Revista nº 854
ISSN 1885-6039

En el día del homenaje a los burros.

Domingo, 02 de Julio de 2006
Manuel J. Lorenzo Perera
Publicado en el número 111

El burro o asno fue domesticado por el hombre hace miles de años, antes que al caballo. En época de los viejos guanches no había burros en Canarias, tampoco caballos, camellos ni vacas. Todos esos animales fueron introducidos después de la conquista de las islas, episodio que tuvo lugar en el siglo XV.



Un burro acompañó a Jesucristo en momentos destacados de su existencia. Hablan del burro, en ocasiones con notoria sensibilidad, literatos e historiadores, entre los que destacan Miguel de Cervantes, José de Viera y Clavijo o Juan Ramón Jiménez.

Dicen los viejos que el día 8 de septiembre, festividad de la Virgen de la Luz, se reunían en el pueblo de Los Silos todas las brujas del mundo “habidas y por haber”. Hemos escuchado, una y otra vez, que las brujas tenían la facultad de transformarse, muchas veces en burras. Hoy, 8 de julio, dos meses antes de la señalada efemérides, se congregan aquí, en La Laguna, los burros y burras de la isla de Tenerife. Y no sé si habrá entre ellos alguna bruja convertida en burra para la ocasión.




Hasta los pies de San Benito han llegado los escasos burros que quedan en Tenerife, descendientes de una raza que para el ser humano ha resultado ser servicial y fundamental. En los campos y en las poblaciones han dejado de escucharse las tan comunes voces con las que se les daba órdenes, términos que aparecen recogidos en la siguiente copla, de conocimiento tan generalizado:

Tengo un burro en mi casa
y en el burro mando yo,
cuando no le digo arre
y cuando no le digo so.



Nuestros abuelos no tuvieron tractor, ni «piva», ni coche. Todas esas funciones las desempeñaba el burrito. Era rara la casa donde, al menos, no había uno. Se distinguía entre burros del país (o de aquí), los majoreros (más chicos) y los mestizos o cruzados entre ambos. Fue poco exigente, sufrido y trabajador infatigable. Y, además, el animal doméstico que más tiempo vivía, sobrepasando con frecuencia los veinte años.

Al burro se adornaba -es decir, enseñaba a trabajar- a partir del año y medio o los dos años. Llegaron a desempeñar varias funciones: como animal de carga (cargando algunos hasta 150 kilos), de monta, para arar, trillar, tirar por el carro...

De ellos, además, se aprovechaban los moñigos o moñicos (como abono para mantener y trasladar el fuego encendido, como engodo y carnada en la pesca, para espantar a las abejas, fumarlos en cachimba, como combustible para cocinar...). También se utilizó el cuero del burro (para confeccionar el fuelle de la herrería y para la elaboración de majos o calzado primitivo). Y la leche de las burras se usó como reconstituyente para fortalecer a los niños debilitados y anémicos.

Pero la figura del burro trasciende más allá de lo propiamente material. En torno a él encontramos cuantiosos elementos culturales, capaces de reflejar que también los burritos tenían su cultura. Lo localizamos en expresiones tales siguientes:

• Romances.
• Décimas.
• Adivinanzas: Quién torpe / quién torpe / cuando pone huevos / más de veinte pone. (El burro).
• Dichos: «Eres más burro que el burro de Sancho Panza», o «Estudia que te van a salir orejas como las del burro».
• Topónimos o nombres de lugares: ( La Piedra de la Burra, El Callejón del Burro, El Cuchillo del Burrito...).
• Juegos infantiles.
• Cuentos de brujas.
• Apodos o sobrenombres de individuos, familias e incluso gentilicios de determinados pueblos: Burros es como se llama a los habitantes de Tinajo en la isla de Lanzarote.


Cho Juan el de Los Majuelos
por echárselas de curro,
le quitó la albarda al burro
y lo estralló contra el suelo


Tu tuviste la culpita
que mi burra se muriera
le pusiste lo de adrento,
lo de dentro para fuera


Mi burra quiere cebada,
mi mujer pide reales,
¡ay Dios mío cuánto cuesta
tener tantos alimales!





En otras ocasiones, la mención es más concreta, son cantares referidos a determinar burros a quienes, con frecuencia, se le llegó a poner nombre: Gamito, Canelo, Sama, Chiquito, Tomeguín, Rucio, Platero... Tomemos como ejemplo las coplas del burro Sarguito, entonadas en el Puerto de la Cruz durante la primera mitad del siglo XX. Sarguito era el apodo de don Domingo del Pino Perera, personaje que con su carro y su burro transitaba las calles del viejo y entrañable Puerto de la Cruz.. Las coplas -satíricas y humorísticas, recordadas aún por gran número de personas- dicen así:

El burro Sarguito
se va pa la escuela,
con la maleta en la mano, iolé!,
y la pluma por fuera.

El burro Sarguito
y el del fielato
fueron a casa lmeldo, ¡olé!
a hacerse un retrato.

lmeldo le dijo
con su sonrisa:
vuelva usted mañana, iolé!,
que tengo prisa.

Por La Cuesta la Villa
baja un carrito,
si la vista no me engaña, iolé!,
y es el Sarguito.

Lo que nunca se ha visto
se está viendo ahora
que el burro el Sarguito, iolé!
marca la hora.



A la cultura del burro le da consistencia su presencia, durante siglos, en representaciones tradicionales a las que, debidamente adecentado, asistía y participaba, sin que los burros por ello sufrieran ni se estresaran. Es el caso de las fiestas, las ferias ganaderas, las carreras de sortijas o el propio entierro de la sardina por carnavales, llevando al machango o sardina montado sobre el burro. Además, acudir a celebraciones tales corno las fiestas, las ferias, las romerías o las carreras de burros y de sortijas, era una buena oportunidad para que los burros y las burras se encontraran, se saludaran a su modo y se lanzaran al cielo placenteros y desaforados rebuznos de amor, como en varias ocasiones tuvimos oportunidad de presenciar, hace ya años, cuando los burros pululaban por el mundo. La muerte del burro la propagaban otras representaciones de sentido crítico, repartiéndolo, de forma satírica y simbólica, entre los vecinos de la comunidad, como acaece con el malgareo de la isla de El Hierro o en las coplas sacadas tras la muerte del burro, creadas e hilvanadas por los poetas de los pueblos.




Pueblos que deben ser siempre agradecidos. Pensamos que la figura del burro se merece este Homenaje, y hasta una representación escultural que inmortalice todo lo que le debemos en cuanto a ayuda y a diversión se refiere. La idea la recogen también los siguientes versos:

Los burros de Tenerife
a la luz de la Luna,
vinieron a ver a San Benito,
el Patrón de La Laguna.

A pedirle, por Dios,
que no se olvide de ellos,
tampoco de los mulos,
de los caballos y camellos.

Que trabajaron como burros
y lo hicieron con coraje,
por eso en este día
les hacen un Homenaje.

Como a todo el que se esfuerza
con ahínco y sentimiento,
los burritos, señores,
merecen un monumento.

Alivianaron a nuestros padres,
también a nuestros abuelos,
cuando no había fotingos
y se pisaba más el suelo.

A los pueblos que se olvidan
de los servicios prestados,
se les llama desagradecidos
y nadie les pone cuidado.

Viva el vino y la alegría,
el tambor y la guitarra,
brindemos con San Benito
hasta acabar la parranda.



Este artículo ha sido previamente publicado en el número 30/31 de la revista El Baleo, editada por la Sociedad Cooperativa del Campo La Candelaria, en agosto de 2005.

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Comentarios
Lunes, 03 de Mayo de 2010 a las 13:36 pm - Juan Jose Perera Brito Escriba aquí su nombre

#02 Muy Burro por ser Burro le pico la espuela y meestralloo contra el suelo por curro y ser del Masjuelo

Jueves, 06 de Julio de 2006 a las 08:47 am - molinero

#01 Muy bonito, el artículo, no obstante tengo una fuerte duda. No creo que el hombre domesticase al burro sino que más bien fue al revés, el burro domesticó al hombre (o a la mujer). Y todavía no ha acabado, y eso bajo el fuerte peligro de que los burros desaparezcan antes de poder terminar su lenta y dura y milenaria labor civilizatoria sobre el 'homo sapiens' (lo de 'sapiens' es un sarcasmo sangriento, como sabemos). Saludos cordiales, molinero.