Revista n.º 1152 / ISSN 1885-6039

Homo Canariensis (I).

Miércoles, 28 de noviembre de 2007
Javier Velasco
Publicado en el n.º 185

¿Cómo eran realmente los indígenas canarios? ¿Qué aspectos tenían los antiguos canarios, los guanches, los gomeros…? Son cuestiones que sin duda condicionan cualquier mirada a nuestro pasado más remoto. Sin embargo, y sin menoscabo de tal preocupación, se trata de unas preguntas para las que ya solemos tener una respuesta formulada o al menos imaginada en muchos de sus matices. La ambigüedad de estos interrogantes permite, en no pocas ocasiones, que proliferen visiones estereotipadas sobre el aspecto físico de estas gentes a las que queremos encarnar no como realmente fueron, sino como nos hubiera gustado que fueran. Acaso porque en ellas tratamos de buscar un reflejo en el que representarnos a nosotros mismos.

Dibujo del alumnado del Colegio Néstor Álamo del Valle de Jinámar.

En no pocos casos se parte de premisas que, pese a que no lo queramos o sepamos reconocer, están en parte fundamentadas en los preceptos raciológicos que durante décadas -y durante siglos- han forjado la construcción “científica” de la imagen del aborigen. Podría incurrirse en un error, pero no debe resultar muy arriesgado suponer que un porcentaje mayoritario de los que, en algún momento, hemos querido imaginar el aspecto de los integrantes de estas sociedades los hayamos visto como hombres o mujeres de considerable estatura, cabellos rubios, ojos claros, cuerpos musculozos y, como no podía ser de otra forma, tez blanca.

En ciertos foros interesados, afortunadamente cada vez en menos ocasiones, se nos sigue diciendo que durante la prehistoria en las islas habitaron diferentes razas, que éstas ocuparon los territorios insulares de forma diferenciada, que cada una de ellas desarrolló una serie de manifestaciones tecnológicas particulares y que, además, unas se impusieron a otras gracias a “unos modos de vida más avanzados”. Cromañoides y mediterranoides siguen siendo términos que, aún a pesar de que realmente tan solo hagan referencia explícita a una serie de caracteres morfológicos reconocibles en el esqueleto, son asociados a visiones raciológicas de las manifestaciones culturales y, cómo no, a su perpetuación en la población que en la actualidad vivimos en el Archipiélago. Pero más allá de tales dicotomías raciales, y como acertadamente expone F. Estévez, el denominador común es una imagen positiva y arquetípica del guanche, que alcanza desde la nobleza de su carácter y la naturalidad de sus costumbres, hasta la innata fortaleza de su raza. Su aspecto físico sería, además, fiel e inexcusable reflejo de tales cualidades, lo que, desde estos postulados, solo podría traducirse en un indígena muy similar al descrito al final del párrafo precedente.



Lo cierto es que desde las primeras crónicas de la Conquista y en relatos posteriores ya se nos ofrece una imagen de estas gentes que, en cierta medida, ha podido contribuir a la idealización positiva a la que se hacía referencia más arriba. No en vano, y por poner un ejemplo, Abreu Galindo describe a los habitantes de Gran Canaria como bien proporcionados de buena estatura y grande ánimo o Francisco López de Ulloa narraba que heran todos hombres y mujeres, muy bien dispuestos, altos de cuerpo y de muy buena presencia, algo morenos. Sin embargo, y como afirmara recientemente S. Baucells, la raza supondrá un criterio fundamental en la ruptura que a partir del siglo XIX empieza a gestarse en la visión del aborigen ahora extendida al ideario común. El seguidismo que en la actualidad se ha hecho de unos preceptos forjados en la raciología, excusado en la supuesta cientificidad de la totalidad de sus consideraciones, ha propiciado la perpetuación de esa imagen arquetípica de los antiguos pobladores de Canarias. Puede decirse así que, posiblemente, hoy construimos mentalmente cómo fue el aspecto físico de estas gentes en un precario equilibrio entre la visión ilustrada de Viera y los estereotipos raciales. A tal efecto, como en los diagnósticos raciales a primera vista de Fischer o Schwidetzky, creemos ser capaces de calificar sin duda alguna cómo fue el aborigen, cómo no debió ser su aspecto y qué rasgos son los que permitirían su pronta identificación.

Tales planteamientos han dejado al margen lo que significa cualquier población pasada y presente, esto es, “la virtud de la normalidad”. Dicho de otro modo, han quedado relegados al olvido aquellos que, con la seguridad de que existieron, se alejan de una visión arquetípica absolutamente interesada. En lo que al aspecto físico se refiere, entre la población indígena hubo gentes más o menos agraciadas si quisiéramos atender a nuestros actuales cánones estéticos, los hubo más altos y más bajos, también gordos y delgados (acaso en relación a su posición social), los hubo alopécicos, cojos, tuertos y mancos, gentes de piel y cabellos oscuros y otros que no compartirían dicha particularidad… En definitiva, en la diversidad de aspectos concernientes a cómo era su aspecto externo eran muy similares a nosotros, eran “normales”, si se permite lo poco preciso de esta expresión. Sin duda, si tuviéramos en nuestras manos una “maquina del tiempo” y pudiéramos trasladar a nuestros días a alguno de los integrantes de estas sociedades prehispánicas, peinándolo y vistiéndolo como cualquiera de nosotros, no nos queda duda de que pasaría completamente inadvertido. Quizás, aguzando nuestras dotes de observación, nos llamaría la atención que mostrara rasgos que denotarían el desarrollo de una actividad física más intensa que la que suele ser habitual en la población actual, además de mostrar el aspecto de las gentes habituadas a trabajar al aire libre. Redoblando esfuerzos podríamos reparar en el hecho de que, según su edad o sexo, habría perdido varios dientes o que éstos mostrarían un desgaste proporcionado para lo que hoy suele ser normal, o bien otras particularidades que pondrían de manifiesto que había desarrollado unas formas de vida muy diferentes a las de nuestra sociedad contemporánea. Son precisamente tales elementos, los resultantes de unas normas sociales y económicas diferentes a las nuestras, las que permitirían particularizar físicamente a estas poblaciones prehistóricas y no el hecho de pertenecer a una determinada “raza”.

Dibujo de aborígenes canarios del alumnado del colegio de primaria Néstor Álamo (Valle de Jinámar).

Lejos de resultar banales los planteamientos hechos en estas líneas, puede afirmarse que la superación de tales iconos raciales contribuirá, entre otras cosas, a que las aproximaciones al pasado prehispánico sean cada vez más certeras y se vayan desprendiendo de los referentes de prestigio a los que acudimos en no pocas ocasiones.

Particularmente interesante para los aspectos sobre los que se reflexiona son los dibujos de “aborígenes” hechos por el alumnado de tercero y cuarto de Primaria del Colegio Néstor Álamo (Jinámar). Sin querer manifestar una opinión experta, la sensación resultante es que se representa físicamente a estas poblaciones prehispánicas con un aspecto del todo análogo al que se hubiera empleado para dibujar a cualquier persona actual. Los elementos que los distinguen como prehistóricos son precisamente determinados aspectos culturales materializados en cuestiones tan diversas como la vivienda, la relación con los animales, las artesanías, el ropaje, etc. Son las formas y modos de vida de estas sociedades pretéritas las que, como así se refleja en estas ilustraciones, particularizan históricamente a estos grupos humanos. Los niños y las niñas del Colegio Néstor Álamo así lo han querido expresar desde su singular punto de vista, dibujando para nosotros una enseñanza que no puede pasarse por alto.




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