Quedé con Juan una tarde de comienzos de noviembre en una cafetería que, por su forma, me ha recordado siempre a esas velas enormes que impulsan a los barcos en la mar. Además, el local está situado en la confluencia de dos calles, como si fuéramos a navegar por esos ríos. El día anterior, en una conversación telefónica, me había dicho que acababa de recibir su nueva novela, Corvo, y que le hacía ilusión que yo, su tío, lo acompañara en ese viaje. A mí también me hizo mucha ilusión y, a pesar de la responsabilidad que suponía, lo consideré un gran honor.
Llegamos a la cafetería casi al mismo tiempo y, mientras lo veía venir con el libro en la mano, y la alegría de quien lleva un preciado tesoro, pensé en qué mares, qué puertos, qué ciudades, qué vientos, qué tormentas había atrapado Juan entre las páginas de su nueva novela.
Cada autor inventa su propio universo cuando escribe. Un universo lleno de símbolos, deseos, ambiciones, sombras, ansias, temores, penas, alegrías, rabia, poder, envidia, sexo, amores, belleza…, que definen el microcosmos donde se va a desarrollar la vida de los personajes que lo habitan. Y todo ello gracias a las palabras, y a la imaginación del escritor. Esa alquimia que hace que las palabras se transformen en metáforas, diálogos, descripciones, reflexiones…, que hablan de mundos misteriosos y oníricos que atrapan el corazón de los lectores, sin los cuales no existiría esa magia. La misma magia que ha permitido que hasta nosotros hayan llegado los viajes de Ulises, las andanzas del Quijote y su escudero, la isla del tesoro, los sentimientos de Madame Bovary o las locuras de Aureliano Buendía…
El universo por el que navega Juan Sosa Ceballos en Corvo, su última novela, está lleno de oscuridad y de luz. Es más, me atrevería a decir que es un juego de luces y de sombras que permite al autor acercarse o alejarse de los personajes, como si los viera a través del objetivo de una cámara. Una cámara desde la que observar los distintos mundos por los que estos transitan. Un universo de realidades paralelas con el que convivimos casi a diario, sin que apenas nos demos cuenta. Un juego de espejos donde las palabras, como si se tratara de una cámara cinematográfica, dan vida a todo lo que el ojo enfoca. Una cámara con la que el autor quiere mostrarnos la atmósfera asfixiante y violenta de esa realidad desgarradora.
Corvo, la novela de Juan Sosa Ceballos, respira -quizá mejor, transpira- los códigos y las fórmulas de la novela negra por los cuatro costados. Es un lenguaje crudo, callejero, sin cortapisas ni falsas concesiones; lenguaje de al pan, pan y al vino, vino; jerga de perdedores y olvidados; un lenguaje con el que el autor se adentra en el corazón de esos zombis con los que nos tropezamos a diario en la ciudad de Las Palmas. Gente que apenas vemos, o que ignoramos. Un mundo de olvidados en los que Juan escarba y profundiza para hacerlos visibles en sus páginas, metiéndose en sus calles, sus costumbres, sus almas…, dándoles la palabra para que salgan por una vez de las sombras y nos cuenten su historia sin pelos en la lengua.
Desde que comencé a leer Corvo tuve la sensación de estar leyendo una novela negra de marcado carácter cinematográfico. De hecho, el primer capítulo es casi un primer plano que deriva hacia un plano secuencia, con el que nos da a conocer a Salvador Corvo, y el mundo marginal de los Riscos donde vive el protagonista. La influencia de las viejas películas policíacas es un rasgo que define el estilo del autor. Mientras leía sus páginas, las imágenes que me venían a la cabeza me recordaban al cine policíaco en blanco y negro. Tal vez las únicas posibles para describir el mundo marginal por el que transcurre la vida de Salvador Corvo, o la del inspector Augusto Dorta, el policía que lo persigue, y el de los diferentes personajes que gravitan en torno al bar de Vidina, como náufragos que se aferran a una tabla de salvación.
El deseo es otro universo más de esta novela. Un deseo inalcanzable, insatisfecho. Deseo que esclaviza, alrededor del cual giran los personajes de la novela, como planetas en torno a una estrella. Un deseo que los animaliza y encadena, y hace que aflore en ellos la maldad. Un deseo capaz de hacerlos volar, o de arrastrarlos al peor de los infiernos. Una condena que los arrastra, incluso, al crimen.


La ciudad de Las Palmas es otro personaje de esta novela. Con los múltiples barrios que hay en ella, con sus latidos y sus pulsaciones, que hablan de los distintos individuos que la habitan. Y el Risco de San Nicolás es el protagonista principal. Un universo de estrechos callejones por los que transitan las sombras de cada uno de los personajes. Sombras que van y vienen del bar de Vidina, la única fuente de luz que hay en ese mundo de perdedores. Una mujer poderosa y extraña, acogedora y brutal, que los acuna sin contemplaciones.
La pugna entre la realidad y la ficción es otro mundo más de la novela de Juan Sosa Ceballos. Una pugna que atraviesa como una bala sus 259 páginas. Un sello del autor con el que nos invita a perdernos en la fantasía. A la vez que una reivindicación de la lectura, y de su misterioso poder. Quizá el único refugio donde los perdedores y los olvidados de esta novela consigan encontrar asilo. El único lugar donde poder hallar algo de paz, antes de continuar con su camino. Ese peregrinar sin rumbo fijo por las oscuridades de uno mismo.
Cuestión clave de cualquier novela es cómo universalizar sus microcosmos. Hacer de un punto el mundo, y viceversa. No es fácil lograr que las palabras lleguen al corazón del lector, independientemente del lugar donde viva. Difícil conseguir que las alegrías, las penas, los silencios, los miedos, las obsesiones… seduzcan al lector. Creo que este es el asunto más delicado con el que trabaja el escritor. La clave reside en el estilo. Lo que Luis Goytisolo llama alquimia verbal. “El estilo es la impronta personal del autor, el impulso que aúna estructura, trama argumental y personajes en una sola materia narrativa”. Eso permite que la página respire, y que el lector sienta su latido. Para conseguir eso, hay que tener duende, como dicen los amantes del flamenco para calificar a quienes destacan en ese arte. Y creo que Juan Sosa Ceballos, en Corvo, su última novela, lo tiene. Y lo felicito por ello.
