Revista nº 693
ISSN 1885-6039

Los prodigios de Nuestra Señora de Las Nieves. (I)

Viernes, 04 de Agosto de 2017
José Guillermo Rodríguez Escudero
Publicado en el número 690

Esta universal devoción del pueblo palmero ha sido invocada desde tiempo inmemorial en toda clase de conflictos, motivados tanto por erupciones de volcanes, falta de lluvias, inundaciones, plagas de langosta, epidemias, guerras y correrías.

 

 

Invocada orgullosamente como Patrona de la Isla, el culto a la venerada y amada Virgen Negra de La Palma, “tierna y enigmática escultura”, es el denominador común que aúna a todos los estratos sociales y su Real Santuario, a través de los tiempos, se ha erigido como el principal centro devocional palmero. El Licenciado Pinto de Guisla así lo mencionaba en 1681: “su ermita era el primero y principal santuario de esta ysla, que la tiene por patrona y en las necesidades más urgentes, así publicas como particulares, se recurre a él por el remedio y quando instan las públicas se llevan a la santa ymagen a la ciudad, donde se le da muy decente culto, resibiéndola con la mayor autoridad y deboción que se puede…”. También el alcalde Lorenzo Rodríguez deja constancia el 7 de mayo de 1653 de cómo las casas que están destinadas al alojamiento de los romeros en los aledaños de la ermita de la Virgen de Las Nieves quedaron pequeñas para albergar al gran concurso de gentes, “por ser esta Santa Imagen el amparo de toda esta isla y de sus moradores y las continuas obras milagrosas que hace Dios Nuestro Señor por su intercesión”. En 1680 la beata María de San José Noguera tuvo la revelación de que la escultura de la Virgen de Las Nieves había sido formada por los ángeles del cielo de “la columna en que fue azotado el Señor”.

 

Esta universal devoción del pueblo palmero ha sido invocada desde tiempo inmemorial en toda clase de conflictos, motivados tanto por erupciones de volcanes, falta de lluvias, inundaciones, plagas de langosta, epidemias, guerras y correrías. La imagen morena ha sido llevada solemnemente en rogativas a todos los municipios recorriendo toda la Isla. El pueblo memorión no olvida aquellos milagros que, desde su niñez, le contaron. Nos lo relata Viera y Clavijo en 1776: “de la cueva en que se recogió toda una procesión de trescientas personas, no siendo capaz de contener cincuenta; la lámpara que, en una penuria de aceite, ardió incesantemente y aún rebosó; la nieve que cubrió el volcán de Tigalate en 1646; el otro volcán de 1711 que, a vista de la imagen, se extinguió; y, finalmente, el incendio de la ciudad, el 25 de abril de 1770, que habiendo empezado al tiempo que se retiraba la procesión a su santuario y llevando catorce casas consumidas, se fue apagando desde que retrocedió con la imagen el devoto pueblo”.

 

Esos mismos prodigios fueron relatados por Verneau tras su estancia en La Palma. Informaba también de que “a una corta distancia se encuentra el santuario de Nuestra Señora de Las Nieves. Se dice que ya existía en este lugar una pequeña iglesia antes de que la conquista de la isla fuese terminada. Hoy, gracias a la generosidad de los fieles, la estatua tiene un templo más decente y está cubierta de joyas de un valor aproximado a 10 000 francos. De esta manera, ella no se ha mostrado ingrata y ha pagado con milagros las privaciones que se han impuesto sus adoradores…”.

 

El franciscano Fray Diego Henríquez, en 1714, después de relatar algunos prodigios de “la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Las Nieves, de quien la Palma se halla favorecida y patrocinada aquella isla”, recuerda cómo “las otras maravillas y beneficio desta prodigiosa imagen, los tullidos, baldados y las otras enfermedades que ha sanado; los despeñados y naufragios de que ha librado; los conflictos y necesidades que ha remediado a los que han implorado su favor y auxilio, las dicen más bien las muletas, pedaços de maromas, cuerdas, pinturas y demas instrumentos que en su iglesia se miran para  eterna memoria colocados en las paredes, sin los muchos que se quedan en el olvido sepultados”.

 

En la Pandecta del Obispo Fray Joaquín de Herrera en 1782 se determinaba que si “aconteciere que la vajada de esta milagrosa Ymagen fuere en rogativa, se hará la señal como tal, sin repiques y viniendo procecionalmente, con la letanía de los santos, llegando al Puente inmediato a la Parroquia, sesarán las rogativas (y) se entonará el Te Deum, entrando en la Iglesia con repique y colocada en su trono la Señora, se hará la rogación”.

 

Los milagros recogidos por Fray Diego Henríquez son dieciséis narraciones cortas que describen –en palabras del profesor palmero Pérez Morera– “de modo cándido y tierno, prodigios sobrenaturales (la lámpara que ardía incesantemente; los cascotes de artillería que no dañaron a nadie en el recibimiento de su segunda bajada; el gesto mudado de la imagen al ser desvestida en presencia de hombres); accidentes (la niña despeñada por un barranco), curaciones de desahuciados; mudos que recuperan el habla (Gaspar el esclavo) y ciegos que recuperan la vista (el mendigo Román); ataques piráticos (amenaza de invasión argelina; batalla naval entre turcos y cristianos; cautiverio en Argel) y catástrofes naturales (volcanes de 1646 y 1712; sequía de 1703), etc.”.

Santa Cruz de La Palma ha sentido en sus nobles piedras el aire decantador de los tiempos. Sabe de ataques piratas, de lances de capa y espada, de aventuras gentiles que estrellaron los susurros en las cerradas celosías. Sabe de una Religión que aquí sentó sus raíces y floreció en la América, luminosa y legendaria. Sabe de aventureros y de santos, de poetas y marinos. Allá arriba en el Monte al que da nevado nombre una Señora descansan los sueños consumados, anhelos florecidos, canciones plenas y oraciones que han encontrado puerto y destino en el regazo de la Virgen. A Ella se han dirigido por los siglos y los siglos los que sufrían en el dolor de las horas vacías; a Ella han invocado el náufrago de Campeche y el miliciano aguerrido; nuestras madres y las madres de nuestras madres. Siempre fueron escuchados. Su llamada halló respuesta en el milagro o en el consuelo; en la alegría o en la resignación que es el más humano y dignificante PRODIGIO…”.

                                                                    «Pregón, 1970…». Gabriel Duque Acosta.

 

 

La Virgen y los benahoritas. La pequeña imagen de la Virgen es consustancial con la vida del palmero. Más de cuarenta generaciones la sostienen en su trono. En torno a él gira todo el proceso de la Isla poblada por benahoaritas, llegados de la Mauritania; conocida desde la antigüedad por los navegantes fenicios; explorada por los mensajeros del Rey Juba II; bautizada por los mallorquines; invadida por los normandos; atraída a la fe por las Misiones Católicas… Muchas leyendas e historias se han tejido en torno a esta pequeña terracota medieval del siglo XIV (otros investigadores dicen que es del XIII). En palabras del profesor Pérez Morera: “La majestad icónica y la concentración espiritual que emana de su rostro, esquemáticamente idealizado, refleja lo eterno y sobrenatural. Tal vez a ello se debe la poderosa atracción que ejerce sobre quien lo contempla y la devoción despertada a través de los siglos. Ante sus ojos, ‘rasgados y abiertos que parecen mirar a todas partes’, como señala Fray Diego Henríquez, quedaba el pueblo hipnotizado”.

 

Se cuenta que Bentacayse, hermano de los príncipes Tinisuaga y Agacencie del cantón de Tedote, se salvó milagrosamente de un terrible temporal. No así sus hermanos. La noticia de la tragedia se extendió por toda Benahoare (nombre aborigen de La Palma) y todos los príncipes mostraron su luto. A partir de esos tristes momentos, el barranco donde sucedió la desgracia se llamó como el hermano pequeño, Agagencio, distinguido entre los pobladores por su trato sencillo y cordial. Al enterarse de lo sucedido, las Misiones Cristianas, que se hallaban en la isla haciendo propaganda apostólica, visitan al príncipe ileso y lo invitan a ir a donde sus antepasados habían depositado la imagen de la Virgen por la que él sentía íntima devoción. Félix Duarte, en su obra Leyendas Canarias, nos narra: “la alegría resplandece en su rostro y, en vez de sentirse extenuados por las fatigas del trayecto, al llegar a las faldas del monte, se arrodilla ante la preciosa Efigie, en acción de gracias por la salvación del mencey, quien, observando los altos riscos, más blancos que el azahar, prorrumpe: ‘Tener Ife’ (que en su lenguaje significa monte blanco), y desde entonces, Santa María de La Palma es llamada Virgen de Las Nieves”.

 

La Virgen y los conflictos políticos. Las guerras, cuyos desastrosos y criminales resultados estremecen todos los confines de Europa, repercuten terriblemente en España, poseedora del Imperio que jamás el hombre había soñado tener. En la coalición europea contra la Revolución Francesa, el pueblo español se ve obligado a intervenir, “por el suplicio de Luis XVI, la opinión favorable del Gobierno y la contestación dada por los convencionalistas a las protestas del monarca Carlos IV. Ofendido éste por la actitud de Inglaterra, firma con los franceses la Paz de Basilea. Estos reclaman, entre otros territorios, la Isla de La Palma. Sus habitantes prorrumpen por doquier: «¡¡¡Virgen de Las Nieves!!! ¡Queremos ser españoles!». Félix Duarte concluye su artículo sobre el particular, refiriéndose al momento en que en La Palma se conoce el acuerdo por el que se concede la parte oriental de la Isla de Santo Domingo (hoy República Dominicana), en lugar de nuestra Isla, “el jubilo insular es unánime”. Asistimos aquí a otro de los hechos históricos cuyo óptimo desenlace se asocia a otro de los prodigios de la Virgen de Las Nieves, y así ha sido contado de padres a hijos.

 

En la programación de la Bajada de 1915 se tiene en cuenta la guerra mundial: "Llegaron esos días, en el año de gracia, en ocasión bien triste para todos, cuando una guerra fratricida y brutal enciende odios y rencores entre los hombres, y roba los medios materiales de subsistencia más legítimos, pero ello no es contradicción a los festejos, que ahincados en la fe y en el buen deseo de que sean lugar para elevar nuestras súplicas a la Reina de los Cielos, tendrán a más del carácter tradicional, religioso y popular de siempre, el especial que este año calamitoso le impone de ser una rogativa más porque reine la paz entre hermanos que, en un momento de locura, olvidaron serlo”. Bermúdez, en su obra sobre las fiestas canarias, también nos recuerda que en ese año de 1915 “se constatan las consecuencias económicas que tiene el conflicto mundial para las islas. Se les da a las fiestas un sentido de ‘rogativa por la paz’”.

 

 

La Virgen y la mar. “Señores, recemos y digamos que buen viaje hagamos; una salve a la Virgen de Las Nieves, abogación de esta embarcación: el Señor nos de buen viaje y buen tiempo y nos lleve a puerto de salvamento”.

 

En las paredes de la suntuosa ermita de Nuestra Señora de Las Nieves, “Santuario tan antiguo que no se le conoce ni sabe en esta isla origen y que se han obrado muchos milagros valiéndose de esta Imagen”, cuelgan unos magníficos exvotos marineros en agradecimiento a la Patrona por los beneficios recibidos. A través de las centurias, La Palma ha tenido una dilatada historia marinera. Los hombres de la mar tuvieron por especial protectora a la Morenita, a la que imploraron en sus vicisitudes, recordaron en sus peligros y cuya protección buscaron en los naufragios.

 

Yanes Carrillo nos recuerda en su obra de 1953, Cosas viejas de la mar, cómo, en las noches de tormenta y dura tempestad, los marineros repetían aquella invocación, antes de subir a lo más alto de la jarcia, y esto, decían, “les daba ánimos y alientos para luchar allá arriba”. Era costumbre que los veleros llevaran en su cámara una imagen de la Virgen de Las Nieves y así le suplicaban: “Madre mía de Las Nieves, manda un relámpago para ver donde me agarro”. A la venerada efigie se le imploraba y se encomendaban con fervorosa oración en momentos de peligro, diciendo “Madre mía de Las Nieves, ayúdanos”. Algunas naves veleras que cruzan el Atlántico son bautizadas con el nombre de la Virgen milagrosa. Por eso se dice que es una Virgen marinera. Los capitanes de barcos atacados por los filibusteros, que se creen invencibles sobre el mar, imploran su protección. Cumpliendo promesas ofrecidas cuando el peligro les amenazaba, muchos de ellos, como recuerda Félix Duarte, llegan a “postrarse a sus pies, viendo en sus ojos divinos una escala de ternura y de amor, por la cual los espíritus cristianos, en sus horas de júbilo, vislumbran una anticipación de los éxtasis que disfrutan los bienaventurados en el reino de la gloria…”.

 

El profesor Jesús Pérez Morera también rememora cómo, una vez llegaban a tierra, rápidamente iban al Santuario a postrarse a los pies de Asieta (entre otras interpretaciones: “Alma Santa Inmaculada En Tedote Aparecida”), “a darle gracias por haber podido pisar nuevamente su tierra y si el viaje había sido malo y les había azotado alguna dura tempestad, al regreso le llevaban botijas de aceite para la lámpara y hacían promesas, yendo unos desde el muelle, desnudos, de la cintura para arriba; y otros mudos, sin hablar, hasta llegar al santuario, y otros descalzos, en cumplimiento de lo que habían prometido”.

 

El santuario posee la colección de exvotos marineros pictóricos más completa del Archipiélago. El más antiguo lleva la fecha de 6 de mayo de 1639 (segundo más antiguo de España. El primero, fechado en 1621, se halla expuesto en la capilla del Rosario de la iglesia de Santo Domingo de la capital palmera), y los demás de 1704, 1722, 1723, 1757 y 1768. En palabras del artista e investigador palmero Fernández García: “todos se refieren a hechos similares y son un vivo exponente de la fe y agradecimiento de aquellos hombres por el favor recibido”. Este de 1639 narra cómo a las once y media de la noche del 12 de mayo de ese año, la fragata capitaneada por don Luis de Miranda salió del puerto de Campeche rumbo a La Palma y quedó varada hasta el día 16: “trabajando noche y dia para salvar las vidas y al cabo de este tiempo fue el Señor servido y la Virgen de Las Nieves que nadara dicha fragata y fuera navegando hasta Canpeche sin peligro ninguno (…)  un devoto de aquella Santa Virgen prometio colocar el portento en su milagrosa Casa”.

 

Los exvotos pictóricos tratan de describir, sin mayores pretensiones, y lo más claramente posible, la enfermedad o el accidente, en este caso la tempestad o el naufragio, de cuyas fatales consecuencias se han salvado milagrosamente. Unos tipos de pinturas votivas que fueron muy populares en América, encontrándose en casi todos los más importantes santuarios.

 

La serie de exvotos del Santuario de Las Nieves llamó la atención de Charles Edwardes, que visitó La Palma en 1887. Su contemplación suscitó en el ilustre viajero británico el siguiente comentario: “Es también en esta famosa capilla donde los hombres de la mar hacen sus promesas antes de embarcarse para La Habana. De sus paredes cuelgan viejas pinturas grotescas que representan milagros obrados en la mar por la Virgen misericordiosa. En 1704, por ejemplo, el capitán de una bricharca canaria, enfrentada a un barco pirata turco, invocó a la Virgen de Las Nieves con tal éxito que durante tres horas que duró la lucha no cayó un solo español, aunque sí numerosos turcos”. El maestre de campo don Gaspar Mateo de Acosta envió desde La Habana, el 18 de noviembre de 1704, como agradecimiento a la Virgen de La Palma por su milagrosa intersección ante el ataque argelino, la maravillosa cruz parroquial de plata, de estilo barroco.

 

Una armada de “turcos africanos” había saqueado Lanzarote en 1618 y mostraba su intención de invadir La Palma. Unos bárbaros cuyas “nieblas de infidelidad no vieron el poder inexpugnable de la reyna que la favorece”. Cuando se encontraban los navíos en la bahía capitalina, llevaron a la Virgen al monte que está frente del santuario y desde donde se divisaba la armada “a cuya presencia no pudieron los bárbaros sufrir lo ayrado de los divinos ojos; y no pudo ser sino llenos de temor la diligencia, con que, dexando aquella isla en su quietud y paz, fueron la buelta del mar a la de La Gomera”. Allí, los temidos piratas argelinos Tabac Arráez y Solimán sí lograron invadir San Sebastián.

 

Otra sencilla historia de 1702 nos relata cómo la nave de Nicolás Marques, habiendo partido “de este puerto rumbo a la isla de San Miguel, al llegar la noche del vigésimo sexto día de viaje, se vio envuelta en una feroz tormenta, y al divisar una estrella durante la confusión, los tripulantes invocaron a Nuestra Señora de Las Nieves y en unos instantes volvió la calma”.

 

De este terrible episodio naval también se ocupó fray Diego Henríquez, quien, “al historiar los milagros de Nuestra Señora de Las Nieves en 1714, describe, en el número 14, la benéfica intervención de la Virgen en aquel conflicto”. En un manuscrito que se conserva en el British Museum de Londres y que fue publicado en la obra El Arte en Canarias [Siglos XV-XIX]. Una mirada retrospectiva, gracias a que el canónigo don Santiago Cazorla León facilitó una copia del manuscrito del mencionado franciscano, se conoce cómo fue el ataque y su resolución: “… presentaron la batalla, midieron fuerzas y temiendo el christiano en lo menos robusto de las suyas lo avía de rendir el turco, acogiose al favor de Nuestra Señora de Las Nieves de su isla, imploró su auxilio, y saliendo valeroso de la riña, se entró en el puerto; y para memoria deste beneficio, de orden del dicho capitán se puso en la capilla mayor la pintura que lo representa”. Desde el inventario de 1718 aparece en el Santuario como “un cuadrito en que están pintados dos nauíos”.

 

Como abogada de todos los palmeros, la Virgen de Las Nieves fue la principal devoción que acompañó a los isleños en su arduo camino hacia las Américas; su culto está especialmente vinculado a los palmenses de ultramar y los libros de fábrica del Real Santuario están llenos de referencias a las dádivas y regalos hechas por los indianos en gratitud a la Patrona por los inmensos favores recibidos, muchos de ellos considerados milagros. De esta manera, este santuario mariano es el templo canario que mayor volumen de platería americana atesora, de calidad y riqueza nada común. Ya en el siglo XVIII, Viera y Clavijo estimaba que la plata y las joyas de la Virgen ascendían a más de 20 000 pesos. Cantidad que se iba incrementando continuamente con las donaciones de los emigrantes isleños, que así agradecían a la Patrona, primero, su buena travesía y, segundo, su buena fortuna en Indias, considerada también como “otro de los prodigios de la Virgen”.

 

Era una piadosa y común costumbre el que los navíos que hacían la carrera de Indias llevaran una alcancía a nombre de nuestra Virgen, fuente importante de ingresos. Nos recuerda el profesor palmero Jesús Pérez Morera que “las cuentas de 1706 mencionan los 1488 reales recaudados ‘en las alcansías que a repartido el mayordomo en los nauios de Indias’ y las de 1672 los 10 reales del ‘costo de seys alcansias de oja de lata que se hisieron para repartir en vajelez para la limosna’”.

 

El tesoro impresionante que conforma el suntuoso joyero de la Virgen de Las Nieves -único en el Archipiélago, cuya relación sería una empresa prácticamente inacabable-, está compuesto en una gran mayoría, por los regalos de los indianos. Baste decir que, a finales del XVII, llegaron a existir en América dos apoderados del santuario. Nos recuerda el mismo profesor que uno se hallaba en la ciudad peruana de Lima y otro en La Habana, nombrados en 1694 por su mayordomo con el solo objeto de recibir los legados hechos a la Patrona de La Palma en “rrealez, oro, plata, perlas, joyas, prendas y otras cualesquiera alajas de los géneros referidos, ornamentos, bestidos… así en el dicho reyno del Pirud como en otras cualesquiera partes…”.

A Ella, cantada por los marinos que recibieron su favor cuando la invocaron sobre la movediza superficie del mar, le exclamaríamos: ‘¡Oh, Virgen de Las Nieves, efluvios de fe exhala nuestra alma, efluvios de amor exhala nuestro ser, que Tú, Madre de Dios, hacia Ti nos has hecho tener!’.

 

 

La Virgen, las plagas y los elementos. En palabras del desaparecido Fernández García: “Ella es el inmenso refugio espiritual de todos los palmeros, y a Ella recurrimos cuando los titánicos fuegos volcánicos estremecen nuestro suelo, cuando las cosechas se pierden por falta de agua, cuando los grandes incendios azotan nuestros montes o nuestras casas, cuando la enfermedad se apodera de nuestra pobre naturaleza, y en tantos, tantos momentos de nuestra existencia”.

 

La  imagen de Nuestra Señora de Las Nieves, “bella, galana y misteriosa”, obra gótica en la que aparecen reminiscencias del románico -la más antigua de las efigies marianas veneradas en el Archipiélago-, ha sido trasladada en sentidas rogativas a la capital palmera fuera de los años lustrales de su Bajada. El motivo siempre era el mismo: pedirle su intercesión ante las furias de la naturaleza, tanto en sequías prolongadas como en erupciones volcánicas, incendios, enfermedades, etc. Así sucedió el 28 de marzo de 1630, permaneciendo en El Salvador nueve días por la necesidad de agua que sufría la isla. Los atribulados palmeros imploraron su intercesión para que el cielo les trajera el agua necesaria. Nunca la Virgen abandonó a su pueblo. También volvió a estar presente en la ciudad: en 1631, 1632, 1676 y 1703 (por pertinaz sequía), en 1659 (por una plaga de langosta), y así en otras ocasiones. Los prodigios y milagros se iban sucediendo a través de los siglos. La Virgen ha descendido desde su Santuario a la ciudad en otras ocasiones desdichadas para los palmeros. Sucedió el 2 de enero de 1768 por una epidemia catarral y el 4 de junio de 1852 por liberarse del cólera morbo.

 

Fray Diego Henríquez decía en 1714 que el recurso a su poderosa intervención fue siempre “el remedio en todos los conflictos y necesidades de la isla, la falta de lluvias, enfermedades, guerras, fuego del volcán y las demás, las quales siempre se ha traído a la ciudad; y al ver que la mueven de su casa, promete la experiencia y asegura el socorro a la esperanza. Nunca sale, como soberana reyna, sin numeroso concurso, assí que los ciudadanos como de aquellos pueblos y aldeas que le sirven y acompañan, sin temer inclemencias del tiempo ni camino mientras vienen a la sombra y protección de las dilatadas alas de tan poderosa y caudalosa águila…”.

 

Sería el mismo fraile escritor el que narrase el milagro de 1703. Se sufría una sequía que era general en todas las Islas Canarias, para lo que se trajo a la ciudad “esta santa imagen, se le hizo en la parroquia el novenario de missas y rogativas que acostumbra, aunque tercas las nubes en su dureza”. Cuando el coro de monjas catalinas entonaron el motete en el monasterio dominico “poniendo las lágrimas a las voces silencio, narraron más retóricas su petición y súplica y como del corazón más cierto mensajeros llegaron más felices al río de piedades, pues apenas sonaron en su oydo desbrochó los diques de sus misericordias, liquidando la gracia de sus nieves en tan copiosas lluvias a la tierra que al instante entonaron el hymno de alabanzas de los santos doctores Ambrosio y Agustino, en hazimento de gracias en tanto beneficio, con que logró aquel año aquella isla la abundancia de frutos que sin tan gran milagro no pudiera”.

 

En relación con la epidemia de 1768, se acudió a Nuestra Señora de Las Nieves en espera e implorando el remedio de la enfermedad que azotaba a los palmeros. Pérez Morera recoge en sus notas sobre la Bajada de 1765 una relación sobre la terrible enfermedad que se cernió sobre la Isla. Del Archivo Parroquial de El Salvador (Libro de Acaecimientos formado por el vicario don Felipe Alfaro en 1767) extraemos el siguiente párrafo:

Aviendose señalado por su merced el dia siete de marzo para el último tramo de la Procesión de allí llevar a Nuestra Señora a su propia Parroquia compuestos todos los caminos y aseandose todas las calles por donde debía transitar no se pudo conseguir hasta el día diez por las continuas lluvias que hubo en estos días (…) quedando todos los moradores desta ciudad e Ysla mui contentos y alegres por aver conseguido de dios mediante la intercesión de la Santísima Virgen María ubiesse cesado a sus primeros ruegos la cruel enfermedad que tantos estragos hasía y llovido con mansedumbre tanto que se puede decir se repitió en esta ysla el milagro que en tiempo del Señor San Gregorio aconteció en Roma…

 

Se continuaron con las plegarias y los ruegos a la Virgen de Las Nieves en todas y cada una de las generaciones de palmeros. Un suceso célebre fue el que ocurrió el 6 de abril de 1750, fecha en la que la sagrada imagen se encontraba en el Convento de las Monjas Claras, hoy Hospital de Dolores, donde se halla entronizada la preciosa imagen de la olvidada Patrona de la ciudad, Santa Águeda. Previamente se había señalado este día para hacer las rogativas por el hambre y la falta de lluvias que se padecían en toda la Isla. Milagrosamente comenzó a llover copiosamente y llegó a la bahía de la ciudad un buque cargado de trigo, con gran regocijo del pueblo palmero, que atribuyó todo esto a un milagro de su Reina.

 

En el año de 1676, el Obispo García Ximénez, que se hallaba en La Palma en una visita pastoral, coincidió con una pertinaz sequía. Testigo de excepción del profundo fervor que demostró la población de la Isla hacia la venerada imagen, resolvió que la Bajada de Nuestra Señora de Las Nieves se repitiese cada cinco años, a partir de 1680, como así se viene celebrando desde entonces sin interrupción.

 

El día 7 de mayo de 1770 había quedado fijado que la Virgen Morenita regresase a su templo de la montaña, después de su preceptiva bajada de ese año acabado en cero. Previamente el día anterior, día del Patrocinio de San José, había venido la imagen del santo Patriarca desde su ermita capitalina hasta El Salvador a despedirse de la Patrona palmera. Cuentan los cronistas de la época que la noche estaba muy serena con algunas señales de viento de levante, como lo demostraba un círculo o cerco que poseía la luna “y viento al Oeste, sin truenos, tempestad ni otra novedad que unos chubascos o lluvia muy quieta, después de medianoche”. Lo sorprendente es que amaneció toda la cumbre cubierta de nieve, “hasta el lomo que se lama de las Nieves, por estar a su falda la Iglesia de Nuestra Señora”. Este hecho sobrenatural, por haber ocurrido en tan avanzado de primavera, “y no haberlo visto los nacidos en unas circunstancias como las presentes de terror en que se hallaban las gentes sencillas, que oprimía los ánimos de todos, llenó de mayor consuelo los corazones, alabando las divinas piedades de la Madre de la Misericordia, que nos puso el signo de su benignidad a la vista para que no desfalleciesen, comprobó con esto el milagro de haber suspendido el castigo del fuego que nos amenazó consumir y asegurarnos con la nieve su protección, el día amaneció claro y despierto el sol, con singular gozo de las almas devotas”.

 

Nuevamente apareció la langosta en la madrugada del día 15 de noviembre de 1844, y duró hasta marzo del siguiente año. Esto, unido a la sequía que se siguió, hizo que el año fuese sumamente estéril. Comenzó a sentirse la enfermedad de las papas, llamada vulgarmente escarcha, desconocida en La Palma en aquel entonces. En la primavera de 1847 hubo una gran carestía y falta de víveres, “de la que resultó haber una gran mortandad de pobres”. Después la enfermedad de las viñas asoló los campos en 1852. Siempre los caminos de La Palma, ante las calamidades, se llenaron de peregrinos que acudían al Santuario para pedir la intercesión de la Virgen. Otro hecho relacionado con la langosta, precisamente, fue el sucedido el jueves 16 de octubre de 1659. Esta plaga entró y “llenó toda la isla y comió la corteza de todos los árboles y destruyó todos los pastos, con que murió mucho ganado mayor y menor y muchas cabalgaduras, yeguas y jumentos y destruyó muchas sementeras y algunas volvieron a reventar y las que comió tres veces no volvieron”. Los cronistas atestiguan cómo se hicieron numerosos sufragios, procesiones y sermones. Se llevaron procesionalmente a la capital palmera a Nuestra Señora de La Piedad y al glorioso Apóstol San Andrés, al glorioso San Juan de Puntallana, al Santo Cristo del Planto y, finalmente, a Nuestra Señora de Las Nieves. Fue nuestro Señor servido, por mediación de la Virgen, que no durase esta langosta más que hasta marzo de dho. año. Anteriormente la plaga de langosta se había repetido en 1811, y duró hasta el 20 de enero de 1812 dando origen, a más plegarias y a otro milagro.

 

El 18 de junio de 1851 se experimentó, desde el amanecer, un terrible calor “que no había memoria en esta isla, habiendose subido el barómetro Reaumur a 104 grados, lo que puso a todos en la más grande consternación”. Al día siguiente era Día de Corpus y se había determinado que la procesión no saliese a la calle para evitar problemas de salud a la población. Se cuenta que muchos cirios fueron encendidos a la Virgen de Las Nieves y, finalmente, la procesión salió a la plaza “habiendo acompañado el pequeño tránsito un piquete del regimiento de Málaga, que se hallaba destacado en la ciudad”.

 

Las plegarias a la Virgen volvieron cuando el 27 de diciembre de 1627, a las 9 de la noche según el alcalde Lorenzo Rodríguez, “llovió en esta isla un aguacero grande con el cual cayó tanta cantidad de nieve, que se hicieron y congelaron torales tan grandes como pipas”. El pueblo, atemorizado, también rogó a Nuestra Señora por su rápida desaparición. Tengamos en cuenta que “incluso en la costa de la mar nevó en la dicha forma y en el Tejal del Barrio del Cabo se hicieron los torales que arriba digo, y en toda esta ciudad”. Así quedó reflejado en el cuaderno de noticias del archivo del Sr. Marqués de Guisla, titulado Cosas Notables.

 

 

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Comentarios
Viernes, 04 de Agosto de 2017 a las 14:47 pm - José Guillermo Rodríguez Escudero

#01 Un año más, parece mentira. Aquí pongo las celebraciones que tendrán lugar en el Real Santuario Insular de Nuestra Señora de las Nieves, en Santa Cruz de La Palma, los días 4 y 5 de agosto de 2017

FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE LAS NIEVES

- VIERNES, 4 DE AGOSTO DE 2017

(VÍSPERA DE LAS NIEVES)

- APERTURA DE LA TÓMBOLA PARROQUIAL

- MISAS A LAS 19:00 Y A LAS 21:00

- EUCARISTÍA A LAS 23:00

- PROCESIÓN A LAS 24:00

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- SÁBADO, 5 DE AGOSTO

(ONOMÁSTICA DE NUESTRA SEÑORA DE LAS NIEVES)

- 07:00 MISA. OFRENDA DE FUENCALIENTE

- 08:00 MISA. OFRENDA DE PUNTALLANA

- 09:00 MISA. OFRENDA DE EL PASO

- 10:00 MISA. OFRENDA DE SAN ANDRÉS Y SAUCES

- 11:30 MISA SOLEMNE (PLAZA DEL SANTUARIO). OFRENDA DE SANTA CRUZ DE LA PALMA

- 13:00 PROCESIÓN DEL MEDIODÍA

- 14:00 MISA. OFRENDA DE GARAFÍA, PUNTAGORDA Y TIJARAFE

- 16:00 MISA. OFRENDA DE BARLOVENTO

- 17:00 MISA. OFRENDA DE TAZACORTE

- 18:00 MISA. OFRENDA DE LOS LLANOS DE ARIDANE

- 19:00 MISA. OFRENDA DE VILLA DE MAZO

- 20:00 MISA. OFRENDA DE BREÑA BAJA

- 21:00 MISA. OFRENDA DE BREÑA ALTA

- 22:00 PROCESIÓN DE LA NOCHE

- 23:00 MISA. OFRENDA DE LAS NIEVES, MIRCA Y VELHOCO.