La Bajada Lustral de la Virgen de las Nieves desde su santuario del monte al casco histórico de Santa Cruz de La Palma es una gran manifestación religioso-festiva que se extiende desde 1680 hasta nuestros días. Tiene sentido lógico pensar en que esta gran celebración ha ido evolucionando en cuanto a las fechas en las que se organizan, como en sus contenidos. Desde la anterior edición en 1935, el mundo cambió, y mucho, y eso se notó en la Bajada de 1940. La Guerra Civil Española (1936-1939) y la Segunda Guerra Mundial (iniciada un año antes, 1939, que continuaría hasta 1945) minaron la vida de los palmeros… Entre tantos inquietantes titulares que reflejaban diariamente el terror e incertidumbre a la que la población era sometida por el ambiente bélico que imperaba en Europa, aparecían encabezamientos sobre nuestras fiestas lustrales que hablaban de optimismo, futuro, esperanza, vida, paz… Con estas premisas comenzó a gestarse nuestra Bajada de 1940. El pueblo necesitaba de sus fiestas, por lo que se desprende de las publicaciones consultadas.
Todo comienza a gestarse en el salón de actos de la Casa Capitular de la capital palmera, el 21 de diciembre de 1939, donde tuvo lugar la primera reunión de la Comisión Ejecutiva para adoptar los acuerdos relacionados para la Bajada que nos ocupa. La prensa local informaba de los integrantes de las diferentes comisiones encargadas de los actos tradicionales, enumerando el nombre de sus respectivos presidentes así como de los vocales que las conformaban: la Loa, Navío de la Virgen, Castillo de la Virgen, Danza de los Enanos, Gigantes y Cabezudos, Danza de los Acróbatas, Exposición de Artes Retrospectivas y Exposición o Concurso de Ganados. En dicha reunión general quedó fijado el comienzo de las fiestas el 16 de junio, y programada la cabalgata anunciadora para el sábado 22 de dicho mes. Un número especial que quedó pendiente de incluir en el programa fue la entrega de la Bandera al Batallón de Infantería número 31 de guarnición en esta plaza. Se solicitó la gestión con las empresas de cine para celebrar algunas funciones que sirviesen para sufragar los gastos de los festejos. Asimismo, se instó la gestión a la autoridad competente para que se encontrase un buque de la Armada Española en el puerto —a ser posible el Crucero Canarias—, así como para que las celebraciones fuesen amenizadas por la banda de música del Regimiento de Infantería Tenerife, n.º 38.
El Diario de avisos se hizo eco del inicio de los trabajos de las diferentes comisiones y siguió la recomendación de la delegación de economía, una vez tenida la autorización del Ministerio de la Gobernación. Así, lanzó un comunicado general a toda la población, también a los palmeros de Ultramar, etc., para que comenzasen a hacer los donativos para las fiestas: «con rapidez, con alegría, con la sincera religiosidad de siempre, se irán llenando estas listas, base del boato exterior que es tradicional y caracteriza las fiestas… Ahora solo falta que los palmeros, con su arraigada fe por la Patrona se afronten a llenarlas brillantemente para que este lustro tenga el renombre que por tantos aspectos merece». La convocatoria surtió efecto, puesto que solo en la primera relación nominal que se publica en dicho diario, la aportación de particulares y ayuntamientos insulares ascendía a 5026,20 pesetas. Como curiosidad, el donativo más generoso de esa primera relación fue del ayuntamiento de Tazacorte, que ascendió a 160,00 pesetas. Por ese motivo, llamó mucho la atención la donación especial de 170,05 pesetas de Concepción Martín de Rodríguez, vecina de Los Sauces, y «de sus amistades». La prensa local recogía esta noticia, y elogiaba a esta señora y a los demás donantes, aportación «destinada a una ofrenda a la Santísima Virgen de las Nieves, una vez que esta se encuentre en la parroquia del Salvador… Este donativo se invertiría en la forma u objeto que se acordase oportunamente». En abril, más cerca de las festividades, el Diario de avisos seguía animando y urgía a sus lectores a que contribuyeran económicamente para conseguir que la Bajada fuera una fiesta brillante. Se trataba de hacerles ver de que era un deber patriótico del pueblo palmero. Debían pensar con entusiasmo en las fiestas lustrales ya que «a nadie se le esconde que, por circunstancias de todos conocidas, este lustro tiene los materiales de construcción y adorno, precios tres veces mayores que en fechas anteriores». Había que confeccionar un gran programa y había que repartirlo entre los palmeros y enviarlo a las islas mayores, la Península y América «donde son muchos los paisanos que le aguardan con verdadera ansiedad para decidir su viaje a esta Isla y fijar la fecha». Era necesario que, «comprendiendo todos la imprescindible necesidad de las aportaciones económicas, nos decidamos a hacerlas con largueza, hasta con sacrificio, que bien se lo tiene ganado la venerada Patrona de La Palma».

Entre los números de mayor importancia que se confirmaron para la Bajada de 1940 fue la Exposición de Artesanado Insular, organización conferida a la Central Nacional Sindicalista. Se argumentaba en la prensa que se trataba de un gran medio para engrandecer la isla, un aprovechamiento que aportará beneficios, por lo que tiene en el Estado su más decidido defensor. De hecho, «el artesanado es capaz de contribuir en proporciones a la liberación económica incluso, debe ser impulsado con todo entusiasmo y hasta con energía. Que sea esta la ocasión». Días después se complacía de este acuerdo ya que «en él pueden recogerse diversos aspectos interesantísimos de la tierra a través de los tiempos y servirá, además, de exaltación de los viejos artífices isleños, de sano y poderoso estímulo para los artífices del presente». Continúa relacionando una lista de algunas de las labores que tendrían cabida en este evento, como «nuestros famosos calados, primorosas labores indígenas. Muebles tallados, amén de otros de otros de carácter rústico. Funcionan aún antañones telares… que constituyen elementos inapreciables de nuestro folklore insular».
El mismo rotativo alentaba desde su cabecera del 5 de febrero a todas las comisiones y personas que estaban trabajando incansablemente para que las festividades fueran todo un éxito. «Sabemos de algunas comisiones que trabajan con celo, con actividad, con sincero entusiasmo, introduciendo acertadas innovaciones al mismo tiempo que tratan de rodear el número encomendado de posible actualidad». El diario se deshace en elogios por los magníficos trabajos que se estaban realizando en el Barco de la Virgen, felicitando al presidente de la comisión —Antonio Pino Pérez— y su equipo —en el que destacaba el vocal Armando Yanes Carrillo—. Recuerda que «entre los números tradicionales de encantadora ingenuidad, pero de rancio tipismo que centenariamente vienen celebrándose en las fiestas lustrales de la Bajada de la Virgen, figura el alegórico diálogo entre la nave de piedra y el castillo de madera —que observase el perspicaz inglés del cuento— y que tan brillante iniciación pone al solemnísimo momento en que la excelsa Patrona de la Isla hace su entrada triunfal por las calles de la Ciudad». El estado en que se encontraba el Barco, por culpa de la intemperie, el abandono y la chiquillería, se dirigía a un «vertiginoso camino hacia la ruina». Esta nueva directiva tuvo una decisión acertada, «haciéndole nuevo frente a la Alameda del Caudillo y teniendo por modelo exacto una carabela de las que llevaron a América a Cristóbal Colón en su primer viaje». Informaba también a sus lectores que había quedado en perfecto estado y «se pretende, según hemos recogido de persona autorizada, de una vez cumplida su simbólica misión dejar el navío perfectamente aparejado e instalar en él un museo naval, con la amplitud que nuestras posibilidades permitan, y la escuela del Pósito Marítimo». Un Barco que evoca la pasión del palmero por el mar y los años difíciles de la emigración y que actualmente alberga el Museo Naval, una exposición permanente del glorioso pasado marítimo de Santa Cruz de La Palma, que continúa siendo marinera y pescadora. Ambos son espectadores de excepción de las Fiestas Lustrales y símbolos permanentes de la Bajada de la Señora.
A pesar de que algunas comisiones encargadas de la organización de los diferentes actos empezaron a trabajar con ahínco y con responsabilidad, el diario da un tirón de orejas a aquellos comités que aún no se habían reunido, con «un grito de recordación ante la somnolencia del hoy para mañana o un todavía hay tiempo, tan nuestros y a que tan acostumbrados estamos los palmeros cuando de nuestras propias cosas se trata». Concluye el redactor, para que no hubiese dudas de a quién iba dirigido su artículo, con que «ellos no pueden llevar al fracaso por apatía las fiestas de la Bajada de la Virgen que a este lustro corresponden y que la devoción secular de la Isla ha consagrado». De hecho, anunciaba que, cuando solo quedaba un mes y medio para el evento, y según el sentir de la gente de la calle, se estaba pensando incluso en posponer la celebración. Sin embargo, esto podía solucionarse satisfactoriamente poniendo «calor, entusiasmo e interés, con la vigilancia directa, personal, de nuestras autoridades». Era impensable posponer nuevamente la Bajada, ya que debía de ser para «después del 5 de agosto, día de la Virgen, y hasta mediados o fines de octubre, no retornaría la venerada imagen a su parroquia del monte». Lo que fue facilidad para el estudiante isleño con trasladarlas a junio, «sería ahora un marcado inconveniente para tantas y tantas familias de la localidad que, llegados los meses del estío acostumbran trasladarse al campo».
Precisamente, con el estío, llegaron las quejas de muchos vecinos a la redacción del periódico. Este, sumándose a la petición, publicó un artículo, como queja escrita abierta a autoridades, lectores y pueblo en general, porque consideraba justa y lógica su demanda. Pedían tan solo un poco de higiene para la ciudad. No pedían la imprescindible avenida marítima o la unión de las carreteras, no; solo rogaban «y apoyamos nosotros su súplica con firmeza que, por los obreros del municipio se limpie e higienice la playa, se vigile esta y se multe con sanción severa a los que contravengan las disposiciones vigentes en esta materia. Nada más, de momento». Esa parte de la ciudad se había convertido «en focos infectos en fermentación, lleno de larvas, mosquitos y otras mil asquerosas sabandijas, amén de la repugnante pestilencia que despiden». Indudablemente, esta situación era una amenaza para la vida del vecindario, máxime que ya empezaban a sentirse calores con cierta intensidad. Considera que no era obra de titanes, ni supondría un excesivo gasto para las arcas municipales, «basta con remendar la antigua muralla por algunas partes, y, después de realizados los rudimentarios trabajos de saneamiento, ejercer un poco de vigilancia que pedimos». La Bajada estaba próxima y, en caso de no subsanarse este gran problema, también iba a redundar negativamente en las fiestas y en la imagen de la ciudad, etc.

El 15 de mayo el delegado del Gobierno y presidente de la Comisión Ejecutiva de la Bajada, Antonio Carrillo y Carballo, se reunió con los encargados de cada una de las diferentes comisiones y también con representantes del comercio de la ciudad, exponiendo la situación en la que se encontraban los diferentes números del programa. Los instaba a terminar todo lo pendiente cuanto antes, ya que quedaba poco tiempo para el inicio de las fiestas. Según el diario, los presidentes de los comités le informaron de que los actos tradicionales estaban muy adelantados, incluso algunos ya terminados. Eso sí, solo faltaba «el acuerdo definitivo que señale día a cada uno de los actos que han de celebrarse para dar a la estampa el libreto oficial». Aunque en principio se había pensado en el 16 de junio para la fijación de la Bandera de María en el Castillo de la Virgen, «se ha decidido diferir esta fecha para el 23 del mismo mes, iniciándose la semana de festejos el día 30, que tendrá triunfal remate el 7 de julio venidero, con la llegada de la venerada imagen de la Virgen de las Nieves a esta ciudad». El periódico seguía informando que estas fechas tenían carácter eminentemente oficial, «hasta el extremo que el Excmo, Ayuntamiento en sesión del 15 del corriente, tomó acuerdo definitivo sobre ello». Se insistió tanto en este punto porque existía en la calle un rumor popular con informaciones contradictorias, y así quedaba zanjado el asunto. Las fiestas comenzarían el 23 de junio con el izado de la Bandera y el traslado del trono de plata. Finalizaba el artículo señalando que tan sólo faltaba un mes casi para que «La Palma vibre en fervorosa conmoción de sincero cariño y fervoroso agradecimiento a su excelsa Patrona la Virgen de las Nieves; aprestémonos todos a honrarla con la suntuosidad y respeto que es tradición y caracteriza la religiosidad del pueblo palmero».
Otro de los asuntos pendientes en oficializarse era quién representaría al Jefe del Estado. El diario publicaba un telegrama recibido el 17 de junio desde la secretaría del Caudillo informando de que, no pudiendo estar presente el Capitán General de Canarias por «no permitirle necesidades servicio», se delegaba la función al Gobernador Civil de Tenerife. Desde la Junta provincial de la 1.ª Enseñanza de Santa Cruz de Tenerife se recibió otro despacho telegráfico —que recogía la prensa local— en el que informaba que «con carácter extraordinario y en atención razones expone su telegrama queda concedido permiso especial a los maestros de esa Isla para asistir semana fiestas honor Santísima Virgen Las Nieves». Lo firmó el delegado del Gobierno, Antonio Carrillo, e iba dirigido a las juntas locales de Educación y de los titulares de las Escuelas Nacionales de La Palma.
