Revista nº 758
ISSN 1885-6039

Sobre la Romería del Pino. Un escrito de Franchy y Roca y unas reflexiones.

Martes, 07 de Octubre de 2008
Antonio Henríquez Jiménez
Publicado en el número 230

Hace un mes, se celebró una nueva edición de la conocida Romería del Pino en Teror (Gran Canaria), acto al que acuden, como se sabe, una infinidad de gente de toda la isla, así como un gran número representativo de las diferentes islas del Archipiélago. Nuestro colaborador Antonio Henríquez Jiménez rescata un texto histórico de Franchy y Roca y apunta algunos pensamientos a propósito del mismo y la celebración.


A principios del siglo pasado, el político republicano federal José Franchy y Roca publicó, en varias ocasiones, un artículo que se refería a las fiestas del Pino. “Migajas de la Historia. El Pino Santo” fue el título que le dio en El Tribuno (Las Palmas de Gran Canaria, n.º 37, 2-IV-1910); en otra ocasión, en el mismo periódico (7-IX-1912), tituló el artículo como “Mentiras viejas. El Pino Santo”. El artículo se volverá a publicar en la revista Canarias, de Buenos Aires (Año V, n.º 104, 1-XI-1919), titulado escuetamente como “Pino Santo”, bajo el épigrafe general De los grandes canarios contemporáneos. No me extrañaría que viera la luz en más publicaciones.

Aquí va:




Una de las muchas fábulas de apariciones de imágenes religiosas que nos han transmitido las viejas crónicas canarias es la de la Virgen del Pino de la villa de Teror. Pasados más de cuatro siglos, todavía la sencillez, la ignorancia y el fanatismo siguen atribuyendo milagros a aquella imagen. Famosas son, por la afluencia extraordinaria de gente de toda la isla, las romerías que el 8 de septiembre de cada año se celebran en Teror. Verdad es que allí concurren, juntamente con los que van a cumplir promesas, llevar exvotos e impetrar el auxilio de la Virgen, los que van simplemente a divertirse.

La leyenda de la aparición de la Virgen del Pino refiérela D. Josef de Viera y Clavijo en sus Noticias de la Historia general de las islas Canarias, en la forma siguiente:

“Fíjase este memorable hallazgo al fin de la conquista de Canaria y en tiempo de su obispo y conquistador D. Juan de Frías. Hasta entonces no tenía esta grande isla imagen aparecida como las de Tenerife y Fuerteventura; pero es tradición que los gentiles habían observado cierta luz que solía rodear aquel árbol, sin que se hubiesen atrevido a reconocerla. Atreviose el prelado. Subió al pino y encontró una hermosa y devota estatua de nuestra Señora, de cinco palmos de alto, con su santísimo hijo sobre el brazo izquierdo. El pino sí que era un prodigio. Sobre ser eminente, de ramos muy frondosos y su tronco de una circunferencia de cinco brazas y media, tenía en la primera distribución de sus gajos un círculo de culantrillo de pozos tan fresco y tan lozano como si estuviese en un peñasco regado de algún manantial. De este frondoso círculo nacían dos árboles dragos, cada uno de tres varas desde la raíz a la copa; y en medio de ellos, se dice, estaba la santa imagen sobre la peana de una piedra cuya calidad no pudo averiguarse nunca.”

Otro historiador canario, el padre Sosa, asegura haber conocido y examinado “esta maravilla de la Naturaleza, este árbol que, siendo más santo que el de la isla del Hierro por el fruto que contenía, no lo era menos por el agua medicinal que daba de sí.” Él mismo refiere que del pie de aquel pino corría una fuente, “hasta que, habiéndola cercado de piedras un cura ávido y puéstole llaves para que contribuyesen con limosnas los que acudían en sus necesidades a buscar el remedio, no tardó la codicia en secar aquella piscina saludable.”





La imagen de la Virgen del Pino fue objeto de la devoción preferente de los canarios. Atribuíasele innumerables milagros, y a ella se acudía frecuentemente en demanda de protección en las épocas calamitosas. Cuando la prolongada sequía o la langosta asolaban los campos, cuando escaseaban las subsistencias y cuando una epidemia diezmaba la población, trasladábase la Virgen en rogativa a Las Palmas con gran pompa y solemnidad.

“Acude la ciudad en sus tribulaciones a su patrocinio –dice el obispo Dávila en sus Sinodales– y, cuando la traen a ella, es recibida por el Cabildo eclesiástico y secular, con singulares demostraciones, los que envían sus diputados para acompañar dicha santa imagen, que viene en silla de manos, por haber tres leguas, y de mal camino, hasta que es recibida de dichos Cabildos, Comunidades y cruces de los lugares circunvecinos, y es conducida a la Santa Iglesia”.

Don Isidoro Romero, en su interesante Diario, describe hasta ocho bajadas de la Virgen a Las Palmas en el periodo de 1780 a 1814, cuidando siempre de hacer constar los portentos con que en cada ocasión se señalaba la permanencia de la imagen en la ciudad. En febrero de 1801, cuenta candorosamente Romero que la llegada de la Virgen produjo los siguientes prodigios: primero, entró barco de la Península con correspondencia, que hacía muchos meses que no se recibía; segundo, con tal motivo se tuvo noticia de la elección del nuevo pontífice Pío VII; tercero, recibiose también una bula condenando el concilio de Pistoya en que se reprobaba el culto de las imágenes, doctrina que se había difundido entre los capitulares de Canarias, dificultando la bajada de la Virgen en años anteriores; y cuarto, llovió en toda la isla.

El día 3 de abril de 1684 se vino a tierra el magnífico árbol en que había aparecido la imagen milagrosa. Viera y Clavijo refiere así este suceso:

“A las siete de la mañana se observó que el árbol amenazaba ruina. Sacaron la imagen y el Santísimo de la iglesia, porque sólo distaba dos varas de la puerta principal; pero al fin cayó hacia donde no hizo el menor daño. Se atribuyó esta fatalidad a la imprudencia de haber hecho torre del pino, colgando de sus gajos las campanas.”

Por lo visto, aquel árbol, que pudo sustraerse a las leyes naturales para producir estatuas, no alcanzó igual virtud para resistir a la acción del tiempo y al peso de unas campanas.

José Franchy y Roca





Como leyenda poética había calificado José Batllori y Lorenzo la aparición de la Virgen del Pino, en Las Efemérides (7-IX-1900), el periódico que dirigía José Franchy y Roca. El artículo se titula “Fiestas populares canarias. La virgen del Pino”. Entre otras cosas, dice:


Fue su misteriosa aparición poética leyenda que se repetía en el rincón de los hogares de año en año, de siglo en siglo; oyéronla las generaciones como dulce evocación del gran milagro que prendía en los corazones el amor hacia aquella Virgen idolatrada que jamás, tan puro, tan grande, lo hizo sentir a un pueblo como al pueblo canario (...). La Virgen del Pino recuerda la poética leyenda de su aparición en los pinares de nuestra peña, y el milagro de la pacificación de esta isla cuyos primitivos moradores gemían bajo el yugo tiránico del pueblo conquistador que los exterminaba (…).



Por lo que dice Franchy y Roca, la romería del Pino existe desde tiempos antiguos. Se dice que, tal como la vemos hoy, fue idea de Néstor Álamo, que influyó en el entonces presidente del Cabildo Insular, Matías Vega Guerra, para “organizar” y “poner orden” en algo que había nacido del pueblo. También se dice que Álamo trae a esta Isla lo que había visto en la romería de San Benito de La Laguna.

Por lo visto y leído no somos nada originales. Culo veo, culo quiero, dice el refrán. Como en Tenerife y en Fuerteventura tenían su imagen aparecida, hubo necesidad de inventársela también aquí. Lo afirma Viera y Clavijo.

Lo de la codicia eclesiástica parece que viene de viejo. Ya ven que, según Fray José de Sosa, fue la causante de que la fuente se secara. Más curioso todavía es el rasgo del carácter insular que parece estar en el dato de hacer del pino un campanario. ¡Qué brutos! Los ecologistas hubieran puesto el grito en el cielo.

Si los lectores hicieron zapping la víspera y el día del Pino en las tres emisoras de televisión que retransmitían los actos de Teror, se quedarían admirados de la facundia de los presentadores de los mismos. ¡Qué interés en mostrarnos que son muy canarios, pero ¡qué vaciedades y falta de información, en la mayor parte de las intervenciones! También notarían la capacidad de ubicuidad de los políticos. Si están en la foto, tienen luego derecho a recordarnos a los votantes que ellos estuvieron allí. Si tan religiosos y cristianos son, no se explican ciertas maneras de gobernar y, menos aún, que los jueces se hayan visto obligados a meter la nariz en algunos, sólo en algunos, casos de corrupción.

Parodiando al obispo de Canarias, se podría decir que parece que se utiliza la fe como coartada para el olvido y la frivolidad, y para la política.



La fotografía de portada es de una Romería del Pino de los años 60 del siglo XX; la que está situada en medio del texto de Franchy Roca, es una Procesión de la Virgen del Pino, y está datada en torno a 1900, así como la última en los años 40 de dicha centuria. Todas pertenecen a Archivo de Fotografía Histórica de la FEDAC.


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