Revista nº 823
ISSN 1885-6039

Un poema de Bernardino Valle.

Martes, 11 de Diciembre de 2007
Antonio Henríquez Jiménez
Publicado en el número 187

La relación de Tomás Morales con Bernardino Valle hay que retrotaerla a la infancia, mucho antes de encontrarse en el caserón de San Carlos de Madrid, en sus estudios de Medicina. No está de más recordar que fue Bernardino Valle quien, como alcalde de Las Palmas, ofreció el banquete-homenaje que la ciudad ofrendó en marzo de 1920 al poeta del mar, por la edición del Libro Segundo de Las Rosas de Hércules.


En la revista madrileña Vida Galante, participó Tomás Morales en tres ocasiones, con los poemas “El idilio de las hojas”1 (nº 338, de 25-IV-1905), “Desilusión” (nº 341, de 19-V-1905) y “¡Frú-Frú!” (nº 369, de 1-XII-1905)2. Por la misma época, en el nº 344, 9-VI-1905, aparece un poema de su compañero de estudios de Medicina, el también canario Bernardino Valle Gracia.

Otro escritor canario que publicó en la revista, el que más, fue Ángel Guerra que, aparte alguna narración, escribía una página casi semanal sobre lo que se representaba en los teatros de Madrid.

El poema de Bernardino Valle Gracia, titulado “El cuento de las notas. Sinfónica”, manifiesta su conocimiento y amor por la música. Su actividad de pianista acompañante se puede rastrear en la prensa de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria de la época.

Este poema y los de Tomás Morales se destacan de los demás de la revista.

¿Escribió Bernardino Valle otros poemas? Quien manifiesta la sensibilidad y la maestría que vemos en el que presentamos, sin duda, dedicó algunas horas a la poesía. Por ahora no tenemos más constancia de esta actividad. Sabemos que cuando pasó por Las Palmas de Gran Canaria la Compañía del poeta Francisco Villaespesa camino de América, en el mes de julio de 1921, Emilio Valle fue el que abrió con sus palabras la Fiesta Literaria que el Círculo Mercantil ofreció en honor del poeta que alentó los primeros pasos de Morales, allá en Madrid, y quizás los suyos propios. Algo de eso se vislumbra en sus palabras, pues recuerda “la magnitud de la figura tan excelsa y querida de mi amigo el poeta”. Dirigiéndose al público, manifiesta:

A más, yo no sabría daros de Villaespesa más que la cordial impresión de aquellos días de dorada perspectiva, un poco lejana y melancólica para mí, en que bebía por primera vez la rara esencia de su poesía y llevado por la mano propicia del poeta me adentraba en el portentoso y encantado jardín de sus versos. ¡Villaespesa! ¡Rapsodias! Yo no sé ver a Villaespesa, a mi Villaespesa, más que a través de aquel amado libro. ¿El mejor, el menos bueno? No lo sé, ni me importa… Es mío.


En el malhadado libro del canario Pbro. Juan Díaz Quevedo (El libro de los poetas. Antología universal del arte de la lectura. Madrid, Fernando Fe, 1925), se presenta un poema de su hermano Emilio Valle Gracia, titulado “Rosa y Carmen”. Los dos hermanos, Bernardino y Emilio, fueron alcaldes de Las Palmas de Gran Canaria. Bernardino fue diputado por el Partido Republicano Federal en la Segunda República Española, y se exilió a Francia después de la guerra del 36.

Antes de presentar el poema, hagamos un poco de historia de la revista en que se publicó “El cuento de las notas. Sinfónica”. Fue fundada y dirigida en Barcelona por Eduardo Zamacois (1898). Se traslada a Madrid, con el nº 100, en 1900, dirigiéndola, desde el nº 168 Félix Limendoux. Fue considerada en ciertos momentos una revista pornográfica, pidiendo por ello las fuerzas retrógradas su suspensión. Firmas de la revista fueron: Luis Taboada, Joaquín Dicenta, Antonio Palomero, Juan Pérez Zúñiga; entre los escritores nuevos, destacamos a Arturo Reyes, E. Gómez Carrillo, Gregorio Martínez Sierra, Francisco Villaespesa, Ramiro de Maeztu. También escriben Ramón Asensio Mas, Antonio S. Briceño, Ricardo Catarineu, E. Fernández-Vahamonde, Francisco de la Escalera, Luis Falcato, José Brissa, Miguel Toledano, Manuel Soriano, Juan Manuel Cadenas, Pedro Barrantes, los Hermanos Álvarez Quintero, J. Menéndez Agusty, J. Ortiz de Pinedo, José Francés, Vital Aza, Ángel Guerra.

La relación de Tomás Morales con Bernardino Valle hay que retrotaerla a la infancia, mucho antes de encontrarse en el caserón de San Carlos de Madrid, en sus estudios de Medicina. No está de más recordar que fue Bernardino Valle quien, como alcalde de Las Palmas, ofreció el banquete-homenaje que la ciudad ofrendó en marzo de 1920 al poeta del mar, por la edición del Libro Segundo de Las Rosas de Hércules. Allí le recuerda sus juegos infantiles, a la sombra de su madre:

Mas no es mi pretensión, ni mi posible, hacer cosa digna de ti, sino tan sólo buscar que mis palabras puedan rememorarte, con su modo, el sencillo decir con que te daba sus quedos, trémulos parabienes, aquella viejecita –tu madre– que tantas veces nos juntó a los dos bajo el providente desvelo de su guarda, mientras jugamos niños. ¿Te acuerdas?


También habrá que decir que Bernardino Valle fue uno de los médicos que atendió a su amigo Tomás en la última enfermedad.

Veamos el poema3:

                                  
                                El cuento de las notas

                                           Sinfónica

                                 ¡Silencio!... es el piano
                                 que suena lejano
                                 y una historia cuenta.
                                 Su harmonía lenta
                                 en tenues diseños
                                 trae rumor de sueños,
                                de amor que alborea.
                                …Frases “smorzadas”,
                                notas onduladas
                que cantan amores, vapor que marea.
                ………………..……………………..........

                                Luego, raudamente,
                                intenso, valiente,
                                su ritmo se agita
                                fogoso, transita
                                en amplio crescendo
                                de antiguas dulzuras
                                a amor con harturas
                                de carne… mordiendo.
                                Y muerden las notas
                                y las notas gritan
                                y las cuerdas rotas,
                sintiendo el espasmo, vibrantes palpitan.
                …………………………………………..........

                                Bruscamente cesa
                                la vida, y espesa,
                                la niebla al paisaje
                                nos trae un encaje
                                de harmónicos hilos.
                                …Diseños tranquilos…
                                La harmonía lenta
                                vaga, soñolienta…
                                Yerta, fría, inerte,
                la frase se apaga, en pausa de muerte.
                ………………….…………………..............

                                De nuevo el piano
                                sonando lejano
                                nos trae macilenta
                                la harmonía lenta
                                de tristes diseños
                                que semejan sueños
                                del amor pasado.
                                …Vapor agrisado,
                                frases “smorzadas”,
                                notas onduladas.
                                Luego, lentamente,
                                suave, dulcemente,
                las notas sollozan formando cascadas.

                                ¡Silencio!... es el piano
                                que suena lejano;
                                se siente una nube
                                que despacio sube
                                deshecha en girones;
                ¡es la blanca nube de las ilusiones!

                                                                          B. Valle y Gracia.



Agradezco noticias de la actividad poética de Bernardino y de Emilio Valle Gracia.

________

Notas.

1. Gerosa (pseudónimo del lanzaroteño Gonzalo Molina Orosa) cita parte de este poema en el periódico Gran Canaria (24-I-1913) en el artículo “Acerca del poeta. Tomás Morales. II”: “Otras composiciones tiene también de gran mérito; citaré entre ellas: “El idilio de las hojas”, prodigio de ritmo y de prosopopeya... / El Poeta acaricia mimosamente a su amada y, en tanto, musetea en su oídos la eterna canción de los amores –el Cantar de los Cantares–, y quedo, muy quedo, le pregunta: / ¿No las oyes, rumorosas, / dulces, ligeras, lejanas / como sonrisas que lloran... / como tristezas que cantan? (…) / Pero no es nada de esto; es algo más delicado y exquisito; algo que aquel divino Cetina que supo inmortalizar la sublime poesía de unos ojos claros y serenos no se hubiera desdeñado de firmar: / ¡Son las hojas que se besan, / son las hojas que se aman: / también ellas tienen vida, / también ellas tienen almas / y en las noches estivales / sus fugitivas sonatas / parecen ecos que gimen / entre las cuerdas de un arpa!” Antes de esta cita, se hace referencia a otros poemas de Morales, algunos de los cuales no he logrado localizar: “Estamos en presencia de un Poeta multiforme y hacer un estudio profundo y razonado de él nos llevaría demasiado lejos de nuestro objeto. Hay en sus versos, desde el triste becquerianismo de “Los poetas blancos”, “La niña pálida”, etc., hasta los bouquets afrodisiacos de la “Muerte del bardo”, “El Canto pagano”, y “Fru-frú” que, como “Las caricias” de Jean Richepin parecen escritas sobre los perfumados senos de una amable cocotte”.

2. Los publica Andrés Sánchez Robayna en el número XXXVI-XXXVII, (1990-1992), 1993, de la revista Estudios Canarios. Anuario del Instituto de Estudios Canarios, en el trabajo “Más sobre la ‘protohistoria’ de Tomás Morales: tres poesías desconocidas de 1905”.


3. Aparece ilustrado con dos fotografías (cabeza de joven con paisaje). Corrijo algunos elementos de la puntuación para adaptarla a las normas actuales.


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