Revista nº 813
ISSN 1885-6039

Cuentos contextualizados V: Aquellas Navidades en La Palma.

Sábado, 03 de Enero de 2009
Manuel García Rodríguez
Publicado en el número 242

Aquel año, llegado el mes de enero, mi padre me prometió que mis próximas Navidades las pasaría en Canarias, en La Palma, junto a mi abuelo Julián, en su pueblo con sus gentes, disfrutando de la compañía de otros niños, comunicándome de viva voz... En fin, viendo lo que mis ojos nunca habían visto. Y… pasaron los meses muy lentos, uno a uno iba contando los días que faltaban para el tan ansiado viaje.


Noches de intenso frío glacial en las que hasta el aire parece congelarse, intensa oscuridad, de un silencio sepulcral solo interrumpido por el horrendo quejido de alguna foca mal herida, o el ladrar de los perros junto a sus trineos. Días tristes, nublados, silenciosos, en los que hasta el alma se enconge víctima de la ansiedad y angustia.

Aquí, en esta lejana tierra de la Argentina, viví los primeros años de mi niñez. Mi padre era un italiano que movido por la aventura, y en su afán de conseguir una vida mejor para los suyos, se había establecido en esta fría región Antártica, donde la pesca se caracterizaba por su abundancia, aunque para ello había sacrificado lo mejor su vida, alejado de su familia y de las comodidades de su lugar en la civilización.

Se había casado mi padre con una buena mujer canaria, Elena; así se llamaba mi madre. Y aunque mi padre intentó disuadirla para que no pasara los mejores años de su vida en las frías regiones, sin embargo ella, como prototipo de mujer palmera que era, nunca le abandonó y juntos, en su día, dejando atrás su tierra y sus seres más queridos, buscaron un prometedor futuro trabajando al servicio de una Compañía conservera con sede en Tierra Perdida, que así era conocida por algunos.

Fruto de ese matrimonio, es el que este relato les cuenta. Mi nombre: Roberto. Recuerdos de mi niñez. allá, en aquellas lejanas tierras, una factoría de conserva de pescado; su nombre: La Esperanza. Estaba enclavada esta factoría, como decía, en la región de la Antártica, lugar Cabo de San Roque. En ella vivíamos las seis familias de seis operarios. Toda la comunicación con el resto del mundo era a través de la radio, aunque cada quince días un helicóptero, fletado por la compañía, hacía aparición en “La Esperanza” y nos traía alimentos y alguna que otra correspondencia. Mi maestra fue mi madre. Ella, con la ayuda facilitada por una emisora de enseñanza a distancia, consiguió para mí una formación integral. Debo decir que en aquellas inhóspitas y frías tierras no existían esos encantadores lugares de juego de los que disfrutan otros niños en nuestra querida isla de La Palma.

De noche, recluido en la modesta vivienda, a sabiendas de que cuando llegara el día continuábamos encerrados, prisioneros en nuestro propio destino por temor al frío y a las tempestades.





Y volvieron a llegar Las Navidades, y una vez más, a través de la radio, me comunicaba con mi abuelo, al que jamás había visto en persona. A mí también se me caían las lágrimas cuando, por la radio, oía a mi abuelo llorar, y le preguntaba: "¿Por qué lloras, abuelo?" Siempre me contestaba lo mismo: "Soy mayor, y no quiero morirme sin conocerte, sin tenerte en mis brazos, sin darte un fuerte abrazo. Estos cansados ojos no quieren irse de este mundo sin conocer al nieto de mi alma. Llegan las Navidades", me decía, "se engalanan las calles de mi pueblo, y en la isla de La Palma la luna brilla más que nunca, cantos de villancicos por las calles, castañuelas, tambores flautas y guitarras acompañan a los dulces cantares que en las madrugadas las misas de luz o misas del gallo alegran el amanecer de un nuevo día".

En la soledad de las tierras de la Antártica, lo que abuelo Julián me contaba sonaba a fantasía. Me parecía que mi abuelo, tal vez debido a su edad, deliraba ya que mis Navidades eran diferentes. Navidades vividas en esta tierra, sin villancicos en las calles, más aún, sin calles, sin campanas que anunciaran las misas del gallo, sin esas luminarias te que inundan el alma de alegría.

Aquel año, llegado el mes de enero, mi padre me prometió que mis próximas Navidades las pasaría en Canarias, en La Palma, junto a mi abuelo Julián, en su pueblo con sus gentes, disfrutando de la compañía de otros niños, comunicándome de viva voz... En fin, viendo lo que mis ojos nunca habían visto. Y… pasaron los meses muy lentos, uno a uno iba contando los días que faltaban para el tan ansiado viaje. Ya, próximas las Navidades, un día mi padre me dijo:

- He hablado con el piloto del helicóptero. Éste está de acuerdo: tras algunas escalas, te llevará hasta la ciudad de Buenos Aires. Allí tomarás el avión que te trasportará hasta las Islas Canarias, donde se cumplirá el sueño de tu vida.


Tal y como mi padre había previsto, el helicóptero partió del helipuerto de “La Esperanza” el día hablado y a la hora previamente acordada.

Durante el vuelo mis ojos permanecieron atónitos, el helicóptero volaba a baja altura. A esa distancia, podía observar la grandiosidad de la naturaleza e inconscientemente comparaba cuanto iba viendo con las helados paisajes de mi residencia habitual. Árboles, ríos, tierra, lagos, ciudades monumentales, pueblos alejados. Todo ello, todo quedaba grabado en mi mente como referente para toda mi vida futura.

Por recomendación de mi madre, el piloto del helicóptero contrató con la azafata mi custodia durante el vuelo Buenos Aires-Canarias.

Ya dentro del avión, que nos había de conducir a Tenerife, mi corazón latía con fuerza, consecuencia de la emoción que sentía en aquellos instantes. Mis Navidades con abuelo Julián, su compañía, esos pastores de los que me hablaba, esa música que, a decir de él, bajaba de las cumbres de La Palma anunciando la llegada del Niño Dios... Despegó el avión, la azafata me sujetó a mi silla y ya dejaba atrás toda una vida vivida en aquellas tristes tierras.

Habría apenas pasado dos horas de vuelo cuando, de repente, algo raro se oyó. Era un ruido estrepitoso que procedía del motor del avión. Noté que este bajaba y bajaba, perdía altura con rapidez. Los pasajeros despavoridos gritaban y gritaban. El avión se tambaleaba, se apagaron las luces y en medio de la oscuridad se oyó la voz del comandante. El mensaje era claro”: “Hemos tenido un fallo en el motor izquierdo, vamos a hacer un aterrizaje de emergencia en un aeropuerto militar abandonado de la isla de Hervera. ¡Por favor, tranquilidad, permanezcan en sus asientos con la cabeza entre las piernas!”

En aquellos momentos, por mi mente pasaron mil y una imágenes a una velocidad de vértigo. Vi a mi padre y a mi madre, allá, en aquellas heladas tierras llorando por mí. Vi a mi abuelo Julián, que moría de pena. La gente daba la noticia en Canarias. Se suspendían las Navidades; todo era luto, desesperación y agonía. Mil imágenes se agolpaban en mi mente.

Apenas había terminado el comandante de trasmitir este mensaje cuando un tremendo golpe casi me hace saltar del asiento. Después silencio… silencio prolongado… y otra vez la voz del comandante . Esta vez decía: “Se va a proceder al desembarque de los pasajeros pero, por favor, no se alejen del avión, hemos pedido ayuda de emergencia.” Recuerdo que la azafata me cogía de su mano. "Roberto", me dijo, "ánimo, niño, todo saldrá bien".

Miré a mi alrededor y observé algo que me sorprendió. Era la selva, y por primera vez contemplé en plena naturaleza a unos animales salvajes que temerosamente se acercaron al avión. Pájaros que cantaban a lo lejos, junto al sonoro discurrir de las aguas de un río.

El sonido hondo y ronco de la sirena de un barco me sacó de mi asombro. Era nuestra salvación. Más tarde me enteré de que era un buque, que en aquellos tristes momentos del accidente pasaba cerca de la isla, captó el SOS, por lo que acudió en nuestra ayuda. Recogimos nuestras cosas y cruzando una exuberante maleza, a duras penas conseguimos llegar hasta la costa. A bordo fuimos recibidos con los honores que se merecen todos los que han estado a punto de abandonar para siempre esta vida.

- No hay que preocuparse -dijo en capitán del buque-, hemos contactado con las tierras de la Antártica y con el Archipiélago Canario y hemos trasmitido la feliz noticia de vuestra salvación.


La travesía duró casi doce días. Al final, un día muy de mañana se divisó la Isla de la Palma. "¡Canarias!", exclamé… "Tienen razón la gente, ¡qué hermosa tierra!"

El buque tocó tierra en el puerto de Santa Cruz de la Palma y, entre la muchedumbre, allí estaba mi abuelo Julián. Era tal y como lo imaginaba. Casi me come a besos. Después, cogiéndome de su mano, me condujo a través las calles de Santa Cruz de la Palma, ahora, con sus mil luces navideñas. Un belén en aquella plaza, rondallas que van y vienen  villancicos que resuenan en calles y en plazas, y todo ello mezclado con un fresco aire de felicidad que, según mi abuelo, procedía de las nevadas cumbres palmeras.

Mas llegados al Ayuntamiento, mi abuelo quedó como petrificado, silencioso, pensativo. Contemplé en su rostro los signos de la emoción. Miraba y escuchaba atentamente a un conjunto musical.

- ¿Ves a esos que tocan las castañuelas y el tambor?
- Sí, abuelo, los veo -le contesté con la ansiedad de saber el porqué se quedó tan emocionado-.
- Es el conjunto “Renacer”, son gente de mi edad, todos amigos míos.


Entonces noté como en su alma renacía su vida pasada.

Y me fue nombrando uno a uno: Miguel El Maestro, Antonio El Dentista, Manolo Duque, Germán, Roberto Arozena y a otros muchos que ahora no recuerdo.

Llegada a la casa paterna, la abuela María. "¡Qué alegría!", los tíos y primos. Un grupo de dos personas de color acompañaba a mi familia.

- ¿Quiénes son éstos? -pregunté-.


Mi abuelo contestó:

- Emigrados en pateras y sin calor familiar a quienes hemos invitado esta Nochebuena.


Un calor de Navidad se hacía sentir por doquier y, en medio de tanta felicidad, el recuerdo de mis padres allá, perdidos entre los hielos de la Antártica, me entristeció. De repente, pensé, ellos estarán felices sabiendo que su hijo es feliz. A mi mente acudieron aquellas palabras que un día oí en boca de mi padre: “La felicidad de los hijos hacen felices a los padres”, me dijo.


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Comentarios
Lunes, 26 de Octubre de 2009 a las 18:16 pm - EVELIA ALAMO QUINTANA

#01 Excelente relato, me ha emocionado muchísimo.

Felicidades, Manuel.

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