Revista nº 872
ISSN 1885-6039

Mujeres emprendedoras del siglo XX. Alternativas laborales de la mujer en la Arona agraria (1900-1970).

Martes, 11 de Octubre de 2011
Ana Sonia Fernández Alayón (Licenciada en Geografía e Historia)
Publicado en el número 387

El próximo sábado, 15 de octubre de 2011, se celebra el Día Mundial de la Mujer Rural. Para conmemorar dicha fecha les traemos un interesante texto sobre el contexto agrario femenino de una zona canaria vinculada históricamente a los oficios tradicionales.

 

En el contexto socioeconómico, eminentemente agrícola, del municipio de Arona durante las primeras décadas del siglo XX, descubrimos un abanico de oficios desempeñados por mujeres que, al abrigo del trabajo informal, contribuyeron a la subsistencia familiar y favorecieron la economía municipal como agentes activos de ella. Sin embargo, el número de activos femeninos y la diversificación laboral en las estadísticas oficiales del municipio pasan casi desapercibidos, resultando elocuente los testimonios orales pronunciados al respecto. Éstos nos ubican en la realidad de la época, evidenciando no sólo la invisibilidad del trabajo femenino, sino la diversidad de los oficios emprendidos.

 

Durante las primeras décadas del siglo XX, Arona presenta idénticas pautas socioeconómicas reconocibles de las últimas décadas del siglo XIX. Una economía basada en la agricultura que coqueteaba con el modo de producción capitalista y que arrastraba al Archipiélago en general, y al municipio de Arona en particular, a unos sucesivos ciclos económicos, íntimamente ligados al mercado exterior, que lo sucumbían en alternos períodos de crisis. Un incremento paulatino, especialmente a partir de la primera mitad del siglo XX, de los índices demográficos, que se traducen en una intensificación de la densidad de población en las zonas de la plataforma costera del municipio, históricamente despobladas.

 

Arona experimenta cambios no sólo en la cuantía de la población absoluta, sino en la distribución espacial de la población. Esto supone una mayor diversificación en la estructura socioprofesional del municipio. Sin embargo, los padrones de habitantes no logran reflejar con exactitud la realidad laboral del municipio de Arona porque en ellos se omite una importante actividad laboral femenina en forma de trabajo en domicilio. Existen profesiones que, efectivamente, aparecen recogidas en los censos municipales (propietarias agrícolas, panaderas, etc.), pero otras son silenciadas, lo que desemboca en una visión distorsionada de la realidad local.

 

 

Con todo, resulta elocuente el trabajo de las mujeres de Arona como sujetos activos del acontecer histórico de un municipio agrícola, vinculado a una economía de exportación y afectado por la coyuntura socioeconómica y política nacional de las primeras siete décadas del siglo veinte. Así pues, nos encontramos con un colectivo de mujeres que hemos convenido en denominarlas emprendedoras, y que hicieron gala de un alto grado.

 

Nos encontramos con un colectivo de mujeres que hicieron gala de un alto grado de adaptabilidad, autonomía, creatividad, determinación, intuición, responsabilidad y autonomía. Mujeres que presentaban una disposición a trabajar sin descanso; que se aferraban a la realidad que les rodeaba, decantándose por explotar los recursos de los que disponían y de los que la naturaleza les proponía; y que emprendieron actividades que les permitieron afrontar su situación familiar con casi un único capital inicial, el esfuerzo y la tenacidad.

 

Actualmente, el término emprendedora lo asociamos a las recientes tendencias del capitalismo moderno, impulsado por las políticas de género, que tienden a promocionar y fomentar la emprendeduría femenina en pro de igualar la oferta empresarial en la urdimbre productiva de cualquier comunidad. Ahora bien, si descontextualizamos el concepto, y nos centramos en lo que la palabra emprender supone, podemos adherirlo al perfil de muchas mujeres de aquella agraria Arona pretérita en donde este segmento de población trabajadora se caracterizaba por su capacidad de pluriactividad, flexibilidad y adaptación a los tiempos que nos ocupan (primeras siete décadas del siglo XX). Nos referimos a oficios tales como raspaduras y comerciantes de sal, barqueras, marchantas, venteras, dulceras, costureras, roseteras. Profesiones desempeñadas por mujeres que escapan del trabajo asalariado para convertirse en emprendedurías que descubren nuevos horizontes económicos.

 

 

Emprendedoras en momentos de crisis. Las mujeres emprendedoras de Arona, muchas, la gran mayoría, sin recibir una formación específica, ejecutan un abanico de oficios caracterizados por:

 

• Ser actividades fuertemente feminizadas vinculadas a las tareas domésticas y realizadas en el ámbito familiar. Aunque las mujeres que engrosaban las clases menos favorecidas económicamente se vieron obligadas a trabajar también fuera del mismo.

• Ser ocupaciones que conllevan un interminable horario laboral. En numerosas ocasiones la acumulación de faenas obligaba a dilatar la jornada al objeto de solventar las tareas del hogar y el negocio emprendido.

• Ser actividades que se realizan en el marco de una economía informal con el objeto de completar los ingresos aportados por el cabeza de familia. Con todo, debemos señalar que algunas cobraban más que éstos. Conscientes o no, muchas mujeres fueron capaces de emprender actividades que incidieron en el tejido económico municipal en las primeras décadas del siglo veinte, situándose en la encrucijada de la producción y distribución de productos primarios, mercancías y servicios.

 

 

Entre estas actividades destacamos la emprendida por las raspaduras y vendedoras de sal, ejercida por las capas más empobrecidas de la sociedad aronera, especialmente por ancianas, viudas y mujeres que, viendo que su marido recurría a la emigración, tuvieron que sacar adelante solas a sus hijos. Se acercaban al litoral aronero en época estival y, finalizada ésta, portaban la sal en sacos que cargaban en sus cabezas, o recurrían a un animal de carga como el camello (su alquiler equivalía a dos almudes de sal) para su comercialización, generalmente, mediante el trueque. Esta forma de intercambio existió durante prácticamente la primera mitad del siglo XX en Arona. Convivió con el sistema monetario de la época y no desapareció hasta el asentamiento de la industria turística en la plataforma costera de Los Cristianos y Las Galletas después de los años sesenta. Este hecho condicionó también el oficio de las barqueras y las marchantas de pescado, que vieron como su actividad fue evolucionando. Si durante las primeras décadas, unas y otras recorrían a pie los distintos caminos hasta llegar incluso a Vilaflor para comercializar el producto, tras los años sesenta su tarea se dulcificó pues la venta del género se fue estableciendo y afianzando en la orilla de la mar.

 

Otro de los sectores en donde el trabajo femenino adquiere importancia es el de las hospederías, ventas y emprendedurías alimenticias. La red de abastecimientos del municipio de Arona se gestó en torno a pequeños establecimientos regentados, según las estadísticas oficiales, mayoritariamente por hombres. Aunque las estadísticas atestiguan la presencia casi anecdótica de la mujer como propietaria y agente activo de la vida económica municipal, las fuentes orales quebrantan la visión antropocéntrica de la historia, dando protagonismo a la figura femenina en el tejido comercial municipal pues era quien dirigía y atendía la venta. Trabajo, el de ventera, que compatibilizaba con las tareas domésticas (cuidado de hijos y marido, la comida, las faenas caseras, el trabajo, quizás, de alguna pequeña parcela que le proporcionaba alimentos para el autoconsumo y para la venta), y es que las ventas eran espacios que formaban parte del hogar familiar. La propietaria habilitaba un rincón del mismo e instalaba lo necesario para emprender este negocio; de ahí también, su flexibilidad horaria. En las ventas podían convergir también diferentes actividades, entre ellas el hospedaje. Así, algunas mujeres disponían un espacio en donde instalaban pequeñas fondas, conjugándose este negocio con la venta de víveres y la cantina.

 

De igual modo, las costureras, las roseteras, las panaderas, las dulceras... fueron mujeres que vieron la oportunidad de emprender una actividad que podían compaginar con el trabajo doméstico. Ello suponía la convivencia en su hogar de usos caseros y enseres propios de cada oficio. De igual modo, observamos que las mujeres de los cabreros de forma estacional elaboraron y comercializaron quesos.

 

 

Notoria vinculación con las tareas socialmente adscritas a la condición de género, fue la de la preparación de banquetes de boda por mujeres que tenían una gran destreza para la cocina.

 

En definitiva, debemos resaltar el carácter multiocupacional que describe el perfil laboral de la mujer del municipio en particular y de la sociedad agraria en general. Mujeres emprendedoras que tuvieron la capacidad de iniciar un proyecto en el que, impulsadas por su realidad económica y social, basada frecuentemente en la privación e insuficiencia material, logran culminar su objetivo. Se reconocen en ellas ciertas cualidades que resultan importantes a la hora de acometer una actividad. Así, la constancia, la responsabilidad y la dedicación al trabajo denodado, entre otras, anidan en el carácter de estas mujeres.

 

 

Este texto fue publicado en la revista Mundo Rural nº 10. Para un análisis y una reflexión sobre la diversidad de estos oficios emprendidos por mujeres, ver el libro Emprendedoras. Mujeres del siglo XX [1900-1970] (LLanoazur Ediciones).

 

 

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