Revista nº 829
ISSN 1885-6039

La danza anual de ramas verdes en honor a su Virgen de Las Nieves.

Miércoles, 06 de Agosto de 2008
Infonorte Digital
Publicado en el número 221

El viento que pregona las fiestas, cesó cuando la luz del día iluminó las calles de la villa marinera, sabedor que la brisa pasaría desapercibida para los vecinos, en el día en el que, por fin, llegó la enramada. Como cada cuatro de agosto, el pueblo bailó en la calle, como sólo él sabe hacerlo, su danza anual de verdes ramas, en honor a su Virgen de Las Nieves.


El volador a las cinco de la mañana, anunció con su voz tronadora, que los hijos de Agaete dispondrían de 24 horas para llenar los rincones de su alegría colectiva, esa alegría que solo se exterioriza cuando llega el tiempo de la enramada.

Así, cuando la banda entonó el Quinto Levanta, Agaete se desperezó del largo año de espera, y al unísono, mientras en los ojos brillaban las lágrimas, hombres, mujeres y niños, alzaron las manos al cielo oscuro de la madrugada, en ese inicio del baile que llega en la amanecida de la Diana.

El corazón explotó jubiloso y todos a una, uniendo espaldas como si fuera la imagen hilada en un hermoso tapiz festivo, recorrieron la parte alta de la villa, para después bajar a la plaza, en las primeras horas del baile pasional, con el que Agaete homenajea anualmente a su Virgen, porque este es un baile votivo, que sale de lo más profundo y querido de la villa.

Las primeras luces del día cayeron sobre los danzadores, como rayos de vida, calentando los cuerpos para darles fuerza y aguante para la mañana de Rama.

El caldito humeante acompañado del bocadillo y de la cervecita bien fría para no perder lo ganado en la vigilia nocturna, supo a respiro sosegado, induciendo a más de uno, a una cabezadita no deseada.

Quizás hubo tiempo para una ducha de agua fría, y poco más, porque a las diez de la mañana, detrás de la iglesia, sonó de nuevo el volador, ordenando a la banda que tocase La Madelón para que el pueblo cumpliera con su promesa de fiesta.

De nuevo, el baile tomó las calles enfilando por la calle principal para subir a buscar la rama.

Y Agaete bajó enramada con ese bosque humano que no para de danzar y que siempre logra emocionar el alma.

Se sintió con fuerza la danza, llenando lo huecos que abren las ausencias en el corazón, y que solo, La Rama con toda su intensidad, es capaz de convertir en amadas presencias.

La enramada recorrió el pueblo, subiendo a San Sebastián, sin que el baile parara ni un segundo, para llegar después a la iglesia, donde los sones tradicionales de la Rama, se hicieron puro sentimiento, apoderándose de los cansados cuerpos, para llevarlos veloz, casi exhaustos, a las puertas de la ermita en el Puerto.

Enramó Agaete a su Virgen, con el eucalipto, retama y poleo cogidos en la frondosa Tamadaba, después de salarlos en el agua cristalina de la playa de Las Nieves.

Las ramas bañadas en el mar, se ofrendaron a la virgen, pagando promesas que nunca se olvidan y después del ritual en la ermita, tocó el momento del regreso.

La tarde siguió con los olores de la fiesta, pasando las horas en la laboriosa tarea de engañar al casando cuerpo con la sabrosa ensaladilla y con unas buenas dosis de café ya que quedaba la noche de Retreta.

Y la noche llegó, y con ella, los farolillos se encendieron, los papagüevos salieron de nuevo, y a las diez en punto, el sonoro volador, prendió la mecha del último baile callejero.

Se paseó otra vez bailando hacia la Villa Arriba, pero esta vez, con el deseo de que el tiempo se parara en Agaete. La música alegre de la mañana, anunciaba ahora en la noche, la despedida, y el cansancio acumulado se tornó en ligera tristeza.

Los pies se resistían andar, solo saltando sobre el asfalto y las manos seguían alzadas al cielo, como si una oración de ruego saliese de la voz del pueblo, pidiendo a la noche que el baile no se acabase.

Pero la Retreta se mostró contundente y llevó a los danzantes sin pausa, hasta el frontis de la iglesia, preparándolos para la despedida.

El cielo se iluminó con los fuegos artificiales prolongando unos minutos más el aroma de la fiesta y la música volvió a sonar para acompañar a los danzantes en el tramo final, ese que siempre deja el corazón mareado por el año de espera que comienza.

Los voladores dejaron de tronar y los instrumentos apagaron sus sones, y Agaete se dejó vencer por el sueño con el alma en ansiosa espera de ese amanecer de Diana, que llegará para abrir un nuevo día de enramada.


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