Revista nº 854
ISSN 1885-6039

Algunas aves de las Islas Canarias: la costa norte de Tenerife.

Lunes, 29 de Octubre de 2007
Marcos Hormiga
Publicado en el número 181

El libro de próxima publicación Fuerteventura y Tenerife en 1901, por Henry E. Harris, ornitólogo y fotógrafo, es un extracto de la primera parte de una obra publicada en Londres en 1901 titulada Some Birds of the Canary Islands and South Africa. Reproducimos, a continuación, el último capítulo, el VI -de la página 78 a la 87 en el original- por el interés que pudiese despertar su contenido: un somero recorrido por la costa norte de Tenerife y, en particular, una descripción llevada a cabo sobre las alfombras de flores, tapices, de La Orotava, aportando una foto del original.


A pesar de nuestras pesquisas es poco lo que podemos decir del autor excepto, quizá, que más que ornitólogo destaca como fotógrafo, y también que logró empatía con la población de las islas que visitó. Este ejemplar hace un pequeño recorrido por las islas de Fuerteventura y Tenerife deteniéndose, como es costumbre en los autores de la época, en ocasiones en detalles de pormenores y, en otras ocasiones, pasando por encima temas de interés ineludible. En cualquier caso consideramos que resultará interesante la opinión, la visión externa, siempre discutible, sobre nuestro suelo y las generaciones que lo habitaron.


CAPÍTULO VI.

La costa norte de Tenerife.

Dice mucho de Tenerife que sin la ayuda de aquellos dos complementos, ríos y lagos, que están tan íntimamente ligados a cuanto es bello en paisaje, la Isla, con todo, sea capaz de mantener su puesto como uno de los lugares pintorescos de la naturaleza. La orilla norte de Tenerife tiene un encanto típicamente propio y en ningún lugar de la Isla hay tan agradable riqueza de colorido pincelado como en el Puerto de la Orotava. Aquí el mar está casi siempre agitado y solo de vez en cuando el azul intenso de sus aguas no está separado de la orilla por una línea de olas blancas. A lo largo de toda esta costa los cambios de color están limitados al negro, blanco y azul: el poco frecuente azul intenso del mar, la blancura nieve de la espuma y la arena negra de la orilla. Siempre hay cambios en este panorama ya que las olas del Atlántico, mientras se lanzan unas tras otras, son de tal tamaño que braman sobre las rocas transformando la orilla negra, en el momento del impacto, en una alfombra de espuma blanca. Pero si necesitábamos cambio de colores la vegetación que crece lo suple en lugares casi bajo del margen de la misma orilla o en los pueblos y puertos pequeños que alternan con los barrancos profundos a lo largo de la costa. El principal de ellos es el Puerto de La Orotava, donde el rojo terracota de las azoteas de sus casas forman contraste, en primer plano, con el mar, más allá.

Hay poco comercio por barco a lo largo de este lado de la Isla ya que la gente prefiere confiar sus productos y sus vidas a la excelente carretera que desde Santa Cruz -puerto principal de Tenerife- bordea un tramo considerable de la costa.

El mar de estas orillas se muestra receloso con cualquier mejora e, incluso, el corto rompeolas que se ha construido en el Puerto de La Orotava con vistas a ofrecer una especie de refugio para las barquillas de pesca cuando las varan, es tratado por las olas como un mero juguete. Bloques completos de mampostería han sido desplazados hasta un extremo del rompeolas y se trata de una cuestión de tiempo comprobar cómo el mar acabará su labor. En un día tempestuoso, cuando suelen batir altas olas, el pequeño rompeolas se encuentra en un continuo estado de aparición y desaparición, su estructura, por llamarla de alguna manera, sólo se ve justo a tiempo para dejar lugar a la siguiente arremetida de agua con su correspondiente lluvia de maresía. No hay puerto y las dos o tres goletas que frecuentemente anclan en el mar abierto, a cierta distancia de la orilla, se balancean de una banda a otra cuando las enormes olas pasan por debajo.

Los pueblos de Icod y Garachico están situados al oeste de La Orotava; al este se encuentran los acantilados de Santa Úrsula, estos últimos frecuentemente marcados por una bruma azul muy característica de las vistas de Tenerife. Por encima de estos acantilados se pueden ver un par de guirres1, sobrevolando en círculos o siguiendo el curso de algún barranco en su búsqueda de comida. Estos barrancos, de los que hay muchos, siguen su cauce hasta la orilla pasando bajo puentes sobre los que hay carreteras comerciales. Están bien construidos y son de una fortaleza inmensa, sin duda hechos con la finalidad de resistir las riadas repentinas que ocasionalmente, en la estación de invierno, corren por los profundos barrancos2. Los fondos rocosos de estos barrancos están secos en su mayor parte aunque a lo largo de sus riberas se encuentran creciendo muchos tipos de plantas. La zarza es común aquí y el zarzalero3 se pueden ver con frecuencia, su plumaje blanco y negro, castaño y gris, convirtiéndolo en un objeto llamativo y bello. Este pajarillo, la curruca tomillera4, construye su nido, por lo general, en el matorral de zarzamoras, a cuyos refugios puede retirarse cuando hay peligro próximo. También le gusta zumbar a cualquier intruso con una discordante nota regañona desde un lugar desprotegido, como el que figura en la ilustración, donde el pájaro está posado sobre una caña rota. Estos tallos alcanzan una altura considerable en Tenerife y cuando han crecido del todo los pescadores las utilizan para cañas de pescar.

En estos barrancos mora otro habitante además del zarzalero5: aquí se encuentra un insecto peculiar, con cierto parecido al de una langosta, que responde al nombre de mantis religiosa. Este insecto, cuyo lugar de emplazamiento no resulta siempre fácil de descubrir, tiene ganada su reputación de devoción por la forma peculiar en que mantiene sus dos patas delanteras porque asumen la posición de las manos cuando se colocan en posición de orar. Así se mantiene inmóvil entre el follaje de algunos árboles o plantas y cuando las pequeñas criaturas de la que se alimenta la perciben son atacadas con la reverencia de su actitud devota. “Qué buena es”, parecen decir mientras la langosta asalta, “… y qué ejemplo para todos nosotros”, y no es hasta que la devota, emergiendo de estas maniobras con una abstracta mirada cansina y, de alguna manera, cansada, se ha despachado tres o cuatro de la congregación que comienzan a darse cuenta de que ora, pero no ayuna. En cualquier caso, con ese tono se postula la leyenda.

Al oeste de La Orotava la carretera continúa a lo largo de la costa pasando por alguno de los paisajes más bonitos de la Isla. En esta región no hay carencia de agua y los arroyos que vienen bajando desde las alturas los encauzan aparte, como si continuaran en su torrente impetuoso, y los conducen por acequias de madera para verterse primero sobre un pueblo de las pendientes de la montaña y luego sobre otro.

Icod es uno de los pueblos más importantes de Tenerife y, al igual que la Villa de La Orotava, prefiere emplazarse a unos trescientos metros sobre el nivel del mar, constando su presencia en la orilla con su pequeño puerto del que una senda inclinada y espantosa6 conduce hasta el mismo pueblo. Este puertito, por lo que yo sé, es el único que puede reclamar semejante título a lo largo de toda la costa norteña de Tenerife. Estando allí llegó una goleta cargada con piedra7 desde una de las islas orientales, un artículo del que los habitantes no podrían prescindir.

La vista del pico Teide desde Icod difiere por completo de la que se obtiene en La Orotava porque, mientras desde el último lugar el primer plano se extiende alrededor del ancho valle de La Orotava, precediendo gradualmente a la empinada cadena montañosa de más arriba que el mismo pico exhibe, en Icod hay poco más que un primer plano y la montaña se eleva a tres mil quinientos metros por encima del mismo pueblo.

Probablemente se cultivan más plátanos en la vecindad de Icod que en cualquier otra región de la Isla, y cuando uno se para en la extensa plaza que domina el mar, el terreno que se interpone está mayormente tomado por plataneras. Estos bosquecillos son un lugar favorito para los petirrojos8, quienes parecían estar bastante distribuidos en zonas, por la Isla. Los tres nidos de estas especies que encontré estaban construidos, cada uno de ellos, en el lugar dejado por la rotura de un plátano de la piña en cuyos espacios los pájaros construían un nido como revuelto, como mostramos en la ilustración. Para el observador superficial apenas hay diferencia, entre estos petirrojos y aquellos que nos son familiares en Inglaterra. Los campesinos le llaman pájaro de San Antonio9.

Uno de los pájaros peculiares de la isla de Tenerife es el pinzón azul10 que habita en los bosques, en las faldas de las montañas más altas. Cría muy tarde en la estación y puesto que me marché de Tenerife en junio, no pude conseguir fotos ni del nido ni del mismo pájaro. Esperaba encontrármelo en Vilaflor pero no vi nada, aunque nos mostraron un arroyo donde se decía que estos pájaros solían venir a beber y donde los campesinos solían atraparlos.

Muchos de estos pájaros de Tenerife tienen un gran reto para alcanzar la juventud, no porque sean acosados por muchos enemigos naturales sino porque la tierra se trabaja en propiedades muy pequeñas y porque los hombres y los muchachos están constantemente pisando cada metro de terreno y, naturalmente, descubren los nidos y una vez descubiertos, los rompen. Sus enemigos naturales son pocos excepto en la zona arbolada de las montañas donde hay muchos gavilanes11. Por lo general, las aves de presa son más carroñeras que cazadoras aunque el halcón peregrino12 destacaba por su ausencia, siendo un ave cuyas necesidades en todas las áreas parecerían encontrarse cubiertas en esta Isla. Un amigo mío que vivía en Las Palmas de Gran Canaria13 me dijo que hace unos pocos años vio un par de esas aves cerca de la ciudad. Una de ellas descendió y mató una paloma de una bandada de esas aves, que cayó al suelo pero que fue inmediatamente aprovechada por algunos guirres14, de tal forma que los halcones tuvieron que cazar de nuevo.

Los cernícalos15 son muy comunes en Tenerife y es extraño que uno o más de estas aves no estén en el aire, cerniéndose sobre el terreno rocoso en busca de lagartijas o sobre los estanques de agua en cuya vecindad a veces se abalanzan sobre una de las ranas verdes, tan numerosas en esos sitios. Se pueden ver estas ranas durante el día, en medio del follaje de rosales, cuyas hojas simulan en color. Hacen un ruido sombrío e incesante croando después del atardecer.

Tenerife puede presumir de poseer varios de nuestros pájaros cantores más atractivos, destacados de entre ellos son el capirote16, que es como le llaman los campesinos, y el mosquitero común17. A estos hay que añadirle los pájaros canarios que cantan constantemente en los huertos y en los árboles a los lados de la carretera, mientras que en la arboleda y barrancos18 más apartados las notas intermitentes de los capirotes, profundas y lastimeras, con frecuencia son los únicos sonidos que se pueden oír.

El ojo, que no el oído, está concebido para Tenerife, y el canto de los pájaros representa mucho de la música de la Isla, incluso las campanas de la iglesia, de las que se podría esperar algo de dulzura, sólo emiten un repique discordante. Una buena parte de los campesinos tocan la guitarra y hay un pequeño grupo en el Puerto de La Orotava que diserta excelente música, formado por un violín y tres o cuatro guitarras. Los diversos miembros de este grupo son personas que están relacionadas con el comercio en el Puerto y cada uno de ellos es un músico esmerado, lo que me recuerda que, cuando nos estábamos quedando en Vilaflor, una noche resultó muy ameno oír la voz de un hombre, claramente en el trance de una canción de amor, acompañado de una guitarra. El cantador mantuvo una voz de bajo muy profunda, restringida al compás de tres o cuatro notas, en tonalidad menor, durante casi toda una hora. Pensamos que debía estar enamorando, en cantos, a su inamorata, pero a la mañana siguiente nos dijeron que había sido despreciado por una joven del pueblo hacía un mes, y desde entonces siempre, a media noche, le daba serenatas en su vivienda. Desde luego era una forma bastante más efectiva y prudente de llevar a cabo su venganza que algunos métodos que adoptan otros mozos enamorados. Al grupo de metales que se ubica en Santa Cruz se le deja salir con ocasión de cualquier fiesta19 de cierta importancia en pequeños pueblos a los que desciende rampante y entusiasta para entrar en la refriega.

En Tenerife los días de fiesta son tan abundantes como las zarzas y no se deja pasar ninguno sin alguna nota de remembranza, ya sea una humilde fogata que titila después de la puesta del sol desde la morada de algún campesino en las faldas de la montaña o la verdaderamente espléndida pompa de las alfombras de flores, celebradas anualmente en junio en la Villa de La Orotava.

Intentar representar en unas pocas líneas lo que llevaría todo un libro para describir es llevar a cabo una injusticia manifiesta y, además, dudo aludir a ello excepto de la manera más somera, habiendo sido solamente un observador superficial de la ceremonia y, por poco, no iniciado en los pormenores que tienen que ver con el desarrollo del interés de tal escena. Desde temprano, por la mañana, el día de las alfombras de flores, multitudes de campesinos acuden por las pendientes inclinadas que conducen a la Villa, los hombres mayormente vestidos de negro, las mujeres y los niños en mantones y gorros de los colores más vivos. El pintoresco pueblo antiguo jamás se muestra mejor que cuando se le mira desde abajo con los chapiteles de su iglesia20 y muchas casas de varias alturas desdibujadas por el verde lozano de los árboles de alrededor sobresaliendo en múltiples colores frente al fondo lejano de las montañas o a las nubes grises.

Todo aquel que puede ir, desde cualquier punto, acude a ver las alfombras de flores. Con varios días de antelación las mulas cargadas de brezo y retama bajan de los montes para aportar material para el fondo de esta eficaz “alfombra”. Sólo se usan los pétalos de las flores y se hace un diseño distinto para cada vía pública principal; las zaragatas21 se colocan dentro de un marco verde oscuro22 y tan pronto como se terminan los diseños se esparce agua sobre la “alfombra” con la intención de impedir que los pétalos salgan volando. Todo es un mosaico ejecutado con pétalos de flores de casi cualquier tono imaginable. Se requieren casi todas las especies de flores y arbustos de la Isla y es bastante notable la gradación de colores si consideramos que los diseños se colocan con el color natural de las flores excepto donde se requiere el negro ya que éste se obtiene llenando las figuras con el brezo que, con intención, se ha quemado previamente.
 

En la plazas amplias del pueblo se hacen tapices introduciendo diversas figuras y, en uno de esos tapices, consiguen una textura de mucho efecto utilizando las largas fibras que penden de las piñas del millo cuando están maduras, para representar la barba de un hombre de edad.

Esos días suspenden el tráfico en el pueblo y cuando, encabezada por eclesiásticos, la esplendorosa procesión emerge de la iglesia, pasa por las calles principales, una tras otra, reduciendo lo que sólo media hora antes era un incendio de colores a una nula masa sombría. Algunos de los tapices especiales en los que se insertan figuras están hechos por miembros de familias españolas de abolengo, representados en la Villa de La Orotava durante muchas generaciones.

Algunos de los antiguos jardines de la Villa son muy encantadores como también lo son los del Puerto, abajo, particularmente el jardín del hotel que, de una capa escabrosa de lava, ha pasado a ser un jardín de flores. El suelo, sepultado durante siglos bajo esta capa de lava, es de lo más prolífico; las rosas y otras flores innumerables florecen sin tener en cuenta la temporada o la estación.

Hay unos pocos sonidos de estación en Tenerife y el paso del tiempo no está marcado, como en Inglaterra, por el zumbido de la maquina o el afilado de la guadaña. Uno de los pocos sonidos del almanaque de la naturaleza durante la primavera en los jardines del hotel de La Orotava es el tintineo musical de las capas con forma cónica que cercan los pétalos de la Eucaliptus marginata, cuando cae al suelo derribada por la curruca capirotada o el mosquitero común en su búsqueda de alimentos de insectos entre los pétalos ya liberados. Otro sonido que siempre está ahí es el crujir de las hojas secas cuando los lagartos se escabullen rápidamente hacia su madriguera debajo de las rocas de lava.


...........................................................

1 Vultures en el original. Egyptian vulture en inglés. (Neophron pernopterus). A principios del s. XX era una especie residente de Gran Canaria, Tenerife, Gomera, Fuerteventura, Lanzarote, Graciosa, Montaña Clara y Alegranza. Hoy en día se ven algunas parejas en Fuerteventura y Lanzarote.
2 En castellano y en cursivas en el original.
3 Zarzalero, en castellano, mayúscula y cursivas en el original, seguido de Blackberry-bird.
4 Spectacled Warbler en el original. (Sylvia conspicillata) Curruca tomillera.
5 En castellano, mayúscula y cursivas en el original.
6 Villanous (sic) en el original.
7 Piedra de cal sin duda traída desde Fuerteventura.
8 Tenerife Robin, en el original. Consideramos que se trata del petirrojo, (Erithacus rubecula), subespecie residente.
 9 En castellano, en mayúscula y en cursivas en el original seguido de Bird of Saint Anthony.
10 Teydean Chaffinch en el original seguido de Blue Chaffinch. Pinzón azul (Fringilla teydea). Especie residente.
11 Sparrow-hawk en el original. También se le denomina Tenerifean Sparrow-hawk en inglés. Gavilán (Accipiter granti). Subespecie residente. En la época en que se describe esta situación su hábitat en el archipiélago era Gran Canaria, Tenerife, La Palma, Fuerteventura y Lanzarote.
12 Peregrine Falcon en el original. Consideramos que si bien el halcón común (Falco peregrinus) recibe el nombre de Peregrine Falcon, el autor se refiere al Barbary Falcon, halcón de berbería (Falco pelegrinoides), residente parcial, cuyo hábitat en el archipiélago era, en la época del escrito, Gran Canaria, Tenerife, Fuerteventura, Lanzarote, Montaña Clara y Roque del Oeste.
13 Las Palmas, Gran Canaria, en el original.
14 Vultures en el original.
15 Kestrel en el original. Cernícalo vulgar (Falco tinnunculus). Subespecie residente cuyo hábitat en el archipiélago se circunscribe a Gran Canaria, Tenerife, La Palma, Gomera y Hierro.
16 Blackcap, seguido de Capirote en castellano, cursivas y mayúscula en el original.
17 Chiffchaff en el original.
18 En castellano y en cursivas en el original.
19 En castellano y en cursivas en el original.
20 Iglesia de la Concepción inaugurada en 1788, erigida en el mismo espacio de la ermita fundacional de finales del siglo XV.
21 Nombre que reciben, digamos, los moldes para alfombras de flores en La Villa de La Orotava.
22 Se refiere a los bordes generales de brezo en los que queda enmarcado el tapiz.


Noticias Relacionadas
Comentarios