Revista nº 838
ISSN 1885-6039

Cuentos contextualizados XX: El túnel.

Domingo, 22 de Mayo de 2011
Manuel García Rodríguez
Publicado en el número 366

El caso es que me contó cómo dentro de aquel túnel, del que yo ya sabía historias de fantasmas y de brujas embrujadas, había aparecido en la noche anterior el cadáver de un hombre, al que le habían extraído la sangre. Era un cadáver sin sangre...

 

Todavía hoy, después de tantos años, el recuerdo de aquella fatídica noche emerge en mis sueños y me hace revivir lo que nunca deseé vivir.

 

Era allá en la década de los cuarenta, del siglo pasado. En aquellos años, el cotidiano vivir transcurría sin sobresaltos, sin noticias del exterior, inmersos en una crisis. Sin saber que aquello era una crisis porque tampoco antes viviste años mejores. Se asumía que aquello era así y te decías es lo que hay y el conformismo te hacia feliz dentro de tu entorno. Eran los años en que por no haber noticias te las inventabas porque nada nuevo había que contar. La prensa escrita no circulaba, de la televisión ni noticias de su existencia se tenían y la radio era cosa de algunos ricos.

 

A veces el conocimiento previo de sucesos ocurridos que del pasado tenemos nos salvan la vida. Cuántas y cuántas veces levantamos el pie del acelerador cuando pasamos por un lugar de la carretera donde sabemos que ha muerto alguien, quizás por exceso de velocidad...; y cuántas y cuántas veces tomamos otro camino porque conocemos a priori que aquel nos puede llevar a la muerte...

 

Como todo en la vida, esta vez el conocimiento previo fue una excepción, y más que aminorar mis temores en aquella trágica noche los aumentó hasta tal extremo que presentí que la muerte se me acercaba a pasos agigantados.

 

- ¿Te enteraste de lo que ocurrió anoche en el túnel? -me preguntó el amigo, más que por saber si estaba o no informado, por ganas o deseos de trasmitirme una información que aún hoy no sé si fue cierta o se la inventó él mismo con ánimo de asustarme-.

 

El caso es que me contó cómo dentro de aquel túnel, del que yo ya sabía historias de fantasmas y de brujas embrujadas, había aparecido en la noche anterior el cadáver de un hombre, al que le habían extraído la sangre. Era un cadáver sin sangre. A veces solo una gota de agua es lo suficiente para que el vaso de derrame y así sucedió con esta historia contada por mi amigo. De tal manera que lo que ya sabía sobre el túnel, que no era poco, se sumó a esta nueva historia. Nunca supe si en realidad el hombre en cuestión murió dentro del túnel y menos aún si los vampiros o las brujas le chuparon la sangre -vaya usted a saber- con qué artes de brujería.

 

Era el túnel, y es todavía hoy, una perforación del majestuoso Risco de la Concreción hecha antaño casi a nivel del mar y a escasos metros de éste... Era ayer y lo es hoy un agujero negro, oscuro, estrecho con algunos huecos de tramo en tramo abiertos al mar a manera de ventanas para que por ellos penetrara, aunque con dificultad, la luz del día. Ya atravesar el túnel en coche durante el día era una aventura que tenías de correr con verdadero terror, conteniendo la respiración no por el hecho de perder la visión de la luz diurna, sino por el temor a que una piedra o quizás el techo entero se desplomase sobre tu coche y, allí mismo, de tan miserable manera, se terminara toda la historia de tu pasada vida. Que las rocas se desprendían con facilidad del techo era un hecho cierto, tú lo sabías; no porque te lo contaran testigos presenciales sino porque tú mismo las veías depositadas al borde de la carretera. Si es que a aquella vía de circulación se le podía llamar carretera. En más de una ocasión o bien tenías que dar un desvío para no chocar con rocas desprendidas o te bajabas del coche para despejar tú mismo la vía y poder pasar. Para colmo de males, a las oquedades que daban al mar, durante la guerra civil española se le habían realizado algunas perforaciones para, según me contaron, colocar dinamita con la intención de volar el túnel, si el supuesto enemigo intentaba asediar la ciudad. Era el túnel así de oscuro, peligroso, silencioso y misterioso. Si a decir verdad, aquella leyenda, o tal vez realidad, que del túnel se conocía se vino a confirmar el día en que se desplomó.

 

Meses y más meses estuvo el túnel cerrado, tapiado e incomunicado. Había que dar un largo rodeo si se quería acceder al otro lado de la isla. Según contaban, por aquella época no era fácil desencumbrar el túnel, porque se temía, y con razón, que la retirada de las rocas desprendidas propiciase el desprendimiento de las siguientes, de tal manera que la vida de los obreros acabase bajo los escombros de los siguientes desprendimientos. Así estuvo aquel túnel, de funestos recuerdos, meses y más meses, y quizá años, casi abandonado.

 

Llegó el invierno y con él las filtraciones de agua de lluvia penetraron por las grietas que el calor del verano había dilatado. A la fragilidad de aquellas rocas, ahora se sumaba el efecto producido por la humedad y consecuentemente los desprendimientos eran cada vez más y más frecuentes. Por fin los obreros, aun a riesgo de sus vidas, despejaron los escombros y el túnel quedó abierto de nuevo al tráfico rodado y al paso de los asustados peatones, que casi obligatoriamente, a diario, por razones de trabajo o estudio, habrían de cruzarlo en ese ir y venir a la ciudad. Ahora aquel túnel ya no era un túnel completo, como lo era antes. Ahora quedaba dividido en dos mitades, una larga y otra corta, separada la una de la otra por un espacio vacío, a cielo abierto, como consecuencia de aquel derrumbamiento.

 

Todo había cambiado. Ya no pensabas que quizás el túnel podría desplomarse y aplastarte dentro algún día, no, ya no era una hipótesis; ahora era una cruel realidad. Si bajo de las enormes montañas de rocas había alguna persona muerta fue una sospecha que se perpetuó en el tiempo hasta el día en que se retiraron las últimas rocas desprendidas. Lo que se contaba como cierto era que una muchacha murió dentro del túnel. Se decía, y se repetía constantemente, que la difunta entró dentro del túnel por la boca del Norte. Por Santa Cruz de la Palma rumbo a Las Breñas... Comentaban que la moza iba en compañía de otras dos muchachas y que la maldita roca desprendida del techo justamente cayó sobre de ella, que tranquilamente caminaba en el centro del grupo. Nunca supe ni el nombre ni los apellidos de la muerta. Mas unos contaban que se lo contaban y así llegó contado hasta mis oídos.

 

Era una fría tarde otoñal. Yo había cruzado el túnel rumbo a Breña Baja. Por aquellos años mi vista era como la vista de un lince, veía a la perfección. Aun así, la penumbra que entre ventana y ventana del túnel existía me producía pánico. Sombras y luces se sucedían continuamente. A través de aquellas bocas mal formadas del túnel, que miraban al mar, alguna que otra ola intentaba penetrar dentro del mismo. A veces, algunas veces, lo conseguía y la salada agua marina te dejaba empapado. Así que sobre el miedo que ya llevabas en tu cuerpo se sumaba el de la fría y salada agua marina. Ahora la marea había subido y las olas se sentían batir con tal fuerza que el mismo túnel se estremecía desde sus cimientos al recibir el potente impacto de la enfurecida mar. En más de una ocasión intenté volver sobre mis pasos; pero solo pensar que para llegar a mi destino tardaría más de tres horas caminando a través de los sinuosos caminos o veredas que dando vueltas y más vueltas nos conducen hasta La Concepción, me disuadía de aquella idea, producto del miedo.

 

 

Continué mi camino dentro de aquel túnel. Algún que otro transeúnte, quizás tan asustado como yo, se cruzaba en el camino. La penumbra no nos permitía reconocernos mutuamente, ni tampoco yo me acercaba mucho al que conmigo se cruzaba. Quizás era un buen hombre pero, ¡Dios mío!, podía ser un ladrón, o un vagabundo o quizás alguno de aquellos asesinos que chuparon la sangre al hombre que apareció muerto, aquella noche, dentro del túnel. Ahora el conocimiento previo de muertos, de brujas y de misteriosos sucesos acaecidos en un pasado lejano, que me habían contado, acudían persistentemente a mi mente y aquel misterioso batir de las olas con intervalos de un prolongado silencio envuelto en la penumbra acongojaba mi alma.

 

Por fin logré llegar a la otra puerta del túnel. Respiré profundamente; miré el cielo y la tierra y gocé de la libertad que se siente cuando antes no se tuvo. Aquella alegría y aquel sentido gozo de felicidad pronto se truncó. El tiempo voló y la tarde se venía encima a pasos agigantados. Ahora se presentaba el regreso. La alternativa era la misma: o dar un gran rodeo o volver a atravesar a aquel maldito túnel. Al miedo se sumaba otro miedo y era que la luz del día estaba muriendo y la boca del túnel ahora era más negra que la negra noche. El regreso fue una odisea que jamás ser viviente ha vivido.. Al menos que yo sepa.

 

Hice la señal de la cruz y atravesé la negra boca que ante mí se presentaba. La oscuridad más oscura lo envolvía todo. Caminaba lentamente temeroso de abrazar a algún fantasma. No veía nada y la nada era una nada absoluta. Constantemente, en medio de la oscuridad, creía oír voces, ahora procedentes de la mar como de algún náufrago que se ahoga. Ahora procedentes de aquellas negras ventanas, como si alguien estuviese escondido en ellas esperándome para terminar con mi pobre vida. Repentinamente se encendió una tenue luz a pocos metros de mí. Alguien prendía fuego a su cachimba y una tos honda, ronca y profunda vino a decirme que lo que pensaba era cierto. Me crucé con aquel hombre y ni yo lo vi ni él me vio. Seguí mi camino recto, a mi parecer, pero sin un referente que me sirviera de guía. Así que para orientarme rozaba con mis manos las frías y húmedas paredes de aquel túnel. No sabía por dónde estaba, si faltaba mucho o poco para salir de aquel infierno.

 

Me pareció ver a una mujer, después a dos, incluso creí percibir sus risotadas dentro de aquel maldito túnel. Eran risas de terror, de miedo, de ultratumba, del más allá , Era el preludio a una nueva cacería y la víctima a cazar era yo. El eco de mis pasos retumbaba dentro del aquella oquedad. Temí que yo mismo, en mi angustioso caminar dentro del túnel, provocase la caída de alguna parte del techo. Me vi sepultado, pero vivo bajo aquellas agrietadas rocas desprendidas del techo. Pensé en lo que harían por mí. De seguro, me buscarían por todas partes, pensé. Yo gritaba, estaba vivo pero ellos no me oían. Intentaba gritar más fuerte, pero no podía. Hasta en mi ahora calurienta mente llegaban las voces de los que me llamaban para comprobar si estaba vivo bajo aquellas rocas. A través de una estrecha abertura percibí el olfato de un perro y hasta me pareció ver su afilada y mojada nariz. Era uno de esos perros que buscan cadáveres, pero yo no era un cadáver, estaba vivo.

 

Por fin allá y a través de aquella maldita oscuridad, en la lejanía, una esperanza de vida creí percibir. Unas tenues luces fueron cada vez haciéndose más perceptibles, más y más. Eran las luces del pobre alumbrado público de Santa Cruz de la Palma. La vida volvió a mí; pero aquella trágica noche dentro del túnel se revivía en mis sueños una y otra vez.

 

Mas ahora no. Ahora todo terminó y ese maldito túnel permanece cerrado, prisionero, abandonado como merecido castigo por tantos y tantos disgustos que el pasado dio a aquellas pobres gentes de su época.

 

Aún hoy, cuando por la hermosa Avenida de Los Indianos, en las frías tarde de invierno o las calurosas del verano, bordeando el mar recorro el mismo trayecto que recorrí antaño, desvío la vista del viejo túnel por no traer a mi memoria recuerdos de un triste pasado.

 

 

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