Revista nº 797
ISSN 1885-6039

Piedra Lunar. Alfarería isleña.

Lunes, 22 de Diciembre de 2008
José A. Luján (Cronista Oficial de Artenara)
Publicado en el número 241

En una misma semana y con sólo cinco días de diferencia, se han presentado dos libros sobre la historia de sendos focos alfareros de la Isla.


El primero relativo a Hoya de Pineda (Gáldar-Guía), escrito en coautoría por Juan Zamora y Antonio Jiménez, y el segundo sobre La Atalaya de Santa Brígida (ediciones Anroart), de Carmen Ascanio Sánchez. Si a estas monografías añadimos las publicadas en los últimos años sobre el centro locero de Tunte-Tirajana (Zamora y Jiménez, 2004) y la del barrio artenarense de Lugarejos (Luján, 2006), podemos constatar que los principales focos históricos de esta manifestación etnográfica han sido abordados con solvencia metodológica en un momento crucial en que se clama e impone su decidida preservación.

Estas obras, siendo diferentes en su fundamentación teórica, tienen en común aspectos propios de la investigación socio-etnográfica y antropológica, a la vez que ofrecen valiosos testimonios a partir de insoslayables trabajos de campo y, sobre todo, mediante la apoyatura en fuentes orales a través de inestimables aportaciones de los informantes que sirven de contraste a la documentación escrita y a la observación directa de sus autores.

La alfarería es una actividad cuya lectura ofrece múltiples vertientes (etnográfica, social, económica, funcional, arqueológica…) y que posibilita el acercamiento a la interpretación histórica de una microcomunidad. Si observamos con mirada socioeconómica lo que con el tiempo ha devenido en ser una evidencia artesana a caballo entre la estética ornamental y la nostalgia de una tradición periclitada, podemos constatar que la actividad locera en los ámbitos isleños está vinculada a la pobreza y a la marginalidad social, siendo soporte de una endeble economía de subsistencia que logra un pilar protagonista en el regazo familiar de la mujer.

Aparte de la morfología de las piezas, su evolución histórica, comercialización, trasiego e influencias mutuas en los caminos de la Isla, o ciertas actitudes sentimentales desde el presente, el denominador común que no podemos obviar es el rol desempeñado por la alfarera en el seno de su pequeña comunidad. Desvelar con nombres y apellidos esta vertiente es poner en valor a la mujer rural que siempre ha permanecido anónima en el marco de las profesiones históricas. Este es el mérito añadido de estas publicaciones.


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