Revista nº 681
ISSN 1885-6039

Los hornos de tejas en la historia de Gran Canaria. Breve referencia al Horno de El Madroñal.

Jueves, 08 de Diciembre de 2011
Pedro Socorro Santana (Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida)
Publicado en el número 395

La expansión de la industria de la teja y el ladrillo tiene lugar con el desarrollo de la población entre finales del siglo XIX y principios del XX, cuando aparecen hornos en lugares cercanos a las terreras (de tierra arcillosa) y a las fuentes o puntos por donde discurría agua continua de acequias.

 

Pasan los años pero el centenario horno de tejas de El Madroñal, en la villa grancanaria de Santa Brígida, sigue en pie junto a la carretera del Centro, sobrellevando con dignidad su vejez, que le da cierta apariencia respetable. Se trata de una reliquia del pasado, de un tiempo no muy lejano en el que los canarios hacían uso de su ingenio y escasos recursos para suministrar materiales a nuestra arquitectura tradicional. El uso de tejas se generalizó en Canarias a partir del siglo XVI de manera tan insospechada que hasta las primeras ordenanzas del Cabildo de Gran Canaria debieron regularizar esta antigua industria que invitaba a comenzar la casa por el tejado.

 

Introducción. Tras la Conquista y el asentamiento de los repobladores europeos en Gran Canaria, a orillas del riachuelo Guiniguada, las necesidades de la nueva población hacen que se demanden nuevos servicios; en principio, los más elementales como los cultivos de autoconsumo, arquitecturas del agua, vías de comunicación y también las más mínimas infraestructuras para su desenvolvimiento, aparte el desarrollo de todo lo relacionado con el cultivo de la caña e industria azucarera, la nueva base de desarrollo económico insular. Y así fue como las palmeras y los pinos, con los días y las necesidades, fueron sucumbiendo bajo una hábil tala de la espesura boscosa que llegaba hasta el solar que ocupaba el campamento del Real de Las Palmas, aquel lejano día de San Juan de 1478. Los nuevos amos de la primitiva villa de Las Palmas necesitaban madera y leña para construir sus casas, alimentar el fuego de sus hogares y alzar las empalizadas defensoras. Más tarde, con la arboleda se alimentarían los ingenios y trapiches, y de ella se sacarían los tablazones con los que se construirían los envases para el azúcar, primera industria insular.

 

Los calveros fueron salpicando el espeso bosque insular, de tal manera que en las ordenanzas dadas en 1531 se legisla preservando la foresta que se hacía humo para abastecer el incipiente caserío. Las casas señoriales levantadas por los conquistadores y sus descendientes, por los hacendados y beneficiarios de tierras y por los ricos comerciantes, alternaban con las modestas casas de los artesanos, labradores y gentes humildes. Las piedras y la madera para las nuevas construcciones se transportaban desde diferentes comarcas de Gran Canaria, mientras que el ingenio popular fue generando una tecnología propia. En la misma villa existían hornos de cal para su suministro a los albañiles y constructores.

 

A medida que crecía la población, en extensión y en almas, destacaron pronto otras industrias como los hornos de tejas, cuya producción artesanal y comercio del producto quedó regulado desde los primeros años de la colonización a través de las ordenanzas y otras disposiciones del Cabildo de la isla. Pues el uso del tejado, habitualmente a dos aguas, fue común en la arquitectura religiosa (iglesias, ermitas y conventos) y en edificaciones institucionales.

 

La expansión de la industria de la teja y el ladrillo tiene lugar, sin embargo, con el mayor desarrollo de la población entre finales del siglo XIX y principios del XX, hasta que se introducen materiales de importación como el ladrillo peninsular o la teja francesa. Es cuando aparecen muchos hornos por la zona de barlovento de la isla, en lugares -como siempre se hizo- cercanos a las terreras (de tierra arcillosa) y a las fuentes o puntos por donde discurría agua continua de acequias. Sus oficiales, los tejeros, conocían a la perfección el oficio y desarrollaron técnicas para una mayor producción. Estos hornos debían tener un amplio espacio anexo donde se esponjaba, amasaba el barro y se oreaba la teja (para lo cual se hacían cubiertas de palos y ramas de árboles a fin de que la insolación no afectara al producto a cocer luego en los hornos). Para cubrir esta demanda de construcción, sobre todo del ladrillo para tabiques, en la ciudad de Las Palmas aparecen algunos hornos industriales.

 

Oreando la teja en el Norte de Gran Canaria a mediados del siglo XX (Fedac)

 

El tejar de La Angostura. El dato más antiguo que nos proporciona la Historia de sobre la existencia de la industria de la teja en Gran Canaria data de mediados del siglo XVI. En el valle de La Angostura, próximo a la ciudad y perteneciente al término de La Vega (Santa Brígida), se alzaba uno de los primeros hornos en el que se fabricaban las tejas para las techumbres de las nuevas viviendas de la población más pudiente, pues una gran mayoría de vecinos seguía haciendo uso de las cuevas (La Atalaya, Pino Santo), o cubrían sus sencillas techumbres de ramas y de hojas de palmas, una práctica arquitectónica que poco a poco va desapareciendo por razones de seguridad y meteorológicas.

 

Las tejas cocidas en aquel horno, hoy desaparecido, cubrieron la techumbre de la parroquia de Santa Brígida, cuya materia prima -piedra, barro y madera- eran tomados cerca del lugar de la edificación. Su propietario en 1590 era Hernando de Feria, un reconocido tejero que, en un contrato hallado en el Archivo Histórico de Las Palmas (Protocolo 898), se obligaba a entregar cinco mil tejas al escribano público Francisco de Casares.

 

Por entonces la ciudad de Las Palmas contaba con aproximadamente tres mil habitantes. Es una época de gran prosperidad que permite al grancanario mejorar sus propias casas, pero también son años de ataques piráticos que hacen que el oficio experimente un fuerte auge en el primer tercio del siglo XVII, debido a la inversión de capitales realizada en la ciudad por particulares y entidades religiosas y civiles para restañar las heridas causadas por la invasión de la poderosa armada holandesa capitaneada por Pieter van der Does en 1599.

 

Un siglo más tarde, en torno a 1689, el veneciano Gotardo Calimano se hizo con la propiedad del citado horno de teja en un tiempo, además, de plena actividad toda vez que con el resurgir del vino en Gran Canaria las nuevas bodegas y lagares de El Monte, así como otras construcciones habituales dentro del paisaje agrario de las Medianías, quedaron cubiertas por techumbres a cuatro aguas. Tejas (modelo árabe-andalucí), ladrillos y demás elementos constructivos tuvieron un papel destacado dentro de la industria de abastecimiento local desde el siglo XVI al XIX. De hecho, el horno de La Angostura tuvo larga existencia pues en el decreto de constitución de la parroquia de la Vega de San Mateo, en el año 1800, observamos que las tejas de aquella iglesia se surtieron de aquella industria.

 

Los hornos proliferaron en la cercanía de Las Palmas, a la entrada de Arucas, Confital, Telde, Jinámar, Guía de Gran Canaria o Agüimes. Estas construcciones se situaban junto a los caminos, en zonas arcillosas, llamadas terreras, y se construían con piedras y barro, de forma troncónica, a cielo abierto. Señala el investigador Francisco Suárez Moreno, autor del libro Ingeniería Históricas de La Aldea, que los materiales de construcción debían seleccionarse entre las piedras muertas de mejores condiciones y la tierra arcillosa, una gruesa capa de barro -barro rojo- con la que se revestía su interior y que actuaba como elemento aislante y refractario. La piedra fue, por tanto, la base constructiva de estos hornos -y de la mayoría de las casas- al ser el material más próximo, barato y de fácil extracción en las canteras del lugar. Su estructura se compone de dos partes bien diferenciadas: la cuba y el hogar, separadas ambas por una parrilla. La primera, de forma troncónica invertida, donde se depositan las tejas, dispone de una base o solera que se comunica con el hogar a través de un conjuntos de toberas por donde ascendía el calor.

 

El producto principal de cocción de estos hornos era la teja árabe aunque en ocasiones se elaboraba el ladrillo de barro utilizado por los mamposteros en tabicaciones. Debemos suponer, por otro lado, que estos hornos fueron una excelente escuela de tejeros que, simultáneamente, desempañarían también su oficio en la arquitectura doméstica. Un oficio que se transmitía de padre a hijos, siendo un trabajo ocasional, ejecutado mayormente en épocas de verano. De hecho, en Gran Canaria los caleros, tejeros y ladrilleros fueron un gremio de especial relevancia, destacando las aglomeraciones pues medio centenar de hornos aún hoy se localizan en distintas zonas de la isla: Hornos del Rey, El Calero, El Tejar, o el Lomo de Riquiánez (Arucas), etc.

 

Curiosamente, el emplazamiento de aquel primer horno de tejas del que se tiene constancia quedó registrado en la toponimia de Santa Brígida, ya que todavía hoy esa zona sigue siendo conocida como El Tejar. Otras industrias similares se levantaron a fines del siglo XIX y comienzos del XX en distintos lugares de este término municipal y nominaron una parte del urbanismo del pueblo, pues también existe el topónimo de El Horno de la Teja, en el barrio de San José de las Vegas, mientras que la Vuelta del Horno representa actualmente al actual fogón de El Madroñal, testimonio vivo en esta localidad de aquellas actividades económicas de la sociedad rural del siglo pasado.

 

 

Horno de tejas y ladrillos de El Madroñal. El horno de tejas de El Madroñal, situado al borde izquierdo de la carretera del Centro (GC-15), ha constituido un perfil inconfundible en el paisaje del interior de la isla desde que comenzara a hornear los primeros ladrillos de barro y tejas para suministrar a las fábricas de viviendas, base de nuestra arquitectura tradicional. Se trata de uno de los hornos de tejas y ladrillos más grande y mejor conservado de Gran Canaria, donde también destacan los hornos de la casa de Matos, en Firgas, y o los del Lomo de Riquiánez de Arucas, en uso hasta hace pocas décadas y caracterizados por su rápida construcción y estructura simple.

 

La tradición oral mantiene el recuerdo de haberlo visto funcionar en la década de los años treinta del siglo pasado, antes de la Guerra Civil. Sin embargo, las estadísticas oficiales, o en su caso los censos y anuarios comerciales de principios del siglo pasado, no mencionan esta pequeña industria artesanal, seguramente por ser una actividad discontinua desarrollada en función de la demanda de la construcción local.

 

Su fecha se construcción se estima en torno a 1898, aunque un testimonio contemporáneo -el del maestro albañil Manuel de los Santos Naranjo Torres- lo data en los años veinte de la centuria pasada. Nacido en 1908 en la zona de El Roque, por encima del Llano de María Rivera (antiguo término municipal de San Lorenzo), este maestro de obras ejerció diferentes oficios a lo largo de su dilatada vida: pocero, tuvo un estanco en su pueblo y pirata de la Vega de San Mateo, donde residía hasta que falleció, en 1994. Probablemente, la fecha de los años veinte tenga relación con la mayor actividad que tuvo el horno, pues en éste se cocieron también ladrillos de barro, además de las tejas árabes para las techumbres de las nuevas viviendas y quintas de recreo de los ingleses y de la burguesía local en El Monte Lentiscal y Tafira, las zonas de veraneo por excelencia de Las Palmas de Gran Canaria. Años de gran actividad constructiva y consolidación urbana que obligaron al ayuntamiento a crear una primera ordenanza del suelo a partir de 1925.

 

Horno de El Madroñal. En primer plano, el recipiente para almacenar agua

 

Descripción. El horno de tejas de El Madroñal se construyó en una esquina de la finca de la vivienda unifamiliar que Joaquín Apolinario Suárez (1861-1920) y su esposa Ana Alzola realizaran a finales del siglo XIX, en torno a 1898, en la Vega de Enmedio. Una bella residencia que sigue las pautas europeas, en la que resalta un juego de volúmenes, con distintas alturas y bellos remates de madera. El actual poseedor de la finca y el horno en desuso es Lorenzo Olarte Cullen, ex presidente del Gobierno de Canarias.

 

Se trata de una construcción cilíndrica de nueve metros de altura y tres metros de diámetro interno con cuatro contrafuertes de sillares y dos huecos destinados a la carga y descarga, realizados éstos en ladrillos de barro. Se estructura en dos partes: la hornilla y el cubo. La primera, destinada a caldera, está situada en la parte inferior, desde donde se prendía fuego a la leña para la cocción de las tejas, en la parte superior. Sus jases de madera, palos y maderas recogidos de la Comarca, se introducían por un orificio circular de unos 90 centímetros de diámetro conocido como ojo y por el que se alimentaba la caldera del horno. El techo de esta hornilla donde se horneaban las tejas lo forma una parrilla hecha con tosca que permitía, entre sus huecos, ascender el calor y el fuego hacia el cubo. Este segundo espacio está construido de forma cilíndrica, con forma de gran chimenea. El techo del hogar tiene una estructura abovedada, también hecha de ladrillos rojos, mampuestos y barro, y que deja una boca, de metro y medio de diámetro, para el escape del humo.

 

Las guisadas de tejas, especialmente con madera de eucaliptos de la zona, solían durar 24 horas, mientras que los ladrillos necesitaban al menos dos días para lograr su perfecto guisado. El horno cuenta, además, con una serie de elementos auxiliares necesarios para su funcionamiento, de los cuales se conserva un pequeño estanque, situado junto a la vieja estructura, y que almacenaba el agua necesaria para esponjar y amasar el barro.

 

Bien de Interés Cultural (BIC). Dado su interés etnográfico, y por la importancia que tuvo en aquella actividad productiva, el Cabildo de Gran Canaria ha iniciado el procedimiento para su declaración como Bien de Interés Cultural (BIC), con categoría de Monumento, pues no sólo representa uno de los pocos testigos vivos de aquella rica actividad, sino que ha sido protagonista de una nueva historia de la arquitectura tradicional nacida hace cinco siglos.

 

Estos históricos elementos de la construcción fueron muy demandados hasta comienzos del siglo XX. Pero en los años 50 comenzaron las importaciones de tejas inglesas generalizándose luego las techumbres planas de hormigón, lo que acabó con esta industria. Hoy medio centenar de hornos salpican el territorio insular como protagonistas de una historia que un día hicieron que los canarios abrigaran sus casas por el tejado, asumiendo unos valores estéticos que, al propio tiempo, marcaban una jerarquía superior en el contexto de la población.

 

Tabla 1: Hornos de tejas en Gran Canaria

Fuente: http://www.fedac.org. Carta Etnográfica de Gran Canaria. Elaboración propia

 

 

Fuentes y bibliografía

- ARCHIVO HISTÓRICO PROVINCIAL DE LAS PALMAS. Fondo Protocolos Notariales. Escribano Teodoro Calderín. Protocolo Nº 898, folio 49 r.

- Boletín Oficial de Canarias Nº 67. Miércoles 7 de abril de 2010. ANUNCIO de 16 de marzo de 2010, por el que se hace público el Decreto PH 39/2010, de 1 de marzo, que incoa el procedimiento para la declaración de Bien de Interés Cultural, con categoría de Monumento, a favor del Horno de ladrillos y tejas, situado en El Madroñal, término municipal de Santa Brígida.

- CASTRO FLORIDO, A.: Arqueología Industrial en Las Palmas de Gran Canaria durante la Restauración (1869-1931). Ediciones del Cabildo de Gran Canaria.

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