Revista n.º 1139 / ISSN 1885-6039

De gallos con Alfonso Canella.

Sábado, 8 de julio de 2006
Antonio Henríquez Jiménez
Publicado en el n.º 112

El libro Pollos y jacas... es una muestra de la pasión gallística vivida en Canarias durante parte del siglo XIX y el siglo XX. Este asturiano de Oviedo afincado en las Islas desde 1918 se llegó a entusiasmar con las peleas de gallos de tal manera que sus crónicas (1934-1939) en el Diario de Las Palmas son un modelo de canariedad y un ejemplo de arte. Pérez Corrales no deja de referirse al final de su introducción, y en alguna otra parte del libro, a los grupos que van contra las riñas de gallos y a los que se rasgan las vestiduras por una actividad políticamente incorrecta, que tanto entusiasmó a nuestros abuelos y bisabuelos, y cuyo brillante pase al papel por parte de Canella nos da una idea del entusiasmo que levantaba.

Foto Noticia De gallos con Alfonso Canella.



Ergot (Alfonso Canella).- Pollos y Jacas. Crónicas gallísticas. Circo Cuyás, 1934-1939. Introducción, selección y notas de Miguel Pérez Corrales, Tenerife, Colección espuela y fiscorno, 2006.


Es de reciente aparición este libro de Miguel Pérez Corrales, catedrático de Literatura de la Universidad de La Laguna. Quien nos tiene acostumbrado a los estudios del surrealismo canario se viene enfrentando desde hace un tiempo en el rescate de unas formas de escritura, las crónicas de gallos, tan cercanas al mundo del surrealismo. Gracias a su atenta mirada, esas notas periodísticas consideradas de segunda categoría nos revelan un mundo lingüístico lleno de sorpresas, a la par que el entramado significativo de una actividad lúdica que llenó muchas horas de nuestros abuelos.

No muy lejana es la publicación por el mismo autor, en la misma colección “espuela y fiscorno”, del folleto Mulato de San Miguel. Campeón canario. Año de 1915, la historia de un gallo orotavense (2005); y de la edición, introducción y estudios del libro Memorias gallísticas (1897-1926), de Francisco Dorta Martín, Pancho “el Músico” (2005). De próxima aparición nos anuncia un Diccionario gallístico del Archipiélago Canario.

En el libro se rescatan 22 crónicas gallísticas de Ergot, pseudónimo del profesor de Francés de la Escuela de Altos Estudios Mercantiles de Las Palmas, de la Escuela Normal de Magisterio y de la de Peritos Industriales de la misma ciudad. Alfonso Canella publicó un Manual de Lengua Francesa, y artículos de opinión sobre educación en la prensa de Las Palmas.

El libro Pollos y jacas... es una muestra de la pasión gallística vivida en Canarias durante parte del siglo XIX y el siglo XX. Este asturiano de Oviedo afincado en las Islas desde 1918 se llegó a entusiasmar con las peleas de gallos de tal manera que sus crónicas (1934-1939) en el Diario de Las Palmas son un modelo de canariedad y un ejemplo de arte. Alfonso Canella se integró plenamente en la sociedad de adopción, llegando, además de la participación en la prensa de la Isla en temas de su profesión, a presentarse a la candidatura del Partido Liberal de Romanones, liderado aquí por José Mesa y López, en 1920.

Sería interesante indagar si no venía ya inoculado de su Oviedo natal por la pasión gallística. En el Principado se celebraban también peleas de gallos en cierta “Casa Manolo” de Oviedo. Es de renombre una gallera en el Campo de los Patos de la misma ciudad, que subsistió hasta la guerra civil. En una reseña de 1935, la última de la temporada, de la cual Pérez Corrales transcribe un fragmento, afirma: “Yo hace muchos años que veo peleas”.

Como conocedor de la lengua francesa, eligió la palabra ergot (espolón) para firmar sus crónicas. De cómo llegó a Canarias, de sus actividades, en fin, de su vida, nos habla Pérez Corrales en el Prólogo del libro. Su buen hacer parece que prendió en sus hijos. El que yo conozco, Carlos, es persona que, sin dedicarse a las letras, como su padre, siempre ha estado presente en actividades del espíritu. Lo recuerdo asistiendo a las clases de Paleografía de don Agustín Millares Carlo, o en sus muy frecuentes visitas a El Museo Canario, la mayor parte de las veces con libros de su biblioteca que entregaba en donación a la de la institución centenaria. Alguno de sus hijos se dedica a actividades bibliotecarias.

Califica el estudioso Pérez Corrales las prosas de las crónicas gallísticas de Canella como llenas de “gracia” y “arte consumado”, “de gran vuelo imaginativo, calidades literarias ostensibles y un humor a veces peregrino y a veces hilarante, pero siempre inteligente”. Habla del entorno en el que se desarrollaron las peleas reseñadas: el teatro circo Cuyás, “el mejor escenario gallístico que ha habido nunca” (ahora la gallera de Las Palmas se encuentra en el polideportivo López Socas, algo escondida, como todas las galleras, a las reseñas periodísticas quizás por los ataques de grupos que miran las peleas o riñas de gallos como vejatorias para los animales). Allí peleaban, sobre todo, los gallos de Triana y los de San José, objeto de la mayoría de las reseñas presentadas. Pérez Corrales no deja de referirse al final de su introducción, y en alguna otra parte del libro, a los grupos que van contra las riñas de gallos y a los que se rasgan las vestiduras por una actividad políticamente incorrecta, que tanto entusiasmó a nuestros abuelos y bisabuelos, y cuyo brillante pase al papel por parte de Canella nos da una idea del entusiasmo que levantaba.

Lo normal era que escribiera sobre las peleas de gallos un “casteador” (preparador y cruzador de los gallos de pelea). Lo eran los cronistas Pedro Cárdenes, Fermín Romero Montenegro y “El Brujo”. Y supongo que también los firmantes de crónicas de El Noticiero (El Pifión), El Tribuno (Lazarillo, Heleagui), La Jornada (Zich), La Provincia (Patarrasa, Zurro); Lazarillo repite en El Liberal.

Canella era “un simple espectador”; su crónica se limita a los datos del programa, que sólo solían informar del dueño del gallo y no del “casteador”. Logra “trascender el género de la crónica periodística hasta llegar al logro de la página o el pasaje con valor de escritura en sí misma”. Sus crónicas, comparadas con las de otros autores, se nos aparecen como las más imparciales y están teñidas por sus múltiples conocimientos, entre ellos el de las corridas de toros, y de otros entretenimientos, juegos y deportes de la época, algunos de cuyos términos específicos traslada a sus crónicas gallísticas. Parece que traspasa al texto el ritmo de las peleas, muchas veces frenéticas; el ánimo de los asistentes, con hipérboles de entusiasmo o metáforas de las que se ayuda para decir lo casi imposible de nombrar; o chistes gruesos de fina ironía; o los juegos de palabras felices; o la creación de iguales neologismos. Concluye el compilador de las crónicas apuntando a la manera de escribir de Agustín Espinosa. Canella se vale de todo tipo de alusiones para explicar al lector lo que ha visto en la gallera: alusiones a películas de la época, políticos, médicos célebres...


Pelea de gallos en el Circo Cuyás. Fedac.

El compilador presenta la selección de crónicas año por año con una introducción, donde comenta lo más sobresaliente de las mismas, dando noticias y ejemplos de las no seleccionadas. En la introducción a las crónicas de 1934, lo vemos cantor de nuestros deportes antiguos: los balandros, las luchadas, las riñas de gallos.

Por estas crónicas me entero de que los aficionados jaleaban a los gallos con oles, como en los toros, pero a la canaria supongo, sin ponerle acento. En la primera crónica vemos a Canella parodiando al Tenorio zorrillesco, poniendo en boca del gallo matador unas palabras del protagonista. Para decir que un gallo ha pasado de un castador a otro emplea la frase “pasando luego para los estudios superiores a la clase de don Francisco Dorta”. Este trasvase al mundo de la enseñanza aparecerá en otras crónicas. Matarifes son llamados en un cierto momento los dos gallos contendientes. Hipérbole curiosa: “Si hubiera que coserlos, no bastarían diez sastres”. Afiambrar es un término empleado por 'dejar muerto'. En esta crónica, emplea la palabra inglesa season, la expresión latina ad hoc, diciendo que no sabe bien lo que significa; y la frase latina ad patres in aeternum, advirtiendo que le “están saliendo muy bien estas declaraciones en inglés”. Hay una “ovación de fantasía árabe”. Más adelante aparecen el vocablo italiano vendetta, la expresión francesa corps à corps, el italiano regional cutello; y el francés après y el inglés score. El autor se ha divertido de lo lindo en toda la crónica, dejando a muchos lectores con la boca abierta, o yendo a los diccionarios, si tenían esa posibilidad. Este empleo de palabras de otros idiomas, y todos los recursos enumerados, los vemos también en otras crónicas.

En la crónica siguiente, asiste una demoiselle “sin sostén”; y un “distinguido sportman” que le devuelve noblemente los seis reales que le había dado creyendo que su gallo (el de San José) había perdido. El gallo trianero le quitó al de San José “el barlovento a media travesía”. Ambos emprenden la huida, “después de hacer testamento”. Alude a la película King-Kong que asustaba “a los niños allí al lado”, en el Cine Cuyás, o Teatro Cine de Cuyás. Casi al acabar esta crónica, “Le jour de gloire est arrivé! –me dice mademoiselle Mi-vêtue.”

En otra crónica nombra de muchas maneras los dineros que apuesta. En otra, se mete en el cuerpo de uno de los gallos que pelean y desde allí informa a los lectores. En otra, no tiene empacho en citar a su antiguo jefe de filas, Romanones, al aludir a la cojera de algún gallo.

Cada crónica es un pequeño cosmos, con referencias exteriores al mundo de las peleas, pero que cuadran bien para explicar estas. La lectura del libro proporciona una gran gozada. Como Alonso Quesada que hizo en sus crónicas sobre la sociedad isleña de su época alta literatura, así Ergot sobre las peleas de gallos.

Mucha gente joven, y no tan joven, no habrá leído jamás sobre las peleas de gallos. Esta es una ocasión para enterarse de esa manifestación que tanto caló en nuestra sociedad. Su lectura no les dejará indiferentes, de seguro, pues los textos tienen ingredientes para satisfacer al más exigente.

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