Revista n.º 1046 / ISSN 1885-6039

La indumentaria tradicional y la manta esperancera en El Rosario.

Sábado, 27 de mayo de 2006
Joaquín Catalán Ramos y José Luis Díaz Expósito
Publicado en el n.º 106

Les traemos un artículo en el que se describen los elementos generales de la indumentaria de los siglos XVIII y XIX, así como de principios del XX, centrándose en la Isla de Tenerife y, en particular, en la Esperanza.

Foto Noticia La indumentaria tradicional y la manta esperancera en El Rosario.



La indumentaria tradicional.

En el Siglo XVIII aparecen la mayoría de los trajes típicos que han llegado hasta la actualidad, si bien con sustanciales modificaciones. Desde entonces, los tejidos utilizados para la vestimenta de los canarios, como el lino, la lana o la seda, se producían en fábricas de las propias islas, aunque también se empleaban telas de importación.

El lino se disponía en la ropa interior, como camisas y enaguas. La lana, áspera y resistente, para las faldas, justillos, capas, chalecos o calzones y la seda, tintada, se destinaba a los adornos, a algunas prendas de gala o complementos como pañuelos o medias.

Características generales.

El traje de la mujer canaria seguía unas pautas comunes. Comenzando por la cabeza, para la que usaban tocados de paja o fieltro con pañuelos o mantillas bajo ellos. Sobre la camisa y en contacto directo con la piel, colocaban el justillo, la chaqueta y la capa. Para cubrir las piernas, estaban las enaguas blancas, un faldón rojo de lana para protegerse del frío y la falda exterior. Bajo todo esto, las mujeres llevaban medias y zapatos de hebillas o botas.


Traje de fiesta o gala de La Esperanza (Siglos XVIII y XIX).

El hombre, por su parte, gastaba igualmente sombreros de fieltro o fibra vegetal y camisa de lino. Sobre ella se vestía el chaleco y una chaqueta, corta o larga, dependiendo de la época del año y las condiciones climáticas. Los calzoncillos podían llevarse como única prenda en las piernas o dejándose ver por debajo de los calzones de alzapon. Ciñendo estas prendas aparece el fajín de lana, liso o rayado. Las pantorrillas iban cubiertas por medias o polainas de lana o cuero y en los pies se calzaban zapatos de cordón o hebilla, botas o alpargatas. El hombre, para protegerse del frío, llevaba sobre el conjunto capas o mantas.

Siguiendo estas pautas generales, existe una inmensa variedad de indumentarias, que se diferencian por los colores o pequeñas variaciones en la forma de sus distintos componentes; sobre todo, sombreros, camisas o justillos, en el caso de las mujeres, y calzones, sombreros o chalecos, en el caso de los varones.

Los modelos varían tanto en función del lugar de procedencia como del uso que se le diera al mismo. Es decir, si se trataba de un traje de faena o, por el contrario, de fiesta. También había diferencias en función de la ocupación de quienes lo portaran: campesinos, pescadores, lecheras...

En la isla de Tenerife, los trajes conocidos como de La Orotava, La Laguna o Santa Cruz son los que más aceptación tienen actualmente. Los modelos de hoy en día, utilizados en ocasión de eventos de carácter festivo diferen considerablemente de aquellos que los inspiraron; en el caso del traje de La Orotava, por ejemplo, ni siquiera se trata de una indumentaria propia del mismo municipio, sino de Icod el Alto.

Por lo general, las transformaciones buscan mayor colorido, mayor detalle en el bordado y tratan de resultar más atractivos y favorecedores, en consonancia con las tendencias actuales. Estas variantes «folclorizadas» son plenamente asumidas por el pueblo y quedan arraigadas del tal modo que se convierten, en el caso de La Orotava, en el traje típico más representativo de Canarias.

Traje típico de La Esperanza.

La Esperanza como el resto de las localidades canarias, también contaba con diversas indumentarias típicas. De entre todas, destaca por su elegancia el traje de fiesta. El de la mujer está compuesto por un sombrero de copa alta, adornado con cintas de colores cruzadas, bajo el que se coloca una mantilla blanca. Sobre la blusa, que no queda al descubierto, se coloca una chaqueta corta hasta la cintura, en color azul o negro, atada con cordón cruzado, del mismo modo que los justillos. Bajo éste, desde el cuello, entre el cordaje y la chaquetilla, sobresale un pañuelo de seda blanco o amarillo pálido. La falda es de lana, con rayas verticales de colores amarillo, rojo, verde, blanco y negro, fundamentalmente. Los zapatos son de piel negra y las medias, de seda blanca.


Agrupación folclórica en procesión hacia la Ermita de las Barreras.

El hombre, por su lado, llevaba camisa de amplias mangas y puños estrechos, confeccionada con lino en color natural, al igual que los calzoncillos, que llegan a la altura de las rodillas -un poco más abajo- cubriendo la parte superior de las polainas. Estas son de lana, también en color natural y con discretos adornos. El chaleco, con los sabidos botones metálicos, es verde en paño con finas rayas negras. El calzón, por encima de las rodillas y con apertura lateral, es de lana o paño negros, con ribete en rojo, y está ceñido con un fajín a rayas verdes y crudas, que quedan verticales en la cintura y horizontales en su caída por el muslo izquierdo. Los zapatos son de piel negra con el tradicional hebillón y el sombrero, de fieltro negro.

Pero además de ese traje y según relata el experto Juan de la Cruz, el traje «típico» que hoy lleva el nombre de La Esperanza se popularizó alrededor de los años 70, cuando un grupo numeroso de mujeres acompañaba al grupo folclórico Los Sabandeños en la romería de San Benito Abad de La Laguna. Tal indumentaria caló pronto en las gentes de la época y perdura en la actualidad, si bien con sustanciales transformaciones y «desvirtuaciones», según De la Cruz, que lo hacen en la mayoría de los casos un puro remedo de los originales.

El traje, para las mujeres, consistía en una sombrero de maga bajo el que se colocaba un pañuelo negro de seda. La blusa era de color blanco, de manga larga y con la pechera adornada por encajes o tiras bordadas. La falda era fruncida a la cintura, de color negro al igual que el pañuelo, sobre la que se ponía un delantal blanco, largo hasta la rodilla, con ornamentos de tiras bordadas y pasacintas. El conjunto se completaba con un sobretodo de color negro, medias blancas y botas negras de botones y pequeño tacón de carrete. Siguiendo las explicaciones de Juan de la Cruz, este modelo es uno de los más coherentes de los popularizados hasta ahora, puesto que todos los elementos pertenecen a la misma época, entre finales del siglo XIX y principios del XX. Señala asimismo que el uso abundante del color negro hace pensar en un traje de luto o medio luto que, con pequeñas variantes, estuvo extendido por toda la Isla.

Entre las desvirtuaciones citadas anteriormente, explicita las del sombrero, que la mayoría de las veces es fabricado en la Península con formas y proporciones muy alteradas y llevado excesivamente inclinado hacia un lado, o la falda, que se acorta y para la que se sustituye el refajo por dos tiras de tela, roja o blanca, o se recoge a un lado con pompones de colores similares a los del traje de La Orotava.

Por lo que respecta al traje de hombre, está compuesto de camisa blanca, ceñidor industrial de color rojo, pantalón de color negro, botín de piel, color natural y suela de goma y manta plegada al cuello, de fabricación inglesa. Algunas de las prendas masculinas también han sufrido transformaciones, como el fajín, que a veces se utiliza de punto hecho en máquina de tricotar o el pantalón, que es sustituido por vaqueros. Para el caso de la manta, ya no se utiliza doble, sino media, con lo cual se acorta; igualmente se ha cambiado la lana por el algodón.


La manta esperancera.

Son muchas las referencias históricas que existen sobre la manta que solían usar los campesinos canarios como prenda de vestir de abrigo. El frío de las zonas húmedas y altas de la Isla provocó un fenómeno curioso: el que las mantas, normalmente importadas de Inglaterra, pasaran de las camas a la indumentaria del hombre de campo. La raíz de la utilización de la prenda arranca en los fuertes contactos de tipo comercial que existieron entre Canarias e Inglaterra y con la importación habitual de la manta, que era del color blanco natural de la lana, con unas rayas de color azul cerca de los extremos. Eran impermeables, lo que las hacían una gran aliada contra la lluvia y el frío. La manta se doblaba en dos mitades, se fruncía al cuello y se utilizaba a modo de capa.


Campesino con la manta esperancera.

Juan de la Cruz refiere en su libro «Textiles e Indumentaria de Tenerife» un texto de A. Diston que acompaña la lámina «Hombre de Tacoronte», de su álbum de 1824. Dice textualmente: «La parte más llamativa de su atuendo consiste en una manta inglesa doblada sobre un trozo de cuerda que se ata alrededor del cuello. Esta forma una capa que lo defiende de las abundantes lluvias que caen en el elevado lugar donde habita y, envuelto en ella, pasa la noche sin desvestirse, recostado en el piso de tierra de su miserable choza o en un lecho de paja. Del total de las mantas importadas a Tenerife, ni una cuarta parte es utilizada para cubrir las camas, casi todos los campesinos las llevan como se muestra aquí».

La manta tiene unas dimensiones de 2,60 por 2,15 metros y se dobla en dos partes de diferente tamaño. La más larga es la exterior, que llega por debajo de las rodillas; el resto de la manta cuelga por la parte interior después de haber ajustado el largo de la exterior a la altura de la persona.

Extraido del libro El Rosario. Una historia singular, de Joaquín Catalán Ramos y José Luis Díaz Expósito, editado por el Ilustre Ayuntamiento de El Rosario en colaboración con el Cabildo de Tenerife en 2001.


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