Revista nº 814
ISSN 1885-6039

María García. Las loceras de La Montañita de Garañaña.

Viernes, 15 de Octubre de 2010
Marcos Brito
Publicado en el número 335

Luis Álvarez Cruz publicaba un reportaje en La Prensa, bajo el titular de Las últimas alfareras de Tenerife, el 10 de noviembre de 1935. Hoy, 15 de octubre, se celebra el Día Internacional de la Mujer Rural, y por este motivo rescatamos nosotros el conocimiento de esta persona de tradiciones ancestrales.

 

Un ilustre hijo de San Miguel de Abona, Juan Bethencourt Alfonso, nos instruye en su Historia del pueblo guanche, con datos de finales del siglo XIX, cómo se realizaban las labores en esta práctica alfarera que se trasmitía de madres a hijas. Aseguran en Garañaña las loceras o alfareras que su industria les viene de los guanches, que fabricaban la loza como hoy pero que algunas piezas son de distintas formas y no tenían hornos para quemarla, sino que las ponían en montón en el suelo cubriéndolo con leña, a la que daban fuego y le añadían combustible hasta que se ponía la loza colorada. (...) El mejor barro de aquellos contornos es el de la mesa de Tamaide, que es colorado.

 

Luis Álvarez Cruz nos trasmite con su característica maestría las peculiaridades del lugar, y del que entresacamos lo siguiente:

 

 

Seña María García es de Garañaña. Garañaña trasciende a guanche. Es un simple montoncito de viviendas a la entrada de San Miguel. Un caserío rústico en donde antiguamente funcionaban varias alfareras, que ya han desaparecido.

     La tradición esta del barro amasado y cocido necesita un lugar.  Seña María ha escogido este lugar. Ha enclavado su taller en La Suertita, al final de una calle empinada, que también puede ser camino, y en donde -una, dos, tres casas- ya se ha visto todo lo que hay que ver en una primera ojeada errabunda sobre las tierras ardientes del Sur.

     El taller es de una tosquedad conmovedora.

 

Una fotografía de 1935 de Bacallado

 

Aquí está el taller, pero a través de la cáscara de las paredes de piedra sin encalar.

     Dentro, una vez traspasados los dinteles de la única puerta que hay en la casa, sobre el pavimento de tierra cruda, objetos de barro cocido: tostadores, ollas, bernegales.

 

 

Nos describe cómo le cuenta esta vieja locera sus quehaceres para sacar del barro su lado práctico; el lebrillo, para amasar el pan, el gofio…; el tostador de grano, el tarro del ordeño, de uno o dos bicos; la olla, para el guisado de diversos alimentos; la hondilla, de múltiples usos; o el brasero. El ir a recoger el barro, desmenuzarlo, mezclarlo con arena, amasado y sobado, darle forma sin moldes, se almagra: se barniza con una mezcla de almagre y aceite o petróleo, frotándolo con un callao liso de la mar. Dejarlo unos días a la sombra, otros tantos al sol para llevarlo a ese horno de piedra que abre una boca desdentada para tragárselo. Y después se disponía a venderlo en la misma calle, en los pueblos cercanos.

 

Por un trabajo de Manuel A. Fariña González ("Las loceras de San Miguel de Abona", publicado en El Pajar, en su nº3 de agosto de 1998), conocemos algunos datos más de esta última locera de Garañaña, como ella misma lo apunta en el reportaje de Luis Álvarez Cruz: desciendo de familias que trabajaban el barro, arte que ha de terminar en mí, porque ya ni los hijos ni los nietos quieren aprender este modo de ganarse la vida. Su nombre completo sería el de María Antonia Martín García, nacida en Garañaña (1870-1955), cuya madre, María García, era natural de Fuerteventura, y su padre, Agustín Martín Morales, del Lomo de Arico. En el Padrón Municipal de San Miguel de Abona, a 1 de diciembre de 1925, se recoge junto a su marido José Rivero Beltrán y tres de sus cinco hijos, con la profesión de sus labores, y con año de nacimiento el de 1878.

 

De la elaboración de loza en este lugar de la Montañita de Garañaña hay referencias por lo menos desde el siglo XVIII. Estas antiguas reminiscencias y la llegada de diversas familias loceras de Fuerteventura contribuyen, a juicio de Fariña González, a que la loza aquí elaborada tuviese características diferenciadoras del resto de la cerámica tradicional de la isla de Tenerife.

 

Luis Álvarez Cruz cierra su reportaje amasando su arcilla de palabras, y diferenciando su trabajo del de esta última locera de San Miguel de Abona: su barro brota entre dos sonrisas, y el mío se “amorosa” a veces con dos lágrimas. Quizá estas lágrimas espirituales de ahora estén destinadas a caer sobre el recuerdo de su barro guanche.

 

 

Este artículo fue publicado en el número 8 (noviembre-diciembre de 2003) de la revista La Tajea, que edita el Ayuntamiento de San Miguel de Abona.

 

 

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