Revista nº 792
ISSN 1885-6039

Los Carnavales en la historia de Santa Brígida. (I)

Miércoles, 03 de Febrero de 2010
Pedro Socorro Santana (Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida)
Publicado en el número 299

Santa Brígida es un pueblo de larga tradición en la celebración de los Carnavales. En tiempos de nuestros abuelos todo el mundo echaba mano de un disfraz (bastaba una sábana y una careta), comía tortillas con miel, las mascaritas pedían huevos por las casas o la gente iba a Las Palmas a ver el desfile de carrozas por la calle Triana llena de confetis y serpentinas. La fiesta más popular es también una de las más antiguas del municipio.

 

Los Carnavales comenzaron a celebrarse en la isla poco después de la Conquista de Canarias. A finales del siglo XV, Gran Canaria fue repoblándose de gente de distintas nacionalidades. En agosto de 1521, mientras en la Vega vieja se construía una ermita que se pondría bajo la advocación de Santa Brígida, un grupo de genoveses residentes en el Real de Las Palmas, actual ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, fue decisivo en la estructuración del Carnaval primero, con una procedencia claramente italiana. Aparece por esos días lo que podríamos considerar la comisión de festejos, ordenando corridas de toros, la colocación de luminarias y el nombramiento de caballeros para que cuidasen de las fiestas. Entre aquellos personajes, cabe destacar a don Bartolomé Cairasco de Figueroa, nacido en una casona de La Alameda capitalina, el 8 de octubre de 1538. Sus padre, Don Mateo Cairasco procedente de Niza, y su madre Doña María de Figueroa, de Gran Canaria, con un enraizamiento italiano que también tendría el padre de los Salvago, que era genovés. Ambos realizaban bailes de disfraces, y con estas celebraciones se le otorga edad y máscara patriarcal a un Carnaval más que centenario.


Néstor Álamo, Cronista Oficial de la ciudad y de la isla, relata, por su parte, que el 5 de agosto de 1574 las reyertas en un sarao o farsa de gentes disfrazadas por disputas familiares dieron como fin un prólogo inquisitorial, en el que se hablaba de baile de máscaras. Y el 2 de mayo de 1777 se publicó por Bando en la Ciudad una Real Cédula de S.M. y Señores del Consejo, en representación del Obispo de Placencia, en el que se prohibía todo tipo de celebraciones de esta índole.

 

Carnaval en la calle Triana (1900)

 


La primera referencia de la fiesta de Carnaval en Santa Brígida se halla en el anciano y venerable libro, forrado en piel, de la fábrica parroquial y data de 1602. Hace 408 años. Cuatro siglos. En la memoria de las obras de la nueva parroquia (1583) hecha por el párroco de la misma, el bachiller Melchor Méndez, éste deja constancia de la cajita que compró su sacristán a la imagen de San Sebastián y afirma que fue por Carnestolendas de 602.


El Carnaval de antaño se enseñoreaba en la calle y se prolongaba luego a los hogares, donde el olor de las ricas tortillas de Carnaval regadas con miel impregnaba toda la casa. Esta costumbre, como la del arroz con leche, es un hábito aún persistente. En la Plaza de la iglesia, área vital y lugar de todas las celebraciones del pueblo, se celebraba como fin de fiestas la tradicional piñata, uno de los actos más célebres del antiguo Carnaval satauteño. Allí se congregaba un público extraordinario y mucha chiquillería que recogía los regalos desparramados por el suelo.


Un sencillo espectáculo que tenía lugar en la mañana de domingo, tras la salida de la misa mayor. El reparto de premios resultaba apasionante y constituía un gran motivo de alborozo que nadie quería perderse. En el repaso que hacemos de las actas municipales observamos cómo algún que otro pleno dominical al que debían acudir los munícipes se suspendía por falta de quórum con ocasión de la piñata. El 20 de febrero de 1887, por ejemplo, el alcalde accidental, Juan Domínguez Peñate, se vio obligado a suspender la sesión ordinaria de ese domingo y trataba de justificar la ausencia de ediles sin duda a causa del tiempo lluvioso que viene reinando, por una parte, y por otra el Carnaval. El siguiente domingo tampoco se reunieron los munícipes, en esta ocasión con motivo de la celebración de la histórica piñata, insistió el Alcalde.

 

Carnaval en Triana (1910)

 


Al amparo de las sábanas blancas y las caretas, algunas máscaras no actuaban con moderada libertad y se pasaban de castaño a oscuro. No faltaban a veces algún desaprensivo que arrojaba alguna pedrada para ajustar algunas cuentas pendientes. Por tal razón no es de extrañar que el Alcalde, José González Hernández, publicara un curioso edicto en el periódico La Legalidad de Las Palmas el 23 de de enero de 1876. A tal efecto, el primer edil quería poner orden y evitar los disgustos que pudieran ocasionarse entre las personas que se disfrazan y los vecinos de este municipio. Asimismo, ordenó al único guardia municipal del pueblo que realizara rondas nocturnas para evitar molestias. Poco caso debieron hacer a la autoridad, pues días más tarde, el también munícipe José Antonio Ramírez, a la sazón secretario del Juzgado Municipal, escribió una carta, publicada en el periódico La Prensa el 5 de febrero de ese año, denunciando una nueva gamberrada.

 

...Todos saben la pugnas y rencillas que hoy existen entre algunos mal avenidos de esta localidad; por lo cual y sabedor de todo el que suscribe, y teniendo entendido que algunas máscaras traspasaban los límites de semejantes diversiones la señalaren, dio orden al guardia municipal para que vigilara por las noches con el objeto de evitar disgustos.

   El domingo por la noche, 9 del que rige, se disfrazaron varias personas y dos de ellas se introdujeron a eso de las 10 u 11 en casa de un pacífico vecino que se hallaba ya recogido en su cama, y encontrándose su mujer en la ventana les manifestó que no había máscara en su casa; pero éstas empezaron a darles bromas, y una de ellas le tiró una piedra a la expresada mujer en el pecho, haciéndole caer al suelo, piedra que no pesaba menos de libra y media.

   En vista de este escándalo se levanta el marido y sale en persecución de las máscaras con objeto de averiguar al autor de aquel atentado, y visto que no podía descubrir dio parte a la Alcaldía para que tomara medidas sobre el particular. El Alcalde, acompañado de varios vecinos, trató de inquirir el hecho cometido, y nada descubrió, retirándose a las 12 y media de la noche para su casa.

 

En el Casino

 

 

El Carnaval satauteño en el siglo XX


A comienzos del pasado siglo XX los Carnavales dieron un giro con la aparición de la sociedad La Amistad (Real Casino), la primera sociedad de recreo del pueblo creada en 1900. Su sede sería una casa de la calle Real en alquiler, propiedad del guiense Jorge Roque. Gracias a la rifa de un reloj, la nueva institución pudo comprar un piano a finales de 1901 con el que amenizaría los primeros bailes en su amplio salón. Y es que afuera hace frío y la lluvia persistente en pleno mes de febrero deslucía a veces las Carnestolendas, cuya distracción constituía un medio de alterar la monotonía del tiempo. Otras sociedades de recreo comenzarían, décadas más tarde, a dar cabida en sus salones a ocurrentes y alegres mascaritas, como el Círculo Recreativo de La Atalaya; pero esto sucede antes de la guerra.


La Sociedad organizaba un número determinado de bailes al año, los que llamaban oficiales. Entre los papeles viejos de esta centenaria institución todavía se conservan los gastos empleados en el alquiler de pelucas y decorados para el salón o la compra de carburo y velas para iluminar las noches con sus olores peculiares. En 1902, por ejemplo, los bailes los amenizaba un pianista, concretamente el primer director que tuvo la Banda Municipal de Santa Brígida, el súbdito italiano Pedro Luis Grazziotti, y en tiempos más recientes una orquesta. Los domingos y los festivos por las tardes se organizaban unos bailes denominados Asaltos bailables con una gramola o gramófono, según datos entresacados del archivo de la centenaria sociedad. Los oficiales terminaban a las once y media de la noche y se bailaba bajo la mirada vigilante de las madres. En los Carnavales se rebajaba un tanto la vigilancia, trasgrediendo un poco -sólo un poco- las rígidas normas de la moral sexual. Era una sociedad con otra mentalidad, muy distinta a la actual. Hoy el tema de los bailes es otra cosa, son otros los estilos y mogollones las maneras.


Debido a la parquedad de los medios de diversión de la época, los bailes eran esperados y preparados con ilusión, especialmente por los jóvenes, que iban de casa en casa pidiendo huevos. Las mascaritas salían con un palo de escoba, un cesto, telas viejas para cubrir el cuerpo y una voz atiplada con la que esconder la identidad. Los Carnavales estimulaban entonces las relaciones familiares y las de vecindad. Una fiesta continuada desde el domingo hasta las doce de la noche del Martes de Carnaval, porque el Miércoles de Ceniza comenzaba la Cuaresma, que se respetaba inexorablemente. Estaba prohibido cantar y mostrar alegría.

 

Vecinos en el Casino

 


Determinados vecinos acudían el Martes de Carnaval a Las Palmas para disfrutar del desfile de carrozas por la calle Triana que, en medio de una batalla con bolas de papel, hacía el tránsito casi imposible. En aquel afamado pasacalle no faltó nunca, al menos en los primeros años del siglo XX, una carroza del Hotel Santa Brígida, engalanada con gran arte por su entusiasta dueño y director, el ingeniero Mr. Alarico Delmar y Shipman, nacido en Suiza. Lo atestigua el Diario Las Palmas en una crónica del Carnaval celebrado en 1906: La concurrencia de carruajes fue tal, que hubo que alargar la carrera dando una vuelta a la calle de Muro. Imposible recordar los coches adornados. Uno de ellos, del Hotel Santa Brígida, arreglado con exquisito arte por Mr. Delmar y que fue la admiración de todos, obtuvo el primer premio, el segundo premio fue para la barca Ambrosio y el tercero para un carro de caña de azúcar, muy original.


Todo un mundo de música y diversión que a veces se transformaba en trifulca, como sucedió aquel domingo de 1915, según relataba el Diario de Las Palmas en una escueta nota. El domingo de Carnaval ocurrió en Santa Brígida un sangriento suceso. El alcohol provocó una reyerta entre varios individuos y uno de ellos resultó con una gran herida de arma blanca en una ingle, siendo grave su estado. Y es que nunca faltaban los borrachos y las reyertas entre nativos y forasteros, haciéndose luego alardes de las trompadas repartidas o palizas dadas.


No había entonces edad para un disfraz. Muchos abuelos hubo que se sintieron nietos y más de alguna paciente madre de familia se acostó una noche sin camisón de dormir porque las condenadas muchachas lo usaron de traje o turbante para acudir al baile de máscaras en la Sociedad.


Pero todo ese carácter lúdico de la vida cotidiana del pueblo se rompió con la guerra. ¡Cuántas cosas se llevó la guerra! Aquellos días de julio y agosto de 1936 aparecieron por el pueblo los primeros balillas, luciendo camisas azules y armas al hombro, pero eran los disfraces del horror.

 

Durante la dictadura, al igual que en el resto de España, esta celebración fue prohibida. La orden surgió del cuartel general, en Valladolid, y decía así: En atención a las circunstancias excepcionales porque atraviesa el país, momentos que aconsejan un retraimiento en la exteriorización de las alegrías internas, que se compaginan mal con la vida de sacrificios que debemos llevar, atentos solamente a que nada falte a nuestros hermanos que velando por el honor y la salvación de España luchan en el frente con tanto heroísmo como abnegación y entusiasmo, este Gobierno General ha resuelto suspender en absoluto las fiestas de carnaval.

 
Andando en el tiempo, el entonces Alcalde, Pedro Déniz Batista, prohibió un baile de máscaras que los socios del Real Casino pretendían realizar en su sede, establecida ya en La Alcantarilla. Lo decía muy claro el primer edil de la Villa en una carta remitida el 22 de febrero de 1963: ... no pudiendo celebrarse acto alguno que exteriorice de cualquier forma aquel carácter ni introducir variación alguna que directa o indirectamente pueda revelar el propósito de conmemorar tales fiestas.


La iglesia tampoco era partidaria de esas celebraciones tan cerca del pecado de la carne. El entonces Obispo de Canarias, Antonio Pildain y Zapiain (1936-1966), no era amigo de los Carnavales, siendo éste tal vez el único punto en común que tuvo con Franco. Apoyándose en las disposiciones del Estado confesional, Pildain emprendió una cruzada contra la inmoralidad de los bailes públicos, ordenó a sus párrocos que en caso de llevarse a cabo la fiesta, las campanas de la iglesia debían voltear incesantes durante todo el día, tocando a muerto. Para que vean lo riguroso que llegó a ser la moral católica y los trabajitos que pasaban los vecinos para poder disfrazarse.


Pero como no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista, al final la fiesta triunfó sobre la política y la religión, y al iniciarse la década de 1950 pudo celebrarse algún que otro baile bajo el nombre de Fiestas de Invierno, para evadir la prohibición en aquellos años. Entonces un sencillo baile tenía lugar en la planta alta del Real Casino, en parte gracias al atrevimiento de algunos directivos de la centenaria Sociedad y la connivencia de los guardias municipales que hacían la vista gorda durante la ronda nocturna, que para eso iban disfrazados de autoridad.


Los vecinos más memoriosos recuerdan la escenificación de una gran boda celebrada por el año de 1964, con novios y un grupo de invitados que recorrieron la calle principal del pueblo para terminar con el baile en el Real Casino. Al traspasar el umbral de la centenaria Sociedad, las mascaritas debían desenmascararse ante el conserje de la Sociedad, Maestro Leopoldo, no fuera a suceder que la peña celebrara allí mismo una hipotética luna de miel. En aquel inolvidable bodorrio se encontraban los vecinos Sixto Muñoz Cabrera, Isidro Ezquerra, Ángel Benítez, Mariquita Martín, Pimpina Martín, etc. La orquesta Rialto amenizó la velada y tocó la marcha nupcial para dar la bienvenida a aquel grupo de carnavaleros.

 


Célebres orquestas del momento, como la citada Rialto, Balader o Tirma, con su vocalista Eva del Río, hicieron las delicias de los vecinos en aquellos años, sobre todo maestro Pepe el pintor o la vecina Agustinita Barrera, que eran los primeros en vestirse. En esa etapa, el Casino adquiere su primer televisor, en blanco y negro, siendo presidente de esta institución Salvador Nuez Rodríguez. Era una tele grande, con mueble incluido, que se cerraba con llaves y que atrajo a la Sociedad a nuevos socios. Los Carnavales siguen celebrándose bajo la denominación de Fiestas de Invierno. El Eco de Canarias, en su edición del miércoles 28 de enero de 1970, ofrece una pequeña información:


Como ya es tradicional, el Casino de Santa Brígida celebrará en las próximas fechas sus populares Fiestas de Invierno que cada año obtienen gran éxito y gozan de enorme fama y excelente acogida en toda la Isla.
   Este año de 1970, y de acuerdo con el programa confeccionado por el mencionado Casino las Fiestas de Invierno se iniciarán el próximo día 7 de febrero para continuar los días 8, 9, 10, 14 y 15. El programa es amplio y sugestivo. Los bailes de carnavales en la villa serán sonados de nuevo este año.

 


Cuatro años más tarde, el Real Casino adquirió el tocadisco o equipo de discoteca, siendo presidente Enrique Santana Cabrera, a fin de organizar bailes de juventud. Había entonces unas ganas tremendas de pasarlo bien, de hacer cosas… y de cambiar otras. La nueva juventud satauteña movía el esqueleto y soñaba muy diferente de sus padres.
 

 

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Comentarios
Miércoles, 03 de Febrero de 2010 a las 16:15 pm - Juan Hernández

#01 Qué documentado y simpático está este trabajo. Felicidades a don Pedro Socorro