Revista nº 818
ISSN 1885-6039

Cuentos contextualizados II: Doña Luisa y sus chismes.

Lunes, 15 de Septiembre de 2008
Manuel García Rodríguez
Publicado en el número 227

Decía Cervantes que a Don Quijote se le secó el cerebro de tanto leer libros de caballería. No sé si los trastornos mentales o esquizofrenias pueden ser consecuencia de leer muchas veces la misma o parecidas historias o por oír muchas veces los mismos o parecidos chismes. Siguiendo esta teoría, el caso es que estoy seguro de que a Doña Luisa se le secó el cerebro de oír muchas veces los mismos chismes y cuentos que, de boca en boca, se trasmitían entre los vecinos y las vecinas, tanto de su propio barrio, como de los demás barrios de la comarca.


Era Doña Luisa baja de estatura, más bien gruesa o gordiflona. Con pelo canoso, desmelenado, algo mugriento, quizás debido a la falta de agua de aquella época. Tenía su tez un color blanco, un blanco de leche, del que sobresalían sus mejillas de un rojo encendido. Solterona y sesentona aparentaba tener más edad de la que realmente tenía.

Todas las mañanas desayunaba Doña Luisa un par de huevos, pero no fritos, sino mezclados con vino tinto y a los cuales, después de bien batidos, le añadía gofio. A esta mezcla le llamaban ralera de gofio y vino. Insisto en que la palabra ralera la utilizaban en el sentido de expresar que el brebaje no era ni sólido ni líquido sino ralo, de ahí ralera. Acto seguido, casi sin respirar, se tomaba aquel brebaje que le producía tal sudor consecuencia del que, si no caía desplomada al suelo, era porque tenía una silla preparada en su cocina y en la que se sentaba hasta que se le pasaba aquel sopor. Decía Doña Luisa que ése era el mejor desayuno del mundo y que se lo había recomendado su madre. El caso es que alguna que otra vecina u otro vecino del lugar tenía la misma nutritiva costumbre. Pienso yo que el rojo encendido de la cara de Doña Luisa era debido a los efectos secundarios que le precian las raleras de gofio y vino, las cuales, reforzadas con algún que otro vaso de vino de el Hoyo de Mazo tomado en el almuerzo, le permitía mantenerse en forma todo el día.

En cierta ocasión pregunté a un vecino del lugar sobre la costumbre de comenzar el día con tan suculento desayuno:

- La tuberculosis, hijo - me contestó-.


Continuó diciéndome: Piensa tú que, por aquella época, la tuberculosis hacía estragos entre la población de Santa Cruz de la Palma y de la isla en general y que para remediar, en parte, el problema se creó el Sanatorio Antituberculoso de Mirca. Las gentes del lugar y, en especial, los que más próximos al Sanatorio vivían, eran testigos oculares de los muchos fallecimientos que allí se producían por culpa de esa horrible enfermedad.

Una de las maneras de espantar o asustar a la tuberculosis, según los facultativos, era alimentándose bien, como diríamos hoy, teniendo las defensas en forma, y de ahí viene la costumbre de desayunar con raleras de gofio y vino porque intuían que el calor que les producía tal desayuno era prueba evidente de la guerra que contra la tuberculosis estaba produciéndose en el interior de su organismo.

De lo que estoy seguro es que después de la ralera de gofio y vino el bacilo de Koch huiría despavorido en busca de mejores paraísos.

Con sus ojos hundidos, quizás victima de la obesidad, el rojo de sus mejillas resultaba más pronunciado aún. Posiblemente en la época en que la conocí, o bien padecía de úlceras en una pierna o tenía algún que otro trastorno circulatorio, y ello viene a cuento porque siempre cojeaba de una pierna, que por estar muy hinchada llevaba vendada y cuya venda, debido al polvo del camino o a la carencia de agua, ya, más que blanca, parecía un oscuro tatuaje indio.

Se podía decir que pernoctaba en una vieja y pequeña casita situada en los altos del Barrio de Mirca y decía yo que pernoctaba porque el resto del día se lo pasaba, sereca en mano, de aquí para allá recorriendo la ciudad y sus barrios anexos, en busca de la tal codiciada información local.

En el proceso seguido por el cerebro de Doña Luisa, en orden a clasificar los chismes por temas, como era su costumbre, ella misma, por representarlo de alguna manera, hablaba de que tenía en su mente una especie de gran armario provisto de gavetas donde los iba introduciendo, según el contenido e importancia de cada uno de los chismes, que hasta sus oídos llegaban. Tenía, según ella, la gaveta que contenía los chismes de amoríos prohibidos que era la que más llena estaba, aunque no menos abultada era la de los robos, que haberlos los había. Mucha información existía también en la gaveta de las peleas. Esta gaveta de las peleas decía que se engrosaba con documentación procedente de la gaveta de los insultos.

Así que, cada noche, Doña Luisa repasaba todos los chismes que había recibido durante el día. La información recibida era diaria, y aunque Diario de Avisos ya existía desde el año 1890, no era precisamente este medio de información proclive a obtener y trasmitir la información local que Doña Luisa recibía y trasmitía, entre otras razones, porque Doña Luisa era una reportera que, aunque no poseía cámara fotográfica, si retenía en la memoria las imágenes y todo el contenido de la chismosa información recibida.

Con frecuencia Doña Luisa no podía obtener información en los lugares de costumbre, unas veces porque los clientes no estaban en ese momento, y otras porque no trataban, en su presencia, los chismes que a Doña Luisa interesaba. En estas raras ocasiones la propia Doña Luisa sometía a los vecinos a un interrogatorio incesante y repetitivo, y ello llevaba al interrogado a desesperar, de tal forma que buscaba como estrategia, para librarse de Doña Luisa, el contarle chismes irreales o inventados.

Se le llenó su cerebro de tanta y tanta información local que ya casi no dormía y apenas comía. Su cerebro día a día se inflamaba cada vez más y más. Soñaba mucho por la noche. Tenía horribles pesadillas. Y en las largas noches de insomnio repasaba uno a uno sus chismes, los iba cambiando de gaveta mental cuando alguno de ellos estaba, por equivocación, en lugar erróneo.

Tan enorme era el volumen de chismes que en su cabeza había, que pensó en escribirlos. Pero por mucho que lo intentó, jamás lo consiguió debido, por una parte, a su precaria habilidad en el manejo de la pluma y, por otra, a la falta de tinta de escribir que en tiempos de posguerra existía en la comarca.

Callada, sumisa y casi imperceptible caminaba Doña Luisa las calles de Santa Cruz de la Palma. Comenzaba por La Alameda, y siguiendo Calle Real abajo iba observando los pocos comercios que en aquella época había. La tienda de Doña Anastasia era la primera y a continuación el bar España, en el que trabajaba un pariente suyo, que al verla llegar le suministraba diariamente una copita de anís El Mono, que ella aceptaba con gestos de gratitud. Pasaba junto a la tienda de Don Leoncio, la de Pepe El Ñoño. Llegando a la tienda de Manolo Triana alcanzó a ver a Doña Rosario, la de Juan Tomás, y mujer de Manuel El Garafiano, que allí estaba comprando dril para hacer unos pantalones para sus hijos. Entró y le preguntó por Manolo, su hijo el más viejo, que le habían dicho que estuvo muy malito por culpa de un oído.


Calle Real de Santa Cruz de La Palma. Años 30. Fedac (José Antonio Pérez Cruz)



Siguió calle abajo, cruzó la tienda de Don José Maria, la de Manolo Regidor, cuando alcanzó la Parroquia se encontró con Don Félix, el cura de El Salvador, a quien saludó, como de costumbre, diciéndole:

- Don Félix, yo creo en Dios.


Y éste le contestaba siempre igual:

- Pues vete con Dios, hija mía.


En el atrio del Ayuntamiento estaba Juan de la Perra. No le era muy simpático a ella este personaje, así que se limitó a decirle:

- Quiero hablar con el Alcalde.
- ¿Para qué? -contestó Juan de la Perra-.
- Es que los perros no me dejan dormir -respondió Doña Luisa-.
- Ese tema lo lleva Pepe Boniato, el municipal, y él está para Tenerife -le dijo para salir del paso-.


Uno por uno, desde la calle observaba todos los comercios. Pasaba de largo por los que vacíos de clientes estaban, mas cuando observaba un grupo de clientes, por muy pequeño que fuera, disimulando un interés por la compra, se situaba cerca del mostrador con sus dos orejas muy abiertas para que el sonido del chisme entrara hasta su alborotado cerebro sin obstáculo alguno.

Nunca compraba nada pero, eso sí, salía otra vez a la calle con algún que otro chisme nuevo en su mente para llevar a su casa y repasarlo cuidadosamente por la noche para su posterior archivo en su enfermizo cerebro.

Visitaba las carnicerías, la de Chano, la de Camilo, la de Rafael; para disimular preguntaba si allí había estado Fulano de Tal a sabiendas de que no había estado. Algunas veces visitaba la pescadería, en especial en los días en que sabía que había muchos chicharros baratos.

Archivaba cuidadosamente los que oyó en la Carnicería, los de la Pescadería. Especialmente prestaba atención a la conversación entre Candelaria, vendedora de pescado, y Luís, comprador y revendedor, al que muchos conocían como Luís El del Pescado.

Tenía especial preferencia por la Recova. Allí se reunían gentes de distintas procedencias. Los había brutos, del campo o magos, ignorantes, curiosos, presumidos, fanfarrones, tacaños, mujeres de mala vida, encorbatados aristócratas, arruinados hacendados, ilustrados de la ciudad, que desconfiados de sus chachas acudían personalmente a comprar verduras y frutas frescas.

Pero las calles más interesantes para ella eran las calles de El Tanque y de Los Molinos. Con sus ventanas a nivel de calle y sus rejas, la observación del chisme que las vecinas se contaban tras la ventana era perfectamente percibida por Doña Luisa, sin necesidad de disimulo alguno. Sólo bastaba con una pequeña y disimulada parada cerca de allí, con el pretexto de sacar una piedra, que supuestamente llevaba dentro de su zapato, se situaba tras la ventana y a recibir información toca.

Mas algunas de las vecinas, sabedoras de que Doña Luisa estaba al asecho de sus conversaciones, se vengaban de ella inventando algunos chismes de subido tono erótico o sexual con la finalidad de que Doña Luisa los oyera atentamente y los contara después en pública audiencia, cosa que hasta esa fecha jamás había hecho.

Recorría Doña Luisa los barrios de Mirca, Dehesa y Velhoco en busca de nuevos chismes, mas no era fácil encontrarlos por doquier. Así que Doña Luisa se las ingeniaba para poder obtener información, al menor coste posible. Existía, por aquella época, una fuente pública de La Dehesa, otra en Las Nieves y otra el Barranco del Río. A dichas fuentes, aparte del ganado, que tenían su especial dornajo para ellos, acudían diariamente las mujeres de barrio en busca de agua potable para uso doméstico.


Las Nieves en una imagen de principios del s. XX. Foto: Jordao da Luz Perestero. Fedac (José Antonio Pérez Cruz)



- ¿Cómo me entero yo de lo que pasa en el barrio? -se preguntaba Doña Luisa-.


Y pensando y pensando después de exprimir el celebro un par de veces le sobrevino la genial idea. Sabía Doña Luisa que la Hija de Miguel se había fugado con el hijo de José, pero no tenía más información sobre cómo se produjeron los hechos. Así que provista de una cántara acudió Doña Luisa a la fuente del Llano de la Cruz en busca de una supuesta agua. Cuando arribó a la fuente no había vecina alguna, por lo que hubo de esperar por si aparecía alguna.

- Ya viene Pepa -se dijo-. A ver qué es lo que sabe ésta.


Cuando Pepa llegó a la fuente, Doña Luisa demostraba que comenzaba a llenar su cántara de agua.

- Buenos días, Pepa, ¿cómo estás?


Comenzaba la conversación, pero ésta se alargaba en el tiempo y Pepa no soltaba prenda de los últimos acontecimientos ocurridos en el Barrio.

- Esta payanona no cuenta nada -pensaba Doña Luisa-.


E insistía sobre los sucesos acaecidos en el Barrio. Visto su fracaso, acudía entonces Doña Luisa a una estrategia preconcebida que, en el pasado, le había dado muy buenos resultados. Consistía ésta en cambiar los nombres a los protagonistas del suceso para que el interlocutor dijera el nombre correcto y, sin darse cuenta, contara íntegramente el suceso.

- Por cierto, que me dijeron que el hijo de Julián se fugó con la hija de Miguel -comentaba Doña Luisa como no muy interesada el tema-.

- No, mujer, no, fue el hijo de José -contestó Pepa, y continuaba aclarando el suceso, cosa que aprovechaba Doña Luisa para quedar completamente informada-.


Llenaba Doña Luisa su cántara de agua, y apenas abandonaba la fuente, la vaciaba e iba a llenarla en la fuente del Barranco del Río porque a la de Las Nieves no acudía mucha gente. Aparte del cura, sólo de vez en cuando Doña Herminia, y conocía Doña Luisa que ella no sabía chismes, sólo sabía de la misa y poco más. Presentía que en la fuente del Río había varias vecinas esperando para llenar sus cubos de agua, de las que quería obtener más y más información chismosa.

Cuando el truco de la cántara se le agotaba, o era descubierta, acudía a las piletas públicas con unos camisones que lavaba y relavaba una y mil veces. Regresaba a su casa en Mirca acompañando a ganaderos y arrieros que, con sus ganados, retornaban después de haberles suministrado agua en la fuente pública. De regreso intentaba también conocer la opinión de los ganaderos sobre los diarios sucesos en los barrios.

Hasta el año 1946 Doña Luisa había vivido, a los ojos de sus vecinas, una vida normal. En un principio vivía con una sobrina suya, pero al contraer matrimonio ésta dejó de acompañar a su tía, lo cual propició un empeoramiento de la ya precaria salud mental de Doña Luisa. No estaban muy de acuerdo los doctores de la época sobre el tipo de enfermedad mental que día a día se iba apoderando del cerebro de Doña Luisa. Algunos galenos hablaban de hipocondría, otros de desorden de somatización, otros de paranoia, otros de manía depresiva; otros, la mayoría, de delirium tremens producido por la constante ingesta de raleras de gofio y vino. Al final hubo acuerdo en que se trataba de una esquizofrenia, porque esta palabra casi englobaba a todas las demás.

Serían aproximadamente las seis de la mañana de aquel doce de noviembre de mil novecientos cuarenta y ocho, cuando los vecinos se levantaron sorprendidos porque acababan de oír unas voces de mujer que procedían casi del monte. La brisa reinante ese día trasportaba los gritos de Doña Luisa en dirección Norte-Sur, de tal manera que, a intervalos, estos horribles gritos se oían más o menos, dependiendo de la intensidad del viento.

Unos comentaban: Ya decía yo que esta mujer iba a explotar cualquier día. Otros decían: No debieron dejarla sola, la culpa es de su familia. Y la mayoría, en baja voz, afirmaban: La culpa la tienen esas raleras de gofio y vino que se manda todas las mañanas.

La locura o esquizofrenia que repentinamente se apoderó del desordenado cerebro de Doña Luisa, tenía momentos de pasividad y con frecuencia su enfermo cerebro volvía a la normalidad. Razón esta por la que Doña Luisa nunca fue ingresada en un centro de salud. Tampoco Doña Luisa, en sus momentos de delirio, era agresiva con sus vecinos y vecinas. Su locura se traducía en contar de viva voz todos los chismes que hasta el momento conservaba grabados en su cerebro, y su obsesión consistía en que todos esos chismes fueran objeto de conocimiento público.

Recuerdo que después de ver a Doña Luisa posesionada del lugar más cerca del monte en Mirca llamado el Dorador, al que había accedido desde muy temprano, tras un largo camino, comunicaba el mensaje de la siguiente manera:

- Vecinos, atentos vecinos todos. ¿Saben lo que pasó? Yo se los cuento: Juana, La Corneja, ya hace tiempo que le está echando los cuerdos a su marido Luís El Zorro. El desgraciado de su marido nada sabe, pero yo anoche la vi besándose con El Negro y después fueron a acostarse al pajero de las vacas. Si ven a Luis le dicen que lo digo yo, Luisa, y que yo no digo mentiras.


Después de una breve pausa volvía a repetir el mismo mensaje hasta que, cansada y casi perdida la voz del esfuerzo realizado, regresaba a su casa buscando remedio casero para su ronquera o afonía. No más Juan, conocido en el barrio como El Negro, oyó el discurso de Doña Luisa, más que correr volaba rumbo a la ciudad atravesando veredas y atajos para acortar camino. La puerta del Juzgado aún estaba cerrada cuando Juan El Negro llegó. Con impaciencia esperó a que llegara el primer funcionario judicial al que abordó sin previo aviso creyendo que se trataba de su Señoría, El Juez. Cuando el asustado funcionario oyó tan inesperado discurso, le aconsejó que fuera en busca de un letrado para que éste presentara el caso en el Juzgado. Así lo hizo El Negro, mas el abogado le informó de sus derechos pero también le advirtió que tenía que desmostrar no tener relación alguna con Juana La Corneja, porque si mentía sería condenado por perjurio.

En el momento en que Juan, en el paroxismo de su soberbia, dijo al letrado que cuando encontrara a Doña Luisa la iba a destrozar, éste nuevamente advirtió que respetara la integridad física de Doña Luisa, pues de ocurrirle algo él sería el primer sospechoso y tendría cárcel para largos años. Visto lo visto, Juan El Negro regresó a su casa y cuentan que, a raíz de este suceso, tuvo que emigrar a la isla de Fuerteventura huyendo de Luis, el marido de Juana La Corneja.

En cierta ocasión se celebró una boda en el barrio. Era por aquella época normal tocar los bucios a los contrayentes en la noche de boda. Esta costumbre estaba muy arraigada en los barrios, en especial si los contrayentes habían tenido previamente relaciones, digamos pre- matrimoniales.

Sonaban los bucios por toda La Dehesa, Velhoco y Mirca, y en medio de este concierto un tal D. Manuel apodado El Grillo, por medio de un pasa-voz, que se utiliza para comunicarse entre barcos en alta mar, y que él poseía de sus tiempos de marinero, se acercó al borde del Barranco y dijo:

- Vecinos, tengan vergüenza, tengan vergüenza y dejen de hacer esas vergonzosas payasadas. Por favor, márchense todos a sus casas.


Doña Luisa, al oír esta interrupción del concierto, corrió a su púlpito de siempre y gritó:

- ¡No hagan caso, coño! Sigan tocando los bucios, que es D. Manuel El Grillo, que no vale un carajo.


A partir del momento en que Doña Luisa pronunció su primer discurso, todos los vecinos de los barrios se cuidaron muy mucho de hacer ningún comentario ante la presencia de Doña Luisa, mas como hacía años y años que Doña Luisa tenía archivados en su mente todos los consabidos chismes populares, los iba comunicando al pueblo uno a uno con una frecuencia de dos o tres por semana.

En cierta ocasión un vecino suyo, llamado Ernesto, acudió una noche a la casa de Doña Luisa y pidió, por favor, a ésta que no comunicara el chisme que ella sabía sobre sus relaciones extramatrimoniales con Isabel.

Doña Luisa le dijo que estuviese tranquilo, que no pasaría nada. Mas, a la mañana siguiente, Doña Luisa subió a su púlpito y no sólo contó todo lo que sabía de Ernesto, sino que además explicó que la noche anterior él le pidió que no lo contara.

Tardó Doña Luisa muchos años en soltar todos los chismes que tenía almacenados, y si hizo un stop definitivo fue porque, víctima de una repentina enfermedad, nunca más pudo salir de su casa y acudir a su acostumbrado púlpito.


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