Revista n.º 1161 / ISSN 1885-6039

Feliciano J. Cabrera y la Edad de Oro de los Abastos en Santa Cruz de Tenerife (y II)

Sábado, 1 de agosto de 2026
Juan Roberto Cabrera García
Publicado en el n.º 1159

En una sociedad insular con pasión por la colombofilia y la canaricultura (cría del pájaro canario), su almacén fue -entre otras cuestiones- el templo de referencia para adquirir mezclas específicas de alpiste, nabina, linaza, cañamón, negrillo, mijo, calcio y nutrientes para aves.

Julia García y Feliciano Juan

(Viene de aquí)

Feliciano J. Cabrera, con la experiencia acumulada, trasladó y expandió su actividad abriendo su célebre almacén de ultramarinos en el barrio de Duggi, en la confluencia estratégica de las calles Ramón y Cajal con Benavides. Aquel establecimiento rompió con el molde de la típica y limitada tienda de víveres de la posguerra que había sido. No era una simple tienda al uso; funcionaba como un punto neurálgico de abastecimiento e importación a gran escala bajo un modelo híbrido modélico: convivían con absoluta naturalidad el comercio al por mayor (abasteciendo a otros pequeños despachos de la isla que acudían a comprar grandes volúmenes) con la venta al detalle (el despacho diario por cuartos al vecino del barrio). Aquella esquina era un hervidero constante de actividad donde los grandes sacos de arpillera y las numerosas garrafas de vidrio marcaban el ritmo de la jornada.

Lejos de ser una tienda de ultramarinos común, Cabrera operaba con la agilidad de un gran centro de distribución. Bajo la máxima de «que el cliente encuentre siempre todo lo que necesite», por lo que no podía faltar la verdura fresca que le suministraba la empresa de Fariña, un abastecedor local. De modo que fue modernizando el negocio, así que el Almacén de la calle Benavides no se estancó en los abastos puros. Demostrando una enorme visión comercial y una perfecta sintonía con las necesidades de las familias de Duggi, el negocio fue evolucionando hasta abrir una exitosa sección dedicada a la loza, vajillas, cristalería y artículos de bazar. Este sector vital de la tienda estuvo enteramente dirigido y manejado por su esposa, quien aportó al entorno un toque de calidez, orden y diversificación esencial, convirtiendo el local en parada obligatoria para el equipamiento del hogar.

Con familiares y amigos a las puertas de su vivienda en Benavides, 61

Para sostener el incansable trasiego de mercancía al por mayor y al detalle, tejió una red de alianzas con los proveedores locales más potentes de la época, como Pedro Duque o Moro & Robles, Armando Santana, Frinsa, PanAmericana de comercio, el incipiente Montesano, entre otros muchos, además de su vinculación a COMALTE. En un panorama económico tradicionalmente individualista y atomizado como el de las décadas centrales del siglo XX, Feliciano J. Cabrera demostró ser un auténtico adelantado a su tiempo al comprender que el futuro del pequeño comercio pasaba obligatoriamente por la economía social y la ayuda mutua institucional, así que fue uno de los primeros socios de COMALTE (Comerciantes Minoristas de la Alimentación de Tenerife). Cabrera entendió con lucidez que la unión de los almacenistas tradicionales era la única vía democrática para concentrar el volumen de compra, optimizar las fletes marítimos y negociar importaciones a gran escala en igualdad de condiciones frente a los grandes monopolios de distribución. Su constante afán por la profesionalización y la cultura comercial lo llevó a ser un activo suscriptor y lector del periódico El Comerciante, tribuna desde la cual se analizaban las normativas fiscales, las tarifas portuarias y las fluctuaciones de los mercados internacionales. Fue un asiduo e influyente participante en las asambleas y debates sectoriales que estas entidades asociativas celebraban con regularidad en los salones de la Cámara de Comercio de Santa Cruz de Tenerife, aportando siempre su voz templada y su experiencia técnica en favor del bien común de los comerciantes tinerfeños, lo que se iba traduciendo en una renovación completa de los negocios. Expositores, maquinarias, congeladores, estantes y frigoríficos.

Del imperio de las aceitunas a granel y al mayor, se convirtió en el referente indiscutible del sector de abastos de Santa Cruz de Tenerife gracias a un sofisticado sistema de conservación, variedad y aderezo en grandes barricas. La textura y el sabor de sus aceitunas sentaron cátedra, atrayendo a clientela de todo el municipio. Sin embargo, su ambición logística iba más allá de las fronteras insulares: los granos y cereales para aves no se limitaban al mercado local, sino que los importaba directamente desde distintos países europeos. Por ello fue un motor de la canaricultura y las aves. En una sociedad insular con una pasión desmedida por la colombofilia y, muy especialmente, por la canaricultura (cría del pájaro canario), su almacén fue el templo de referencia de toda la isla para adquirir mezclas específicas de alpiste, nabina, linaza, cañamón, negrillo, mijo, calcio y nutrientes para aves. Feliciano utilizaba su experiencia en el comercio exterior para importar granos limpios de primera calidad y realizar dosificaciones matemáticas exactas según las necesidades de los exigentes criadores locales.

Pero el verdadero sello de identidad de Feliciano J. Cabrera fue la excelencia técnica y el mimo al producto en dos nichos específicos. Por un lado, se erigió como el gran referente de los abastos gracias a la venta de garrafas de aceitunas ya mencionada, con sus particulares métodos de lavado y conservación que crearon escuela; desde su almacén se surtían los pequeños comercios y despachos de la mayoría de los barrios de Santa Cruz, actuando como un motor mayorista de la economía local. Por otro, su minuciosidad se reflejaba en el despacho diario, disponiendo las chacinas envueltas pulcramente en papel comercial que portaba su propia firma impresa, la importación de embutidos y el empaquetado de legumbres en distintos y cuidados formatos para dar fluidez al despacho. No obstante, su auténtica fama la alcanzó con sus fórmulas exclusivas y preparados para la ración de palomas. La destreza con las mixturas de cereales europeos y americanos era tal que entre su selecta clientela figuraban los colombófilos más destacados de la isla e, incluso, el propio Ayuntamiento de Santa Cruz, que confiaba en él para el mantenimiento de las aves de la capital.

Así y todo, lo que verdaderamente elevó a Feliciano J. Cabrera a la categoría de figura respetada no fue su volumen de facturación, sino su ética y su profunda calidad humana. Mantuvo una estrecha relación profesional y personal con otros grandes nombres del sector, como los comerciantes Julio Alvariño o Pelegrín Santana, y destacó históricamente por mantener una cordialísima y fraternal relación con todas las otras tiendas de barrio de la zona. Lejos de verlos como competidores, Feliciano ejercía como un vecino y aliado protector; un código de respeto mutuo y ayuda entre colegas que sentó escuela en el sector de los abastos chicharreros.

Edificio Bauhaus en Benavides, esquina Ramón y Cajal, donde se instaló el comercio de ultramarinos

Detrás de este éxito no solo había intuición, sino una cabeza financiera privilegiada: Cabrera era un auténtico especialista en la doble contabilidad, albaranes, dietarios, lo que le permitió llevar un control matemático y riguroso de un volumen de negocio tan complejo. Su profunda comprensión de las dificultades de la importación insular lo empujó de forma natural hacia el cooperativismo, participando de forma activa también en el desarrollo de las actividades lúdicas que organizaba la Cooperativa de Minoristas de la Alimentación de Tenerife no sólo para proteger al mediano comercio sino para estrechar lazos entre los socios. En el día a día de Ramón y Cajal, Feliciano contó con un pilar fundamental, su sobrino Marino Morera, quien le acompañó fielmente en el comercio prácticamente hasta su cierre. Finalmente, con la llegada de las primeras grandes superficies en la década de los 80, Feliciano demostró una vez más su perspicacia comercial al adelantarse al cambio de paradigma. Traspasó el negocio, y aquel local se reconvirtió en una floristería. Gracias a la excelente ubicación que Feliciano había elegido en su momento, el nuevo establecimiento prosperó rápidamente, convirtiéndose en una de las mejor situadas de la capital.

El fin de la era dorada había llegado, empujado por el cambio estructural de la economía española y la inevitable irrupción de las primeras grandes superficies comerciales y supermercados modernos. Este nuevo modelo de consumo masivo y despersonalizado precipitó la clausura de la mítica esquina de Duggi. Se cerraban las puertas físicas de la tienda, pero se abría su paso a la historia local.

Hermanos Cabrera en Cuba. Un homenaje musical a los antepasados

Feliciano J. Cabrera y Julia García no solo dejaron un vacío hondo en el tejido empresarial y humano del barrio de Duggi. Su herencia de rigor intelectual, sensibilidad, amor por el trabajo bien hecho y profunda vinculación con el alma chicharrera trascendió las fronteras de los mostradores y los libros de contabilidad. Su entorno familiar directo conectó este espíritu de excelencia con la identidad artística y la sensibilidad cultural de todo el archipiélago canario, siendo los orgullosos padres de sus hijas y del respetado y querido músico tinerfeño Roberto Cabrera. Las firmas en el libro de socios de la Posada del Mar sellaron la alianza entre los Cabrera, García y Hernández, un puente comercial consolidado entre Cuba, La Palma y Tenerife que garantizó el abastecimiento en las complejas décadas centrales del siglo XX.

Feliciano J. Cabrera no fue, por tanto, un simple tendero de la posguerra. Fue un técnico de los abastos, un pionero de la importación, un visionario del cooperativismo y, por encima de todo, un hombre bueno que demostró que detrás de cada cucurucho de aceitunas y de cada saco de maíz podía latir un corazón noble comprometido con su pueblo.


Las 15 imágenes restauradas, y con créditos, incluyen colecciones familiares, archivos históricos y autores como Zoilo Lobo y Padilla.

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