Revista nº 810
ISSN 1885-6039

Los otros árboles singulares de Santa Brígida.

Viernes, 16 de Marzo de 2018
Pedro Socorro Santana (Cronista de la Villa de Santa Brígida)
Publicado en el número 722

1500 euros de presupuesto en Medio Ambiente en 2016... Aquí siempre ha primado más el urbanismo que la urbanidad. Sirvan como ejemplos recientes de nuestra historia que un ejemplar adulto de palmera fue talado sin piedad por el propio ayuntamiento porque invadía una propiedad privada...

 

 

El Ayuntamiento de Santa Brígida, en colaboración con la consejería de Medio Ambiente del Cabildo de Gran Canaria, ha actualizado recientemente el catálogo municipal de Árboles Singulares con cuatro nuevas incorporaciones de ejemplares y una triste baja, el que fuera el drago más antiguo de Canarias: el de Las Grutas de Artiles. La villa de Santa Brígida es el primer municipio de Canarias en contar con este tipo de inventario que da a conocer la belleza y singularidad de nuestro rico patrimonio natural. Y no es para menos porque nuestra Villa no solo es uno de los municipios más bellos de Gran Canaria, sino fue El pueblo que surgió del bosque, como titulé mi primer libro. No es raro encontrar en la toponimia de este lugar nombres de origen botánico que han bautizado sus barrios a lo largo de su historia, tales como Los Olivos, El Madroñal, Pino Santo, Monte Lentiscal, El Gamonal o ese airoso Palmeral que ha sabido mover al viento con el ritmo de sus palmas. Incluso, en un tiempo ya lejano, Santa Brígida fue considerada como la Villa de las Flores, gracias a esa magna exposición de plantas, flores y pájaros que fue Florabrígida. Un lugar de gran valor ambiental donde la buganvilla era la planta preferida de los jardines públicos y privados en el pasado, quizás porque su color rojizo estimulaba las ensoñaciones, pero que hoy apenas vemos su presencia en un pasaje de la calle Castelar o en un jardín del Castaño.

 

Cada región española posee un árbol peculiar dueño de una valoración simbólica. En Extremadura, por ejemplo, es la encina; en Valencia, el naranjo; en el País Vasco, el roble; en Castilla, el chopo; en Andalucía, el olivo; en Icod de Tenerife, el drago milenario, y en Santa Brígida, la palmera, nuestro árbol más peculiar; aunque, todo hay que decirlo, no tenga los cuidados que se merece. No olvidemos que fue Tasaute el vocablo usado por los aborígenes para referirse al barranco del Colegio poblado de palmeras antes de la conquista; y que una palmera entró a formar parte de la heráldica y otras dejaron su huella sobre algunos lugares: El Palmeral, El Palmarejo, La Palmita

 

El árbol, en general, es el símbolo de la vida en continua evolución, en ascensión hacia el cielo. El árbol ha sido adorado entre los pueblos primitivos como lugar sagrado habitado por un dios, y por eso y otros motivos ha merecido un culto muy importante en viejas civilizaciones. En la antigua China, por ejemplo, el castaño tradicionalmente se consideraba ejemplo de la persona previsora, en tanto en cuanto que su fruto servía de alimento para el invierno. Las hojas de castaño, de color castaño o marrón, recuerdan la tristeza otoñal. En nuestro pueblo de Santa Brígida hubo dos castaños históricos: uno a la salida del casco urbano, documentado en el siglo XVII, que dio nombre a una parte del urbanismo satauteño y dio lugar al Paseo del Castaño (hoy Calvo Sotelo), y otro castañero creció en la finca de Los Pasitos, en el límite con San Mateo, a cuya formidable sombra se realizaban célebres meriendas campestres, siendo muy frecuente su visita en aquellas excursiones en carruajes por parte de la colonia inglesa.

 

El hermoso y gigantesco castañero que existió en El Madroñal, dentro de la finca de Los Pasitos, hasta mediados de fines del siglo XX.

La foto es de fines del siglo XIX (fondo: Fedac)

 

Catálogo verde. Nuestro patrimonio natural es, sin duda, otro de los atractivos de este lugar, acaso el más singular y variado, por los que rompo una lanza desde estas líneas cargadas de nostalgia. La iniciativa de aprobar un catálogo de Árboles Singulares se debe a una propuesta de la entonces concejal Amalia Bosch Benítez, del partido Los Verdes, que contó con la aprobación inicial en una sesión plenaria celebrada el 28 de diciembre de 2008, hace ahora nueve años. Entonces se relacionaban apenas siete árboles: El Marmulán que, bajo risco, se halla en la finca Los Palomares, en el pago de Las Meleguinas; el drago de Barranco Alonso, el drago de Las Grutas de Artiles, la gigantesca palmera de la Avenida del Palmeral y, por ende, el Palmeral de Satautejo; el madroño de la finca Las Huertas (El Madroñal), los Tarajales de la calle Real de Coello y, finalmente, el eucalipto de Gran Parada, el ejemplar más grueso de esta especie existente en Gran Canaria.

 

Mantener en el catálogo los árboles desaparecidos. El pasado 27 de octubre de 2016, el pleno satauteño aprobó por unanimidad la actualización del citado catálogo, al existir nuevos árboles que debían protegerse y otros que, lamentablemente, ya han desaparecido. Tal fue el caso del drago de Las Grutas de Artiles, de cuya fatal caída, a primera hora de la tarde del miércoles 2 de septiembre de 2005, dimos cumplida información en el periódico La Provincia y en la Gaceta de Santa Brígida. Tenía la friolera de 480 años y era uno de los símbolos del patrimonio natural de Canarias y de la antigua y extraordinaria naturaleza de las islas. Al respecto, debo señalar mi opinión contraria a que ese drago haya "caído" del registro municipal. Creo que debería formar parte de un Anexo Histórico, junto a los mencionados castañeros y el drago de la ermita del Carmen, en Las Goteras, que fue derrumbado en 2005 por el huracán Delta tras más de 300 años de vida. En ese anexo debe incluirse aquel enorme drago desplomado sobre la carretera del Centro en la madrugada del miércoles 25 de febrero de 2009 desde el chalé que lo cobijaba. Había sido plantado por el vecino Juan Lemes Sabina en 1920, un conocido industrial harinero, para decorar el jardín de su casona de verano, situada a la entrada del pueblo. Aquel señero ejemplar contaba con 105 años. Todos estos árboles ya no existen, pero han sido singulares. Y dejarlos en un anexo in memoriam es una forma de favorecer la conciencia ambiental y, por supuesto, no perder la memoria colectiva de esos ejemplares que acompañaron nuestra existencia y que durante siglos hicieron nuestra vida un poco más agradable. Las nuevas generaciones deben saber de ellos.

 

Antigua postal del drago de Las Meleguinas, ahora quitado del catálogo (fondo del autor)

 

Caída mortal del centenario drago de Las Meleguinas el miércoles 27 de octubre de 2016 (foto: Pedro Socorro)

 

No obstante, el ayuntamiento ha añadido cuatro nuevos árboles en el catálogo municipal que tienen todo el merecimiento por su singularidad. El primero ha sido ese drago tan original en su forma, que cuenta con más de 180 años, pues, probablemente, fue plantado en el primer tercio del siglo XIX dentro de la finca que el IV Conde de la Vega Grande, Agustín del Castillo Ruiz de Vergara y Bethencourt (1805-1870), en La Montañeta, como parte del jardín exterior de su rica hacienda, hoy abandonada, pero que contaba incluso con oratorio privado en honor a la Virgen de la Concepción. También han quedado registrados en la citada nómina municipal el algarrobo del barranco de Los Laureles; la encina de Los Picachos y el palmeral del Valle de La Angostura, entre cuyos ejemplares existen al menos quince especies gigantescas femeninas de más de veinte metros de porte, la mayoría de ellos dentro del circuito circular que el Ayuntamiento ha puesto en marcha.

 

Nuevas aportaciones. Sin embargo, se han quedado fuera otros árboles señeros del municipio, probablemente por desconocimiento. Porque, si por árboles singulares entendemos aquellas especies que se consideran excepcionales por motivos tan variados como su tamaño, belleza, longevidad, originalidad de sus formas, vinculación a un paisaje o su importancia cultural, histórica, científica o educativa y que forman parte de nuestro patrimonio natural independientemente de su ubicación, no cabe duda de que en Santa Brígida hay más singularidades. De modo que, si el catálogo, como se ha anunciado, es un listado vivo, en permanente revisión, aportaremos nuestros singulares gigantes verdes que deseo que se acepten con naturalidad. Una especie en concreto es, quizás, la más exclusiva y exótica del municipio y del archipiélago. Se trata del Árbol de Navidad de Nueva Zelanda, del que ahora comentaremos; otro árbol que echo en falta en el catálogo es el roble, ya varias veces centenario, situado en una finca particular del Barranco Alonso; o la palmera probablemente más alta del municipio, que aún crece en un lugar de La Noria. No podemos dejar fuera las cuatro palmeras gemelas de la familia washingtonianas, delgadísimas y muy altas, que decoran los jardines de los Manrique de Lara, en la plaza Doña Luisa, desde fines del siglo XIX, como era costumbre en los jardines de la época o ese bello ejemplar traído de la Selva Amazónica, una Ceiba pentandra, árbol sagrado para los maya, que fue plantado por jardineros municipales hace más de cincuenta años y que hoy lucha por seguir creciendo en el patio interior del Juzgado Municipal, con su tronco poblado de espinas largas y robustas. Ni mucho menos, el aguacatero de más altura conocido por estos lares, que crece, también encajonado, justo a la salida de emergencias del antiguo cine, y que ya pasa en altura al edificio cultural. O, tal vez, debieron agregarse tanto el algarrobo del Parque Municipal como los centenarios ejemplares de esta misma especie arbórea que decoran la preciosa entrada a la Quinta de San Juan, en El Monte. Tampoco han sido incluido el pino que da singularidad al barrio de Pino Santo Alto o  las viejas encinas que dan sombras a las inmediaciones de la hacienda de la Vega de San José y que, según la tradición, plantó con sus manos el historiador y botánico José Viera y Clavijo (1731-1813), introductor de estos árboles en Canarias, cuando disfrutaba de sus temporadas de estudio y descanso en la hacienda de su amigo Pedro Bravo de Laguna y Huertas, y que trasladó La Vega a un soneto que empieza así: "Ved aquí un paraíso sin serpiente / donde no hay fruta al gusto prohibida, / donde todo árbol es árbol de vida, su Adán / agricultor, su Eva inocente". Repasemos la historia de algunos de estos árboles.

 

El Árbol de Navidad de Nueva Zelanda. La histórica Quinta de El Batán, a la salida del Monte Lentiscal, debe su nombre al lugar donde tuvo lugar la batalla contra la poderosa armada holandesa en 1599. Desde mediados del siglo XIX la finca pertenecía al que fuera alcalde de Las Palmas, Felipe Massieu. Esta hacienda alberga uno de los pocos ejemplos de jardines de diseño de la isla, con cantería azul de Arucas y una colección importante de plantas variadas. Diseñado en el siglo XVII por un anónimo inglés establecido en Gran Canaria, posee una gran variedad de especies botánicas: palmeras, dragos, pitósporos, helechos, aráceas, glicinias y otras especies que se incorporarían con los años. Este jardín era un gran atractivo para los visitantes ilustres que se aventuraban a recorrer el interior de Gran Canaria en los siglos pasados, como hicieran el general Weyler en 1881; la viajera inglesa Olivia Stone, en 1885; o el escritor Benito Pérez Galdós, compañero de estudios de Massieu, en la última visita que realizara a Gran Canaria el 31 de octubre de 1894. Este jardín romántico conserva algunas joyas naturales. Como los buenos museos, posee obras maestras, como un Pohutukawa (Metrosideros excelsa), un árbol endémico de Nueva Zelanda, único en las Islas. Tiene un porte superior a los quince metros de altura y fue plantado por el nuevo propietario de la casa, a mediados del siglo XX, el ciudadano de origen polaco Alfonso Zbikowski. El monumental y retorcido árbol florece por estas fechas; es decir, de noviembre a enero, con un pico a final de diciembre (el verano del hemisferio sur), y lo hace con brillantes flores carmesí, brillosas, que cubren todo su ramaje. Por tal motivo es conocido por el sobrenombre de Árbol de Navidad de Nueva Zelanda.

 

El pohutukawa, plantado junto a la mansión de El Monte por el polaco Alfonso Zbikowski (foto: P. Socorro)

 

Otras singularidades. Por otra parte, en el Barranco Alonso, al pie de la curva de la carretera (GC-324), se alza majestuoso un enorme y antiquísimo roble común, del género Quercus robur, introducido en Canarias tras la conquista, que ofrece como frutos unas bellotas muy similares a las del célebre árbol del Guernica del País Vasco, por lo que podría ser un ejemplar de la misma especie. Se le calcula más de 250 años de edad, pero es un gran desconocido para la población local, que muchas veces no se percata de su presencia a pesar de estar junto la carretera. Probablemente fuera testigo mudo de la desgraciada muerte del médico tinerfeño don Nicolás Bethencourt Pastrana en su hacienda de campo del Barranco Alonso, una de las pocas víctimas de la fiebre amarilla que produjo el pánico entre los habitantes de Las Palmas en el verano de 1838. El galeno dejó de existir ese otoño en su hacienda a los 40 años de edad, y a la sombra del roble sería enterrado tras contraer la enfermedad en Las Palmas. El también médico Pedro Avilés estuvo junto al enfermo en las postreras horas. La finca pasó a nuevos dueños y hoy pertenece a la familia Navarro Ojeda. Es un ejemplar magnífico, de más de veinte metros de altura y con suficiente interés para conservarlo.

 

Antiguo roble en el Barranco Alonso, de más de 250 años de edad (foto: Pedro Socorro)

 

Tronco del centenario roble situado en una finca particular del Barranco Alonso (foto: Pedro Socorro)

 

Hay más singularidades. Pino Santo Alto cuenta en su pequeño caserío con un gigantesco pino, esa especie en cuyas frondosas ramas se apareció la Virgen del Pino y que terminó bautizando este vecino barrio satauteño, pues estos árboles primaron en sus antiguos predios. El prominente individuo es uno de los pocos ejemplares que se conservan en la zona. Y aunque aún es joven, pues fue plantado en la década de 1950 por el vecino Santiago Hernández Moreno, dueño de la tienda de aceite y vinagre del lugar, es la única referencia nominal de ese pago, alcanzando una altura superior a los dieciocho metros y logrando una raigambre popular en la historia local de Pino Santo, en sus fiestas, y en su vinculación a un antiguo paisaje.

 

Pino plantado en el barrio de Pino Santo que da nombre al barrio (foto: Pedro Socorro)

 

Finalmente, en el Parque Municipal de Santa Brígida convive desde hace más de sesenta años un frondoso algarrobero, a cuya estela se sentaban los vecinos de más edad a conversar en las mañanas veraniegas, como puede apreciarse en la foto, o los guardias municipales se apostaban por las noches para hacer la ronda, en aquellos tiempos sin teléfonos, por si fuera necesario que los vecinos reclamaran allí sus servicios. Los satauteños han tenido una gran receptividad con este árbol sabio, como es conocido, y no digamos las parejas que salían del cine en las tardes de domingo y buscaban allí el deseado cobijo, sabedores de que el amor necesita intimidad para beber en unos labios. Ahora nadie se sienta a la sombra de este algarrobo porque el ayuntamiento, en mala hora, reformó aquel lugar, quedando el parque "embalaustrado" y la cantería rejuvenecida. No es, sin embargo, el único de su especie dentro de nuestro territorio. Ni mucho menos el más viejo. En la zona de El Mocanal, a la entrada de la antigua Quinta de San Juan, fundada el 11 de junio de 1912, existe un paseo recoleto con más de una docena de algarrobos centenarios y de gran porte. Probablemente fueron plantados por don Juan Rodríguez Quegles, un importante hacendado, abogado ilustrado, comerciante y presidente de la Sociedad Mercantil de Las Palmas, casado con Carmen Millán Socorro, y usados como forrajes. Don Juan había comprado la finca, plantada de viñedos y con una vivienda en su interior a don Manuel Matos Benítez, teniente de caballería de Gran Canaria.

 

Entrada a la Quinta de San Juan, en El Mocanal, sita en el Monte Lentiscal donde se encuentra un hermoso paseo de algarrobos (foto: Pedro Socorro)

 

Los vecinos de más edad conversando en los años setenta a la sombra del algarrobero del Parque Municipal (fondo del autor)

 

Magnífico ejemplar de Ceiba Petranda que vive con estrecheces en el patio interior del Juzgado de Paz y cuenta con más de cincuenta años.

A la derecha, gigantesco aguacatero en la salida de emergencias del antiguo cine (foto: P.S.)

 

Hermoso ejemplar del grueso eucalipto situado en el pago de Gran Parada, incluido en el catálogo, y que estuvo a punto de ser talado (foto: P. S.)

 

 

A MODO DE REFLEXIÓN:
CULTO AL ÁRBOL EN LA VILLA DE LAS FLORES

 

Santa Brígida nunca ha sido un pueblo con culto al árbol, a pesar de que una docena de palmerales le han dado fama y belleza, y han moldeado su vida a la sombra ancha y hospitalaria de aproximadamente 3300 ejemplares de palmeras naturales adultas. Difícil es encontrar un rincón o un lugar de nuestro entorno en el que no aparezca la silueta esbelta y majestuosa de una palma canaria. Hasta la década de 1960, los satauteños se abastecían de las hojas de estos árboles para adornar las fachadas de sus casas, la plaza de la iglesia o ventorrillos durante las fiestas principales; para fabricar, a la manera artesanal, esteras y escobas como las que hacía el inolvidable Pepito Gutiérrez, en su casa de El Gamonal, o para entrelazar los palmitos blancos con los que se elaboraban ceretas o los usaban en la festividad del Domingo de Ramos. Pero la crisis agraria de la década de los sesenta y la proliferación de mano de obra local para los nuevos cultivos de tomates, la construcción y la posterior expansión del sector turístico en el Sur de Gran Canaria, nuevo pilar de la economía de las Islas, dieron las primeras puntadas a la economía agrícola. En tal periodo, se produce un desvanecimiento de las estructuras tradicionales (modo de producción campesino, hábitat), al tiempo que Santa Brígida fue perdiendo los utensilios culturales que al pueblo le servían para resolver los problemas que le planteaban su medio natural y su contexto productivo. Y así, en medio del desmoronamiento del mundo tradicional y la conversión de Santa Brígida en esta villa residencial que es hoy, hubo una vocación ciega por el hacha y por la sierra mecánica, para "plantar" una urbanización ilegal donde antiguamente crecían las palmas (Los Laureles), para ensanchar la carretera general o para que una vieja Phoenix canariensis no entorpeciera el solar del moderno chalé.

 

Para colmo, Parque y Jardines o Medio Ambiente nunca han sido una concejalía mimadas por este Ayuntamiento ni han contado con buenos presupuestos para cambiar de raíz una serie de situaciones negativas de nuestra encrucijada interna. 1500 euros de presupuesto en Medio Ambiente en 2016, ahora renovado. Aquí siempre ha primado más el urbanismo que la urbanidad. Sirvan como ejemplos recientes de nuestra historia que un ejemplar adulto de palmera fue talado sin piedad por el propio ayuntamiento porque "invadía" una propiedad privada, y que el servicio de conservación de Carreteras del Cabildo tenía señalado hace tiempo la tala del catalogado eucalipto de Gran Parada para adecuar la curva de la carretera. Por fortuna se ha logrado salvar a este singular árbol de 24,70 metros de altura y 6,30 metros de perímetro.

 

En las últimas décadas la Villa de Santa Brígida, tan cercana a la ciudad y siempre tan apetecible para la especulación, ha sufrido proceso de deterioro y acelerada degradación de su medio natural y del medio agrícola, producto de la desidia política, de la ausencia de ordenación del territorio y de la edificación anárquica, desordenada y antiestética que ha invadido nuestra pequeña superficie territorial. De modo que de poco sirve ampliar un catálogo de Árboles Singulares si no cambiamos el chip de nuestra cultura natural, si no prestamos más cuidados y más intensivos a nuestro jardín, si no protegemos nuestras especies más singulares y, lo que parece más importante, si no hay gestión municipal, seguimiento del estado de salud de los árboles y puesta en marcha de sucesivos trabajos de conservación. Porque tanto la gigantesca palmera de la Avenida del Guiniguada, cubierta cada año de luces navideñas, como el vecino Palmeral de Satautejo, incluidos en el catálogo, muestran síntomas de descuido y abandono, con numerosas palmas secas que no dejan ver los cogollos de hojas tiernas y, lo que es peor, sin que nadie se atreva a quitarlas desde hace décadas. El Palmeral de Satautejo es el más importante símbolo natural de Santa Brígida, pero lleva años muriéndose en silencio sin que el trabajo y la dedicación de los responsables en el asunto hayan logrado otra cosa que hacer más lenta la desaparición de las reinas verdes de nuestro Paraíso Rural. Los palmerales son los vegetales más representativos e importantes de este territorio, y sus numerosos ejemplares han constituido desde siempre un elemento característico y distintivo de su paisaje. Pero no hemos sabido dispensar hasta el momento un trato delicado y amoroso a esos símbolos por excelencia de nuestra rica historia natural. No existen iniciativas racionales que rompan la tenaza de la rutina y de ese espíritu burocrático que parece invadir toda actuación y que muchas veces impiden ver el bosque. Dice el refrán que nunca es tarde… y hay que reconocer que son muchos los que añoramos un auténtico Plan de Embellecimiento para repoblar los jardines públicos con aquellas antiguas especies que le dieron nombre y personalidad a nuestros barrios: gamonas en El Gamonal; olivos en Los Olivos; pinos en Pino Santo; madroños en El Madroñal, etc.; para recuperar los últimos trozos de la acequia de Tafira que asoman por la antigua carretera de El Monte, para programar visitas a dos de los mejores jardines privados del municipio de estilo europeo: El Batán, más inglés y asalvajado, y el del marqués de Guisla Ghiselin, en El Madroñal, tan francés y ordenado. Pero también para tratar de recuperar en todo su esplendor ese histórico oasis de Phoenix canariensis que sobrevive en el cauce del barranco de El Colegio, porque a la sombra de esos troncos con cicatrices arde lo mejor de nuestra historia, nuestra esencia. Y porque el pueblo que es hoy Santa Brígida surgió ahí, en medio de ese bosque, entre el barro y la hojarasca. 

 

 

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Comentarios
Domingo, 18 de Marzo de 2018 a las 14:06 pm - Bentayga-7

#01 No todos son como Santa Brígida. El ayuntamiento de Las Palmas de GC ha talado recientemente una palmera histórica de la Plaza de Cairasco, que ahora tendremos que ver en varios largometrajes allí rodados y que su ligera inclinación -estable desde hacía 50 años- la hacía muy fotogénica (ahora las pondrán de cartón para las próximas películas). Hubiera sido mas adecuado quitar el banco ubicado bajo la palmera, ya que las tórtolas dejaban sus "recuerdos" sobre sus usuarios. Además, es la cuarta palmera histórica talada por sucesivos gobiernos municipales, la penúltima junto al monumento a Colon, porque sus raíces fisuraban los muros de un torreón de electricidad subterráneo. Por supuesto que todas las talas se hicieron sin publicidad -ni antes ni después- a las cuatro de la madrugada y que, claro está, todos los alcaldes son igual de prepotentes y amantes del hacha.

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