Era la más pequeña de una familia con ocho hijos, de los cuales cinco eran chicas y tres varones. Sus padres, agricultores y ganaderos, la iniciaron, al igual que al resto de su prole, en las labores del campo, segregadas por razón de sexo: quienes ordeñaban eran los varones, mi padre y hermanos, yo no lo hice de soltera...
Su trabajo en el campo estaba más vinculado al cultivo: papas, verduras... y la colaboración en tareas comunes como descamisar el millo, la trilla, etc. Su familia cultivaba el terreno en el que hoy está instalado el Matadero Insular: esa tierra era de las monjas de La Laguna, las hermanitas de Caridad, las del asilo de ancianos.

Los padres de Concha, doña Elena García Arvelo y don Eugenio Reyes Hernández.
El ganado se criaba suelto en los manchones (...) teníamos vacas, unas pocas de cabras y un burro pa llevar los nísperos al mercado. Además criaban gallinas y cochinos: los cochinos eran negros, yo nunca vi en casa cochinos blancos.
La tarea de recolectar y llevar al mercado fruta y la verdura, lo mismo que el cuidado de los animales en el manchón, correspondía a las féminas de la casa: Íbamos a lavar la ropa en el Barranco del Infierno, el agua venía de la Fuente Los Álamos y a la vez cuidábamos las vacas en el manchón. La ropa la tendíamos al sereno pa curarla (blanquearla); le quitábamos las manchas de vino de los manteles con gallinaza (...) las vacas pastando y nosotras lavando o cogiendo higos picos que barríamos con unas ramas de altabaquera; se seleccionaban de mayor a menor, porque cada uno tenía su precio...
Los productos de la tierra que se vendían estaban destinados a los mercados de La Laguna y Santa Cruz. El burro, fiel compañero, solía acompañar a la madre de Concha al mercado: cogíamos canastas de nísperos, o bien verduras, higos picos... y las llevábamos al mercado. Salíamos desde El Infierno y subíamos por El Mulato, a las dos de la mañana, con un farol en la mano porque el mercado abría a las tres, íbamos hasta La Laguna con la fruta y la verdura...
Otro de los cometidos era llevar la leche de las vacas a La Laguna, a feligreses ya establecidos: al mercado, al puesto de José Torres; al asilo le dejaba una cántara, y en otros domicilios.
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| Sábanas de saco rellenas con paja. |
Recuerda con cariño el ambiente familiar, armonía y respeto, dos grandes valores que la han ayudado a superar el duro andar cotidiano. Como era costumbre en muchos hogares canarios, criaban cochinos destinados a la alimentación de la familia: se mataba por San Marcos; si teníamos más, también se mataba por Navidad o por los Remedios, en septiembre (...) los lechones se los comprábamos a Juan el Cochinero, venía con un mulo y traía los lechones en raposas (...) a veces se quedaba a dormir en casa...
Las posibilidades laborales para las mujeres fuera del ámbito meramente familiar eran muy escasas; Concha y sus hermanas tuvieron la oportunidad de trabajar en la fábrica de tabacos «Álvaro» de La Laguna: salíamos a las cinco de la mañana pa llegar a tiempo a la fábrica, hacíamos puros, a mí lo más que me gustaba era quitarle el palito central a la hoja grande y quedaban dos capas...
El trabajo en la fábrica no las excluyó de otras tareas, debían colaborar en la trilla, cuidado del ganado, etc.: mi madre hacía sábanas de saco, cosía cuatro sacos abiertos con hilo de pita, los usábamos para la paja, los chochos en El Rodeo, la fajina del millo, hojas del monte... y con las sábanas cargábamos en la carreta (...) a las hojas del monte le decíamos chamizos, era pa debajo de las vacas; antes en el monte no había ni hojas, teníamos que barrer pa ajustarlas, porque había mucha gente con animales.
Hacia los veinte años se casó y de su matrimonio nacieron tres hijos y una hija, pero ésa ya es otra historia. La experiencia y los conocimientos de una mujer como Concha, dan lugar a reconstruir nuestro pasado para que pueda ser conocido y entendido por generaciones venideras. Nuestro HOMENAJE a una persona que tanto faenó y ha hecho del respeto su más preclara seña de identidad. Por ello es reconocida y se le quiere.
Este artículo ha sido previamente publicado en el número 41 de la Revista El Baleo, editada por la Sociedad Cooperativa del Campo 'La Candelaria', en diciembre de 2006.

