Revista n.º 1053 / ISSN 1885-6039

Sobre nuestra malagueña: ¿elegía o responso?

Viernes, 30 de julio de 2010
Félix Luján
Publicado en el n.º 324

En relación con una reciente tendencia en el canto de la malagueña, se denuncia el riesgo que esa tendencia supone para la conservación de valiosas características del que es quizás el aire popular isleño más apreciado.

Un momento del programa Parrandiando.

 

Desde hace bastante tiempo los auténticos y responsables devotos de la malagueña canaria están cada vez más preocupados por la suerte de esta entrañable tonada. ¿Subsistirá sin menoscabo esencial? Ya se sabe que nada escapa a la fatalidad de la evolución, pero importa mucho no olvidar que en el caso de no pocos fenómenos culturales (y en otros casos) cada adelantamiento, para que sea positivo, es necesario que no implique distorsión de los rasgos sustanciales que determinan su singularidad. Ha de procurarse la mejoría en perfección, pero nunca motivar acaso la llegada prematura del acabamiento.

 

Todo esto viene a cuento de que en distintos medios no sólo audiovisuales se está prodigando demasiado una práctica de la ejecución del canto de la malagueña en la que se advierte alguna inquietante alteración negativa, tanto en lo que se refiere a la música en sí como al contenido de la letra de las coplas. Según el testimonio de mucha gente, el curso melódico está perdiendo cada vez más el repentino sesgo del final que hace tan atractivo al que es acaso el más subyugador de nuestros aires populares. Un sesgo repentino pero esperado en cada caso, y a pesar de ello siempre sorpresivo.

 

En cuanto a las letras, no deja de ser alarmante la maníaca tendencia a coplear valiéndose casi exclusivamente de cuartetas y quintillas de tema fúnebre (mayormente ni inspiradas ni de solera). Esta moda de mentar con insistencia orfandades y agonías, difuntos y sepulturas no parece que sea un síntoma saludable, aparte de que por lo general se acude a la temática luctuosa a sabiendas de que en esa temática se complace cierto público; tanto, que indefectiblemente paga el regalo con una explosión de frenéticos aplausos.

 

Hace unos años, un pequeño grupo de ciudadanos quiso hacer algo que de alguna forma remediara lo que interpretaban como una malaventura. Para ello se propusieron conectar con musicólogos y folkloristas a fin de que (en el caso de que no quisieran implicarse en el empeño) al menos suministraran los argumentos autorizados y las orientaciones eficaces que facilitaran el éxito apetecido. Pero no se pasó del propósito: no llegaron a hablar con expertos. Los quehaceres de unos y la obligada ausencia de otros dieron al traste con el proyecto, que así pasó al limbo de las intenciones quijotescas. Aunque algo sí pudieron hacer: cada uno de ellos se dedicó a componer una o más coplas de carácter crítico o añorante para apoyar por la vía sentimental la docta (y no efectuada) contribución de los entendidos. Esas coplas fueron leídas en un círculo de amigos sin que se precisara el respectivo autor, y ello, se dijo allí, como homenaje a la anonimia característica de la literatura folklórica.

 

Fruto de aquella dedicación juglaresca son las coplillas que siguen:

 

 

No quiero oír malagueñas,
cariño, que por desgracia
aquí la moda es cantarlas
siempre con letras macabras.

*

Malagueña, ya en tus coplas
más que un corazón penando
se siente cómo golpea
un pico que está cavando.

*

En tus coplas, malagueña,
no eres ya lo que eras tú.
Los cuatro versos se han vuelto
cuatro clavos de ataúd.

*

Malagueña, tú eras antes
una rosa de los vientos
que a todos nos recordaba
que no hay sólo un sentimiento.

*

Malagueña, malagueña,
las voces que ahora te cantan
ya no atinan con el quiebro
final que nos fascinaba.

*

Pepe Hierro, Pepe Hierro,
sabe Dios lo que dijeras
si oyeras cómo se canta
hogaño la malagueña.

 

 

 

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