Revista n.º 1139 / ISSN 1885-6039

La vuelta al mundo.

Viernes, 5 de diciembre de 2014
Rubén Naranjo
Publicado en el n.º 551

En las primeras décadas del turismo en Canarias, como industria creciente más allá del viajero curioso o el científico aventurero, las fuerzas vivas de la isla, con personalidades como Francisco González Díaz al frente, planteaban la necesidad de unir Cultura y Turismo.

Detalle de portada del libro Cultura y Turismo, de Francisco González Díaz.

 

 

Debe ser ese ramalazo del alma lusitana que anida en nuestros genes, el que nos anima a alongarnos a la exageración cuando reducimos nuestro clima a una «eterna primavera», o convertimos una pequeña isla en un «continente en miniatura». Tan es así que aquellos primeros chonis que arribaban a nuestro Archipiélago, los que pusieron de moda el cambullón y el rian p’al Puerto, eran invitados a disfrutar nada menos que de «la vuelta al mundo». Como se recordaba en el coleccionable Enmochila2, dedicado a La Atalaya de Santa Brígida, esa era la expresión utilizada para designar una excursión circular, que llevaba a nuestros visitantes en un sugerente paseo hacia el interior de la isla, hasta el citado poblado troglodita de la aborigen Sataute.

 

En las primeras décadas del turismo en Canarias, como industria creciente más allá del viajero curioso o el científico aventurero, las fuerzas vivas de la isla, con personalidades como Francisco González Díaz al frente, planteaban la necesidad de unir «Cultura y Turismo». Ese fue precisamente el título de una de las obras del escritor y periodista, donde reunía diversos artículos publicados en la prensa grancanaria, tinerfeña y cubana, en los que  condensaba ideas y reflexiones sobre esta fuente de riqueza, que a lo largo de los años habría de cambiar radicalmente la economía canaria. Abundaba en la necesidad de favorecer la educación y la cultura, regenerar la sociedad, salir en definitiva de la indolencia isleña. Se quejaba de que «mientras crecíamos, mientras aumentaba la población, se construían los puertos, afluían los turistas al territorio, empañaba al humo de los trasatlánticos la limpieza de nuestro cielo y nuestros campos rendían cosecha tras cosecha de variados cultivos, los canarios vivíamos sin ideales; no florecíamos, no fructificábamos».

 

Hoy, de alguna forma el análisis que hacía González Díaz sigue vigente, en la medida que no sabemos o no queremos vender lo que tenemos, seguramente porque no sabemos o no queremos saber lo que tenemos. Ahí puede estar la razón del majadero y majorero empeño, en agujerear la sagrada montaña de Tindaya, un patrimonio arqueológico y natural con unos valores reconocidos y exclusivos, pero que al parecer no bastan para asegurar su conservación y protección, para el disfrute de los indígenas que por aquí sobrevivimos y como oferta cultural para el visitante de allende los mares. También que mantengamos el más importante centro museístico del archipiélago y de los más destacados a nivel mundial por las características de sus colecciones, El Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria, en la más completa indigencia, casi que abandonado a su suerte, mientras la Consejera de Cultura (¿?) y un montón de cosas más, pierde el tiempo en sesiones de espiritismo intentando hablar con don Gregorio Chil y Naranjo.

 

O que dispongamos de un Jardín, como el Botánico Canario Viera y Clavijo, de relevancia internacional, pero que permanece desconocido para muchísimos canarios y que pasa inadvertido para la mayoría de nuestros visitantes. O un barrio fundacional como el de Vegueta, en la capital grancanaria,  que pudo haber sido Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, pero primó la desidia y la especulación, antes que la conservación y su consideración como un valioso y único referente patrimonial. Menos mal que en este sentido, parece que las cosas han cambiado algo, como lo demuestra la iniciativa emprendida a instancias de los responsables del patrimonio histórico grancanario, para que forme parte del listado del Patrimonio Mundial, una parte del legado arqueológico de los antiguos canarios, en las cumbres de la isla. Propuesta que por otra parte no es nueva, ya que allá por el mes de mayo del año 1995, Canarias 7 dedicaba amplio espacio en sus páginas, apoyando la inclusión en el referido catálogo del patrimonio mundial, de los yacimientos rupestres del archipiélago canario. Y es que sobran atractivos o recursos para atraer y distraer al dicharachero y curioso turista, o crucerista, y para ello no es absolutamente necesario encandilarlos con peces de colores, ataviar a supuestos tartaneros con sombreros cordobeses, o abrir tiendas y supermercados los domingos y fiestas de guardar.

 

 

Foto: detalle de la portada del libro Cultura y Turismo (1910) de Francisco González Díaz

 

 

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