Revista nº 911
ISSN 1885-6039

Cómo describía en verso un escritor andaluz el volcán de Tiuya de La Palma, de 1585.

Lunes, 27 de Septiembre de 2021
Antonio Henríquez Jiménez
Publicado en el número 907

Presento un discurso, o descripción en verso, de un viajero que va a las Indias, del espectáculo que presenció en La Palma en 1585, al estallar en abril el volcán de Tiuya (hoy Tijuya o Tajuya). El autor es Bernardo de la Vega, que publica en 1591 una novela pastoril estrafalaria, fuera ya del tiempo de este género.

 

 

El título de la novela es El pastor de Iberia compuesto por Bernardo de la Vega gentil hombre andaluz. Los personajes tienen, según la convención, nombres de pastores. El pastor de Iberia, Bernardo de la Vega, toma para sí el de Filardo. Su pastora se llama Marfisa. Otro de los pastores se llama Ergasto, que esconde el nombre del poeta canario Bartolomé Cairasco de Figueroa. La pareja principal se ve obligada a huir de la Península, acusados de homicidio, rumbo a América, pero se queda en las Canarias: llega a Tenerife, pasa a La Palma; Filardo con su amigo Marquino se da un paseo hasta la Gran Canaria, donde por fin se encuentra con quien salvará a la pareja de las acusaciones que sobre ella pesan, que no es otro que el mentado Ergasto.

 

Todo esto lo podrán leer en el artículo que publiqué en la revista de La Palma titulada Cartas diferentes (número 15, 2019, págs. 53-84), que se puede ver en internet, con el título “El volcán de La Palma de 1585 en El Pastor de Iberia, de Bernardo de la Vega (1591)” (al final de este texto hay un enlace para poder leerlo). Los abundantes versos de Ergasto-Cairasco en dicha obra los exhumé en el libro Novelerías sobre Cairasco de Figueroa (2019).

 

Al finalizar el Libro cuarto de la novela, Filardo está listo para embarcarse a la isla de La Palma, libre ya de las acusaciones que pendían sobre él, pues ha conseguido el favor del pastor Ergasto. Filardo se encuentra con sus amigos en el jardín del pastor Petreyo, cercano al del pastor Ergasto, en Las Palmas. Petreyo, que posiblemente esconde el nombre del primo hermano de Cairasco, el benedictino Pedro Basilio de Peñalosa, pide a Filardo que recuerde el «discurso» que hizo del volcán de La Palma, «cuando por ella pasó yendo a las Indias». Responde que lo traía en el zurrón para leérselo a Ergasto. Al final de la lectura del «discurso», todos lo celebraron, dando Ergasto su opinión favorable. Como tardó tanto la lectura, «la barca» salió sin los dos pastores del mismo puerto adonde habían llegado, «el celebrado del Confital». Unas páginas más adelante, se despiden Filardo y «el palmífero» Marquino de sus amigos de Las Palmas, y embarcan en otro navío hacia la isla de La Palma.

 

65 octavas reales (520 versos) emplea Filardo en su descripción del volcán. En él acude a toda clase de invenciones para hacer creíble lo que transmite, y se apoya en la autoridad de autores anteriores que hablan de hechos tan extraordinarios como los que ha contemplado. Alguna errata encontrarán en mi transcripción, como el pichacho de la octava 27, o el apatece de la 56, que deben leerse picacho y apetece.

 

Protesta el autor de que lo que va a contar es verdad, que no son cuentos como los que aparecen en el Amadís de Gaula y en otras obras. Cuatro mil testigos lo avalan. Da fechas de los acontecimientos y comenta que duraron cuatro meses. Nos habla de los temblores inauditos y espantosos de la tierra y de la reacción de los habitantes. Acude a lo que sucede en tiempos de guerra para acercarnos a los comportamientos de los asustados vecinos. Va nombrando el son horrendo, el estruendo, el mortal ruido, el estallido, los ásperos temblores, la estampida, un terrible trueno inmenso. Y tras él muchos con mortal ruido, que sonaban cual mil bombardas y cien mil tambores.

 

Los truenos se oyeron en Canaria; el estrépito arroja mucha piedra; una piedra que cae lucha con la que sube. El tronar crece. La naturaleza se transforma ante los ojos del narrador: una loma crece y se levanta cincuenta brazas y lanza piedras terribles, y luego la montaña crece otras cien brazas, haciendo sombra al sol. En la cima de esa loma alcanza a ver un pino que parece una mata de débil clavellina. La misma montaña crece luego quinientas brazas. Después queda dividida en seis pedazos distintos, donde se ve un laberinto, un alcázar, un terrible gigante sentado, rodeado de más de mil cien camellos, muchas estatuas, dos ciudades grandísimas, torres grandes y menores, con ventanas. La erupción del volcán le parece que presenta edificios grandiosos, un grave Coliseo, un castillo torreado, dos mil gradas.

 

Estas visiones alivian la tristeza y llanto de las gentes del entorno, que hacen votos solemnes. Pero en un instante la crecida tierra y los edificios de la roca se hunden, y en su lugar aparece una boca grande y espantable. Luego llueven cenizas y arenas, que cubren la tierra. Tanto se extienden las cenizas que se cogieron en la isla de El Hierro. Las piedras que arroja el volcán son como casas. El Estrómboli no le llega en terrible, ni el Mongibel, ni el Masaya, ni el Vesubio. Aparece el azufre, que es visto como oro. Las autoridades prohíben que las gentes cojan dichas piedras de azufre. Siete ríos caudalosos de fuego salen del volcán y se dirigen al mar, ocupando tres leguas. Al llegar al mar, este se calienta y arde, y mueren los peces. Humea un cañón que parece chimenea con extremo grandísimo.

 

Recojo también en el artículo varias noticias de otros autores contemporáneos al suceso narrado, como Torriani.

 

 

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Foto de portada: Calcinado, de César Manrique (1974) (https://fcmanrique.org/?lang=es)

 

 

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