Revista nº 855
ISSN 1885-6039

La noche de San Juan. La isla «no arde» como antaño.

Jueves, 23 de Junio de 2011
María Victoria Hernández Pérez (Cronista Oficial de Los Llanos de Aridane)
Publicado en el número 371

Sin que nadie se lo propusiera, en La Palma las ancestrales tradiciones de la noche de San Juan se han ido perdiendo poco a poco. La isla ya «no arde» como antaño. Alguna esporádica verbena, el programa festivo patronal de Puntallana, municipio puesto bajo la protección del Bautista, aisladas hogueras...

 

... seguidas de cerca por la Unidad Insular de Medio Ambiente o, en los últimos años, la recuperación de la ancestral Danza de las Brujas celebrada en la playa de Puerto de Naos en torno a una gran hoguera y los bailes de El Remo (Los Llanos de Aridane) son sólo algunos ejemplos del pulso que sigue manteniendo viva la cultura popular que envolvió en lo antiguo la noche palmera de San Juan. Las hogueras del 23 de junio, las de San Pedro (el 28 del mismo mes), las de La Patrona (el 1 de julio) y de otros santos han ido desapareciendo ante el peligro de los temidos incendios forestales.

 

Gracias a los estudios del recordado etnógrafo y filólogo palmero José Pérez Vidal, las viejas tradiciones sanjuaneras de La Palma quedaron fijadas en descripciones escritas. Una misma versión contada por diferentes informantes aporta un nuevo o curioso dato; un hecho que enaltece el interés de la no siempre bien comprendida cultura del pueblo. En el barrio aridanense de La Laguna, el investigador Marcelino Rodríguez Ramírez, fundador del Grupo Etnográfico «Baile Bueno», ha rescatado de la memoria oral muchas de ellas, facilitadas para la redacción de este trabajo.

 

Al acercarse la noche sanjuanera, los jóvenes, casi siempre mujeres, recorrían los campos colectando brazados de cardos y abrepuños secos para arrojarlos sobre el fuego de su hoguera. Por entonces estas plantas aún no han completado el proceso de deshidratación, lo que obliga a recorrer a pie, a campo traviesa y de mar a cumbre las zonas conocidas donde crecen los ejemplares. Sin embargo, para el 1 de julio, víspera de La Patrona, ya poblaban el campo del Valle. Lanzados a la hoguera, cardos y abrepuños se debatían en un característico estallido y en una brillantez de efectos lumínicos gracias a la maestría con la que se preparaba el pilón. Otra consecuencia, menos deseada, eran los arañazos visibles en los maltrechos brazos de aquellas alegres y jóvenes recolectoras.

 

En el fuego ardiente se conjuraban tres deseos. El de los pétalos de rosas rojas para encontrar el amor, el de los papelitos donde se anotan los nombres de los candidatos a novio; el ritual de la clara de huevo, el de las tres papas, el del reflejo del rostro en el agua clara, la lectura de las formas del plomo derretido y el grano de sal en previsión de lluvia son algunas de las costumbres de mayor arraigo en el Valle de Aridane.

 

Para realizar el conjuro de los tres deseos de la noche de San Juan, se procede del siguiente modo: en un recipiente de barro se vierte un puñado de tierra, un poco de agua —a poder ser, de una fuente— y un papel doblado en el que se escriben tres deseos, cada uno en diferente tinta (rojo, verde y azul). A las doce de la noche, se enciende la hoguera y el recipiente se coloca sobre las llamas. No se sacará hasta que los papeles no se hayan consumido. Según la creencia popular, uno de los tres deseos se cumplirá antes de que llegue la noche de San Juan del año siguiente.

 

 

Tres rosas rojas son necesarias para encontrar un amor. En un jarrón con agua se introducen tres rosas rojas. En un papel se anota el nombre de la persona amada y se esconde, a buen recaudo, debajo del jarrón. Se enciende una vela verde con fósforo de madera y cuando las rosas se sequen se guardan en una bolsita verde que va debajo de la almohada. Había quien las seguía conservando como amuleto; otras eran arrojadas a las hogueras de San Juan según fuera el resultado deseado pasados 12 meses.

 

Entre las más comunes y generalizadas tradiciones sanjuaneras se encuentra la de escribir en tres papeles el nombre de tres candidatos a novio que se exponen en un recipiente con agua y al rocío de esta noche mágica. Por la mañana, el nombre que apareciera en la papeleta abierta sería el del futuro esposo. En el momento de poner el recipiente al rocío, la joven casadera invocaba:

 

San Juan bendito y glorioso,
de mi Dios el mensajero,
si nací para ser casada,
dime quién será mi compañero.

 

Otras encomiendas se pronunciaban para solicitar al santo informe sobre el oficio de la pareja; para ello se vertía una clara de huevo en un vaso con agua. Conocemos dos versiones vigentes en la memoria oral de La Laguna:

 

San Juan bendito y glorioso,
de mi Dios el mensajero,
en este huevo me pongas
el oficio de mi compañero.

 

Y también:

 

San Juan bendito y glorioso,
entre los santos nacido,
quiero que en este vaso me pongas
el oficio de mi marido.

 

Si la clara formaba un martillo, el futuro esposo sería carpintero; si, por el contrario, una guitarra, se interpretaba como un síntoma de su asiduidad a la parranda y a la fiesta; un cofre se tenía como símbolo de riqueza; aparecería un barco si hubiere de ser marinero...

 

Antiguamente, el cableado de las viejas instalaciones eléctricas se hallaba recubierto de plomo. En esta noche mágica, sirviéndose del metal se practicaba un ritual para predecir el destino. Para ello se derretía el plomo en un calderito o cacharro y, en estado líquido, se derramaba en un recipiente con agua. El metal se solidificaba al contacto con el líquido frío, formando caprichosas formas, interpretadas como el destino que le esperaba a la persona que realizaba el rito. Si se veía un cofre significaba tesoro, es decir, que el sujeto sería rico. Si era un ataúd, significaba que la muerte rondaba a la familia.

 

La seguridad económica del matrimonio era otra de las inquietudes que alertaba a las jóvenes casaderas. A este efecto, en la noche sanjuanera se tiraban tres papas debajo de la cama: una totalmente pelada, otra peluda o con toda la cáscara y otra a medio pelar. Por la mañana, se tomaba una con los ojos cerrados. Si resultaba ser la primera, es que el futuro esposo sería muy pobre; si era la que estaba a medio pelar, es que sería regular; y si era la peluda, es que habría de ser rico. Cabe pensar que a partir de esta costumbre haya podido forjarse la acepción persona pobre o sin dinero que tiene el adjetivo pelado en el español figurado.

 

Agua y fuego se conjugan en la mágica noche de San Juan. Por eso, hasta la predicción de la vida y de la muerte contaba con un apartado propio. Si en la mañana el rostro de una persona se reflejaba perfectamente en el agua de un aljibe, palangana, balde o charca de rocío, viviría, al menos, hasta la próxima festividad del Bautista.

 

Paralelamente, entre los rituales del agua merece destacarse la exposición de una lavadera con agua y pétalos de rosas blancas al rocío de la noche de San Juan. Al amanecer, con esa agua la mujer se lavaba el rostro. Se dice que esa costumbre continúa y que los rostros de esas mujeres se han conservado tersos y joviales.

 

 

La predicción de lluvia también disponía de su ritual sanjuanero. Consistía éste en acondicionar doce cascos de cebollas —uno por cada mes del año— a los que se coloca un grano de sal, dejándose a la acción del rocío nocturno. A la mañana siguiente comienza el recuento. Si se observa que los cascos están sudados (es decir, el grano de sal se ha disuelto), es síntoma de que ese mes habrá abundantes lluvias. Según la intensidad del sudor, habrá más o menos lluvia, incluso seca, en cada mes.

 

En otro orden, el «paso del niño herniado por el mimbre» se sitúa, aún hoy, como costumbre fundamental dentro del ciclo taumatúrgico de San Juan, según revelan algunos testimonios que manifiestan la vigencia de su práctica en Tijarafe. Una mujer llamada María —en memoria de la madre de Jesús— y un hombre llamado Juan —en recuerdo del Bautista— eran los maestros de ceremonia de esta tradición universal. El rito tenía lugar en una frondosa y abundante plantación de mimbre, desde el amanecer del día de San Juan hasta el atardecer. Cuando el niño herniado se encontraba en este punto se elegía una vara de mimbre recta y larga a la que se abría, sin arrancarlo, un gran ojal por donde pudiera pasar el menor. Mientras se transportaba al niño, dialogaban los oficiantes del siguiente modo:

 

Juan. —¿Qué traes, María?
María. —Un niño quebrado.
Juan. —San Juan y la Virgen te lo vuelvan sano.

 

Otra variante de la encomienda dice:

 

Juan. —¡María!
María. —¿Qué quieres, Juan?
Juan. —Yo te entrego este niño quebrado y rendido para que la Virgen María y San Juan bendito me lo entreguen sano.

 

Terminado el paso del niño por el mimbre, la vara se liaba bien, como si fuera un injerto, y se marcaba para no confundirla con las de otro niño. Si al año siguiente la vara estaba perfectamente cicatrizada, era señal de que la hernia se había curado. Por tres años era necesario pasar al niño por el mimbre y combatir el mal de la hernia. Aún hoy, se aprecian las cicatrices inconfundibles del ancestral rito curativo en mimbreras de La Palma.

 

 

Las fotos son de la autora y pertenecen a la celebración de la Danza de las Brujas en la noche de San Juan de Puerto Naos, en Los Llanos de Aridane (La Palma).

 

 

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