Revista nº 909
ISSN 1885-6039

El Parque Municipal recupera su esencia.

Martes, 03 de Agosto de 2021
Pedro Socorro Santana (Cronista Oficial de Santa Brígida)
Publicado en el número 899

El Parque Municipal forma parte del patrimonio cultural del pueblo, de su paisaje rutinario y buena parte de esa universidad al aire libre que era la calle. Un lugar donde se han escrito muchas historias desconocidas que no recogen las crónicas ni los libros.

 

 

Ahora que han concluido las obras de rehabilitación del Parque Municipal de Santa Brígida (Gran Canaria), nos parece sugestivo recordar los orígenes de uno de los lugares más emblemáticos del pueblo. El parque es un espacio hecho para el encuentro. No hace falta haber nacido en la Villa, ni vivir aquí, para darse cuenta. Y aunque sea un hecho irrelevante para otros, en este rincón del pueblo, sentado en sus poyitos, veías pasar la vida mientras esperabas siempre a ser vistos, cual pasarela urbana. Allí, debajo del frondoso algarrobero, se conversaba sobre la última película vista en el cine del pueblo o el partido de fútbol del equipo local. Bajo su arbórea silueta también se apostaban los guardias municipales antes de iniciar la ronda nocturna, en aquellos tiempos sin emisoras ni teléfonos, por si fuera necesario que los vecinos reclamaran sus servicios. Los satauteños hemos tenido una gran receptividad con este árbol sabio que se alza muy por encima de nuestras presencias. A su sombra se sentaban nuestros mayores y no digamos las parejas que buscaban allí o en la Glorieta el deseado cobijo, sabedores de que el amor necesita intimidad para beber en unos labios.

 

Al Parque también iba la camarilla de vecinos y políticos a disfrutar de unas tapas en el bar de Pipo, mientras otros trataban de colarse a las verbenas cuando este espacio se convirtió a partir de 1974 en el lugar de la movida. No importaba en qué parte de la isla residiera uno ni cómo llegar hasta Santa Brígida, pero cuando se anunciaba la celebración de la Verbena del Lechón, esa noche la cabra siempre tiraba pal monte. Y así fue como aquellos bailes pasaron a ser pasión generacional de la juventud satauteña, la Villa se convirtió en el centro de diversión de la Isla y el parque, tan cercano, casi a las puertas de nuestras casas, se transformó en un verdadero salón de bailes de pasos perdidos, bocadillos de chuletas y amores improvisados que surgían en la noche oscura.

 

Este rincón del pueblo pertenecía a nuestro mundo particular, hecho a partes iguales de sueños y trozos de vida cotidiana que, en verano, se embellecía con flores multicolores, plantas y pájaros cuando llegaba Florabrígida. Los fines de semana este espacio recobraba la vida con el calor y la sensación de tener toda la vida por delante, privilegio de la infancia y la juventud. Algunos, los más osados, colgaban las piernas por fuera de los muretes de piedra para fastidio del guardia que, apostado junto a la farola, dirigía el tráfico. A la memoria acude el Poga que, siempre asechador, venía enervado a pedirnos los papeles, maldiciendo de aquellos mocosos perturbadores.

 

El Parque Municipal forma parte del patrimonio cultural del pueblo, de su paisaje rutinario y buena parte de esa universidad al aire libre que era la calle. Un lugar donde se han escrito muchas historias desconocidas que no recogen las crónicas ni los libros. Pero dejémonos de tanta nostalgia y miremos hacia atrás para contar algo de su historia.

 

Los guardias Felipe Santana y David Quintero en una de las primeras ediciones de Florabrígida en la década de 1970 (fondo del autor)

 

Su construcción. El proyecto de construcción del Parque Municipal, con un parador de Turismo en la parte alta, se decidió en 1944, siendo alcalde don Francisco de Asís Fiol Pérez, abogado y profesor de la Escuela de Comercio de Las Palmas. Santa Brígida contaba entonces con una población superior a los 8000 habitantes. Fiol llamó a su tío político, un conocido vecino de la Cuesta del Reventón, don Laureano de Armas Gourié, ingeniero industrial que estaba en la cima de su talento y de su éxito y que hoy día ocupa un lugar privilegiado en la historia insular, tanto por la labor que desempeñó como presidente del Cabildo de Gran Canaria (1927-1929), como por su trabajo arquitectónico en la Isla. Su hermano Severino también formaba parte de la corporación municipal. En su casa de El Monte, don Laureano trazaría los planos de la planta principal y secciones del Parque, el 3 de septiembre de 1944, y lo hacía sobre una parcela en pendiente que resolvió en escalonadas plantas, con escalinatas laterales, en un claro sentido de la proporción, equilibrio y orden. El Parque y el Matadero Municipal serían sus últimas obras públicas. Al poco tiempo aquel ingeniero enfermó y, pensando en una posible mejor atención médica, fue trasladado en 1947 a Madrid y, finalmente, a un hospital inglés en Zurich (Suiza), donde fallecería el 30 de julio de ese año. Tenía 57 años de edad. Entretanto, las obras de ambas edificaciones fueron ejecutadas por el contratista Rafael Farray, quien hizo uso de los materiales del momento: la mampostería y la cal, la piedra de cantería de Arucas para los muretes, fuentes y escalinatas; la madera noble que embellece el balcón canario y las tejas para realizar los tejadillos del balcón, la Glorieta y del resto de edificaciones, tan propios del estilo de don Laureano. Lamentablemente, en el archivo municipal no se conserva el proyecto de obra.

 

Laureano de Armas Gourié, presidente del cabildo en 1927-1929 y autor del proyecto

del Parque Municipal de Santa Brígida, en una pintura de Cirilo Suárez Moreno, ca, 1950.

Óleo sobre tela 100 x 86 cms.  

 

Arriba, dibujo de la fachada del Parque Municipal de Santa Brígida. Debajo, corte longitudinal con la Glorieta

y el Parador de Turismo, trazados el 3 de septiembre de 1944 por Laureano de Armas en su casa de El Monte

(fondo: Agustín Rodríguez Juárez)

 

Formado en la universidad de Zurich, don Laureano puso a prueba todo su arte, pues al margen de su condición de ingeniero, cultivó con singular acierto la arquitectura. A él pertenecen edificios tan sobresalientes como el convento de las Dominicas de Teror, la bella mansión de don Francisco Manrique de Lara, en San José de las Vegas, o el palacete de su cuñado don José Sarmiento, en la Vuelta del Pino, uno de los dones del pueblo, casado con su hermana Dolores. Su bagaje arquitectónico fue dado a conocer el 1 de marzo de 2007 por Agustín Juárez Rodríguez, arquitecto y catedrático de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, recientemente fallecido, en un magnífico libro editado por el Cabildo.

 

Otros célebres arquitectos han dejado también su huella en otros edificios e inmuebles de gran singularidad arquitectónica e importancia histórica en esta Villa, como Fernando Navarro, Miguel Fernández de la Torre, Rafael Massanet o Antonio Cardona Aragón, autores de los diseños de emblemáticas casas de campo o edificios históricos como la Heredad, la ermita de San José, el cine de Santa Brígida o la fachada neocanaria para el incendiado Hotel Santa Brígida que, finalmente, no se llevó a efecto, pero que forma parte del Patrimonio Documental del pueblo y que espero que un día alguien, con un poco de sensibilidad, logre recuperarlo de los archivos municipales (siempre desamparado y en lamentable estado de conservación), y lo enmarque en un lugar visible, a la vista de todos.

 

Los vecinos de más edad conversando en los años setenta a la sombra del algarrobero del Parque Municipal (fondo del autor)

 

El antiguo parador. El Parque se componía de varios espacios que lo caracterizan como la Glorieta, el escenario, el cuarto de ensayo de la Banda, la fuente, hecha en cantería, en la parte central, y el antiguo Parador de Turismo, en la planta superior, hoy Casa de la Juventud. El arbolado del Parque, su belleza, se completaba con una veintena de naranjos amargos, de fácil aclimatación y crecimiento, que más tarde fueron sustituidos por laureles de indias. Aquellos naranjos gozaban de gran afecto popular entre los árboles urbanos de las ciudades por su perfecta adaptación a las plazas, su follaje espeso, sus vivos colores y esas flores extraordinariamente olorosas. Hoy apenas queda un último superviviente en el pequeño jardín del Matadero, al que, de vez en cuando, alguien cogía sus frutos para usarlos como ingredientes en mermeladas y confituras. Recordemos ahora la historia del parador. El viernes 11 de junio de 1948, hace ahora 73 años, la Villa de Santa Brígida lo inauguraba, en la misma ruta del Centro de Gran Canaria, plena de dinamismo y de horizontes ilusionantes. En un triste periodo de posguerra, la Villa se ponía la marcha hacia un porvenir turístico, convencida de sus excelentes cualidades paisajísticas y orgullosa de haber puesto de moda el turismo rural con la inauguración de los modernos y confortables hoteles Quiney’s y Santa Brígida, que se alzaron en el Monte Lentiscal a fines del siglo XIX.

 

El parador satauteño, de estilo neocanario, disponía de un bar, acogedor y elegante, cuya concesión se dio a Pedro Rodríguez Díaz. En una de sus paredes, el artista Sergio Calvo González (1920-2010), aventajado alumno de Néstor Martín de la Torre, pintaría una pareja ataviada con los trajes de Néstor que aún se conserva. La inauguración contó con la presencia de las primeras autoridades, Matías Vega Guerra, presidente del Cabildo, y el nuevo alcalde satauteño Enrique Arroyo Cardoso, médico de profesión. La nota musical la puso la joven rondalla La Lira, de La Angostura, dirigida por maestro Pepe el Labrante, en aquel bello escenario para los turistas, los tenderetes y los bailes. Era un tiempo en que Santa Brígida disfrutaba de las giras de los socios del Mercantil y de los ancianos que hacían allí un descanso en la ruta del Centro.

 

Pintura de Calvo en una de las paredes del Parador de Turismo (fondo del autor)

 

Y hasta aquí hemos escrito sobre el antiguo parador y su parque, parte de ese legado de la cultura estética de la Villa. Llega la hora de disfrutar de ese espacio de encuentro después de tanto tiempo recluidos en casa, atemorizados y angustiados, al menos para contarnos que el mundo vuelve a estar en orden. Para muchos de nosotros allí se cobija la memoria más palpitante y más intensa de nuestra infancia.

 

 

UNA ACERTADA REHABILITACIÓN

Llegaron a su fin las obras en el Parque Municipal. Tradición y modernidad se integran en un proyecto que ha contado con un importe de 276 726,29 euros sufragados por el Cabildo de Gran Canaria a través del Plan de Cooperación con los Ayuntamientos (PCA) de 2018. La recuperación de este espacio fue aprobado por el Pleno Corporativo del Ayuntamiento de Santa Brígida, presidido por el alcalde José A. Armengol Martín, en una sesión ordinaria celebrada el 1 de marzo de 2018. Las obras se iniciaron hace apenas un año, concretamente el 11 de junio de 2020, en plena pandemia. Se pretendía recuperar la antigua fisionomía de un espacio público que marcó el paso de generaciones en nuestro pueblo. Y todo después de los desafueros cometidos por el propio ayuntamiento a lo largo de las últimas décadas, como fue colocar barandas de mampostería sobre los poyitos de cantería, lo que impedía sentarse.

     La empresa contratista ha intervenido en los espacios libres y construcciones ya existentes en dicho parque como la reubicación de los aseos públicos, los pavimentos, la barandilla perimetral, ampliación de la bancada del escenario, instalación nueva y completa del alumbrado público, el saneado y puesta en servicio de la fuente actual, así como la reposición parcial del pavimento de la Glorieta. Los trabajos han sido rematados con una actuación cromática al conjunto, con un color salmón, similar al que siempre tuvo, que le da cierto tono de elegancia. Las obras han devuelto la singularidad al Parque, aquel signo de distinción que tanto gustó a las generaciones precedentes. Era una de las propuestas del Plan Estratégico Municipal de Santa Brígida, dentro del apartado de Intervención Integral en el Patrimonio, y el proyecto fue dado a conocer a la Comisión de Patrimonio Histórico de Ayuntamiento, planteándose también la conveniencia de incluirlo en el Catálogo Arquitectónico de la Villa. La rehabilitación del Parque Municipal conlleva finalmente la creación de un Centro de Interpretación y Promoción Turística de Santa Brígida, lo que otorgará una vida social y turística a la altura de la historia de un espacio que desde siempre ha sido como el salón de la casa del pueblo.

 

 

 

Foto de portada: el antiguo Parque Municipal de Santa Brígida, ornamentados de naranjeros y, a la derecha, el Parador de Turismo en una imagen de la década de 1950. Al fondo, el viejo grupo escolar que sería destruido para construir el actual colegio Juan del Río Ayala en el mismo solar (fondo del autor)

 

 

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