Revista nº 906
ISSN 1885-6039

Se van acabando los herreros.

Lunes, 12 de Julio de 2010
Manuel J. Lorenzo Perera, Fernando Hernández Álvarez y María Dolores García Martín
Publicado en el número 322

El recorrido memorístico de quienes cuentan en la actualidad con más de sesenta años de edad, mantiene el recuerdo de contemplar herrerías en buena parte de las poblaciones canarias. Ya, en su inmensa mayoría, han dejado de existir, impidiéndonos escuchar el tintineo del yunque y disfrutar del ambiente que se creaba en el taller del herrero, auténtico foro de historia oral.

 

En Los Silos (Tenerife), hacia mediados del pasado siglo, funcionaban cuatro herrerías: la de Felipe, la de Frasco el Canario, la de Bernardo el Húngaro y la de Rafael Luis. La última en cerrar sus puertas fue la de Rafael Luis Estévez, lo que aconteció en los inicios de la década de los setenta. Tuvo su herrería en la calle Doctor Jordán (más conocida por La Barranquera) en la parte trasera del patio de su propia casa: le ayudó a hacerla Domingo Argote, era medio amañado.

 

Se inició como herrero con su progenitor, Andrés Luis Baso, en la herrería que tuvieron en la calle La Estrella. Por cosas del tiempo y de conocidas circunstancias, el padre no sabía leer ni escribir; el hijo, sí. Se decía que las manos de Cho Andrés eran como un gato hidráulico. Ejerció como herrero en El Ingenio -con anterioridad a la implantación de la platanera- para una compañía inglesa ocupada en la elaboración de azúcar y ron. Y según acostumbraba a contar, intentaron llevarlo para Inglaterra, relato que describió su nieto con las siguientes palabras: a dónde voy yo que no sé leer ni escribir y los tipos que les gustaba mucho el aguardiente, se emborrachaban y... me parece que estoy viéndolo, el pobre.

 

En el centro, sentado, Rafael Luis Estévez, padre de don Rafael Luis Alegría

 

 

El nieto al que hemos aludido, Rafael Luís Alegría -nacido el día 3-11-1929- trabajó como herrero ayudando a su padre, maestro también de otro destacado artesano del metal, conocido popularmente como Angelito, quien ejercería durante años en el casco del vecino municipio de Buenavista del Norte.

 

Elementos esenciales del taller eran el yunque, el fuelle de cuero y la fragua, casi permanentemente encendida, alimentada con carbón de piedra que se compraba, casi semanalmente (a cinco duros los treinta kilos), en los hornos de cal de El Puertito, cargándolo al hombro hasta la herrería; se prefería el de procedencia inglesa: el español era malo, el inglés era bueno, más brillante que el otro; lo traían en camiones desde Santa Cruz. Carmelo Villa, en un camión que tenía para transportar. Cuando no había más remedio, se recurría al carbón vegetal, el que se elaboraba en las hornas del Monte del Agua: cuando la guerra de España, que no entraba nada. Fue destacado, igualmente, el empleo determinadas herramientas: la prensa (pa trincar), la tarraja (pa hacer rosca a los tubos, pa ponerle las anillas) y la atajadera (pa cortar materiales, sacar láminas).

 

En la herrería -aunque no teníamos un horario porque era de uno- se solía trabajar desde las nueve de la mañana a la una del mediodía; y desde las tres de la tarde hasta las nueve de la noche, motivado, esencialmente, porque era a partir de las cinco de la tarde, después de despedir, cuando podían acudir, a fin de predisponer sus enseres, los albañiles que faenaban en las grandes propiedades, dedicadas al incipiente cultivo del plátano, haciendo fincas, construyendo charcas para el riego... Pero aparte de los clientes de Los Silos, los servicios del herrero eran solicitados por quienes procedían de lugares más o menos próximos: El Tanque, Erjos, Ruigómez, El Palmar... Se pagaba con dinero el trabajo que se llevaba a cabo: me acuerdo que valían las herraduras cinco duros; un par de herraduras de una bestia, cinco duros.

 

 

Entre las tareas esenciales desempeñadas por los artesanos a quienes estamos refiriéndonos, destaca la de herrar. Ponían herraduras a los mulos, caballos y vacas. Las de estas últimas eran de media caña y se les colocaban debido al esfuerzo que, por entonces, desarrollaban, arando las tierras o tirando por los carros: iban hasta Garachico al Sindicato, y a Casa Blanca iban también. Se desgataban más las de las patas delanteras (las de atrás poco). Encontrar una herradura era señal de buena suerte, colgándola en el dintel de alguna puerta. Trozos de herraduras usadas se emplearon para obtener canelos o cuñas para las azadas y sachos. Y la herradura de équido, en su totalidad, como argolla, incrustando sus dos puntas en la pared, destinada al amarre de algún animal.

 

Reparaban herramientas (calzarlas cuando se desgastaban) y las hacían nuevas, aprovechando cualquier clase de materia prima metálica (chasis de coches viejos...). Entre las mismas -relacionadas principalmente con la predominante actividad agrícola y la cantería- podemos citar las siguientes: podonas, sachos, hoces, martillos, cinceles, azadas, rejas o puntas del arado (con los cascos de los barcos), teleras del arado (de plancha de hierro), escodas, picos de roce para sacar cantos, cencerros para el ganado, el aguijón y la rejada de la vara de arar, la retenida o freno de los carros (de hoja de muelle), martillos, marrones de 3 ó 5 kilos, martillos de brocha para romper piedras (de ejes de coches: de fores eran los ejes más apropiados, los más gruesos que venían), estacas para amarrar las cabras... y hasta clavos (cuando no llegaban, había que hacerlos).

 

 

Era valorado su quehacer concerniente al hecho de poner a punto determinados utensilios, entre ellos la hoz. Antes de segar -estamos hablando de un mundo intensamente agrarizado en el que los cereales suponían y marcaban un tanto- se llevaba la hoz al herrero para que picara sus dientes, realizándolo con un cincel chiquito así, del tamaño de un fósforo. Tras ello se ponía al fuego y, a continuación, se templaba. También se templaban, tras elaborarlas, las herramientas. Con ello se fortalecen y no estallan. Se introducían en un depósito especial. Las más finas (cuchillos, hoces, podotas…) se templaban en aceite, y las más pesadas (martillos, marrones, hachas…) con agua.

 

Cuando a comienzos del siglo XX se produjo la expansión de la platanera, el aporte de los herreros fue fundamental, como lo había sido en lo concerniente a los cultivos y ganadería tradicional. Ahora se encargaron de hacer, con ejes de coches, las cuñas (grandes y pequeñas) y las picas o taladros para las perforadoras empleadas en galerías y sorribos; así como las bombas para los estanques, utilizadas para abrir y cerrar el agua: eso eran de metal, se fundían, eran de fundición. Y hasta soldaban, con autógena (bombona con un soplete), el estaño que servía para complementar utensilios de uso cotidiano como eran, por ejemplo, las máquinas de sulfatar o las primigenias cocinillas utilizadas en las cocinas.

 

Reconocida es la presencia de los herreros en el ámbito de la medicina tradicional. Sobre ellos hemos recogido que se dedicaban a extraer muelas y a elaborar, sobre el yunque, aceite de trigo con el que curaban los empeines. Andrés Luis Baso, el viejo herrero de Los Silos, quemaba los nervios de las encías poniendo sobre ellas un calacimbre o verga fina caliente. Y con sus fuertes manos sujetaba a los pacientes por la frente -haciéndolo otros dos por cada lado del cuerpo- para que Señor Juan de Dios, barbero de profesión -que también preparaba pomada para las heridas-, les arrancara las muelas dañadas con unos alicates desos, en crudo, en blando, dándole agua y escupiendo en un cubo.

 

Zapato provisto de herradura y herraduras de caballo (gentileza de don Antonio Molina Pérez)

 

 

El nieto de Andrés Luis trabajó en la herrería con su padre (el último herrero de Los Silos, fallecido el 12 de julio de 1975 a los 74 años de edad) hasta que partió para Venezuela en 1957, regresando definitivamente en 1980. En ese intervalo de tiempo vino a la isla dos o tres veces, permaneciendo algunos meses. En una de esas ocasiones -la herrería ya no funcionaba como tal- aprovechó la estancia para arreglar unos picos, el martillo y la barra a peones que trabajaban en una charca. Le embargó el sentimiento, la nostalgia: me dio pena aquello, como diez o doce años que yo no venía (...). Hoy le hace falta cualquier cosa y tiene que comprarla, ya no hay quien los arregle.

 

El de herrero es un oficio de origen milenario que ha desempeñado un papel fundamental en todas las sociedades. En Canarias hay otros muchos: albardero, frontilero, cantero, alañador... Dicen los neomodernistas que deben desaparecer porque no hacen falta. Olvidan sus raíces, es decir, sus aportes y considerables valores. Los hemos dejado extinguir. Deberían prodigarse, es decir, dar a conocer, enseñarlos. Y quienes lo deseen -porque les entusiasma e impresiona su notabilidad histórica y cultural- que los aprendan, disfruten y difundan.

 

 

Este artículo fue publicado previamente en la revista El Baleo (nº 54).

 

 

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