Revista nº 977
ISSN 1885-6039

Mariquita García, la partera bondadosa de Tamaraceite.

Martes, 17 de Enero de 2023
Esteban Santana
Publicado en el número 975

Cuentan, las que vivieron esta experiencia de ser atendidas por ella, que era tan buena que incluso quisieron llevársela a la clínica a hacer de matrona, y ella amablemente dijo que ya no estaba para eso, que solo lo hacía por ayudar.

 

 

La figura de la partera se remonta a los primeros tiempos de la civilización, habiendo referencias en diversas citas bíblicas y en grandes civilizaciones como la griega o la egipcia. Eran mujeres que aprendían por tradición y que, sin medios, ayudaban a las mujeres del pueblo a dar a luz. No fue hasta el siglo XIX cuando surgiría la especialidad de Obstetricia y Ginecología, pero a pesar de ello, las parteras de los pueblos continuaban siendo mujeres respetadas y queridas por las mujeres en espera de dar a luz. En el siglo XX llegaría la profesionalización de las parteras, pero hubo un periodo de tiempo, hasta que la sanidad no llegó a ser gratuita, donde las mujeres continuaban sin acudir al médico, salvo enfermedad grave.

 

Hoy les quiero hablar de la última partera de Tamaraceite (Gran Canaria), que se llamaba María García Benítez, procedente del pueblo de San Lorenzo, aunque al casarse con José Cabrera, natural de Tamaraceite, se fue a vivir ya casada a Tamaraceite, a una cuevita humilde de la Calle Magdalena, donde desempeñó su labor como costurera y también como partera, Dios la tenga en el cielo por sus grandes obras...

 

La gente de Tamaraceite la conocía por Mariquita García la partera, y fue la "madre" de muchos de los niños que ahora tienen 40, 50 o 60 años. Su instrumental era una caja metálica amarilla, de galletas inglesas, donde guardaba sus artilugios para las "operaciones" que realizaba siempre en la casa de las parturientas. Ella, con solo tocar a la futura madre, sabía si "estaba para ella", y si no les decía: "Mi niña, tienes que ir para abajo". Las mujeres le suplicaban que hiciera lo que pudiese, ya que no querían ir para abajo, o sea, a la clínica, ya que eso suponía que había muchas posibilidades de que no volviera, por el alto índice de mortalidad que había en lo que llamaban, por aquel entonces, la "Clínica Nueva", antes de construirse la Clínica del Pino, en la calle León y Castillo.

 

María García con tres de sus nietos en la azotea

 

Mariquita García era una mujer muy bondadosa y muy sufrida. Su marido era un agricultor que bien joven se cayó de una mula y quedó medio estartalado, llegando incluso a estar con la conciencia perdida durante algunas semanas. Cuando despertó tuvo que volver a recuperar el habla y algunas palabras nunca las llegó a pronunciar bien, como por qué (decía per qué). De ahí viene el mote -que también heredó Mariquita- de perquena.

 

Mariquita no cobraba porque las personas a las que atendía eran tan pobres como ella, y apenas tenían para comer por aquellos años de guerra y posguerra. Ella lo hacía por amor a Dios y a las personas. Y como Dios da el ciento por uno, nunca le faltaba un plato de comida en su casa ya que la familia le pagaba con unas papitas, huevos o plátanos, o lo que tuviesen.

 

Pero no solo atendía a las mujeres de nuestro pueblo de Tamaraceite, sino que venían a buscarla de otros cercanos y de Las Palmas. Sus hijas estaban acostumbradas a que a cualquier hora de la noche podía tocar alguien. Algunos venían en taxi, de los pocos que había por aquellos años, para que acudiera a asistir a su señora. Incluso en el ocaso de su vida, cuando la demencia fue tocando su cabeza, acudía a asistir a partos. Me contaba su hija que una vez tocaron en casa para preguntar por Mariquita García y salió en silencio sin que ella se despertara para decirle que ya no podía asistir. Pero Mariquita, si se despertaba, quería acudir, y en más de una ocasión así lo hizo.

 

Cuentan, las que vivieron esta experiencia de ser atendidas por ella, que era tan buena que incluso quisieron llevársela a la clínica a hacer de matrona, y ella amablemente dijo que ya no estaba para eso y que solo lo hacía por ayudar. Pero su labor no solo consistía en asistir en el parto, sino que luego iba a realizar las curas a la parturienta, a lavar a los niños a las 24 horas y a las niñas a relizarles los agujeros de las orejas. Eva Molina, una de estas madres de hace casi sesenta años, me contaba su experiencia con sus dos hijas mayores que nacieron con Mariquita García y así se la cuento yo:

Cuando iba a nacer mi hija la mayor, Mariquita no quería que me quedase en casa ya que me decía que yo era muy joven y me pondría nerviosa. Como dice la canción de Julio Iglesias, no había cumplido aún los 16, pero yo le prometí que “lo haría bien" todo antes de ir a la clínica, que decían que muchas mujeres se morían al ir a dar a luz. Todo fue sobre ruedas, era una mujer que a la parturienta la trataba con mucho cariño. Aunque los críos se llevaban un par de tortas al nacer... Yo creo que eso aún se sigue haciendo hoy en día.

     Luego en unos años nació Mency, yo seguí con la misma tónica ¡quedarme en casa a la hora del parto! Era una tarde de sábado, no me había llegado el tiempo estimado por el médico, pero yo me sentí ligeramente mal y vino ella y dijo: “Sí, mi niña, tú estás de parto”. Así fue como nació Mency. Ella vio que no estaba bien, había nacido con la tripa enredada en el cuello y enseguida dijo que la llevasen al médico "¡ya!". De ahí su problema de tiroides para siempre.

     Unos cuantos años más tarde, cuando iba a nacer mi hijo, unido a que ya ella era mayor y a que yo quería probar lo de “parir sin dolor”, pues nació en una clínica privada donde me pusieron en aquel tiempo el famoso “goteo” y desperté con mi hijo a mi lado. ¡No es lo mismo!

 

Con sus dos hijas a la entrada de su casa en la calle Magdalena

 

Con su hijo Tomás, su nuera y su nieto Pepe

 

Eva también me contaba que Mariquita García fue una persona desinteresada, que nunca cobraba, pero la gente le daba algo porque sabían que era viuda y que pasaba alguna penuria. “Que a mis tres hijos los bañó hasta que se les cayó el ombligo, luego esta tarea pasaba a mi madre hasta que los peques cogiesen “más cuerpo”. Mariquita se sentaba en el suelo, allí se le ponía cerca de ella todas las cositas del baño, recuerdo que antes de empezar a bañarles les dejaba caer de la mano unas gotitas de agua sobre los labios, que los chiquillos parece que recibían con agrado, luego les hacía una cruz con el agua en el pecho, espalda y frente y luego comenzaba el baño. Era un placer, te los vestía y envolvía en una mantita, les ponía colonia de bebés (en ese tiempo colonia Cachito)... ¡ah!, y les peinaba, aunque solo tuviesen pelusilla. Nos los ponía en brazos para que le diésemos el pecho o el biberón. Otra cosa que se me olvidaba: cuando le abría los agujeros de las orejas a las niñas lo hacía con una aguja enhebrada, le dejaba el hilo metido a modo de arito y cada vez que les venía a bañar le daba la vuelta al hilo con un aceite. Cuando ya estaba bien, les ponía los pendientes. Espero haber aportado mi granito de arena al recuerdo de tu abuela, si muchas mujeres de mi edad y mayores de la zona pudiesen contarlas... ¡Cuántas anécdotas contarían!”.

 

Muchas mujeres como Mariquita García hicieron una labor muy importante durante muchos años sin esperar a que se les reconociera. No estaría mal que, al menos, tuvieran un nombre en el callejero de Tamaraceite porque, como Eva, estoy seguro de que muchas de las que nos leen fueron asistidas por ella y todavía la recuerdan.

 

 

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