Revista nº 828
ISSN 1885-6039

Cuentos contextualizados XI: La Bigornia.

Sábado, 24 de Octubre de 2009
Manuel García Rodríguez
Publicado en el número 284

Hoy, ya pasados muchísimos años, la bigornia permanece olvidada, cubierta de polvo, despreciada por las nuevas generaciones, sin recordar que en su tiempo salvó esa bigornia a Rogelio y a su generación de embarazosas situaciones.

 


Corren los años cuarenta, años de miseria, consecuencia de la posguerra, se van sucediendo aún. El único centro de Educación Secundaria que existe en la isla está ubicado en Santa Cruz de La Palma. La calle real era y es la gran arteria que recorre la ciudad de norte a sur. Desde el puerto a La Alameda se van sucediendo viejas casonas de singular arquitectura. A la altura de lo que es hoy el Palacio de Salazar, en un edificio de espectacular fachada y de inolvidables recuerdos, estaba ubicado el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza.


Acuden a clases los chicos y las chicas de toda la isla.


Los de las zona de Breñas hasta Puntallana llegan a pie a través de caminos o atajos mal empedrados. Muy pocos, por no decir algunos, vienen en guagua o los traen sus padres en transporte propio. Los del resto de la isla, unos estudian por libre y se presentan a los exámenes de Junio o Septiembre; y otros, para asistir a las clases, conviven con familias de Santa Cruz de La Palma durante el curso escolar.

 

Bajar caminando desde el campo hasta la ciudad, para asistir a unas clases que comienzan a los ocho de la mañana, suponía un esfuerzo casi sobrehumano para aquella sacrificada juventud que hoy ronda los setenta y… más años. Rumbo a la ciudad a veces dejábamos, por el camino, no solo un tiempo restado al estudio o al descanso sino, también, parte de nuestros calzados y a veces todo. Lo peor era que no había dinero en casa para comprar unos nuevos. Teníamos que hacer de improvisados “zapateros” si queríamos asistir a clase el día siguiente. Lo contrario era perder las clases.


Eran tantas las veces en que Rogelio había subido y bajado aquella cuesta que ya casi se conocía de memoria todas y cada una de las piedras del inclinado camino. Las había grandes y bien colocadas en el centro, como dividiendo a éste en dos franjas iguales. Las picudas y las redondas estaban colocadas de manera desigual o caprichosamente dispuestas. En invierno la hierba crecía entre piedra y piedra cubriéndolas, a veces completamente, de tal manera que ocultada bajo una hermosa malva te esperaba una piedra, tan afilada como una hojilla sevillana, atrayendo tu atención e incitándote a que la pisaras para, en venganza, joderte la punta del zapato y a veces hasta el dedo gordo.

 

En su bajada a la ciudad, aquella fría mañana de Enero, Rogelio estaba tan seguro de que sus pasos, a lo largo del camino, no iban a sufrir percance alguno; no se percató de que el burro de Don Gregorio, en su ir y venir al monte, con sus viejas herraduras, había cambiado de lugar alguna que otra piedra del camino. Su mente estaba puesta en la clase de Geografía e Historia cuya lección del día no llevaba bien aprendida. No tenía cargo de conciencia por la falta de estudio ya que la culpa de ello fue el tubo de aquel viejo quinqué que no resistió el cambio de temperatura producido al abrir, su madre, la puerta que daba al camino, y se hizo en mil pedazos.


Contaba y recontaba las posibilidades que tenía de ser preguntado y en ello estaba cuando ¡tras!, de repente, la puñetera piedra le llevó de cuajo el tacón del zapato izquierdo. Se paró bruscamente, miró hacia la piedra y vio que ésta no era una piedra cualquiera. No era una vulgar piedra. Era una de seas piedras largiluchas puntiagudas que parecía reírse a carcajadas de Rogelio mientras una rabia incontenible se apoderó de él.


Sus pensamientos se disuadieron de golpe. Su mente estaba ahora centrada única y exclusivamente en el tacón de su zapato “izquierdo”, Con dulce agasajo materno, lo recogió del suelo, lo miró detenidamente como una madre mira a un niño por si alguna herida tiene, lo envolvió entre pañales (pañuelo) y lo metió en el bolsillo de su pantalón. Era éste un zapato casi nuevo, para cuya adquisición sus padres tuvieron que buscar dinero donde no lo había, de color marrón; se ajustaba perfectamente a su jodido juanete. Otros zapatos había tenido Rogelio, pero como éstos ninguno. En fin, que a su juicio eran lo mejor en zapatos que él había tenido y creía que en este mundo difícilmente ningunos otros mejores había. Tal cariño les tenía que a punto estuvo de romper en inconsolable llanto, y si no lo hizo fue porque en ese mismo momento se encontró con el tío Bernardo, que de la ciudad venía cargando, sobre sus hombros, víveres para su tienda.


Disimulaba Rogelio ahora, como podía, la cojera que la pérdida de tacón le provocaba. Ensayó, sobre la marcha, varios intentos de disimulos para así lograr salir de tan vergonzosa situación. Bajó la última cuesta, casi sin rozar el suelo con su pie izquierdo con el fin de que los clavos, que habían dejado al descubierto la pérdida del tacón, no le atravesaran el tejido muscular.

 

Como Dios le ayudó, penetró la puerta del Instituto. En esos momentos presintió que todas las miradas estaban clavadas en el tacón, o mejor dicho, en el zapato sin tacón. Subió las sinuosas escaleras, muy pegadito a la pared, en evitación de que sus compañeros de clase le descubrieran en tal funesta situación. Comenzó la clase de Lengua y Literatura y terminó ésta sin ningún incidente signo de consideración.


Con el tacón del zapato metido dentro de su bolsillo, apenas Rogelio se movía de la puerta del aula 4, conocida como el Aula de Geografía e Historia.


Ese día los compañeros del sexto curso, duchos en fugas, le invitaron a secundarles, pero Rogelio enmudecía, no abría la boca, su rostro estaba cono desfigurado por el miedo a ser descubierto en tal vergonzosa situación de caminante cojo. Y por fin llegó el Profesor de Geografía, cuyo nombre en estos momentos no recuerdo. Rogelio no quería ni mirarlo. "Si hoy me pregunta", se decía interiormente, "me muero de vergüenza". "¡Trágame tierra!", imploraba al cielo, una y otra vez.


El profesor se sienta tranquilamente, abre su flamante maletín, saca su libro y pasa muy lentamente lista. Uno a uno los va nombrando a todos. “Don Rogelio López Hernández”, dice. Y la voz de Rogelio, víctima del miedo, estaba ya tan descafeinada que el profesor no la oye y pregunta:


-¿Está Rogelio o no está?

-Sí está -le contesta el resto de la clase-.

 


Lo que nunca se supo fue si el profesor consideró que algo extraño sucedió cuando preguntó si está o no está don Rogelio, mas sea lo que fuere cayó en sospecha, y el caso es que nada más terminar de pasar lista dice en alta voz:

 

- Don Rogelio, venga para acá.

 

 

Aquello fue tan espectacular que aún hoy, después de pasar tantos años, cada vez que Rogelio recuerda aquel hecho se le transforma el semblante. Yo mismo soy testigo del entristecimiento y de la transfiguración que se produce en el rostro de Rogelio cuando a veces, incitados por el malintencionado dios Baco, entre varios amigos nos contamos nuestras cuitas, ya pasadas.

 

Si el puñetero profesor hubiese dicho Don Rogelio, diga la lección, Rogelio, desde el mismo banco en que se sentaba, aunque algo sabía de esa lección, hubiese dicho que no la sabía (no me la sé) para así evitar el salir a lo largo de la clase, cojeando y siendo al hazmerreír de todos. La orden de venga para acá fue contundente. La salida al pasillo de la clase, que conduce a la mesa del profesor, ya fue estremecedora. Fue como el camino al calvario; mas llegado al propio pasillo, ahora tiene que afrontar como gato que nada pecho al agua y rabo tieso el trayecto que le separa desde su banco hasta la mesa del profesor.


"¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?", parecía que exclamaba interiormente Rogelio. Eran tan fuertes lo latidos de su corazón que presentía que su final había llegado. Al fin, se dijo a sí mismo: "¡Hágase tu voluntad!" y, colocando el pie izquierdo a una altura de dos centímetros sobre el nivel del suelo, avanzó decidido pasillo adelante, rumbo a la mesa del profesor.

 

 

 

En esos momentos, se produce un silencio estremecedor. Rogelio percibe que todas las miradas están clavadas en su pata izquierda. Presiente que toda la clase tiene sus ojos fijos en él. Las chicas, ¡coño!, las chicas, se repetía interiormente, ¿qué dirán?... Se ríen de mí… Y Dulce, que me está viendo en estos momentos... Prefería perder todo el oro del mundo antes de que Dulce lo viese en tan deplorable situación.


Pero vuelve a hacer otro esfuerzo sobrehumano y alcanza, por fin, la mesa del profesor.


- ¿Le sucede algo, Don Rogelio?

- No, señor, no, nada -contestó tímidamente sin mirarlo-.

 


Hay en esos tristes momentos como una iluminación en el rostro de Rogelio que algunos de los allí presentes perciben y comentan años después.


¡La Bigornia! ¡ Dios mío! ¡La Bigornia!, exclamaba interiormente, mientras el profesor le entregaba un puntero invitándole que señalara en el mapa mudo el lugar donde se encuentran los yacimientos de petróleo en Rusia.

 

Cuentan que Rogelio salió del Instituto muy derecho, disimulando la pérdida de su tacón, levantando la patita, en imitación al Toby, un perro cojo, que su padre tenía. Cuando Rogelio abandonó la ciudad, miró hacia los lados, o mejor, miró a los cuatro puntos cardinales por ver si veía a alguien; y habiéndose convencido de que nadie le miraba, quiso caminar como de costumbre... pero ¡ay coño!, exclamó al colocar normalmente el pie izquierdo en el suelo.

 

Más tarde contó que la espontánea exclamación de ay coño se debió a que los clavos del tacón de su zapato, al contacto con el suelo y debido a su peso sobre éste, se incrustaron casi hasta el mismo hueso de su talón. Dicen que al final se sacó el zapato, y llevándolo en la mano izquierda, alcanzó su casa, arriba, en el campo.


Apenas había Rogelio alcanzado la entrada de su casa, se dirige rápidamente a la alacena donde se suele guardar la bigornia. Pero, ¡ay!, la bigornia no está. "¡Dios mío, Dios mío!", se decía interiormente. mientras miraba con mayor detenimiento, por ver si la bigornia estaba oculta al fondo de la alacena.


-Mamá, ¿dónde está la bigornia?

- Allí, en su sitio, hijo -contestó su madre-.
- No está -dijo Rogelio poniendo un aire de enfado-.
- Mira más allá de aquello -le respondió su madre-.
- Pero mamá, ya he buscado por todas partes -dijo mientras desesperadamente recorría toda la casa-.
- No está detrás de aquello -volvió a insistir-... La habrá cogido tu hermano -dijo al fin su madre-.

 


Rogelio llamó insistentemente a su hermano.


- ¿Qué quieres, coño? Estaba dormido y me despertaste, tú con tu jodida bigornia. Yo no sé de bigornias -contestó enfadado su hermano-.

 


Al oír su madre tan acalorado diálogo entre los dos hermanos, haciendo memoria, le pareció que ella había prestado la bigornia a alguien.


- ¡Ay! Ya me acuerdo; se la llevó otra vez Doña Pepa.

 

 

Era Doña Pepa una señora muy bajita, casi podríamos decir que enana. Muy amiga de la casa y de la cual guardo gratos recuerdos. Estaba casada con José que, en contraposición con ella, era de estatura muy alta. Parece ser que D. José, El Zapatero, hacía de todo un poco a nivel de manualidades. Fumador empedernido, era asmático, respiraba con cierta dificultad, y algún problema de circulación debió tener porque le amputaron una pierna. Haciendo uso de muletas, que manejaba con cierta habilidad, no dejaba de visitar diariamente la venta del barrio, donde se agasajaba a sí mismo con algún que otro vaso del buen vino de Mazo, mientras que echaba una partidita al rey mala.

 

Raudo, como un galgo que ve a su presa, salió Rogelio en busca de la bigornia. Atravesó la portada de la finca, y corrió a toda prisa a la improvisada zapatería de Don José, pero la encontró cerrada.


Aburrido, cabizbajo y derrotado regresaba a su casa cuando topó con Doña Pepa, que de comprar en la venta venía, sereta en mano, casi rozándola por el suelo.


- Doña Pepa, ¿sabe usted de la bigornia?

- ¡Ay, hijo!, yo no, espera a que venga José, que él a lo mejor sí sabe -contestó Doña Pepa mientras que, con su mirada, escudriñaba astutamente a Rogelio y pensaba interiormente este chico sí que ha crecido, y qué guapote y hermoso está “el puñetero”-.

 


Con la esperanza puesta en que Don José tuviese noticias de la bigornia, Rogelio regresó a su casa, preparó su zapato, colocó cuidadosamente el tacón desprendido, buscó los clavos y suspiró, con la ilusión puesta en la aparición de la bigornia.

 

Serían las dos y media de la tarde, de aquel mes de Mayo, cuando Rogelio se percató de que D. José regresaba a su casa, después de su diaria visita a la venta. Pacientemente esperó junto a la portada el regreso de Don José, y cuando este hizo su aparición preguntó:

 

- Don José, me dijo mi madre que ya tenía usted la bigornia, y es que me hace falta.
- ¡Hijo!, la bigornia la vino a buscar tu hermano ayer -contestó-.

 

 

 

Regresó Rogelio a su casa, otra vez sin la bigornia. Preguntó a su madre por su hermano. "Tu hermano está con Rosendo en las plataneras. Creo que están cargando plátanos". Rogelio, más que saltar, volaba de cantero en cantero buscando a su hermano.


- ¿Qué pasa, Rogelio? -preguntó su hermano, sorprendido al ver la cara de desespero que traía-.
- ¡La bigornia! ¡La bigornia! -dijo Rogelio, casi gritando-.
- ¿Pero todavía no ha aparecido la bigornia?

- No -contestó su hermano-.
- Dice Don José que se la llevó Luis.

 


La bigornia. La bigornia, repetía una y mil veces Rogelio.


- ¡Ay!, sí, ya, la bigornia... la tiene Javier
- ¿Dónde está Javier? -preguntó con impaciencia-.
- Está cortando los racimos -le contestó Luis rápidamente para sacárselo de su vista-.

 


¡¡¡Javier, Javier!!!, gritaba Rogelio cada vez más enfurecido.


-¿Qué coño le pasa a éste ahora? -contestó Javier al oír el vocerío que traía Rogelio-.

- ¡La bigornia! ¡ La bigornia!

- La bigornia se la llevó Antonio el de Pancracio para arreglar unos zapatos viejos.

 

 

 

En el paroxismo de la desesperación, Rogelio subió cuesta arriba, sofocado, sediento y casi arrastrando el rabo por el suelo, cual animal derrotado. Llegó a su casa, atravesó los canteros de Pancracio y tuvo la suerte de ver a Antonio, que sembrando unas papas estaba.


- ¡Antonio! -exclamó-. Vengo a buscar la bigornia.
- La bigornia se la di yo a tu madre antes de ayer.

 

 

¡No puede ser!, ¡no puede ser!, exclamaba Rogelio mientras en su febril mente se veía nuevamente en el Instituto, con su zapato sin tacón y hecho el hazmerreír de sus compañeros y compañeras de clase. Veía cómo Dulce le miraba con compasión, temió perderla, y con este pensamiento hirviéndole en su cabeza retornó al hogar paterno.

 

- Mamá, que me dijo Antonio que...
- ¡Ay, hijo!, ahora que me acuerdo, ¡ay!, ¡dónde tengo yo la cabeza...! La bigornia está en la lonja de las papas, junto al lagar.

 


Esta vez abrió Rogelio la lonja de las papas dando una potente patada a la vieja puerta, la cual cedió con un chirrido en señal de enérgica protesta, y en la penumbra alcanzó… por fin… ver la bigornia.

 

Se abrazó a ella, como una madre se abraza a su pequeño bebé. La acarició con ternura, la miraba una y otra vez, y si no la besó fue por miedo al contagio.

 

Era esta una bigornia muy hermosa, hecha de hierro fundido que conservaba el brillo que le produjeron tantas y tantas manos que por ella habían pasado a lo largo de su dilatada existencia... Tenía la bigornia sus tres patitas. Eran para dos tipos de zapatos, y un imaginario tipo de tacón. Rogelio llevó cuidadosamente la bigornia agasajada en su seno, subió las escaleras, atravesó la sala y el comedor, recogió el tacón y los clavos que sobre la mesa ya tenía preparados, y comenzó la operación.


Pero ¡oh, Dios!, un fallo en la trayectoria del martillo ocasionó un sordo golpe en el dedo gordo de la mano izquierda de Rogelio. Con infinita paciencia, esta vez volvió Rogelio a la carga. Colocó el zapato en posición correcta y ¡zas!. Fue tan certero el golpe que el clavo atravesó el tacón en sentido vertical.


Gracias a Dios, tuvo suerte con los tres clavos restantes.


Por fin soy un hombre feliz -se dijo Rogelio-, y al día siguiente se paseó ante sus amigos y amigas haciendo una parada especial cuando pasó junto a Dulce.


Hoy, ya pasados muchísimos años, la bigornia permanece olvidada, cubierta de polvo, despreciada por las nuevas generaciones, sin recordar que en su tiempo salvó esa bigornia a Rogelio y a su generación de embarazosas situaciones.


 

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Comentarios
Miércoles, 23 de Junio de 2010 a las 16:26 pm - Luis Guerrero Hernandez

#01 Mis abuelos maternos son del sauce y la lomada Soy cubano. Disfruto estos cuentos como si hubiesen ocurrido en mi patria .Creo que el alcalde del Sauce es familia mia