El último viaje del velero 'Armandito'. , BienMesabe.org
Revista nº 745
ISSN 1885-6039

El último viaje del velero Armandito.

Miércoles, 23 de Mayo de 2018
Cirilo Leal
Publicado en el número 732

En este rincón las viejas historias de la mar están a la orden del día. Se recoge la última singladura del velero Armandito acaecida en el año 1945, desde Tenerife a Buenos Aires, a través del testimonio de Juan Acosta, quizá el último protagonista de la odisea.

 

 

El grupo de viejos camaradas se reúne diariamente en los bancos de piedra que rodean la efigie que despide y da la bienvenida al viajero y al navegante. La plaza se alza en el lugar que ocupaba el desaparecido Castillo de San Cristóbal (Santa Cruz de Tenerife), cuya atalaya anunciaba la recalada de aquellos monstruos de hierro que venían al suministro de carbón y aguada, a golpe de campana y bandera.

 

En esta ensenada, la apelación a la memoria y al recuerdo desempeña un aliciente, una recompensa moral, humana y afectiva de unos seres que fueron protagonistas y testigos directos de una época en el olvido a la que ellos, con sus pláticas, vuelven y retornan, deteniendo el tiempo por unos instantes. En tales momentos surgen las viejas historias que hacen referencia a un mundo cercano, sugestivo y desconocido: el puerto. Se recrean contemplando en la distancia todo un retablo de oficios olvidados (caleteros, burriqueros, carreros, la vendía, el carbón, etc.); toda una galería de personajes, hechos y anécdotas que la ciudad, negando al mar, ha sepultado entre escombros, cemento y asfalto.

 

En este rincón las viejas historias de la mar están a la orden del día. San Borondón recoge la última singladura del velero Armandito acaecida en el año 1945, desde Tenerife a Buenos Aires, a través del testimonio de Juan Acosta, quizá el último protagonista de la odisea.

 

- Tardamos noventa días en llegar a puerto. En Buenos Aires nos daban por desaparecidos. Cuando llegamos, media ciudad se apiñó en el muelle para ver a los lobos de mar. Los periódicos publicaron muchas historias de nosotros, la más curiosa de todas es la de que nos había aparecido el fantasma del Corsario Negro al Norte del Ecuador.

 

Juan Acosta, de 78 años, antiguo chiquillo-bote y veterano de la vendida, fue uno de los diecisiete tripulantes que se hicieron a la mar en el velero construido en Estados Unidos en 1890 y bautizado con el nombre de Georgia Gilkey; más tarde fue adquirido por armadores españoles bajo los nombres de Paquito Orive y Armandito para emplearlo en la pesca, sirviendo de barco-nodriza entre las islas y las costas africanas.

 

- El velero, de cuatro palos, más de doscientos metros y mil y pico toneladas, estaba arrimado en puerto hasta que lo compró un catalán para mandarlo a la Argentina a suministro de grasa para una fábrica que tenía de leche en polvo. Antes de irnos para abajo estuvimos remontando La Isleta más de una semana sin poder entrar en Las Palmas, el barco pegaba viento, iban rozando pero no pudo remontar. Cuando lo varamos en Buenos Aires descubrimos que no tenía quilla. Por eso estábamos de aquí para allá a lo loco. La gente estaba extrañada con nosotros, pensaban que éramos un velero de los que iban para Venezuela sin permiso, como el Mocho, la Estrella, el Marte o el Platanito, con emigrantes.

 

Juan Acosta

 

La travesía del Armandito, no exenta de vicisitudes como luego veremos, nunca podría tener parangón con la de los barcos fantasmas -Padrón Albornoz nos ha hecho ver cómo se ha confundido este viaje con el de los veleros clandestinos de posguerra-, ya que sus motivaciones fueron totalmente distintas y el equipamiento, pese a que llegó casi a punto del desguase, menos que envidiable. Así, resaltaremos algunos momentos que dejaron honda impresión en nuestro narrador, cuando el barco afrontó los temibles tifones y las desesperantes calmas del trópico.

 

- A los diecisiete días nos cogió un temporal que anegó el lastre de agua. El capitán don Manuel Mora puso el barco a la capa, a capiar el tiempo en popa y nos metimos en el Ecuador. Se nos había presentado tan rápido que una de las veces salía por la puerta de la cocina y me tocó un porrazo de mar y salí rodando por la cubierta. Sí quepo por el desagüe salgo por la banda. Pero eso no fue nada comparado con el miedo que cogimos cuando se nos presentó un remolino. Parecía que se iba a chupar el barco como si fuera un fonil. El capitán lo rompió de un cañazo, iba preparado porque sabía que eran sitios de muchos relámpagos y muchos remolinos de viento.

 

Tampoco faltaron las temibles calmas chicha que, según narraciones de la marinería, volvieron locos a más de uno al verse anclados en medios del océano. Juan Acosta continúa describiendo los pormenores del viaje.

 

- En el Ecuador nos dio la calma chicha. Estuvimos parados once días. ¡Peor que el temporal porque allí es donde se parte el mundo y se juntan los cuatro mares! No hacía ni una brisa de viento y el barco no hacía más que dar grandes bandazos que se partían los cadernotes de la banda. Pedimos socorro y nos salió un barco de guerra brasilero. Nos dijo que el velero no lo podían sacar de allí y que nos tiráramos al agua.

 

No hubo necesidad de dejar el barco al garete y salvaron el escollo. Más adelante, cerca de la isla de La Ballena, volvieron a caer en la quietud absoluta.

 

- Tenía miedo a volverme loco, por eso me asusté cuando me pareció ver a un montón de gente bañándose tranquilamente cerca del barco. Me puse a observar y me di cuenta de que eran focas. Nunca había visto tantas focas juntas. Allí nos entretuvimos pescando bailas, un pescado muy gustoso, parecido a las cabrillas nuestras. Pero fueron tanto las focas que se engodaron que por último ya no sacábamos una entera.

 

Una vez pensamos que Severiano había perdido el tino porque le dio por beber agua salada. Nos miraba y se echaba a reír. Decía que era agua dulce. Todos estábamos desesperados por beber agua porque la única que tomábamos era la que recogíamos de la lluvia en un encerado. Severiano seguía sacando baldes de agua del mar y con la matraquilla de que era dulce. Hasta que no le dio por coger una pastilla de jabón e hizo espuma, no le creíamos. Habíamos entrado por el Río de la Plata y no lo sabíamos.

 

En Buenos Aires recibieron una acogida multitudinaria. Los partes y noticias que días antes se publicaban no eran nada esperanzadores para los tripulantes del Armandito. La prensa empezó a entretejer toda una historia en la que no faltaban secuestros en las costas africanas, apariciones de fantasmas, del Corsario Negro y de Honorata de Wan Guld, en el Mar Caribe, que aumentaban las ventas y la expectación hacia los navegantes, a los que se daba por muertos.

 

- La gente se amontonaba por vernos; nos tiraban dinero y cigarros. Nos dieron fiestas en los clubs de los canarios. El gobierno nos dio un pase para estar seis meses comiendo y bebiendo en los restaurantes que quisiéramos sin pagar una gorda.

 

Juan Acosta nos muestra unos trozos de periódico, amarillentos y consumidos por el tiempo, de gran valor sentimental pues recogen parte de la recepción de que fueron objeto en aquella tierra, entonces pródiga; asimismo, un afiche del general Perón y otro de la venerada Evita.

 

- Al año me vine para acá en un Monte, cuidando ganado, toros y vacas. Las autoridades no permitieron que el velero zarpara porque se estaba pudriendo, quedó allá y, según parece, lo convirtieron en cabaret porque tenía una cámara buena. El capitán vendió las cuatrocientas toneladas de piedra que llevábamos de lastre. Los callaos eran del barranco de Tahodio y lo emplearon allá para molerlo y usarlo en la construcción.

 

Juan Acosta, junto a sus amigos Antonio Luis, Luis Machete, José y Eulogio continúan sumergiéndose en la pequeña historia familiar de una ciudad que ha crecido renegándola. Antonio Luis García, sentado al lado de nuestro protagonista, se ha embarcado en una aventura apasionante: escribir una memoria contando la vida de un mundo desaparecido con pinceladas de humor, sarcasmo y la crítica de un luchador comprometido con todo un proceso de reivindicación social.

 

 

 

Este texto fue publicado previamente, a comienzos de los ochenta del siglo XX, en la revista San Borondón del CCPC.

 

 

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