Revista nº 701
ISSN 1885-6039

Apuntes sobre el Cristo de los Azotes: icono de fe icodense.

Miércoles, 12 de Abril de 2017
Carlos González Ávila
Publicado en el número 674

La ciudad de El Drago puede seguirse sintiendo orgullosa, como lo está, de integrar en su Semana Santa al majestuoso paso de Los Azotes, que evoca, con todo efectismo, el cruento pasaje bíblico de la flagelación de Jesús en el pretorio.

 

 

Resulta congruente precaver ciertas datas históricas, que sirvan de preámbulo situacional, para luego inferir en el estudio del proceso de conservación y culto de la venerada efigie. Ya, en pleno siglo XVIII, se enciende la antorcha de la Ilustración y Europa conocerá un realce de las artes y las ciencias. En este tiempo, en las artes plásticas, descuellan tres estilos que caracterizan al mentado siglo: de un lado, el Rococó, que es la culminación del Barroco; de otro, el Neoclasicismo, evocador del gusto grecolatino y renacentista; y, por último, se atisban los primeros trazos del Prerromanticismo propios del neogótico.

 

En esta centuria, Canarias y América estrechan sus transacciones comerciales al amparo de las leyes del libre comercio. Sobre este particular cabe referirse al Reglamento Real de 1718, que simplificó las prácticas mercantiles entre Canarias y el Nuevo Mundo. En tal tratado se recogía, por imperativo, la cláusula de alojar en el Nuevo Continente a cinco familias canarias de cinco miembros a razón por centena de toneladas de mercancías exportadas. Este éxodo viene a justificar la defensa territorial española en aquel continente, aunque desde los siglos anteriores hubo importantes movimientos migratorios auspiciados por un ideal de necesidad de mejora económica.

 

Este ideal, previsiblemente, sería la causa cinética que ilusionaría a don Gabriel Hurtado de Mendoza, natural del Farrobo orotavense, quien casaría con María Sebastiana Rodríguez, de igual baja pujanza patrimonial. Su sino era similar al de muchos de sus coetáneos, esto es, la emigración a América, concretamente a Cuba.

 

Su trabajo en La Habana le permitió reunir un caudal de seis mil quinientos pesos, de los que tres mil trajo de regreso de su segundo viaje, el año 1742; otros tres mil los dejó invertidos en vinos y aguardientes a cargo de un traficante que los negociaba con su goleta, y cincuenta pesos le quedaban a deber1.

 

Tras enviudar, don Gabriel se afinca en Icod, donde obtiene el rango de capitán y contrae esponsales con doña Bernarda Isabel Pérez Domínguez, la cual gozaba de una economía boyante gracias al negocio del vino. El capitán Hurtado de Mendoza, aparte de ser un hábil hombre de negocios, era a la  par un hombre de fe, y consigo albergaba el profundo anhelo de erigir una capilla bajo la advocación de la Virgen de los Dolores, cuya imagen estaba entronizada en la Capilla de la Magdalena, sita en el Convento del Espíritu Santo. Dicha capilla estaba bajo el patronazgo de los Évora, los cuales tenían en posesión tácita la sagrada imagen de la Dolorosa. Circunstancia por la cual los frailes del convento percibían un estipendio.

 

Los franciscanos, al apercibirse del creciente aumento de la riqueza del capitán Mendoza y de toda su familia, ceden amablemente ante el filantrópico empeño de que los Hurtado de Mendoza instituyeran su propia capilla, que estaría localizada en el aula de Gramática del referido convento; de esta manera, los frailes obtendrían más beneficios de los que estaban recibiendo por parte de la familia Évora, si los Hurtado de Mendoza veneraran a la Virgen Dolorosa en su nueva capilla. Este planteamiento confrontó a las dos familias, ya que ambas litigaban por los derechos de titularidad de la sagrada imagen Dolorosa. En medio de estas vicisitudes, el capitán Mendoza no pudo ver culminado su legado de fe, ya que fallecería en medio de este avatar. Sin embargo su esposa Bernarda Isabel Pérez Domínguez, y su hijo, don Fernando Hurtado de Mendoza y Domínguez, harían las gestiones oportunas para cumplir la voluntad del finado capitán. Y ante la visita del Padre Sol, provincial de la Orden Seráfica, los Mendoza aprovecharon la coyuntura que les beneficiaba al tratar sus propósitos directamente con tal autoridad canónica.

 

El acuerdo se materializó en la concesión parcial del huerto de dicho convento, pero los problemas de la titularidad de la Virgen Dolorosa persistían y para zanjar disputas convinieron encargar una nueva imagen a Sevilla, que por aquellas calendas era todo un referente cultural, más aun si cabe en el plano del dominio técnico de las artes plásticas. La Capilla de los Dolores se instaura en 1771 y no es hasta 1772 cuando llegan la talla de los Dolores de María acompañada de la del Señor de la Columna. Esta última escultura, probablemente por su realismo estético, ha sido motivadora de fervorosas preces, de igual modo que se la ha exaltado en festividades de la Preciosísima Sangre como símbolo de redención.

 

La elegante y proporcionada silueta del Cristo, presumiblemente imbuida por la sutileza de la curva praxiteliana, esculpida a tamaño natural, en el taller hispalense del celebérrimo Benito Hita del Castillo, lega al patrimonio cultural icodense una excelsa escultura que colma de esplendor y solemnidad las calles, una vez que sale en procesión, puesto que es desde sus diferentes planos donde puede apreciarse la exuberante riqueza de los detalles, emanados de la portentosa gubia de su creador, entendidas como las heridas y llagas abiertas causadas por las viles flagelaciones, que descarnan su piadosa figura, abundantemente ensangrentada.

 

El inexorable paso del tiempo ha causado ciertos deterioros significativos en la escultura por lo que ha sido imperativo de necesidad someterla a varias restauraciones.

 

Su estado de conservación ha tenido problemas desde que al sacarlo del camarín para la procesión del Miércoles Santo, hacia el año 1915, los cargadores no pudieron con el peso del trono, que provocó su caída escaleras abajo, sufriendo graves desperfectos, que fueron ese mismo día reparados por don Manuel Guanche, aficionado a cuestiones artísticas2.

 

Al contemplar al detalle la pieza escultórica que nos ocupa, podemos apercibirnos de la elegante sensación de movimiento originada por el imponente contrapposto moldeado por el artista, lo que le imprime un sereno y refinado equilibrio que secuestra la mirada del espectador.

 

El percance sufrido en 1915, unido al desnivel de la peana colocada en 1982, en una posterior restauración, ha provocado lesiones internas dando lugar a una rotura en la madera del muslo izquierdo.

 

Ante este hecho, la Cofradía de la Flagelación y Sangre de Cristo y Nuestra Señora de los Dolores inician las gestiones para preservar el buen estado de la talla que custodian y encomiendan la labor de remodelación al taller Cúrcuma SL, especializado en la conservación y restauración de obras de arte, dirigido por la profesora María Fernanda Guitián Garre3. A partir del 22 de mayo de 2013, el equipo de profesionales de Cúrcuma SL empieza a intervenir la pieza, y conforme iba efectuando los estudios preliminares, va tomando conciencia del estado de la otra pierna que, con ulteriores análisis mediante rayos X, advirtieron la presencia de roturas en ambas extremidades, y no de una sola, tal y como habían presupuesto.

 

El antecedente directo de esta rehabilitación lo encontramos en 1982, por parte del imaginero orotavense Ezequiel de León, que con la colaboración de su hijo actuó sobre la policromía modificando la peana, lo que supuso que la estabilidad del Cristo se viera alterada. Para corregir esta deficiencia el equipo restaurador de Cúrcuma SL ideó una cuña para garantizar la estabilidad de la escultura. Las sucesivas radiografías y los análisis químicos evidenciaron el hecho de que la columna también fue intervenida por Ezequiel de León, el que dispuso una barra de rosca, que atravesaba la peana hasta alcanzar las manos del Cristo, con la intención de dotarlo de una mayor sujeción.

 

 

Posteriormente se procedió a la limpieza de la suciedad, de barnices y al levantamiento de las pinturas añadidas, que se encontraban sobre la policromía original, lo que posibilitó rescatar la estética primaria de la obra.

 

 

No obstante, es de justicia reconocer la meritoria trayectoria artística del insigne escultor villero, atestiguada con La Piedad, concebida por su diestro cincel en 1966 y venerada en la Iglesia Matriz de San Marcos Evangelista de Icod de los Vinos. Hay que considerar que los criterios de restauración han cambiado notablemente, lo que implica una menor intervención artística sobre la obra por parte de los restauradores, y así hacer que prevalezca la creación de su autor.

 

Gracias a la abnegada dedicación de la Cofradía de la Flagelación y Sangre de Cristo y Nuestra Señora de los Dolores, la ciudad de El Drago puede seguirse sintiendo orgullosa, como lo está, de integrar en su Semana Santa al majestuoso paso de Los Azotes, que evoca, con todo efectismo, el cruento pasaje bíblico de la flagelación de Jesús en el pretorio.

 

Con el firme propósito de devolver a la escultura su aspecto primigenio se optó por ir levantando meticulosamente aquellos materiales añadidos, con la finalidad de ir eliminando cualquier repinte ajeno de la misma. A la  pierna izquierda se le practicó una limpieza un tanto superficial, y una vez desaparecidos los repintes, se decidió reforzarla para que no se produjeran nuevas roturas.

 

Los detalles del pie son relevantes:

 

 

En lo que respecta al paño de pureza asombran los resultados:

 

 

A la técnica del policromado, aplicada sobre una base de oro, se la denominada estofado, que produce ciertos brillos que se reflejan en su aspecto final, y está ideado de manera que el paño parezca una tela espigada. En palabras de la profesora Guitián, la restauración fue de una gran precisión, puesto que la reintegración pictórica requería de una pericia pormenorizada.

 

Los avances científicos y técnicos, aplicados a la restauración del patrimonio artístico, traen consigo la garantía de seguir perpetuando en el tiempo magnánimas obras como la estudiada. De esta manera, la propia comunicación artística ensancha sus orillas dadoras de nuevos y fecundos sentimientos, que posibilitan el consecuente deleite motivado por la afección contemplativa de una obra de arte.

 

 

 

Notas

1. Testamento de don Gabriel Hurtado de Mendoza, ante don Juan de Sopranis, del 20 de noviembre de 1764. En Martínez de la Peña, D. (1998). El Convento del Espíritu Santo de Icod: Exmo. Cabildo de Tenerife y Exmo. Ayuntamiento de Icod de los Vinos, p. 309.

2. Martínez de la Peña, D. (1988). El Convento del Espíritu Santo de Icod: Exmo. Cabildo de Tenerife y Exmo. Ayuntamiento de Icod de los Vinos, p. 347.

3. Licenciada en Bellas Artes, con especialidad en Restauración, por la Universidad Complutense de Madrid. Desde 1988 ha trabajado para el Patrimonio Nacional en obras de José Ribera, Lucas Jordán, Antonio Rafael  Mengs, G. Bilbao, Ferrant, El Greco, etc. Durante 1991 y 1992 es becada en Roma para especializarse en la restauración en piedra y entre sus sobresalientes méritos también es distinguida como miembro de la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel (RACBA).

 

 

Bibliografía y documentación

Martínez, C. y Alonso, M. (2008). Europa y los Nuevos Mundos en los siglos XV-XVIII. Madrid: Editorial Síntesis.

Martínez de la Peña, D. (1998). El Convento del Espíritu Santo de Icod. Exmo. Cabildo de Tenerife y Exmo. Ayuntamiento de Icod de los Vinos.

Tenenti, A. (2001). La Edad Moderna XVI-XVIII. Barcelona: Crítica.

www.curcumarestauracion.com.

 

 

Carlos González Ávila es licenciado en Filosofía y licenciado y doctor en Ciencias de la Información.

 

 

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