Revista nº 924
ISSN 1885-6039

Las Salinas de Puntallana.

Viernes, 16 de Octubre de 2015
Horacio Concepción García (Sociedad de Estudios Genealógicos y Heráldicos de Canarias)
Publicado en el número 596

La importancia vital y social que tuvo la sal hasta bien entrado el siglo XX, surge del uso que las poblaciones históricas hacían de la misma como principal conservante de alimentos (carne, pescado), para la elaboración de queso, curtir pieles, sazonar alimentos o como moneda de intercambio para la adquisición de otros productos del campo.

 

 

El paisaje y su transformación por la acción humana son objeto de estudio por parte de la geografía histórica, siendo esta disciplina una herramienta básica para comprender las sociedades del pasado. En el litoral del solariego término municipal de Puntallana, circunscripción más oriental de isla La Palma, se encuentra erigida la Punta de las Salinas. Este vértice, que remata la tierra cual proa donde percuten los embates del Océano Atlántico, está integrado en una zona donde el acceso al mar se hace posible sin excesiva dificultad, representando en tiempos pasados un punto cardinal para los puntallaneros. Las salinas están dibujadas sobre un paisaje formado por una red de charcos litorales como: La Pileta, El Charco Blanco, La Corredera, cuyo entorno no conoció transformaciones espaciales de gran repercusión hasta los años 60 de la pasada centuria. El aprovechamiento de los recursos de este litoral, constituyó siempre un hecho de vital importancia garantizar la supervivencia de la población en periodos de crisis, siendo esta un área complementaria a la de medianías.

 

La sal es un elemento esencial para la vida, está fusionada a los orígenes de las primeras civilizaciones y ha tenido un distinguido protagonismo en la historia del hombre, así Platón destacó sus cualidades denominándola uno de los primeros componentes de la vida. En La Palma ha sido objeto de aprovechamiento desde época prehispánica, y en esos lugares de explotación tradicional se establecieron con posterioridad algunos asentamientos salineros. Los awaras (antiguos habitantes de la isla) del cantón de Tenagua, que se asentaron en las cuevas de los barrancos del Espigón, de Oropesa, del Tanque, etc., acudían a Las Salinas1 para la recolección de la sal, práctica que estaba asociada al ámbito de otras actividades como el marisqueo y la pesca2. El historiador, sacerdote y humanista Gaspar Frutuoso (1522-1591) nos describía esta zona costera como un lugar muy abundante en clacas y mariscos3; don Saturnino de Sáseta, párroco de la iglesia de San Juan Bautista en 1849, colaborador del célebre Diccionario geográfico, estadístico, histórico de España y sus posesiones de Ultramar (1845-1850), apuntaba lo siguiente sobre el origen del topónimo: «Caletas hay las siguientes, llamadas desde la más remota antigüedad: Puerto de Martín Luis, La Sancha, Puerto de Trigo, Puerto de la Paja, Punta de las Salinas [...] está a legua y media del pueblo por camino muy escabroso. En este lugar se recoge al año alguna porción de sal en posetas para el uso de estos naturales»4. La toponimia de la isla nos descubre otros enclaves donde se recogía la sal de forma más o menos de regular: Punta de la Sal y Morro de las Salinas (Tijarafe), Baja de la Sal y Charco de la Sal (Puntagorda), Baja de la Sal y Salinas de Juan Gaspar (Garafía), Salinas Altas y Salinas del Turco (Barlovento), Punta de las Salineras (Mazo) y otra gran cantidad de pequeños y dispersos cocederos naturales repartidos por todo el territorio5.

 

La importancia vital y social que tuvo la sal hasta bien entrado el siglo XX, surge del uso que las poblaciones históricas hacían de la misma como principal conservante de alimentos (carne, pescado), para la elaboración de queso, curtir pieles, sazonar alimentos o como moneda de intercambio para la adquisición de otros productos del campo. La demanda de la sal en la isla debía cubrirse con importaciones desde Lanzarote, Gran Canaria y otros lugares, ya que la oferta salinera local no era suficiente para el abasto de la población6. En el apartado impositivo, en un principio, la venta de la sal quedó libre de todo impuesto regio, y la recogida en los cocederos naturales no debía aportar diezmo alguno por ser poca cosa e de poco provecho7. A finales del siglo XVIII, cuando se propaga la fiebre salinera por la isla al igual que en el resto del archipiélago, surgen varias solicitudes hechas por parte del Cabildo y la aristocracia palmera para la construcción de salinas8; entre las primeras licencias concedidas, está una Real Orden de 1769 al capitán Jerónimo de Guisla Boot y Lorenzo Monteverde (1694-1771)9 para obrar en el litoral próximo a su hacienda una de estas explotaciones, pero este falleció en la ciudad de San Cristóbal de La Laguna dos años después sin llevar a ejecución el proyecto10. En una feria celebrada en Santa Cruz de La Palma en 1876, hay referencias a una producción de sal de cierta consideración, en Las Salinas de Puntallana, como para cubrir parte de la demanda comarcal, derivada del cierre de la explotación salinera de Los Cancajos; los puntallaneros presentaron en este evento «...maderas de todas las clases, piedra de cantero, teja, sal, balayos, millo, chochos...»11.

 

En Las Salinas de Puntallana, la producción de la sal para autoabastecimiento familiar se basaba en la explotación de los charcos naturales, en los cuales se podía forzar más o menos el proceso; esta labor se desarrollaba principalmente en verano aunque desde finales de la primavera se podían ir limpiando los charcos. La tarea daba comienzo en los charcos primarios (equivalentes a los cocederos de las salinas industriales) en los cuales se embalsaba el agua durante los temporales; también se podían salvar los límites de la naturaleza y realizar dicho llenado de forma manual. En algunos momentos se llegaron a realizar pequeñas obras de cierre sobre la roca (a modo de posetas) para optimizar los niveles de producción. En estos cocederos el agua salada se calentaba evaporándose parcialmente aumentando así la proporción de cloruro sódico; este proceso si se ejecutaba de forma artificial se podía repetir varias veces para aumentar la cantidad de salmuera; a continuación el agua se trasegaba a otros charcos más pequeños, los tajos, donde finalmente cristalizaba la flor de sal que se recolectaba raspándola con una cuchara. La sal se purgaba exponiéndola al sol para que perdiera los restos de humedad en pequeños abrigos entre las piedras. Este sistema tradicional no estaba exento de riesgos, debido principalmente al largo tiempo de cristalización, lo que aumentaba la posibilidad de que la mar volviera a invadir de nuevo los cocederos. Para el transporte de la sal se utilizaban costales hechos de lino, que con posterioridad fueron sustituidos por sacos; unas veces estos se acarreaban al hombro y otras en bestias. Su distribución se realizaba a través del camino que partía desde el Puerto de la Paja, transitando por la parte alta de El Lancón, para ir ascendiendo por la Montaña Pie Lance y finalmente llegar al pueblo. El derecho a explotar en exclusiva una determinada zona del enclave salinero por parte de un grupo familiar era muy respetado antiguamente12.

 

Otras de las actividades complementarias que se realizaban en estas salinas eran: curtir chochos (altramuces), que tras un proceso previo de tostado se introducían en los charcos alrededor de 10 días para que perdieran el amargor, siendo estos un alimento de gran importancia para la población en siglos pasados; curtir el lino (fibra vegetal fundamental para los campesinos) de cuyos tejidos se obtenían costales, mantas, paños de mesa, toallas de lienzo, ropajes, etc. El lino se ponía en curtimiento prensado con piedras dentro de los charcos, durante un periodo superior a 20 días, para después realizar con el mismo los diferentes procesos de manufactura.

 

En la actualidad la recolección de la sal ha quedado en desuso en Puntallana, pero el patrimonio etnológico vinculado a su litoral (salinas, embarcaderos, cuevas, etc.), así como sus recursos litorales de interés natural y paisajístico, constituyen herramientas básicas para entender el pasado de los puntallaneros.

 

La Pileta principios del siglo XX (Fondo Miguel Brito). Archivo General de La Palma

 

 

Notas

1. PAIS PAIS, Felipe Jorge, HERRERA GARCÍA, Francisco. «Las manifestaciones rupestres del municipio de Puntallana (La Palma): una aproximación a la prehistoria del cantón de Tenagua», Revista de Estudios Generales de la Isla de La Palma, n.º 0. [La Palma]: Sociedad de Estudios Generales de la Isla de La Palma, 2004, p. 191.

2. RODRÍGUEZ SANTANA, C. Gloria. La pesca entre los Canarios, Guanches y Auaritas. [Las Palmas de Gran Canaria]: Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, 1996, pp. 434-438.

3. CONCEPCIÓN GARCÍA, Horacio. "La Cueva del Infierno" [Puntallana], www.lavozdelapalma.com (17/6/2015).

4. PÉREZ HERNÁNDEZ, José Eduardo. «Una geografía inacabada: la isla de La Palma en los manuscritos de Pedro Mariano Ramírez (1836-1849)», Cartas diferentes, n.º 8. [La Palma]: , 2012, pp. 91-92.

5. Agradezco en este punto la colaboración prestada por el investigador etnográfico Néstor José Pellitero Lorenzo.

6. MACÍAS HERNÁNDEZ, Antonio M. «La industria de la sal: un negocio privado 1500-1800», Anuario de Estudios Atlánticos n.º 54-I. [Madrid-Las Palmas]: 2008, pp. 561-587.

7. Ibídem, p. 556.

8. Ibídem, p. 552.

9. FERNÁNDEZ DE BÉTHENCOURT, Francisco. Nobiliario de Canarias. [San Cristóbal de La Laguna]: Juan Régulo Pérez, 1952-1967, v. 2, p. 840.

10. MACÍAS HERNÁNDEZ, Antonio M. «Un articulo vital para la economía canaria: producción y precios de la sal (c. 1500-1836)», Anuario de Estudios Atlánticos, n.º 35. [Madrid-Las Palmas]: 1989, p. 157.

11. MERINO MARTÍN, Pedro. «La sal en la isla de La Palma. Las salinas de Los Cancajos en Breña Baja». Revista de Estudios Generales de la Isla de La Palma, n.º 2. [La Palma]: Sociedad de Estudios Generales de la Isla de La Palma, 2006, pp. 631-632, nota 5.

12. Extraído de las vivencias de la familia García Lorenzo de Puntallana, quienes practicaron durante décadas las labores de la extracción de la sal, y de las propias del autor este artículo.

GONZÁLEZ NAVARRO, José. «Las salinas sobre roca en Gran Canaria. El Bufadero». En: El Pajar. Cuaderno de Etnografía Canaria, n.º15. 2003, pp.79-81.

 

 

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