En los recovecos de la memoria de Tamaraceite (Gran Canaria), hay un nombre que resuena con cariño y añoranza: Suso Penichet, el de la Bombona. Un hombre sencillo, pero de gran importancia, que dejó su huella en cada cocina, en cada hogar y en cada rincón de este querido barrio y sus alrededores. Suso era más que un repartidor de butano; era un amigo, un confidente y un testigo silencioso de la vida diaria de las familias tamaraceiteras.
Los tiempos en los que Suso comenzó su andadura profesional eran muy diferentes a los de hoy. En aquellos días, la cocina a gas era una novedad que empezaba a arraigarse en los hogares. La bombona de butano, esa fiel compañera gris, la grande y naranja, la más pequeña o llamada Butsir, se convertían en el corazón de las cocinas, el alma que mantenía encendidos los fogones donde se cocinaban los platos de la abuela, donde se hervía el café de la mañana y donde se preparaban los potajes que daban sustento a las familias.

La historia de Suso comenzó bajo las órdenes de Prudencito Medina allá por los años 60, el pionero que introdujo el butano en Tamaraceite. Con él, Suso aprendió el oficio, recorriendo incansable con una bicicleta los caminos y las cuestas, llamando a las puertas y saludando con una sonrisa a quienes le esperaban con la esperanza de una bombona nueva. Con el paso de los años, cuando Prudencito pasó el relevo a su hijo Peregrín, Suso continuó fiel a su labor, convirtiéndose en un rostro familiar y querido por todos.
La llegada del butano a Canarias fue un hito que transformó la vida diaria de los hogares isleños. Fue a finales de los años 50 cuando nos llegó de la mano de la compañía Butano S. A. (incluso antes que en la Península), que vio en el Archipiélago un mercado prometedor. El gas comenzó a ser la fuente de energía de los hogares de las Islas, lo que se aceleró con la expansión del turismo y las nuevas carreteras que facilitaban la distribución por toda la isla. La expansión fue rápida, y no pasó mucho tiempo antes de que las bombonas empezaran a formar parte del paisaje cotidiano, sustituyendo a las viejas cocinas de carbón y leña, y ofreciendo una fuente de energía más limpia y eficiente. En cada hogar de Tamaraceite, la llegada de Suso con su inseparable bombona no solo aseguraba la continuidad de las tareas cotidianas, sino que también llevaba consigo un pedazo de tranquilidad y seguridad. Sabíamos que con él nuestras cocinas seguirían funcionando, el agua caliente no faltaría y el calor familiar se mantendría vivo. Muchos teníamos una bombona de repuesto para hacer el cambio y no quedarnos sin cocina o agua caliente mientras llegaba el recambio.
Suso conocía cada callejón, cada escalera empinada, cada rincón escondido de Tamaraceite. Y no solo eso, conocía a la gente, sus historias, sus alegrías y sus penas. Su labor era tan necesaria como humana: Suso se convirtió en el nexo entre las necesidades cotidianas y la vida misma. Y aunque su trabajo era sencillo, su figura fue monumental en las vidas de aquellos que dependían de su puntualidad y compromiso.


Por la tarde le gustaba darle patadas al balón en el viejo Juan Guedes y pasear con su pastor alemán, Yumbo, que era la delicia de los más pequeños. Recuerdo que todas las tardes Yumbo llegaba a la tienda de mi madre y se ponía a dos patas en el mostrador pidiendo su dulce. Hoy, cuando recordamos a Suso Penichet, no solo evocamos al hombre que llevó el butano a nuestras casas. Recordamos a un hombre que, con su dedicación y esfuerzo, formó parte de la vida cotidiana de un barrio entero. Recordamos a un vecino que, con su andar ligero y su chiste fácil, hizo que el calor del hogar fuera posible, día tras día, en cada cocina de Tamaraceite.
Suso ya no trae las bombonas a nuestras casas, pero sus anécdotas y recuerdos perduran en cada fogón encendido, en cada termo que sigue calentando nuestras aguas, en cada cocina donde aún se escucha el sutil silbido del gas al encenderse. Su historia es la de una época, la de un barrio que creció y se transformó con el paso del tiempo, pero que nunca olvidará a uno de sus personajes más queridos: Suso Penichet, o como le conocemos en Tamaraceite y sus barrios limítrofes, Suso el de la Bombona.
