellos les sobrevivieron unos 12 hijos, entre los cuales se cuenta mi tatarabuela Obdulia Hernández Motamayor, quien casa con su primo hermano doble, Liborio Sumoza Morales, el 16 de febrero de 1867, tras proclama del Arzobispo de Caracas, y celebran el matrimonio en Villa de Cura. En ceremonia realizada por el cura y vicario Juan A. Pereira.



En la foto, sentados al centro, José Ramón Hernández Motamayor con María Antonia Motamayor, mis cuartos abuelos; sentada a la izquierda mi bisabuela, la hermosa joven de 15 años Obdulia Sumoza Hernández (1870-1953); y atrás, al centro de pie, el primogénito Ramón Hernández Motamayor; al centro el niño Miguel Hernández Río, padre de quienes son hoy los Hernández Carabaño. La foto fue tomada en El Banco, Villa de Cura, Estado Aragua, aproximadamente en 1885.


Los Hernández Motamayor vinieron a Venezuela con una clara y sólida vocación de ganaderos, comerciantes y terratenientes, se establecieron originariamente en Nirgua, Estado Carabobo, donde se quedan -no sabemos por cuanto tiempo- y donde se establece la rama los Sumoza y Sumoza, quienes ya contaban con familiares llegados en épocas anteriores (S.XVIII), los cuales se habían establecido en Cúmana, Estado Sucre, siendo estos los Morales y Sumoza, a quienes se les reconoce como una de las primeras familias de la que fuera la primera capital de Venezuela. De Nirgua, Estado Carabobo, pasan a San José de los Tiznados, y de ahí a Ortiz, Estado Guárico, estableciéndose definitivamente, aproximadamente en 1848, en Villa de Cura, Estado Aragua, donde compraron la primera finca denominada La Mujica, luego comprarían una serie de hatos y diversas fincas en los alrededores, las cuales se consolidaron en una sola, llamada EL BANCO, que se dedicaba a la siembra de café, caña de azucar, actividades pecuarias, posada y pastizal en tránsito.

Hoy, algunas de esas fincas siguen siendo patrimonio de los Hernández (Montañez/ y Acevedo), y que quede constancia que quien escribe no tiene ninguna, ni una mínima participación en estos lotes de terreno. Ello se debe a que la heredad se mantuvo siempre sobre el hijo mayor, que a su vez heredaba a su primogénito y así sucesivamente. Las hermanas iban perdiendo los derechos sucesorales al pagar su dote matrimonial y, por consiguiente, al descender en línea materna, no heredamos ningún patrimonio Hernández. Aunque, y a pesar de que mi abuela, hasta entrados los años 70, percibió un mínmo de beneficios de la sucesión, ello debido a que su mamá quedó huérfana muy joven, siendo criada por sus abuelos al morir sus padres y quedar inmediatamente al cuido de la "casa grande", como se le conocía. Luego, al nacer mi abuela, su papá, el General Magín Toro Renjifo, falleció al tener ella cinco días de nacida, por lo que ellas, en especial, siempre estuvieron bajo el ala de la casa del abuelo y tíos paternos, mateniendo así la costumbre de ser sostenidas por los hombres encargados de la familia, hasta contraer matrimonio. Pero imagino que, por algún acuerdo, ella siguió percibiendo, algo que se fue transformando de tres bolívares (cuando ella nació) a 300 bolívares en los años 70, cuando derogó sus derechos sucesorales a favor de su prima hermana Ana Antonia Hernández Utrera.

Según y cuenta mi mamá, la casa grande paterna era toda una institución en Villa de Cura, eran una familia patrimonial per se, cuidaban estilo y moral, se mantuvieron hasta muy entrados los cincuenta como un patriarcado muy marcado. De ellos descienden un Clan muy conocido en Venezuela, son los Hernández Ríos, Hernández Pérez, Hernández Rojas, Hernández Carabaño, Celis Hernández, Hernández Utrera, Hernández Castillo, Hernández Montañez, Guevara Hernández, Garriga Hernández, Sumoza Hernández, Toro Sumoza, y Gonzalez Toro, siendo yo descendiente directa de estas tres últimas líneas. Como muchos de ellos murieron, esta familia se mantuvo muy unida, todos giraban alrededor de "la casa grande".

Mi abuela sale de Villa de Cura, a los 15 años, cuando es llevada por su primo Pedro Centeno Vallenilla, por la rama de los Lanz Morales/ Morales Sumoza y reconocido pintor venezolano del siglo XX, al Círculo de Bellas Artes en Caracas, para que realizara estudios de pintura y canto lírico. Mi abuela, Josefina Toro o Pepita de González, como yo lo escribiera en estas páginas, era toda una institución, libro abierto para mí, era poeta, pintora, excelente cocinera, costurera finísima, una mujer de gustos exquisitos, viajera incansable, escritora de bella prosa, patrocinante de la Casa de la Cultura de Aragua. Era una Aragueña de pura sepa, se le conoció como la pintora de Aragua y la de las casa del Libertador, pero no podía, ya que era inegable su apego a su ascendencia, tanto canaria como española, zafarse de su legado cultural e histórico. Ella, de estar viva, hubiese cumplido 100 años el 23 de enero próximo pasado, cuando yo nací, ella tenía mi edad, jamás la vi sin un pincel en la mano, o haciendo algo. Era un ser particular y muy peculiar como buena artista, y debido a ella comencé mi búsqueda hacia el TORNAVIAJE CANARIO.

De alguna manera siento que se lo debo a ella, quien guardó fotos, archivos, notas, fue muy cuidadosa en trasmitir quiénes éramos, de dónde veníamos, quiénes eran su familia, para mí en particular, ha sido todo un placer, en esta búsqueda genealógica, corroborar todos sus datos, dados y transmitidos a mí de forma oral. Y -repito- aunque aragueños de sepa, somos de un corazón canario por obligación, heredado del amor a "la casa grande", esa que no parece desligarse, ni con los años ni el tiempo transcurrido desde 1840 hasta ahora, sino todo lo contrario, que cada día se asume más como una búsqueda constante de reunirnos con nuestros orígenes, entenderlos, para así asegurar nuestro futuro.

Caracas, 18 de mayo de 2005

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