Históricamente las campanas han sido uno de los elementos más significativos en la vida cotidiana de nuestros pueblos. Más allá de su función litúrgica, anuncian funerales, festividades, marcan el tiempo, alertan de peligros y convocan a la comunidad, actuando como símbolos visibles y sonoros de la identidad colectiva. La Villa de Moya (Gran Canaria) está profundamente ligada a la devoción a Nuestra Señora de la Candelaria, y precisamente las campanas de su iglesia parroquial forman parte esencial de la memoria común.
El poeta Tomás Morales evocó el tañido de las campanas rurales en su poema "Elogio de las campanas", incluido en Las Rosas de Hércules (Libro I), donde alude al carácter cercano y casi fraternal de estos bronces:
Las campanas del pueblo son mis buenas amigas.
Pero hay una entre todas que tiene mis amores
porque tienen sus sones más infantilidad,
yo la amo más que a sus hermanas mayores
y aún más que a las campanas grandes de la ciudad…

La efeméride que se recuerda en estas líneas nos remite a un suceso ocurrido en 1893, cuando la caída de las campanas de la iglesia conmocionó a la población. El suceso quedó recogido en un acta parroquial, documento excepcional que combina la crónica del accidente con una lectura religiosa del acontecimiento, a la vez que subraya el carácter milagroso del suceso, ya que no hubo víctimas mortales, atribuyendo la protección de los vecinos a la intercesión de Nuestra Señora de Candelaria.
La antigua iglesia parroquial de Moya, dedicada a Nuestra Señora de la Candelaria, tenía sus orígenes en el siglo XVII y respondía a la tipología de los templos rurales de Gran Canaria. Como señaló Alfredo Herrera Piqué en 1978, en un artículo sobre el desaparecido edificio, se trataba de "un templo sencillo pero hermoso, una representación típica de nuestra arquitectura religiosa antigua que nunca debió desaparecer"1. A pesar de su sencillez arquitectónica, albergó un notable patrimonio material y devocional, entre el que destacaban sus campanas.
Este templo se mantuvo en uso hasta comienzos de la década de 1940, cuando fue demolido para dar paso a la iglesia actual, inaugurada en 1957. Durante la construcción las misas se celebraban en el salón de la Heredad de Aguas, donde se colocó al Santísimo la “tarde del lunes de San Antonio... Las imágenes se depositaron en domicilios particulares… En el antiguo templo, sin embargo de las órdenes de clausura, se prosiguió haciendo los bautizos, y también se preparaban los tronos, de allí salían en procesión por las anchas, bien trazadas, calles de la Villa”2.

Origen y características de las campanas de Moya. Según la tesis doctoral de Gustavo A. Trujillo Yánez, dos de las cuatro campanas (una en desuso) que actualmente permanecen en la parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria fueron adquiridas durante el mandato del párroco Juan González Cárdenes, entre 1846 y 1879.
Estas piezas sustituyeron a otras anteriores que, según un informe remitido al Obispado de Canarias en 1829, se encontraban en muy mal estado, hasta el punto de que apenas se oían a corta distancia. La primera de ellas tiene única inscripción que “hace referencia al año de fundición de la pieza (1857) sin que se exista mención al fabricante o a su lugar de origen. Se trata de una campana de gran belleza, exactamente igual a la denominada campana grande de la torre amarilla de la Basílica del Pino de Teror”3. Otras de estas fue
vaciada por el maestro, de origen francés, Domingo o Dominique Dencausse (1830-1867), con sede en Barcelona… Se trata de un bronce de gran calidad, del que debemos destacar sus motivos ornamentales. Sus asas con figuras antropomorfas, presentan una gran similitud con las empleadas por la saga de los Pallés… La cenefa, situada en el tercio de la pieza, es de una gran belleza, ricamente ornamentada con figuras de ángeles y motivos vegetales, presenta además una especie de cortinaje y guirnalda que recorren toda la circunferencia de la campana4.
La llamada campana del reloj, tal “como indica la inscripción que luce en su medio-pie, fue adquirida por el Ayuntamiento de Moya para el servicio del reloj público municipal… Su fabricación se debe a la firma Viuda de Murua, con sede en Vitoria... Fundida en 1953, sus motivos ornamentales son los habituales de la firma”5. La campana de más reciente adquisición data de 2011 y está consagrada a Nuestra Señora de Candelaria, de la firma Campanas Quintana. “Se trata de una pieza de gran belleza, de la que debemos destacar su esmerada cenefa en la se representan diversos motivos vegetales, acompañados por figuras de Nikes o victorias aladas. Completa el repertorio iconográfico, una cruz de calvario situada en la zona media del bronce”6.
El suceso de 1893 según el acta parroquial. El 15 de septiembre de 1893, a las cuatro de la tarde y en el contexto de la octava de la Natividad de la Santísima Virgen, se produjo la caída de las campanas de la iglesia parroquial de Moya. El suceso fue descrito con gran detalle por el cura ecónomo de la parroquia Francisco Cárdenes Herrera, natural de Valleseco, quien había sido nombrado para dicho cargo el 1 de octubre de 1891 (tomó posesión el día 20 del mismo mes, permaneciendo al frente de la parroquia de Moya hasta 1896), quien calificó el hecho como una "catástrofe verdaderamente triste". Asimismo, el documento contextualiza el accidente dentro de las obras impulsadas por el Ayuntamiento de Moya para la instalación de un reloj público. Ante la falta de recursos, se solicitó permiso al Obispado para levantar un torreón junto al campanario existente y utilizar una de las campanas para el servicio del reloj, circunstancia que ayuda a comprender las causas materiales del suceso.
Corría el mismo año de 1893 y era el día quince de septiembre, octava de la Natividad de la Santísima Virgen y la hora de las cuatro de la tarde, cuando sucedió en esta Iglesia parroquial la catástrofe verdaderamente triste que voy a referir para que vean las generaciones venideras un milagro de Ntra. Sra. de Candelaria y la protección particular que dispensó en este día a algunos de los hijos de este pueblo, a fin de que en todo tiempo los vecinos de Moya la honren como a su excelsa patrona y la amen como a su verdadera Madre que sabe y puede socorrer a sus hijos y devotos en los mayores peligros y tribulaciones.
El Ayuntamiento de este pueblo, deseoso de llevar a cabo la colocación de un reloj público y no contando con recursos suficientes para satisfacer sus deseos, solicitó del Iltmo. señor obispo fray José Cueto Diez de la Maza el permiso para levantar un torreón junto al antiguo que estaba en la iglesia y utilizar una de las campanas para el reloj mientras fuere de gusto y la voluntad de S. S. Y. y del señor cura de la parroquia. Concedido el permiso por la autoridad competente, se dio principio a la obra por el mes de julio del mismo año, y a finales del mes de agosto fue necesario para poder concluir el trabajo, quitar las campanas de su primitivo lugar. La bajada fue feliz, pues no hubo nada que lamentar y se dejaron en el mismo techo de la iglesia junto a la puerta de la caja del reloj. Llegó por fin el día quince de septiembre, día en que las cosas estaban preparadas y era necesario colocar de nuevo las campanas para poder llevar la obra a su término. Como el contratista era un mampostero de Gáldar llamado Antonio Molina y corría de su cuenta, según contrato, de bajar y subir las campanas, este se trajo de aquella villa dos marinos a quienes creía inteligentes para el efecto, siendo uno de ellos su suegro y el otro un tal Miguel Duque, conocido por apodo en aquella villa, según dijeron, arreñigo el diablo. Llegaron estos como a las once de la mañana del referido día quince y apenas comenzaron a colocar los preparativos, empezaron también algunos cohetes a subir por los aires, y esto, unido con el deseo de ver y de percibir nuevamente el armonioso sonido de las campanas que por espacio de veinte días no se habían oído, estando por decirlo así todo sordo; todo esto unido movió como un resorte a los vecinos de este pueblo, que en masa corrían a la plaza pública para presenciar con alegría lo que momentos después les proporcionó honda pena y sentimiento. Fue tanta la gente que concurrió y los muchos que deseaban subir al techo de la Iglesia, que fue necesario poner al municipal en la escalera con orden terminante de no dejar subir sino a las personas de necesidad. La cabria se hallaba formada sobre la caja del reloj y comprendiendo yo, el que escribe, y algunos de los que se hallaban presentes lo insuficiente del aparato y el peligro que había de que se rodara la cabria y se acercara a las pilastras y las echara a tierra, se llamó la atención al que hacía de director, que era el tristemente célebre Miguel Duque, y este indignado contestó con malas palabras dando a entender que él se lo sabía todo porque había sido marinero muchos años, manifestando que si no se hacía lo que él mandaba se marcharía sin colocarlas.
Con este motivo callamos todos y después de pequeñas modificaciones se aplicó el gancho a la campana pequeña y empezaron a tirar de la misma, y desde el techo de la iglesia José María Suárez Ponce, Manuel Ortega, Juan González Sánchez, Antonio Brito González, Francisco Cabrera Blanco, dícese, José el contratista, el suegro, dos peones que tenía el referido contratista, estando todos estos junto a las campanas y debajo de las pilastras para poder elevarlas; y el que hacía de director con otro oficial que tenía de encargado de la obra, llamado maestro Iselio, del Palmital, estaban encima de la caja del reloj, y el infrascrito cura con Miguel Hernández Martín y Agustín Martín Macías, sentados en la cumbrera de la iglesia.
El público esperaba con alegría y con temor el éxito de la empresa, cuando he aquí que apenas se dio por el director la voz de jiza!, término de los marineros, y la campana se eleva de su sitio como un palmo, se rueda la cabria hacia las pilastras de la parte trasera, echa a tierra la una e inmediatamente la otra, y todos aquellos hombres que estaban en el techo de la iglesia, prestando sus servicios generalmente, desaparecen al instante envueltos en medio de los cantos, la tierra y todo cuanto se hallaba en aquella parte de la iglesia, levantándose al instante una nube de polvo y produciéndose un ruido tan estrepitoso que anunciaba a los espectadores y a todo el vecindario la temible catástrofe que acababa de ocurrir. Yo no puedo describir el temor y el susto que se apoderó de mí y que se apoderaría de todos los corazones; yo no puedo describir la escena tristísima de ver salir de las casas dando gritos y alaridos a los padres y a las madres y a los hijos y a las hijas, que sin conocimiento corrían a las puertas de la iglesia que se hallaban cerradas, para ver a su padre, a su hermano, a su hijo, a su vecino, a su prójimo, no ya muerto sino hecho pedazos y triturado todo su cuerpo. Esto lo dejo yo a la consideración del lector.


Con el corazón transido de dolor y sin poderme mantener en pie pude llegar al suelo, se abrieron las puertas de la iglesia, oyendo gritos espantosos y en medio de una tremenda algazara, como es de suponer para socorrer a alguno si estaba con vida en lo espiritual y en lo material, o recoger los pedazos de los difuntos, pues así creíamos encontrarlos. Pero gracias a Dios y a la protección de Ntra. Sra. de Candelaria, el coro no se desplomó y sostuvo el empuje de esta funesta caída, y los hombres naturales y vecinos de este pueblo, a pesar de haber caído al coro envueltos en todos los escombros ya mencionados, no sufrieron lesión alguna, ni las campanas, y solamente encontramos herido al suegro del rematador, ya estaba medio muerto y se le administraron los Santos Sacramentos, y por orden de las autoridades fue conducido inmediatamente a la Ciudad de Guía para que el médico forense le curara y seguir a la vez los trámites legales; al fin escapó con la vida, aunque quedando algo inútil de una pierna, y su compañero el célebre Miguel Duque fue tan inhumano que al instante se marchó no socorriéndole ni acompañándole por lo menos a la ciudad de Guía.
Fue admirable lo que ocurrió al vecino Manuel Ortega Moreno que estaba, como ya se ha dicho, en el techo de la iglesia ayudando en lo que podía. Cuando cayó la primera pilastra se hundió con ella quedándose sentado en un flechal de la iglesia; allí vio caer los últimos cantos de una pilastra y todos los de la otra esperando el momento que uno de ellos le quitara la vida; mas, aunque uno de ellos quedó encima del mismo flechal y arrimado a su pecho, sin embargo no sufrió el menor daño.
De modo que podemos decir, sin temor de equivocarnos, que todos los que estaban en el techo de la iglesia murieron y volvieron a vivir, y por este insigne y extraordinario beneficio, más tarde, cuando todo estuvo de nuevo arreglado y el reloj cantando las horas, determiné cantar una misa en acción de gracias al Todopoderoso por la mediación de Ntra. Patrona la Virgen de Candelaria.
Y para que conste firma en infrascrito cura, algunos de los que sucumbieron y otros vecinos del pueblo que presenciaron el hecho.
Pueblo de Moya, a cinco de enero de mil ochocientos noventa y cuatro.
- Herrera Piqué, Alfredo: “La antigua iglesia de la Candelaria en la Villa de Moya”, Aguayro, n.º 104, Las Palmas de G. C. 1978, pp. 26-29.
- Rodríguez Ojeda, Andrés: “Quinto Centenario de la creación de la Parroquia de Nuestra Señora de Candelaria 1515-2015”.
- Trujillo Yánez, Gustavo A.: Historia, epigrafía e iconografía de las campanas de Gran Canaria. Contribución al estudio del patrimonio histórico insular.
- Ídem.
- Íd.
- Íd.
