Revista nº 1033
ISSN 1885-6039

La escultura de los piqueros: realidad y símbolo de la cueva

Sábado, 21 de Octubre de 2006
José A. Luján Henríquez
Publicado en el número 127

En el marco de los actos culturales de la Cuevita 2004, se inaugura en Artenara la Escultura a Los Piqueros, una obra monumental que propicia la reflexión. La iniciativa del Ayuntamiento cumbrero se suma a otras realizadas en diferentes municipios en las que se pretende reconocer el vínculo de la comarca con el mundo del trabajo y de los oficios.


En el marco de los actos culturales de la Cuevita 2004, se inaugura en Artenara la escultura a Los piqueros, una obra monumental que propicia la reflexión. La iniciativa del Ayuntamiento cumbrero se suma a otras realizadas en diferentes municipios en las que se pretende reconocer el vínculo de la comarca con el mundo del trabajo y de los oficios.


En este sentido, creo que el Monumento al Campesino (César Manrique, 1970), en Lanzarote, marcó un hito significativo. Aquí en Gran Canaria, en los últimos años han proliferado grupos escultóricos diversos. Las esculturas "Al Pocero", 'Al Labrador" y "Al Herrero" se erigen en San Mateo; la figura del “Labrante" se alza en una rotonda del casco urbano de Arucas; en Guía, 'La Quesera" y "Al Trabajador de la Platanera'; en Agüimes 'Al Músico" y "Al Ranchero" (el repartidor de agua en las acequias); en Firgas "Al Ganadero'; en Telde, el 'Faro de Maspalomas" de bronce levanta el arado al borde de la autopista del Sur. En Ingenio existe una escultura "Al cochinero'; el vendedor de cochinos que caracterizó a la villa; en el Paseo de las Canteras 'El Pescador" (Chavo Navarro, 2002) desescama un pescado de bronce en medio de los transeúntes, y en la Plaza de España, en la confluencia de la Avenida Mesa y López, se erige el grupo escultórico `A los oficios", realizado por Montull.

Sin embargo, hay que decir que las soluciones tienen un desigual acierto y nos da la impresión de estar convirtiendo la Isla en un gigantesco portal de Belén, poblado de 'figuritas" que no resisten una estricta lectura artística. Y es que si nos quedamos en el plano real nos limitamos a una simple reproducción de lo natural donde el artista se ciñe a modelar lo existente. Cuando se habla de arte hay que tener presente la creación de un mundo de símbolos y de sugerencias y se debe transitar entre el plano real y el plano simbólico. La obra artística es creación, artificio y sugerencia; en cambio, la realidad está a nuestro alcance y su mera reproducción no es garantía de creación artística. Si un pintor elabora la representación de un pez en movimiento, lo que está en el lienzo no es estrictamente un pez; en todo caso lo que puede existir es color y forma, perspectiva y composición. Porque una cosa es la realidad y otra la representación de esa realidad. Si planteamos estas cuestiones esenciales, y en apariencia elementales, es porque la nueva escultura que se levanta en Artenara tal vez pueda malinterpretarse. Muchos, en sentido estricto, esperan ver una cueva y un hombre picando, pero lo cierto es que no se van a encontrar con esa realidad.



En el grupo escultórico que se inaugura en el Camino de La Cilla, obra de Manolo González, encontramos un mundo simbólico con los siguientes elementos: el cobijo o habitáculo, representación de la cueva, y una forma interior que se relaciona con la fuerza y la dureza. Ante todo ello, y con una pretensión medianamente didáctica, para empezar a interpretar esta escultura tendríamos que formularnos estas preguntas ¿Qué es una cueva? ¿Cómo se han construido las cuevas? ¿Qué es un piquero?

La cueva es una cavidad en la tierra, lugar de cobijo, vivienda. En su esencia está el sentido de protección, de interior, de útero. Está en contraposición con el exterior. Su lectura tiene dos páginas, lo interior y lo exterior. La cueva se escribe en femenino, es un espacio espiritual, invita a la reflexión, a lo elemental de la existencia de la civilización. Es una estructura vacía hacia el interior de la montaña cuyos límites, las paredes, nacen de su mera existencia. La cueva se asocia a lo oscuro, un espacio que hay que alumbrar con luz propia, tal vez la luz del pensamiento que nos aproxima a la reflexión del vivir ancestral. Sin embargo, en el exterior está la claridad, la luz, el mundo amplio del paisaje. Artenara ofrece la geografía de su dualidad. Lo interior es la cueva, el fresco, el resguardo, la cálida isotermia. En el exterior, la intemperie, el frío, las brumas y neblinas, la ventisca y el sofocante calor del verano.



La cueva es la creación de una arquitectura sin arquitectos. Se construye vaciando la montaña, arrancando el material geológico aglomerado por los siglos, rompiendo lo que es compacto en fragmentos. En cambio, la casa es construcción de muros alzados que crecen colocando el fragmento, el bloque recién hecho pegado con mortero, que se ordena y combina de una manera preestablecida en un estudio de arquitectura, hasta crear un cobijo en el espacio.

El piquero es el hombre que lucha a brazo partido con la montaña para construir la guarida, golpe a golpe, usando herramientas elementales, para ir sacando lascas a la montaña. Hay un componente de esfuerzo, de lucha, de rudeza. El hombre frente a la roca, con el pico aguzado, hierro de herramienta, pulsado con brazo firme. Y el golpe en el basalto o en la tosca dura. Fuerza y dureza. Sudor y gemido del hombre que abre un espacio en la montaña.

Esta bronca realidad ahora queda representada en esta escultura. El acero angulado crea el hueco del interior, el cobijo. Su corteza no es la roca, sino una representación de la montaña hecha en acero. Lo que importa es el vacío, el hueco creado por el artista. El escultor acota el espacio y le da forma artística a la cueva. Y dentro de ese espacio está la imagen de la dureza representada con una pieza zigzagueante en bronce. La dureza agresiva. aguda, afilada. En movimiento de los elementos superpuestos que traen a la memoria una experiencia real del dinamismo del pico en los brazos del hombre recio.

Esta escultura en su conjunto es una metáfora de la cueva y del piquero, en una dualidad que actualiza la imagen que cada uno de nosotros tiene de la visión del hombre en lucha con el risco para crear su refugio. Las cuevas permanecen, pero los piqueros de viejo estilo casi han desaparecido. Aquí queda la escultura, en una moderna dimensión estética, que recuerda su esfuerzo para construir el poblado troglodita.

José A. Luján Henríquez es Cronista Oficial de Artenara.

Texto publicado en el Programa de Fiestas en honor a la Virgen de la Cuevita. Artenara, agosto de 2006.

Imágenes antiguas extraídas del Archivo de Fotografía Histórica de la FEDAC.
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