Revista nº 792
ISSN 1885-6039

San Antonio María Claret y los matrimonios entre canarios y personas de color en el oriente de Cuba. (y II)

Domingo, 07 de Febrero de 2010
Manuel Hernández González
Publicado en el número 299

Finalizó de esa forma el episcopado de San Antonio María Claret, que demostró con su ejemplo y actitud las llagas flagrantes de una política colonial racista que se oponía a toda costa al mestizaje y que vio en los mulatos y los isleños, en su identificación con el medio rural y sus contradicciones, en su endogamia, elevada tasa de natalidad, conflictividad y relaciones, el germen de la futura emancipación de la isla.

 

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Las misiones claretianas y los conflictos con las autoridades


El Episcopado de Claret fue un permanente apostolado a través de sus visitas misionales. No habían pasado cuatro meses cuando en la localidad de El Cobre, en el área capitalina, se presentan los primeros problemas. Al ser un centro minero presentaba una notable colonia extranjera: 97 ingleses, 61 franceses y 22 norteamericanos. Los peninsulares eran escasos, excepto 94 catalanes, 82 hombres y 12 mujeres. Había 77 canarios, 53 hombres y 24 mujeres. Era preocupante en un doble sentido, por ser mayoritariamente mulata y por residir en ella una considerable colonia protestante. Claret escribe una carta al gobernador de Santiago en la que refiere que se estaban intentando varios matrimonios entre hombres blancos y mujeres de color, por lo que le pregunta si estaba vigente la legislación restrictiva. Se le recuerda su vigencia. Responde que había legalizado los matrimonios de un canario y un andaluz con mujeres de color. El Comandante Francisco Moreno se siente preocupado por los efectos de enlaces desiguales que antes eran muy raros y que hoy van a resultar tan comunes, que supondrán que los blancos miren con sentimiento una mezcla que va a introducirse y que los de color reflexionen considerándose iguales a los blancos, fundándose para ello en la facilidad con que el tribunal eclesiástico sanciona la unión entre personas de diferentes clases. Esta es por supuesto, en mi concepto la peor de las consecuencias12.


José Rafael Meloño, de 44 años, sin parientes, con libertad plena de casamiento, ha tenido ocho hijos con la parda libre Juana Almenaba. Por su parte, un isleño de Canarias, también mayor de edad y sin parientes, y sin que hayan resultado contradicciones en las amonestaciones, lo hizo con una parda libre, con quien vivía amancebado. En su carta al Capitán General de la isla manifiesta que él es el primero en procurar que se guarde la distinción de razas, pero en los casos de algunos blancos que vivían amancebados con mulatas de las que ya tenían una porción de hijos y deseando los infelices salir de tan mal estado por medio del Matrimonio, la autoridad no se los ha permitido; y al paso que permite o tolera el que vivan amancebados porque casarse no pueden, separarse tampoco. Pone los puntos sobre las íes sobre las contradicciones de la ley. Asevera que prefieren a las mulatas por ser activas y diligentes y no tienen empacho de ocuparse en cualquier cosa. Entiende que los que son de distinta clase y no hay de por medio ninguna obligación, ni razón poderosísima que no se casen pásese, pero cuando han vivido muchos años con paz y teniendo ocho o más hijos, amenazándose de suicidarse sino se podían casar, y no obstante impedirles el matrimonio, esto sí que es cosa intolerable por un Prelado13.


Mientras explicita esas consideraciones, se conoce el cese de la Concha y su sustitución por Valentín Cañedo, que toma posesión el 11 de marzo de 1852. En su visita por la región sur-oriental, donde el racismo y los contrastes étnicos y sociales son más agudos y donde la colonia isleña es muy escasa, el 10 de agosto exhorta a la excomunión mayor a todos los refractarios a contraer matrimonio. El conflicto más grave estalla el 23 cuando excomulga a un tendero español de la parroquia de Yara en la jurisdicción de Manzanillo, Agustín Villarrodona, que vivía adúlteramente con la mulata Joaquina Arriba, pero que se resistía a casarse con ella. El Zarzal, pueblecito donde residía, tenía 601 habitantes, de los que 352 eran blancos, 240 pardos libres y 9 morenos esclavos14.


Al exhortar a delatar a los que vivían públicamente amancebados, se enfrentaba radicalmente con las directrices gubernamentales. La Audiencia de Puerto Príncipe emana un auto que especifica que tales casos no pueden considerarse ni graves ni irremediables, y deben quedarse excluidos de la excomunión. El Regente le expresa que son hoy día despreciadas con notable perjuicio del principio religioso por los pueblos que se llaman cultos, y objeto de terror y de espantosa conturbación por las conciencias de la gente sencilla. En la isla, en el comercio y entre la gente rica, abundan los despreocupados, a lo enciclopedista, fruto forzoso de la superficial instrucción que aquí se da y en los campos y lugares y en las ciudades entre las beatas y la gente libre de color, un fuerte sentimiento religioso, acompañado de casi absoluta ignorancia, los conduce fácilmente a los entusiasmos perniciosos del fanatismo15.

 

El Regente estaba estableciendo el auténtico quid de la cuestión, el miedo a los factores de perturbación en los comerciantes españoles que vivían amancebados y en la gente libre de color que se creería emulada con tales excomuniones. Tal decisión coloca al Prelado en una difícil posición. Al no considerarse como graves los amancebamientos los hombres malos se han vuelto tan insolentes y atrevidos contra mi persona, ministerios y doctrina, y contra mis familiares los misioneros, que ya no es posible resistir, sufrir, ni disimular por más tiempo, de modo que ya peligra no sólo nuestro ministerio, sino también nuestras vidas16. Por ello denuncia a las autoridades e incluso a los clérigos que vivían amancebados. El gobernador del departamento oriental Martínez de Medinilla es taxativo: aunque eran intachables el Arzobispo y sus misioneros en su conducta, son imprudentes en querer cortar los amancebamientos y en desentenderse de la diversidad de razas17.


La ofensiva gubernamental se centrará contra el eslabón más débil, el misionero navarro Esteban de Adoáin, acusado de carlista. Se ordena una investigación sobre él en el pueblecito de Cauto Embarcadero. Los acusadores son todos ellos mercaderes catalanes. En esa localidad los foráneos son 25 catalanes, de ellos sólo una mujer, 8 varones mallorquines y 8 canarios, 4 varones y 4 mujeres18. Se le acusa de perturbar el orden establecido en cuanto a la diversidad de razas y por ello de hacer peligrar la subordinación de la clase de color a las leyes y a las autoridades en una población en la que, de los 2.489 habitantes, 2.266 eran libres y de éstos 1.078 eran pardos, 966 blancos y 212 morenos. Claret acusa directamente a los catalanes de formar un expediente contra los misioneros que causa horror el leerlo19.

 


El santo se siente desamparado por el gobierno colonial. El Fiscal de la Audiencia recomienda la expulsión de Adoáin, pero él no la acepta. La respuesta del Capitán General de 24 de enero de 1854 es muy dura y le impele en su carácter de Vice Real Patrono que celen sus misioneros en un celo extraviado de consecuencias trascendentales para el orden público. Era ni más ni menos que la invocación de la obediencia debida a su Patrono. Ante ello le contesta que los conflictos entre ambos poderes conviene resolverlos reservadamente. Defiende al misionero, pues no hace más que recordar un deber, y la coacción no es suya, sino de la ley divina y de la propia conciencia. Es consciente de que las críticas hacia el navarro apuntan directamente contra él: el golpe es certero: desacreditar primero a los obreros y luego al jefe; y a éste siempre, si no en su persona, en lo que aprecia tanto como a las niñas de sus ojos, que son sus incansables compañeros, llenos de caridad y celo evangélico20. Un escritor colonialista, Mariano de la Torrente, defiende la condescendencia del Prelado. Debe ser no sólo un defensor y propagador de la doctrina de Cristo, sino un auxiliar poderoso de la autoridad temporal. Una política vulnerada por un misticismo demasiado severo, que será muy laudable en sus fines, pero que no se halla en completa armonía con las necesidades de la presente época"21.


El 30 de abril de 1853 se casan personas desiguales en El Cobre. El Comandante General Martínez de Medinilla se queja contra su párroco, Francisco Mirosa, y le exige el cumplimiento de la Real Cédula restrictiva. El santo amenaza con la renuncia ante el Capitán General y explicita que los que viven escandalosamente piensan encubrir su delito con la multitud de criminales, y de aquí es que apenas saben que alguno trata de casarse, aunque sea un mulato pordiosero, ya acuden a la autoridad diciendo que un blanco se casa con una mujer de color y la autoridad manda paralizar el matrimonio22. Los blancos pobres que desean casarse o son exhortados a ello por los sacerdotes por los muchos años de cohabitación y la notable descendencia ilegítima, son la espoleta de la contravención de la restrictiva legislación colonial.


Otro nuevo lance acontece en la región nor-oriental, de composición étnica bien diferenciada a la sur-oriental. En el partido de Auras (Holguín) se le presentaron al Padre Adoáin dos amancebados, el criollo Marcelino Carranza y la isleña Rafaela Díaz. Tras aconsejarles el abandono de su desarreglada vida, bien casándose o separándose, contestaron que no pensaban casarse ni separarse, sino estarse como estaban. La voz cantante la llevaba la isleña. Al ordenarle que se callase, respondió: ¿Soy acaso alguna negra para que me manden callar? La tomó del brazo y ella, como respuesta, le descargó una bofetada en su mejilla. Inmediatamente después la autoridad militar la detuvo y la llevaron presa a Holguín23. Era un vivo ejemplo de la tensión social reinante. No obstante, la cruzada contra los amancebamientos parece alcanzar sus frutos. En la misión de Nuevitas, en julio de 1853 se hacen 60 matrimonios de amancebados, los 50 son ultramarinos de pobrísimos isleños24.


En esas mismas fechas pudo comprobar cómo el Gobierno español respalda plenamente la posición de la Audiencia. El Consejo de Ultramar consideró que el Arzobispo actuó con un celo exagerado capaz de producir resultados perjudiciales. Dictaminó el 17 de febrero de 1853 que interesa mucho a la paz de las familias y del Estado que las excomuniones se eviten en lo posible y no se fulminen sin causa y sin trámites. Ante tan grave pulso, Cañedo trata de evitar su renuncia. Claret transige y comunica a los párrocos que cuando los contrayentes sean desiguales se lo participen con la debida anticipación a los padres o parientes, y en su defecto a las autoridades, ateniéndose a la Real Cédula de 1805, y en los casos de amancebamientos comunicárselo a éstas últimas. Era su claudicación ante el gobierno, al cederle las plenas competencias en la materia. El conflicto se agravará con la detención del párroco de El Cobre, que es llevado preso a Santiago. Sin embargo, el 2 de diciembre de 1853 llega a La Habana el nuevo Capitán General Juan Manuel González de la Pezuela, que parece respaldar la actitud del Prelado. Se pide que informe a la Audiencia. Contesta que la Real Cédula sólo debe restringir los matrimonios entre nobles y gentes de color y que se deje en libertad a la clase llana, aunque blanca, para contraer matrimonio a su voluntad. La resolución de la Audiencia se adapta a tales precisiones al acordar que no existieran más restricciones que las de suspender un matrimonio sólo cuando quiera contraerlo una persona noble. Es precisamente ante tal conjunción de intereses cuando la campaña contra Pezuela y Claret arrecia. Se envían anónimos que acusan al primero de ser un títere del segundo, imbuido de fanáticas ideas que pretenden realzar al negro al nivel del blanco, e hibridarlos heréticamente con sus esclavos y libertos25.


Miguel Estorch estimó que fueron los negreros los que supusieron que el negrófilo gobernador, deseoso de halagar a sus ahijados, había pasado una circular autorizando los casamientos de negros con blancas26. Verena Stolcke piensa que su actitud fue temporal y su finalidad era congraciar a España con Gran Bretaña, con cuya intervención se podría contar entonces para evitar la anexión de Cuba a los Estados Unidos27. Lo cierto es que fue tan coyuntural como su propio gobierno, porque los levantamientos en la Península en 1854, que proclamaron a Espartero como Presidente del Gobierno, acabaron con su mandato y repusieron a Gutiérrez de la Concha. El Gobierno, considerando gravemente perturbadora tal decisión de la Audiencia, ordena su suspensión inmediata y devuelve las cosas a su estado anterior. Fue un grave mazazo contra Claret, que debilitaba seriamente su posición.

 

 


El atentado de Holguín


En ese ambiente derrotista inició su tercera visita pastoral. El 1 de febrero de 1856 llegó a Holguín. Tras un sermón de hora y media, salió de la iglesia en dirección a su casa. Era saludado por una multitud en la calle mayor. Se le acercó un hombre, como si le quisiera besar su anillo. Al instante alargó el brazo armado con una navaja de afeitar y descargó el golpe con toda su fuerza. No pudo cortarle el pescuezo, pero le rajó la cara y le hirió el brazo derecho. Tuvo un pequeño desmayo, pero el golpe no fue mortal y pudo rehabilitarse en poco tiempo28.


El agresor del Arzobispo, Antonio Abad Torres, había nacido en Santa Cruz de Tenerife. Tenía 35 años y era zapatero de profesión. Había sido implicado en un asesinato perpetrado en Gibara en la persona de un infeliz conocido por El Cristalero del que fue absuelto. No residía en Holguín, sino que deambulaba por Auras y Gibara. Era bien pobre y no había podido acceder a alcanzar un trabajo fijo. Su defensor diría al respecto que todas sus idas y venidas sólo tenían un objeto: buscar trabajo29. En esta última estaba cuando llegó el Padre Claret y debió seguirle durante el trayecto, no ejecutando sus planes por la continua presencia de la Guardia rural. Es significativo que este acto lo realizase un isleño, y en una región de nítida presencia canaria. Parece que era el criminal oportuno en el medio adecuado. Aunque ultramarino, pertenecía a una región no considerada como firmemente patriótica en la Isla. Muchas versiones se han apuntado como explicación a sus móviles. La hipótesis de una conjura organizada puede ser la más aceptable. Hay que desestimar por absurda la de la trama masónica. Otra de las esgrimidas fue la de la cuestión racial. Se afirma que había permitido el matrimonio de una canaria, probablemente hermana de Torres, con un negro30. Dentro del terreno de la leyenda, era fama común que el agresor intentó vengarse del siervo de Dios por haber convertido a su concubina31. Otra teoría, que ya había tenido en cuenta el gobernador de Santiago, puede ser consecuencia de las correcciones canónicas que S.E. Ilma. tiene impuestas a algunos sacerdotes que vivían amancebados32.


Sean cuales fuera los móviles reales del atentado, no cabe duda de que se convirtió en un instrumento para las intrigas. La autoridad gubernamental no estaba muy interesada en aclararlas, como puede apreciarse por el análisis de la documentación. En un principio ordenó la averiguación de las causas para que no quede impune, ni sirva de pretexto a los enemigos del Gobierno, para que lo presenten tan sólo como un suceso político, o si tiene ese carácter debe ser castigada. El alcalde mayor de Holguín condenó con celeridad a Antonio Abad a la pena capital el 15 de marzo. Éste interpuso recurso a la Audiencia Pretorial de La Habana, donde le defendió el joven abogado José Manuel Mestre por turno de oficio. Éste habló de arrebato, de inconciencia, de inexistencia de pruebas, de que la sentencia de muerte fue fruto del “celo” de ese juez para saciar la vindicta pública. El fiscal reconoció que el origen del delito seguía siendo un enigma. La Audiencia reconoció que estaba plenamente probada su culpabilidad y alevosía. Sin embargo, en atención a que las heridas no fueron de gravedad, le condenó a la pena de diez años en uno de los presidios de África, con prohibición absoluta de retornar a la Isla33.


Pensamos que no hubo interés en averiguar los móviles reales del delito y se optó por lo más sencillo y menos comprometido, el destierro a un presidio africano. El mismo capitán general no dejó lugar a dudas al señalar en su escrito al gobierno de 5 de agosto de 1856 que, sustanciada y fallada esta causa con arreglo a la ley, y no habiendo incidencia alguna que haga necesaria la intervención gubernamental en este asunto, el que suscribe entiende que puede resolver dándose por enterado"34. Ante la ausencia de conflictividad, mejor era dejar las cosas así, aun a sabiendas de que no parece ser más que un mero instrumento.


El santo creyó ver al mismo diablo dando fuerzas y ayudando a Torres en el momento del atentado. En una carta diría con candorosa ingenuidad que el demonio me tiene una rabia muy grande, yo mismo vi venir el asesino y el demonio en forma de un negro etíope que le rempujaba y que tenía la mano con que me hirió. Creyó que fue un designio providencial. No puede tener conmigo resentimiento de ningún género, no salió de su corazón la maldad, sino que le fue sugerida. Solicitó su indulto. Pensaba que su acometida había sido un favor grande que hizo el cielo, de lo que estoy sumamente complacido. Fue consciente de que en su diócesis hay muchos Herodes y Herodías que viven mal, y haciendo yo el oficio de Juan pedirán mi cabeza. Hay también algunos sacerdotes que son sepulcros blanqueados, como los de los hebreos, y así como aquellos maquinaron la muerte de Jesús, también éstos maquinarán la mía. A raíz del atentado comienza a crearse un ambiente de pesimismo entre sus íntimos colaboradores y una atmósfera de psicosis persecutoria, las calumnias continúan, los sectores españolistas le siguen acusando de ultraje al paisanaje catalán y español. Aunque el Papa le ruega que no renuncie, el Gobierno está decidido a destituirlo. Se recibe un despacho de Su Majestad el 10 de marzo de 1857 para que se presente en la Corte lo más pronto posible35.


Finalizó de esa forma el episcopado de San Antonio María Claret, que demostró con su ejemplo y actitud las llagas flagrantes de una política colonial racista que se oponía a toda costa al mestizaje y que vio en los mulatos y los isleños, en su identificación con el medio rural y sus contradicciones, en su endogamia, elevada tasa de natalidad, conflictividad y relaciones, el germen de la futura emancipación de la isla. Una actuación comprometida y misionera, algo absolutamente excepcional dentro del alto clero de la isla.

 

 

NOTAS

 

12. R. LEBROC MARTÍNEZ, Op. Cit., p. 194.

13. SAN ANTONIO MARÍA CLARET, Op. Cit. Vol. 1, pp. 549-550 y pp. 633-634.

14. J. PEZUELA, Op. Cit. Tomo IV, p. 689.

15. R. LEBRUC MARTÍNEZ. Op. Cit., pp. 208-209.

16. SAN ANTONIO MARÍA CLARET. Op. Cit. Vol. 1, pp. 697-699.

17. R. LEBRUC MARTÍNEZ. Op. Cit., pp 211.

18. J. PEZUELA. Op. Cit. Vol. 1, pp. 367-372.

19. SAN ANTONIO MARÍA CLARET. Op. Cit. Vol. 1, p. 705.

20. Op. Cit. Vol. 1, pp. 224-227 y pp. 750-751.

21. M. TORRENTE, Bosquejo económico-político de la Isla de Cuba. Madrid. 1852. Vol. 1, p. 201.

22. SAN ANTONIO MARÍA CLARET. Op. Cit. Vol. 1, pp. 803-806.

23. G. ESTELLA, Vida del siervo de Dios Padre Fray Esteban de Adoáin. Barcelona, 1913, p. 207.

24. SAN ANTONIO MARÍA CLARET. Op. Cit. Vol. 1, p. 868.

25. R. LEBRUC MARTÍNEZ, Op. Cit., pp. 240-243 y pp. 253-261.

26. M. ESTORCH, Apuntes para la historia sobre la administración del Marqués de la Pezuela en la isla de Cuba desde el 3 de diciembre de 1853 hasta el 21 de septiembre de 1854. Madrid, 1856, pp. 29-33.

27. V. STOLCKE, Op. Cit., p. 62.

28. SAN ANTONIO MARÍA CLARET. Escritos autobiográficos. Madrid, 1981, pp. 315-318.

29. Revista de Jurisprudencia. La Habana, 1856. Tomo I, p. 64.

30. F. GUTIÉRREZ, El Padre Claret en el periódico El Católico (1840-1857), Roma, 1989, pp. 232-233.

31. R. LEBRUC MARTÍNEZ, Op. Cit., p. 288.

32. Archivo Histórico Nacional (A.H.N.). Ultramar. Leg. 1701, nº 44.

33. A.H.N. Ibídem.

34. A.H.N. Ibídem.

35. R. LEBRUC MARTÍNEZ, Op. Cit., pp. 279-296.



 

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