Revista n.º 1139 / ISSN 1885-6039

Mis recuerdos en Franceses (Garafía). Una historia familiar (I)

Miércoles, 8 de octubre de 2025
Manuel García Rodríguez
Publicado en el n.º 1117

Entraba en la tienda de Gallegos y compraba, entre otras cosas, una bobina de hilo para hacer las veces de silbato. Soplaba con toda su fuerza para hacerse oír en Franceses.

Entrada a Franceses por Los Machines (archivo de Fernando Fernández, facebook 'Planeta Garafía')

“A veces las cosas no fueron como yo las cuento”,

pero sí fueron “como yo las viví”

Durante la década de los cuarenta, creo que raro fue el año en que yo no iba a casa de mis tíos, allá, en Franceses (Garafía). Por aquella época, nuestra familia de Garafía nos visitaba con mucha frecuencia. Veces se trasladaban hasta Santa Cruz de la Palma por motivos de enfermedad, y otras en aquellas ocasiones en la que toda la familia debían estar unida. Cuando en mi casa se comentaba que mañana venía el tío Esteban o la tía Rosalina de Garafia, o alguna de las primas o el primo, para nosotros aquello era gran motivo de mucha alegría y ya, al momento de recibir la noticia, rogábamos e implorábamos a nuestros padres para que nos dejaran ir para Garafía (Franceses) con ellos.

Como éramos cuatro hermanos, el turno de salida para Franceses era por riguroso orden, de tal manera que el que iba un año ya no podía ir al año siguiente, porque le tocaba al otro hermano. Como yo era el más viejo, por razones de edad fui el primero en ir, y debo decir que también fui el primero que dejé de ir, pero ahora por cuestiones de estudio. A pesar de que los tíos nos decían que no importaba que fueran dos o tres juntos, por razones obvias mi madre solo dejaba ir a uno de nosotros.

La noche anterior a la partida, yo no dormía; pensaba que si me quedaba dormido, a lo mejor, se olvidaban de mí y no me llevaban. Así que, con mis atuendos personales preparados, yo permanecía en vigilia, casi toda la noche. La partida para Garafía era muy tempranito, pero muy temprano. La guagua salía de la parada abajo, en la ciudad, casi al amanecer. La tía Rosalina, siempre quería llegar temprano para coger un buen sitio, por lo del mareo. Se sentaba junto a la ventanilla, por si acaso. Debo decir que los pasajeros,  en aquella época, mareaban mucho, fundamentalmente porque la guagua daba saltos y más saltos debido a que su parca amortiguación de hidráulica no tenía nada, y la carretera de baches tenía muchos. Tal era así que a veces la guagua, más que rodar por la carretera, parecía que saltaba dando salvajes brincos de tramo en tramo. Así que al final del viaje estabas ya tan cansado, solo con ganas de sentarte a descansar o acostarte, si cama conseguías.

El viaje hasta Los Sauces casi duraba dos horas, y a veces dos horas y media. La guagua subía las empinadas vueltas de San Juanito en primera marcha, rodando por una carretera llena de baches, polvorienta, sin asfalto alguno y muy estrecha. Llegado a Los Galgitos, la guagua hacía una parada, que llamaban de los cinco minutos. En realidad el chófer solía quedarse parado esperando a que al pasajero más mareado se le quitase el tal mareo, o al menos estuviese en condiciones de proseguir el viaje. A cada bache que la guagua daba, uno saltaba sobre su asiento: cuando llegabas a Los Sauces tenías más ganas de quedarte allí sentado, reposando las posaderas, que de proseguir andando hasta Franceses. 

Justamente, allí, en la plaza de Los Sauces, te dejaba la guagua. Ahora venía lo peor. Pero ilusionado y contento bajabas andando el barranco que separa Los Sauces de Barlovento (creo que lo llaman el barranco de la Herradura). Antes de llegar al fondo había, y creo que también hay hoy, una subida que te conduce hasta el casco de Barlovento. Así que tomábamos ese casi vertical camino, por ser el más corto, y dando vueltas y más vueltas, emocionado y con la ilusión puesta en una vida de aventuras en Franceses, no desmayabas; y sacando fuerzas de donde no la tenías continuabas caminando tras la tía Rosalina, acompañada generalmente de una de mis primas Pura o Lela, y en pocas ocasiones por Gloria.

Postal de Los Sauces en torno a 1900 (Fedac)

Barlovento. Llegado a Barlovento, allí había que hacer un obligado descanso; creo que se compraba algo de pan para el camino. A veces la tía hacía una breve visita a unos conocidos que allí tenía...

El camino hacia Franceses ahora era llano. Sabía yo que desde Barlovento se podía, y se puede, divisar, allá a lo lejos, Franceses, y por esta razón aceleraba el paso cuanto podía para ver pronto, en la lejanía, el lomo de los Castros, que era mi punto de destino, porque allí vivían mis tíos. Con el corazón en un puño caminaba y caminaba con los ojos clavados allá, como digo, en la lejanía; una lejanía que se vedaba a la vista cuando nos adentrábamos hasta el fondo de alguna barranquera de las muchas que había. Por fin, después de mucho caminar y caminar, ante mis ojos aparecía el querido barrio de Franceses con toda la luminosidad del campesino paisaje, hermoseado con sus pequeñas casitas diseminadas ladera abajo o ladera arriba.

-Ya falta poco.

Eso decía la tía, o alguna de las primas, para darme ánimo, porque nos veía cansados... Pero aquel poco era un… un poco eterno... Las barranqueras que a continuación venían cada vez se hacían mayores y mayores, y al final ya no eran barranqueras sino enormes y profundos barrancos. O al menos así me parecían debido al agotamiento que sobre mí pesaba. Aun así, con la ilusión de ver Franceses lo sobrellevaba hasta con alegría.

Ya, a la caída la tarde, fatigados, exhaustos y sudorosos llegábamos a Gallegos que, como sabemos, es el último barrio de Barlovento. Había allí, en Gallegos capital (un campesino núcleo), una tienda, creo que la única... Era de esas tiendas donde se vende de todo, o sea, de todo lo poco que por aquella época había. Allí descansábamos y la tía Rosalina (o mis primas Lela o Pura) entraba en la tienda y, por orden de su madre, compraba, entre otras cosas, una bobina de hilo para hacer las veces de silbato. Así que cuando la tía, que era quien dirigía la expedición, creía que ya le podían oír desde Franceses, llevando la bobina hasta sus labios soplaba y soplaba con toda su fuerza.

Como respuesta al silbato, a veces solo se oían los ladridos de algunos perros asustados ya que, en la soledad de la noche, al oír tan extraño y desacostumbrado sonido, se sobresaltaban mucho y comenzaban a ladrar con fuerza, quizás para ahuyentar lo que creían un búho o algún alborotado grillo. Tras varios intentos de comunicación por medio del silbato, al final llegaba hasta nosotros la respuesta, y se oía allá, en la lejanía, al otro lado del barranco, una fuerte voz que decía: "¡Uuuhh…!". Esa respuesta tranquilizaba a la tía porque sabía que ya ellos habían recibido el mensaje y, por consiguiente, el resto de la familia acudía a nuestro encuentro: en algunas ocasiones, pocas, con linterna; y otras veces, muchas, con jachos de tea encendida.

En algún que otro viaje tomábamos el camino de Las Viñas, que bordeaba la costa de Franceses. Aunque más largo, era menos penoso en su recorrido. Es verdad que este camino solo lo tomábamos cuando la llegada a casa de los tíos era aún de día.

Debes indicar un comentario.
Debes indicar un nombre o nick
La dirección de mail no es valida

Utilizamos cookies, tanto propias como de terceros, para garantizar el buen funcionamiento de nuestra página web.

Al pulsar en "ACEPTAR TODAS" consiente la instalación de estas cookies. Al pulsar "RECHAZAR TODAS" sólo se instalarán las cookies estrictamente necesarias. Para obtener más información puede leer nuestra Política de cookies.