Revista n.º 1149 / ISSN 1885-6039

A estas alturas, solo queda arrayarse un millo

Lunes, 13 de abril de 2026
Inés Rodríguez Batista
Publicado en el n.º 1144

Ser canario también es escuchar hablar de política y sentir que siempre estamos en segundo plano. Que somos destino turístico antes que hogar. Que se protege más lo que viene de fuera que lo que ya está aquí...

Pancartas en una de las manifestaciones de 'Canarias tiene un límite'

Si hay algo que tenemos claro los canarios es que si nos han apodado los de las Islas Afortunadas es por algo. Vivimos en un paraíso con rincones fascinantes, con gente que, de lo simpática que es, da rabia, una gastronomía para chuparse los dedos y un esparpajo que no nos lo quita nadie. Claro que vamos a la playa. Claro que nos comemos un caldito de pescado con su gofio escaldado mirando para la playa de Las Nieves. Claro que eso es verdad. Pero no todo en esta vida es eso.

Ser canario también es levantarnos de noche para llegar temprano. Es salir de casa cuando todavía está oscuro, con ese fresquito que cala, aunque los de fuera piensen que aquí siempre hace, mínimo, 20 grados; para meterte en una guagua que ya va llena antes de empezar el día. Es vivir a media hora de la capital… pero tardar dos horas en llegar si no tienes coche. Dos horas de curvas, de carretera, de mirar por la ventana y de pensar que vives en una isla, pero que a veces parece que estás aislada... Ser canario también es aprender desde chiquititos que todo cuesta más, que todo llega más tarde, y que muchas veces tienes que salir de aquí si quieres avanzar, o por lo menos eso es lo que te dicen cuando siendo un niño inocente dices que quieres ser cantante, o actor...

Ser canario fue ver a nuestros padres trabajar sin parar. En las plataneras, en la construcción haciendo apartamentos para guiris, donde hiciera falta. Llegar reventados y levantarse al día siguiente como si nada. Y tú de pequeño no te das cuenta. Tú crees que eso es lo  normal, que todas las familias viven así, que todos los padres llegan cansados, que todas las casas tienen ese silencio raro después de un día largo, que seguro que todos los padres solo ven a sus hijos los domingos... pero luego crecemos… y entendemos. Y entendemos que no era solo cansancio. Era esfuerzo. Era aguantar.

Una obra de 'Postales de la ausencia', exposición de la AC G21

Ser canario también es mirar la isla a través de nuestros abuelos. Escucharlos contar dónde trabajaron, cómo desde chicos estaban en las tomateras, en las papas, en la tierra. Y lo escuchamos como si fuera otra época, como si eso ya no existiera. Pero la realidad es que sí existe. Que sigue habiendo gente dejándose la espalda en el campo, que sigue siendo parte de lo que somos, aunque muchas veces no lo queramos mirar.

Y en medio de todo esto, también está la gente que siente la isla de una forma especial. Gente con esa obsesión bonita por patearla, por conocer cada rincón, por creer que todo lo que se le da a la tierra ella lo devuelve. Cuando somos chicos muchas veces no lo entendemos. Nos puede llegar a parecer exagerado. Incluso nos puede parecer de mal gusto que alguien se compre un collar de barro con una pintadera un domingo cualquiera en el mercadillo de Teror y pensar: “Chacho, ¿pero por qué?”. Y la respuesta siempre es la misma: "porque somos canarios, y si no lo defendemos nosotros, ¿quién lo va a hacer?". Y ahora, de repente, ves a todo el mundo con pintaderas, ves que se han puesto de moda, que la gente joven las lleva, que artistas las han visibilizado… y lo único que queda es pensar que, al final, tenían razón. Que hacía falta que alguien nos recordara que lo nuestro también es valioso.

Pero, por supuesto, ser canario también es tenerle cariño a nuestra tierra… y coraje, al mismo tiempo. Es caminar por sitios como Las Canteras y pensar: “¡Ños…! ¡Esto es increíble! ¡Dime qué capital tiene esta pedazo de playa!”. Pero también pensar: “¡Pero esto ya no es del todo nuestro!”. Es ver cómo las casas se compran desde fuera, cómo los precios suben; cómo tú, que has nacido aquí, no sabes si algún día vas a poder vivir aquí... Y eso duele. Duele porque no quieres irte, pero tampoco quieres sobrevivir.

Ser canaria también es querer conocer tus propias islas… y no poder. Es mirar un vuelo a El Hierro, a La Palma, a cualquier otra isla, y darte cuenta de que es carísimo. Que conocer tu propio Archipiélago se ha convertido en un lujo. Y cuando por fin vas, te das cuenta de que muchas veces las Islas están pensadas para quien viene de fuera, que las han destrozado construyendo hoteles, complejos, apartamentos, y que los precios no están hechos para ti. Y nosotros intentando encajar, buscando algo más barato, a sabiendas de que en una vivienda vacacional no vamos a acabar. Porque sabemos que esas casas podrían ser hogares para gente de aquí, aunque, al mismo tiempo, parece que es la única forma que tenemos de poder conocer nuestras Islas. Y no sabemos muy bien cómo sentirnos...

Pegatinas de protesta en las calles canarias

Ser canario también es escuchar hablar de política y sentir que siempre estamos en segundo plano. Que somos destino turístico antes que hogar. Que se protege más lo que viene de fuera que lo que ya está aquí. Y lo único que nos sale pensar es que ojalá alguien mire para las Islas de verdad. Ojalá alguien entienda que esto no es solo sol y playa. Que aquí vive gente.

Pero ser canario también es otra cosa. Es reírnos en medio del caos que nos envuelve ahora mismo. Es decir mi niño a tu vecino de 80 años, aunque ni sea tuyo ni sea un niño. Es tener una forma de hablar que es como un hogar, aunque otros se quieran empeñar en que no nos entienden. Es saber que venimos de un sitio pequeño… pero con una identidad enorme.

Nosotros no renegamos de lo bonito. No renegamos de la playa, ni del gofio, ni de la forma en la que vivimos. Pero ser canario no es solo eso. Ser canario es todo lo que no sale en las postales.

Y es que, al final, ser canario es eso: vivir en un paraíso… que también pesa.

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