Revista nº 776
ISSN 1885-6039

El Julan (El Hierro), espacio de representación donde se revela lo sagrado.

Viernes, 28 de Diciembre de 2018
Miguel A. Martín González
Publicado en el número 763

El Hierro, la más occidental del Archipiélago, nos revela uno de los sitios arqueológicos más emblemáticos de toda Canarias, en el que la huella de los ancestros nos sorprende en cada paso. Allí, en la soledad de un enorme valle, de vistas prolongadas, podemos llegar a comprender la estrecha relación que los bimbaches establecieron con el entorno.

 

 

 Todo un tesoro patrimonial que abarca una extensión de más de dos hectáreas dispuestas entre el Hoyo de Los Carneros por el Oeste, Garañones por el Este, el camino de Los Pastores al Norte y la Playa de Las Alcusas al Sur.

 

En primer lugar, es necesario puntualizar que el Julan adquiere múltiples praxis de funcionalidad, empezando por la productiva ganadera, la recolección, de hábitat a pequeña escala, a los que se une el valor de lo espiritual a través de los símbolos rupestres, capaz de transformar este espacio amorfo en sagrado, destacando también como lugar de peregrinación y de celebraciones festivas. Muestra de ello es la presencia de cuevas de habitación, cuevas sepulcrales, un tagoror, un enorme conchero, círculos de piedra, aras de sacrificio y los impresionantes lienzos de arte rupestre de Los Números y los Letreros.

 

La historia de su redescubrimiento se remonta a 1874 cuando Aquilino Padrón lo da a conocer por primera vez: “Del borde de la explanada en que estuvimos la vez primera, donde el teneño se deprime con rápido declive hasta el mar, parte una corriente o convexidad de escorias basálticas que se prolonga como unos cuatrocientos metros en la misma dirección hasta perderse uniformándose con el suelo pedregoso e irregular que le subsigue. En toda su longitud, a distancias más o menos cortas, como sin guardar relación entre sí, y solo donde la lava presenta algunas facetas planas y lustrosas con un ligero barniz producido por el enfriamiento que sobrevino a su formación plutónica, se ven grupos de dos, tres, y más caracteres de extraña apariencia, que, en mi poco saber, los refuté como signos primitivos escriturales o numéricos de una época remota” (Rubén Naranjo, 2010)1. Después de los apuntes de René Verneau (1889), Álvarez Delgado (1947) y Diego Cuscoy (1963), Mauro Hernández Pérez (1982) realiza un formidable estudio de localización, catalogación e inventario en la zona. Nuevas compilaciones, calcos, fotogrametría y otras publicaciones de Renata Springer sobre la escritura líbico-bereber, o Sixto Sánchez Perera, entre otros, dan mayor realce a este conjunto, culminando con la inauguración del Centro de Interpretación del Parque Cultural de el Julan en 2008.

 

Vamos a centrarnos en las estructuras más relevantes que son las estaciones rupestres, bien diferenciadas espacialmente pero gemelas en cuanto a la disposición, orientación y los motivos representados. Dos asientos con una misma ideología: Los Números lo integran 30 paneles divididos en dos grupos y Los Letreros, a 500 m de distancia, unos 70 paneles con cientos de motivos. Estos se diferencian entre los de carácter alfabético líbico y la variada colección de geométricos compuestos por círculos aislados, partidos por uno o más diámetros o tangentes, trazos sinuosos, herraduras, meandros, reticulados, dameros... ejecutados con la técnica de picado.

 

¿Por qué se eligió este lugar tan concreto, árido y sin un recurso tan vital como es el elemento agua? Los bimbaches percibieron y comprendieron que en este lugar se manifestaba lo sagrado, una hierofanía; es decir, que algo divino y venerable se les mostraba. Partiendo de la propia organización espacio-temporal, de su mundo integrado en el cosmos, en el Julan se les revela un espíritu sagrado que experimentaron como lo absoluto. Cleonice A. Le Bourlegat y Maria A. de Castilho2 confirman ese espíritu de ligazón con el todo que el hombre localiza, orienta y da sentido al mundo. Si el cosmos era lo absoluto, el espacio que manifestaba la esencia del ser absoluto también se transformaba en espacio absoluto, debiendo así ser mantenido por toda eternidad. De este modo, el pensamiento religioso atribuye coherencia y significado al mundo.

 

Entre tantas posibilidades que presenta el valle para emplazar los paneles de grabados rupestres, siendo abundantes las coladas lávicas, así como otros soportes pétreos, será la posición de los astros en el horizonte lo que determine la exactitud de las ubicaciones. El perfil topográfico del entorno cumplía un papel primordial en relación con el sitio donde se localizan los petroglifos. Buscaron y encontraron puntos que se fijaron (axis mundi) sobre las lavas para construir el espacio sagrado, apropiándose de un territorio que, desde ese instante, rompe su homogeneidad espacial para comunicarse con cada uno de los dioses-espíritus moradores del cosmos. Ahora el espacio como imago mundi (imagen del mundo) se ordena en sincronía con los astros que determinan los tiempos sagrados en sus apariciones extremas (solsticios y lunasticios), entre otras disposiciones estelares de culto ancestral. Si los signos del Julan son extensos en el espacio, su mensaje lo es en el tiempo.

 

Desde muy antiguo la orientatio (orientación) se caracterizó por ser un elemento distintivo que repite sus patrones como una verdadera seña de identidad. La ubicación del Julan refleja un acto religioso, un indudable culto al cosmos. Los astros-dioses principales en la cosmogonía bimbache manifiestan el poder del Sol, la Luna, las constelaciones de la Cruz del Sur y Casiopea, así como la estrella Canopo, cada uno con sus virtudes que los capacitan para ordenar la naturaleza, traer las nubes cargadas de lluvia o hace revivir la tierra que los alimenta. Los astros les enseñaron con sus movimientos cíclicos la manera de percibir y concretar el tiempo, de hacerlo suyo, adquiriendo un inmenso valor cultural de calendarios de horizonte muy precisos tanto domésticos (agrícola y ganadero) como rituales.

 

El orden celeste debía imitarse en la tierra; por eso, seleccionaron determinados lugares que cumplieran algunas de esas premisas. Si nos fijamos en la dirección de los fragmentos de las coladas lávicas talladas con símbolos rupestres descubriremos que fueron seleccionadas, entre otras muchas posibilidades, por su disposición. En el caso de Los Letreros descienden por la ladera en dirección Sur coincidiendo exactamente con la posición, en el horizonte marino, de la estrella Canopo en cuya aparición, durante el crepúsculo, se producía una sincronía cósmica relevante el día del equinoccio de primavera. Unos -10º de azimut se da otra concordancia, esta vez al alba, cuando las dos estrellas más grandes del cielo (Canopo y Sirio) se alineaban coincidiendo con el otro equinoccio, el de otoño. La constelación de la Cruz del Sur adquiere la misma posición espacial que ocupa la estrella Canopo, ahora en la alborada del 21 de diciembre (solsticio de invierno).

 

Por su parte, las dos coladas lávicas de Los Números varían un poco los rumbos, de tal manera que sus disposiciones concuerdan fielmente con el lugar por donde se oculta la estrella Canopo y, curiosamente, la constelación de La Cruz del Sur desaparecía, al oscurecer, por el mismo lugar un 21 de junio (solsticio de verano). Si nos damos cuenta, estos acontecimientos estelares coinciden con los posicionamientos solares más representativos (equinoccios y solsticios). Y les aseguro que no son casualidades.

 

La visión del firmamento y del incesante ritmo de los astros es inseparable de la noción del paso del tiempo, todo un regalo cósmico por su capacidad de medir y dominar el tiempo, gracias a aquellos precisos e implacables “relojes” que fueron los astros. En este sentido, la orientación solar al naciente sobre el horizonte disfruta aquí de una gran revelación y culto cada vez que llega el solsticio de invierno. Desde Los Letreros y Los Números, el Sol emerge respectivamente por las destacadas elevaciones de la Caldereta-Montaña de Los Júlanes -a 3500 m de distancia- y Montaña Quemada -a mas de 5000 m de distancia-.

 

Para el gran maestro Mircea Eliade3, la simple contemplación de la bóveda celeste basta para desencadenar una experiencia religiosa, modifica la percepción del espacio y del tiempo. El Cosmos se concibe como una unidad viviente que nace, se desarrolla y se extingue el último día del Año, para renacer el Año Nuevo ab initio. La sacralización del lugar en que se instauran los templos y se realizan las ceremonias lo convierte en un «espacio sagrado», del mismo modo que la repetición periódica de los ritos convierte el tiempo lineal en un tiempo cíclico, transformando el tiempo profano en un tiempo sagrado, eterno.

 

 

Así mismo, acudía a su cita temporal cada 18,6 años (ciclo completo) la impresionante Luna llena del verano: la Luna correspondiente al Lunasticio de Verano Mayor Norte (cuando alcanza su máxima posición Norte) emerge, desde Los Números, por Montaña de los Júlanes. El Lunasticio de Verano menor Norte (la más alejada del Norte) lo vemos despuntar por la degollada de la Montaña de Los Jibrones desde el Tagoror.

 

En el lado contrario, sobre el Jable de Rodrigo, la constelación de Casiopea desaparece por la cumbre sincrónicamente con la alineación de Sirio y Canopo. Esta coincidencia de unión de contrario u oxímoron cósmico (coincidentia oppositorum) entre estrellas y constelaciones en el tiempo intermedio del posicionamiento solar durante el equinoccio de otoño refuerza la dialéctica de la complementariedad que se torna clave para mantener la unión o el equilibrio cósmico y definir la totalidad; esto es, la realidad última. En esta armonía de contrarios, nadie queda invalidado; al revés, engranan el paisaje cósmico en una sola ideología. Esto quiere decir que los opuestos refuerzan un pensamiento y una acción espiritual que define sus creencias. Dicho de otra manera, algunos elementos astrales entran en conjunción con el Sol para dar sentido al espacio y al tiempo en un contexto sagrado llegando, según C. G. Jung (Mircea Eliade, 2008), a sobrepasar las posibilidades de comprensión racional y, a la vez, siendo el mejor camino para aprehender la realidad última.

 

Todo este cúmulo de orientaciones astronómicas, difícilmente atribuibles al azar, determina la importancia del lugar4. No son únicas ni son originales, pues se encuentran en todas las Islas porque forman parte de una tradición común ancestral.

 

Querido lector, desde aquí los invito a que lo vean con sus propios ojos y les deseo un FELIZ SOLSTICIO DE INVIERNO

 

 

Notas


1. NARANJO, R. (1992): “Los grabados rupestres de El Julan”. Revista Aguayro, n.º 199.

2. https://journals.openedition.org/polis/5973.

3. ELIADE, M. (2009): “Lo sagrado y lo profano”. Paidós.

4.  MARTÍN M.A. (2018): “Los grabados rupestres de la isla de El Hierro, el simbolismo de la supervivencia”. Revista Iruene, n.º 10, pp 38-69.

 

 

Miguel A. Martín González es historiador, profesor, fundador y director de la revista Iruene.

 

 

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