Revista nº 899
ISSN 1885-6039

Leocricia Pestana Fierro (1853-1926). La legendaria poetisa palmera. (y II)

Miércoles, 02 de Diciembre de 2020
José Guillermo Rodríguez Escudero
Publicado en el número 864

Era una mujer culta y singular, lectora voraz y pensadora, progresista liberada de las convenciones y corsés de una sociedad pequeña e injusta; solidaria con las penurias de sus vecinos y con las penas del prójimo en cualquier lugar del mundo.

 

 

(Viene de aquí)

 

 

Otro de los importantes personajes que estudiaron la obra de Leocricia fue el publicista Sebastián Padrón Acosta, quien, al profundizar en la producción de las poetisas canarias, quiso comenzar con ella. La consideró “un espíritu inquieto, una mujer enamorada de la libertad y de la belleza, amante de la independencia y propulsora de la cultura de su isla; un alma lírica y arrebatada que se entusiasmaba leyendo los discursos de Castelar”. El mismo crítico opinaba que sus magníficos sonetos estaban imbuidos del espíritu de Voltaire, indicando que uno de los que más sobresalían era el titulado "A la Sociedad Amor Sapientae":

 

 

Con férreo diente la corteza dura
De nuestra madre tierra, audaz destroza
El arado que mano vigorosa
Va impulsando por árida llanura.


Al desgarrar cruel su vestidura
Deja en el surco la cimiente hermosa,
Que mañana la lluvia generosa
Transformará en guirnaldas de verdura.


Así también, sin que te arredre el peso,
Amor Sapientae, tu saber prodiga
Surcos, abriendo el pensamiento humano,


Que en el extenso campo del progreso
¿quién no piensa al coger la rubia espiga
En la mano feliz que sembró el grano?

 

 

José Apolo de las Casas (1894-1975) -profesor de Pedagogía en el Colegio de Santa Catalina y titular de una plaza de magisterio en la Escuela Real, también de la capital palmera- sitió una especial curiosidad sobre la poetisa palmera. La observaba desde la Huerta Nueva, con prismáticos, y le parecía una musa, un ensueño, una divinidad pintada de blanco, que leía, leía sobre la ladera del barranco toda la literatura liberal desde la Revolución Francesa en adelante; que el año de 1789 era para ella un altar, un lábaro, un sol sin límites. Este célebre personaje isleño -que colaboraba también en la prensa local y dirigía el periódico falangista Escuadras- pretendía averiguar el alcance literario y el valor poético de la obra de Leocricia. Le parecía muy escasa puesto que solo conocía: dos poemas sencillos, cuatro sonetos y un brindis. Llegó a decir: debe existir algo más o aquí hay algo raro.

 

Otro personaje de la época, Crisóstomo Ibarra, que también escribió sobre ella, de joven contemplaba a la dama desde lejos, aquella figura de mujer, blanca y pálida como un lirio o una magnolia, que se deslizaba bajo las luces crudas del sol por entre los rosales y las enredaderas que trepaban por los muros de su jardín, siempre escoltada por dos rubios felinos que iban rozando su falda, larga como una túnica grieta…  Años más tarde, tendría la suerte de visitar a Leocricia en su mansión. Quería conocer de cerca de esta mujer aislada de todo, sola…; sin embargo, no era así según ella misma, pues se sentía acompañada constantemente de sus flores, sus gatos, sus sueños, sus libros, sus versos…

 

Efectivamente, entre sus libros Leocricia era feliz. Una gran biblioteca -excepcional para la época- repleta de libros era el lugar mágico de su casona y el preferido para recibir a las visitas. Era una sala luminosa y alegre, llena de flores y de sabiduría, de historias, de poesía… Pérez García escribía: la anfitriona, de rostro fuertemente maquillado, observaba a sus visitantes tras unas gafas de gruesos cristales con unos ojos que revelaban su inteligencia; entonces hacía gala de su trato afable y afectuoso. Su cultura era vasta; sus ideas, firmes y claras, que no vacilaba en exponer; consideraba a la mujer española esclava de la Iglesia y llena de prejuicios, y criticaba con toda pasión toda tiranía

 

Después de que en 1898 se trasladara a vivir a la Quinta Verde, se la vería bajar al centro de la ciudad en muy contadas ocasiones. Así, al año siguiente, la culta  psicóloga visitó a su suegra Rosario Álvarez Romero en su casa de la Calle Real con motivo de su enfermedad y posterior fallecimiento. Todos los miembros de su familia se iban muriendo uno a uno: se quedó sola. Así, su retiro se vería cada vez más acentuado a medida que iba envejeciendo.

 

Sin embargo le seguían llegando invitaciones para que participara en veladas y le seguían solicitando su colaboración con algún poema. Solo entonces ofrecía algunos versos para justificar su ausencia. Asistió a algunas, como en la noche del 29 de diciembre de 1909 … en nuestro teatro se celebró una velada literario musical en honor del poeta Emiliano Duke y Villegas. En ella formó parte la ilustre poetisa Leocricia Pestana de Carrillo… (Germinal, enero 1910). También, el 11 de enero de 1905, se celebró otra velada en honor de Leocricia y otras. Leocricia esta vez sí se presentó. En otras ocasiones, como dijimos, no fue así. Entonces solía suplir su presencia física con su célebre obra y su dulce poesía. Así, por ejemplo, envió un soneto para que fuese leído en la Biblioteca Cervantes el 19 de marzo de 1912 con motivo de la celebración de una velada literario musical en conmemoración de las Cortes de Cádiz. Leocricia no acudió y lo leyó Antonio Rodríguez Méndez. Otro soneto fue enviado a la Sociedad Sangre Nueva, para excusar su ausencia a un acto en el que fue invitada en 1914. Fue leído por el afamado y polémico periodista Antonio Acosta Guión (1886-1972). Otro poema titulado "Deprecación" fue leído en el Real Nuevo Club Náutico el 19 de febrero de 1909. El acto, al que fue invitada pero no acudió, tuvo lugar para recaudar fondos para los damnificados de los terribles terremotos que arrasaron Calabria y Sicilia. La población se movilizó y la Sociedad Amor Sapientiae inició una suscripción a beneficio de las víctimas. El alcalde Manuel Van de Walle y Pinto organizó un baile de máscaras en el Circo de Marte. El periódico local Germinal publicaba aquel soneto:

 

 

¡Oh, Dios del Sinaí, fuerte y celoso,
Que envuelto en la nube que la luz colora,
Ostentas en la diestra vengadora
De tu cólera el rayo poderoso;


Que al soplo de tu aliento rencoroso
Infecundas la tierra productora
y castigas con saña destructora
Lo mismo que al malvado, al virtuoso.


Calma ya de tu ira los rencores,
Vierta el iris de paz apetecido
Sobre las ruinas del inmenso osario


Sonrisa de celestes resplandores,
Y hoy que te llama un pueblo dolorido,
Responde por piedad, Dios del Calvario!

 

 

La mencionada sociedad le hizo entrega a Leocricia del diploma de honor de socia de mérito en una velada literario-musical celebrada el 7 de enero de 1904.

 

Fueron varias las cartas, tarjetas postales, artículos, etc. publicados por la prensa local en la que ensalzaban su obra, en vida.

- Así, en el Germinal (1 de abril de 1904): … y en nuestra patria es la mujer fuerte sostén de un estado de conciencia que debe avergonzarnos y, por lo mismo debe la mujer poner especial empeño en armarse de aquella de piqueta y aquella palanca. Vd., que manejando entrambas, ha cristalizado en inspiradísimas poesías la aspiración de sepultar muy hondo y para siempre en el panteón de la historia, aquellos anacronismos que nos empequeñecen y atraen sobre nosotros el menosprecio de los grandes pueblos de Europa, merece el bien de la sociedad. Reciba por ello el testimonio de la admiración de su afmo. Hermenegildo Rodríguez.

- En el Islas Canarias (28 de octubre de 1909): … entre la pléyade de artistas [en Canarias], destácase como astro de primera magnitud la poetisa Leocricia Pestana, quien a sus encantos femeninos une la virtud de la modestia (rara avis in hoc tempore), gusto delicado y amplio conocimiento de la historia de amor…

 

Su inspiración también le venía de su jardín y de sus flores, de sus adoradas glicinias… Está sola porque es inconformista: vivió acompañada mientras duró su amor, el deseo, el respeto, la complicidad, la inspiración… Sin embargo, debido a que el ayuntamiento cubrió el canal de agua que pasaba por uno de los senderos que surcaban la finca, y ya no pudo escuchar el murmullo del agua de aquella maravillosa cinta de plata -como así llamaba el canal de agua en las noches de luna llena-, dejó de caminar por aquella zona. Su espacio vital se iba acortando. Suárez Bustillo escribe: Siendo una persona afable y agradable en el trato, vivió sin compañía próxima que la entendiese y se observó condenada a estar sola como refleja en "Mi Sueño", y es que soñaba mi mente de mi valle en soledad. El fallecido y recordado Jaime Pérez García recogía las palabras de la poetisa, ya en la vejez de la solitaria dama del barranco, aquella mujer menuda, muy incómoda para los grupos de poder insular, aquella que al no ser significativa en política activa, se optó por silenciarla: No crea que me contraría que mis amigos me vengan a ver. Para mí es una alegría y una satisfacción poder charlar con personas inteligentes. Mi apartamiento se traduce en misantropía y la calificación es injusta. Estoy casi sola porque no tengo quien me acompañe. Aquí leo lo que me va llegando; dialogo con mis flores y con mis gatos, y así, sin grandes inquietudes, veo pasar la vida. No frecuento la sociedad porque no sé hablar de modas ni de otras cosas que no me interesan ni entiendo. Soy, como usted verá, muy mujer pero detesto la frivolidad y chismografía. Sé que en torno mío se ha tejido una leyenda y que se me considera muy diferente de lo que soy.

 

Todos aquellas personas que ascendían la cuesta para oír a la ya viejecita Leocricia, sobre todo niños y niñas, cuentan que la señora ya no se encontraba bien desde mediados de 1925. La vital anciana ya se cansaba al leer sus composiciones poéticas y se le veía fatigada cuando trataba de charlar animadamente sobre sus profundas ideas liberales. Era una mujer culta y singular, lectora voraz y pensadora, progresista liberada de las convenciones y corsés de una sociedad pequeña e injusta; solidaria con las penurias de sus vecinos y con las penas del prójimo en cualquier lugar del mundo… Ortega Abraham continuaba: alabada en su valentía por sus correligionarios republicanos y, en su caridad, por sus hermanos masones, cuyos derechos y actuaciones defendió a cara descubierta y, además, una poetisa formada en el romanticismo que, frente a la pulsión de los cantones, propugnó una patria amplia para las gentes libres y de buena voluntad… Leocricia intentaba repartir entre sus embelesados invitados su rica espiritualidad trascendente… Sin embargo, ya empezaba a respirar con dificultad.

 

En la mañana del 4 de abril de 1926, el sobrino político de Leocricia, José Francisco Carrillo Lavers (1886-1961), fue mandado a llamar por la esposa del cuidador de los terrenos de la Quinta Verde. La señora estaba muy preocupada porque, como era su costumbre, había llamado a la puerta de la mansión entre las ocho y las nueve de la mañana, y nadie contestaba. Doña Leocricia no daba señales de vida. Todo estaba cerrado y en silencio. El familiar dio parte a la autoridad judicial y se autorizó el ingreso en el domicilio. Allí se encontró muerta a Leocricia, ruiseñor de la selva palmense, timbre y prez de la isla que le vio nacer (Padrón Acosta). Había fallecido de paro cardíaco mientras dormía. Junto al cadáver, su querido gato, su inseparable amigo. En un papel escrito a lápiz, sobre el velador, apareció la última voluntad de la poetisa. En la firma aparecía: Leocricia Pestana de Carrillo. En el pedazo de papel, como si de una premonición se tratara, se podía leer: Por si me muero esta noche, es mi voluntad que se me cubra con el vestido canelo de seda que está en mi escaparate y la mantilla blanca que también está en él. La librería será para la biblioteca Cervantes, es voluntad de mi marido y mía; lo que tiene mío Don Silvestre Carrillo, se empleará en el cementerio civil y mis muebles se venderán y se dará su valor a la masonería.

 

De poco sirvió haber dejado su testamento. Poco se cumplió de acuerdo a él. Ni siquiera un solo libro llegó a la Biblioteca Cervantes, ni el dinero llegó al cementerio civil. El féretro bajó desde la casona de la Quinta Verde por un atajo serpenteante, y no por la majestuosa escalinata de piedra, como ella siempre había deseado. Ortega Abraham escribía en la prensa local: … sin embargo, su deseo de abandonar la Quinta Verde por la pina escalinata de piedra y la puerta almenada no se cumplió; acaso porque el juez que levantó el cadáver lo vio como un venal capricho; acaso porque, en aquel abril lluvioso, el descenso del ataúd comportaba riesgos para los cargadores y engorro para los deudos. Tras habérsele practicado la autopsia al cuerpo, este fue depositado en el salón de actos de la sociedad Juventud Republicana, situada en la calle Pedro Poggio. Actualmente el solar donde se hallaba ubicada la fábrica señala el número 7.  Siguiendo los deseos de la difunta, se la enterró en el cementerio civil dos días después del óbito. Quería descansar con los restos de su marido, al que jamás olvidó. Siempre le mandaba flores con unos versos, muchos escritos en sus pétalos.

 

 

Fue inhumada en 1926. Es curioso cómo, en 1930, los encargados del cementerio confirman que no recuerdan dónde está enterrada. En el cementerio civil sus datos nunca fueron registrados. Desapareció cualquier pista, cualquier vestigio. Y así hasta nuestros días. La leyenda rodeó en la vida y en la muerte a esta ilustre dama, de la que se decía, fue mucho hombre esta mujer (Gómez Wangüemert). Así, una de las mujeres más preclaras que ha dado La Palma, solidaria, caritativa, sonetista excepcional y célebre intelectual, abandonó -por fin- su amada Quinta Verde, su amada Isla de La Palma, para desaparecer para siempre, dejándonos solo una estela de leyendas, un pequeño catálogo de poemas, tal vez muchos aún por descubrir. Pérez García concluía su crónica sobre la legendaria poetisa: Desplegó Leocricia sus potentes alas y alcanzó las más altas regiones de la fama, del público reconocimiento de la intelectualidad canaria como sonetista excepcional, de su liderazgo como prototipo de mujer palmera, liberal y librepensadora.

 

Gómez Wangüemert (1862-1942) había escrito -recogido por De Paz Sánchez-: … Para ella fue, algo así como una prisión la tierra de su nacimiento, a la que sin embargo amaba, anhelando su redención. La Palma fue jaula en la que apenas trinó públicamente, dolida de la indiferencia y de la estulticia de cuantos no supieron o no quisieron comprenderla y quererla. En la intimidad de su retiro que era templo para nosotros, fueron pocos los devotos, pocos los que conocieron su fortaleza, su hombría, su indignación frente a determinados problemas religiosos, sociales y políticos. Y fueron pocos, también, los que de vez en vez, escucharon reverentes de entusiasmo, sus sonoros y limpios versos, palpitantes de rebeldía… El Ayuntamiento de la capital palmera perpetuó el nombre del más grande de los poetas femeninos de Canarias al inaugurar una calle en el Barrio de Benahoare el 31 de mayo de 1984. Curiosamente, es así como se llamaba entre los masones a su hermano Segundo Gabriel. Hermano y hermana, por fin, juntos para siempre. Para Domingo Acosta Guión (1884-1959), poeta librepensador de gran fecundidad, ella fue:

 

 

… Solitaria de un mundo espiritual,
Se remontó al azul del ideal
Como algo que se esfuma o que se pierde…
¡Y se durmió en un sueño de justicia!
¡El último embeleso de Leocricia
En el misterio de su “Quinta Verde!

 

 

Isla de La Palma publicaba en 1909 un extenso artículo sobre la señora, que terminaba así, como nuestro trabajo:

Leocricia Pestana: yo te saludo. Al entrar con vacilante paso en los intrincados caminos de la vida, llama poderosamente la atención tu sobresaliente figura, que ni tu excesiva modestia ni el destierro al que voluntariamente te has condenado, han podido oscurecer en lo más mínimo. Yo quisiera poseer la pluma de Víctor Hugo, de Lamartine o de Galdós, la inspiración de Zorrilla, de Lope de Vega o Espronceda para escribir tu biografía y decir a las generaciones venideras: He aquí a Leocricia Pestana; enaltecedla, no borréis jamás su nombre de los anales de la Historia, enseñad a los que os sucedan a rendir culto ferviente a su memoria. Palmira, febrero 27”

Son varias las personas que, tras su muerte, decían haber visto en la mansión y sus jardines algunas luces y extrañas siluetas, incluso a una figura de mujer vestida de blanco con un candil encendido por entre las palmeras en noches de luna llena… la leyenda se iba alimentando de generación en generación… al igual que llegó el “lugar de búsqueda de tesoros secretos a cargos de desesperados y listos de turno que cavaron las paredes, las fuentes y pozos secos, los jardines y paseos enmarañados que rodearon la imponente mansión”.

 

Por todo lo dicho, y sobre todo, por todo lo que no se ha dicho, Santa Cruz de La Palma debería de albergar una congregación anual cada 4 de abril de todas las poetisas (y ¿por qué no también poetas?, ¿y por qué solo canarios?) como perpetuo y merecido homenaje a la gran Leocricia Pestana Fierro, la Dama vestida de blanco, una extraordinaria figura injustamente olvidada de nuestra Historia.

 

 

 

Bibliografía

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- Ídem. Una historia ilustrada de Santa Cruz de La Palma, Taller de Historia, Bilbao, 2003.
- Ídem. Plecto masónico. Una antología poética. Ediciones Idea, Santa Cruz de Tenerife, 2006.

FERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto-José. «La Quinta Verde», Diario de Avisos, (21 de marzo de 1982).

Fénix Palmense, Santa Cruz de La Palma (11 de enero de 1905).

Germinal, Santa Cruz de La Palma (1 de abril de 1904), (20 de febrero de 1909), (25 de enero 1910).

Isla de La Palma, Santa Cruz de La Palma (7 de marzo de 1909).

Islas Canarias (28 de octubre de 1909).

La Solución, Santa Cruz de La Palma (22 de febrero de 1904).

LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista. Noticias para la Historia de La Palma, tomo IV, Excmo. Cabildo Insular de La Palma, 2011.

ORTEGA ABRAHAM, Luis. «Leocricia Pestana», Diario de Avisos (7 de abril de 2010).

PADRÓN ACOSTA, Sebastián. Poetas canarios de los siglos XIX y XX, Aula de Cultura de Tenerife, Excmo. Cabildo Insular de Tenerife, 1966.

PÉREZ GARCÍA, Jaime. Fastos Biográficos de La Palma (3 tomos), Servicios de Publicaciones de Caja Canarias, La Laguna-Santa Cruz de La Palma, 1985-1998.
- Ídem. "Una mujer de leyenda. Leocricia Pestana Fierro", Crónicas Canarias, tomo I, 2005.

SUÁREZ BUSTILLO, Jesús. Leocricia Pestana. Aproximación histórica, social y psicológica. Poemas (1853-1926), Madrid, 2010.

 

 

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