Revista nº 749
ISSN 1885-6039

Sima Jinámar, a 76 metros del olvido.

Martes, 26 de Junio de 2018
Nadia Jiménez Castro
Publicado en el número 737

Este texto fue escrito tras el emotivo estreno del documental de Juan José Monzón en los multicines Monopol. La cinta, testimonio vivo de las víctimas del Franquismo en Canarias arrojadas al vacío, reafirma la memoria que pervive.

 

 

Sima Jinámar, la sima del olvido’. Sima olvidada. Pero por los fantasmas no pasa el tiempo. Nunca. Sima olvidada pero no. Jamás olvidada. Oculta en el agujero del olvido, pero nunca olvidada. Ni siquiera por sus verdugos. Ni siquiera por ellos.

 

Omitida, sí. Sima Jinámar. Siempre por ellos, los mismos. Pero jamás enterrada por sus víctimas. Transmitida de puñado en puñado, la sima, por herencia. Como si de tierra propia se tratara… (¿y acaso no lo es?). Legado compartido. En vez de piconera de muerte.

 

Sima Jinámar es carne de su carne que nos dio de comer a todos. Y es sangre de su sangre que nos dio de beber a todos. Derramada por todos. Antropológicamente, todos estamos conectados a los sucesos de Sima Jinámar, o debiéramos estarlo.

 

De alguna manera, todos fuimos arrojados a Sima Jinámar. La sociedad silente y la del miedo. La intolerante y la de la resistencia al cambio. El que alzó/alza la voz y es silenciado. Y el que calló/calla bajando la cabeza y vive preso de su silencio.

 

Cuando en 1977 el escritor y entonces periodista de Interviú José Luis Morales (Agüimes, 1944), publicó su primera edición de Sima Jinámar, abrió de nuevo el agujero del volcán. Y la sociedad grancanaria se partió en dos vomitando magma de verdad por las miles de heridas.

 

La narración novelada del horror vivido en Canarias 40 años atrás a manos de las Brigadas del Amanecer de la Falange Española, no dejaba lugar a dudas de los hechos acontecidos en la Isla Redonda. La coincidencia de personajes, la similitud de situaciones… Pero, sobre todo, el emplazamiento de una tumba común: Sima Jinámar.

 

Aún lo recuerdo entrando por la puerta de casa, con su barba y bigote, y su pelo amelenado sobre la nuca. A mí eso no me sorprendía porque mi padre, el poeta, también lucía así (acaso era el único trabajador de Iberia al que entonces le permitían llevarlo. Todos sabían que era el poeta Juan Jiménez).

 

“¡Coño, Juan, buena la hemos armado…!”, exclamó mientras sostenía tres ejemplares de la 2.ª edición de Sima Jinámar en la mano. Yo tenía 8 años y uno era para mí. Supe por vez primera de las muertes que acompañaban a aquel color naranja de la grieta en nuestra tierra (portada elegida por Ediciones De La Torre).

 

Y sí, José Luis Morales la armó. Fui testigo de las acostumbradas e interminables tertulias sobre política. Y sobre la enfermedad, casi endémica, de esta tierra: el miedo. Sorteado a veces. Solo a veces.

 

Escuché con excitación las estrategias que iban a seguir para la mayor difusión de la novela. (Mi padre daba viajes a Buenos Aires y París, y siempre había intercambio de libros entre amigos en casa).

 

 

El Guernica canario. Pero, sobre todo, asistí a la satisfacción de ambos por cómo algunos verdugos quedaban claramente señalados, acusados públicamente por su nombre en las páginas. Páginas compartidas de la historia común de tantos. Y recuerdo ese orgullo por encima de cualquier inquietud por una supuesta querella.

 

Personajes de entonces, y aún de hoy (en los apellidos de sus descendientes), que clamaron venganza contra aquel otro muchacho del Sur que supo de la eficacia del lenguaje frente a cualquier verdugo o yugo.

 

Porque, tal y como dijo entonces José Luis Morales en una entrevista para el periódico El País: “Sima Jinámar es el Guernica canario (…). A la boca del volcán no se le ve el fondo, y en sus márgenes hay eso, marginación. Jinámar está simbolizando esas culturas periféricas, hasta ahora reprimidas”. “Y simboliza también el olvido, y también la salida del olvido: cuando la identidad cultural encuentra vías de expresión. O sea de existencia”. Morales había empezado a escribirla en la cárcel ocho años atrás y la había continuado en su exilio en París.

 

Por ello, cuando ahora llega a la cartelera del Monopol La Sima del olvido de Juan José Monzón, como documental acertadamente financiado por el Cabildo de Gran Canaria, renace tanto… Renace todo. Y con ello, la verdad.

 

Trabajo de investigación sobresaliente y documento visual e historiográfico imprescindible a partir de ahora. La Sima del olvido es un largometraje que aborda desde varios puntos de vista la que fue la mayor fosa común de los represaliados por la dictadura franquista en Canarias.

 

No solo nos asomamos a la orografía de Sima Jinámar, literalmente (dado que Monzón desciende con un equipo al fondo de esta chimenea volcánica abierta), sino a los testimonios de quienes fueron los primeros espeleólogos en hacerlo. También a los relatos de los familiares de víctimas aún desaparecidas.

 

Impresionante la revelación de Jesús Cantero, de aquel primer intrépido grupo en bajar y hallar el cráneo con orificio de bala (conservado en El Museo Canario), confirmando el horror de lo que allí se hacía. Y su emoción al confesar que también vio los huesos de un brazo con una muñequera idéntica a la que lucía el luchador Florido, arrojado al vacío de una muerte segura.

 

La voz entrecortada de Juana Expósito, hija de uno de los treinta desaparecidos en tan solo una noche en Agaete. Confiesa que desde entonces (tenía cinco años), empezó a comer con la mano izquierda porque su madre le contaba que a su padre se lo había llevado el hombre de la derecha.

 

Inestimable el relato también del propio José Luis Morales y de los tropiezos que halló en plena transición para publicar su novela. Monzón aporta también las voces de diferentes historiadores como Agustín Millares, y hasta un genetista del Instituto de Medicina Legal Forense.

 

Sima Jinámar, con la tenebrosa entrada por la que se arrojaron a las víctimas

 

Monzón, profesor vinculado al Foro Canario de Víctimas del Franquismo, ha dedicado tres años a un meticuloso trabajo de campo. En este largometraje de hora y media, nos brinda un análisis de este oscuro episodio de la historia canaria desde todas sus aristas, presentes en un lugar maldito: Sima Jinámar.

 

Repasa los mismísimos bordes de este agujero más allá de la vida a través de hasta veintiún testimonios, que incluyen una declaración del propio presidente del Cabildo grancanario, Antonio Morales, quien no duda en señalar “la deuda que la sociedad canaria tiene con todas las víctimas”.

 

Tal y como señaló su director, Juanjo Monzón, en su presentación en una de las salas de los Multicines Monopol: “el documental nace con la finalidad de hacernos eco de la memoria enterrada en la Sima y dar veracidad a la extensa tradición oral que lo envuelve”.

 

Recordando la frase de A. Cesaire en su discurso sobre el colonialismo, con la que José Luis Morales prologaba su novela…Yo hablo a millones de personas a quienes sabiamente se les ha inculcado el miedo, el complejo de inferioridad, el temblor, la genuflexión, la desesperación, el servilismo…

 

José Luis Morales, Jesús Cantero o Agustín Millares revelaron algunos nombres de quienes, presuntamente, fueron verdugos de aquellas tropelías… “Eufemiano Fuentes, Barber o Juan del Río Ayala” sonaron en el eco de la cinta.

 

Somos fruto de aquello que fue. Y por eso hoy podemos, todos, caminar por el borde de Sima Jinámar. La sima del olvido.

 

 

Publicado previamente en Espiral21: http://espiral21.com/sima-jinamar-76-metros-del-olvido/

 

 

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