Hay algo deslumbrante en la posibilidad de orientar a los nuevos y viejos ojos en el viaje por la palabra de mi amigo. Incluso, en la de mostrarles quién es el Echedey de este poemario: Paseo de los flamboyanes. Desde la vulnerabilidad que me procesan sus versos, intentaré ser lo más genuina posible. Así lo merece y así lo merecen ustedes que leen.
Echedey Medina es una persona apasionada y alegre, un enamorado del conocimiento que crece en la palabra luminosa, caótica, llena de agujeros y aspavientos. En la palabra guineo, desobediente y multívoca. En la palabra viga, papel de lija y caña de pescar. En la palabra febril, que canta a todo chancho. En la palabra refugio, aliento y arrullo.
Echedey y yo nos conocimos en un acto de la poeta Roberta Marrero. Desde entonces, hemos ido explorando el eterno desvelo del desconocer. Y, cada vez, hay menos sombras entre nuestra palabra y el aire.
Paseo de los flamboyanes nos revela más de una lectura y me hace preguntarme: ¿qué historia hay tras la historia? ¿Qué hay que no se ve? ¿Cuáles son los intersticios de la palabra?
Una visión minuciosa del arte de curar, una herida y el duelo entre los versos. “Se han ido todos y bajo mis pies cruje más fuerte el otoño” y “solo quedan los ecos y las páginas amarillean”.
¿Qué es la ausencia para el autor? ¿A qué renuncia en Paseo de los flamboyanes? ¿Qué descubre? Quizás encuentren las respuestas en alguno de sus poemas.


Tres cosas son evidentes:
Uno. En este poemario hay relación entre la elección de los poemas y la etapa vital que vivía el autor (un otoño sin patriarca).
Dos. Tras la historia hay voces referentes (Raúl Zurita, Pino Ojeda, Violeta Parra, Lina Meruane, Chona Madera…).
Tres. Definir Paseo de los flamboyanes como un poemario que revela lo vivido en la etapa universitaria y un viaje a Chile es un resumen vago del imaginario del autor.
En Paseo de los flamboyanes no hay un orden ni un final. Hay destiempo, navegación errante. Echedey nos atraviesa con un mundo que se amplía. Un mundo lleno de crecimiento personal, honestidad, claridad lingüista, canarismos y chilenismos con los que el autor hace suya la cultura propia y ajena, revelando un claro compromiso con la palabra.
Es de rigor mostrarles algunos de esos chilenismos: quiltros (perros), pololos (novios), hallulla (pan), palta (aguacate), choclo (millo), peucos (aves), Virginio Arias (escultor chileno), Camilo Catrillanca (guerrero mapuche), Wallmapu (espacio espiritual donde se desarrolla la identidad y la cultura del pueblo mapuche), etc.
El autor crea un espacio de espiritualismo en el que reinventarse y expone no solo la palabra sino el cuerpo. ¿Es la exposición del cuerpo una forma de rebeldía?, ¿de detonar los corsés sociales? El cuerpo se convierte en un territorio por descubrir. Un territorio en el que se le da un significado a la incondición lejos de la infantilización. En palabras de Lina Meruane: “el cuerpo no es autónomo sino que forma parte del sistema social y político”. Por tanto, el cuerpo es colectivo. Echedey Medina quiere que vean al hombre, quiere tomar la palabra y decidir su destino o, al menos, sus poemas. Bien sea membrando un recuerdo de la universidad o relacionando la palta con el desprendimiento de lo material y la desmemoria.
Hay pureza, hay amor, hay luz y una profunda complicidad con lo vivido en lo escrito. Esto me lleva a pensar directamente en la literatura oral que le unía a su abuelo: esa sabiduría que ancla al autor a la tierra, y no puedo dejar de preguntarme: ¿cuánto hay de su abuelo en este libro? Lo encuentro en versos como “debo dejar dichas las maravillas que veo”, “y dellos vimos tantas maravillas y nos ofrecen de cuanto tienen” o “me tiran las fuerzas que no son mías”.


¿Es la palabra una herramienta de reconstrucción?, ¿de salvación? Me atrevería, cuando leo a Echedey, a decir que sí. Su contención y fluidez en el lenguaje hacen brillar incluso aquello que algunos pensarían insustancial. Convirtiéndolo en vivo y virtuoso a través del monólogo, el diálogo, la ironía o la confrontación con el propio lector: “Tú, sí, tú que lees esto. Soy como tú. Alguien. Un nadie en la nadería universal y caótica”.
Este poemario fue escrito a la sombra de los flamboyanes, que bien podría ser la plaza de Carretería, la casa de los abuelos de Echedey, comiendo una empanada en el desierto de Atacama, a merced de un pupitre o con una taza de café en las manos. Un lugar en el que recordar, en el que escribir para volver, en el que convertir los recuerdos en materia.
El presente texto fue leído por su autora, semanas atrás y con apenas modificaciones, en la presentación de Paseo de los flamboyanes, de Echedey Medina Déniz, en la Casa de la Cultura de Moya (Gran Canaria).
