Revista n.º 1165 / ISSN 1885-6039

Régimen del mar: la doble cartilla del navegante

Jueves, 6 de agosto de 2026
Ramiro Rosón
Publicado en el n.º 1160

El nuevo poemario de Fabio Carreiro Lago se presentó días atrás en La Poeteca de Canarias (La Laguna, Tenerife), y hoy ofrecemos el texto leído allí por Ramiro Rosón donde, entre otras ideas, se dice que el poeta convierte la biografía del abuelo en un archivo de la experiencia obrera del mar.

Rosón y Carreiro durante el acto en La Poeteca lagunera

Cuando uno se acerca a Régimen del mar, conviene detenerse primero en el título, porque no resulta decorativo ni puramente metafórico. La expresión remite, en su uso más corriente en España, al Régimen Especial de los Trabajadores del Mar, ese entramado jurídico y administrativo de la Seguridad Social que protege a quienes ejercen su oficio en la mar: pescadores, marineros de altura y estibadores. Fabio Carreiro Lago, profesor de Geografía e Historia, posee una mirada muy atenta a las condiciones materiales de la vida, y conocía perfectamente el alcance de esta elección. No constituye un juego de palabras gratuito, sino una decisión poética de alto voltaje: el mar representa, para el abuelo del poeta, un lugar de trabajo, de viajes largos, de sueldos y de cotizaciones; pero también actúa como el escenario donde se teje la memoria familiar, donde se fraguan las leyendas y donde la palabra del poeta encuentra su materia. El título, pues, funciona como una doble cartilla: la del trabajador que cotiza y la del nieto que escribe.

La figura del abuelo ocupa el centro emocional del libro, un hombre de origen gallego que pasó décadas surcando el Atlántico. En el poema que abre la sección «Mar del Norte», el poeta enumera con una precisión casi documental los destinos de esos viajes: “los barcos a cuba”, “el mar en walbys bay”, “volcanes sumergidos”, “el valor entre icebergs y tormentas”, “los cargueros perdidos en bermudas” y esa evocación de “moby dick por legendarios caladeros del gran sol”. Carreiro no dibuja un paisaje difuso ni recurre a una geografía inventada: Walvis Bay constituye un puerto real de Namibia, conocido por sus bancos de niebla y por su condición de punto clave en las rutas pesqueras; los caladeros del Gran Sol siguen siendo un referente histórico para la flota gallega. El poeta no mitifica el viaje, sino que lo inscribe en una geografía precisa y, al hacerlo, convierte la biografía del abuelo en un archivo de la experiencia obrera del mar. Esa experiencia, sin embargo, no se narra con grandilocuencia, sino con la sobriedad de quien sabe que la grandeza de esos viajes no necesitaba adjetivos: bastaba con nombrarlos.

Pero el abuelo también aparece como un hombre envejecido que, en su casa, ve la televisión, espera la Bonoloto y se duerme en el sillón. Carreiro lo retrata en esa doble condición: el héroe de los caladeros legendarios y el abuelo de andar por casa, en pijama y zapatillas, que se sienta frente al televisor para “mirar para dentro un ratito / a engañar al tiempo”. Esa imagen resulta demoledora en su sencillez. El poeta nos dice que el abuelo “se quedaba a frenar el reloj / a esperar la bonoloto / quería que pasara el tiempo / más despacio”. La Bonoloto, aquí, no representa un sueño de riqueza, sino un ritual doméstico que permite detener el flujo del tiempo, alargar la tarde, retrasar el momento en que la noche y el silencio se impongan. El poeta convierte ese gesto cotidiano, casi insignificante, en un símbolo de la resistencia humana frente a la muerte. El abuelo sabe que no puede parar el reloj, pero se entretiene en la espera, en la rutina del sorteo, como quien se agarra a una boya en medio de la corriente.

Esta tensión entre el mar de los trabajadores y el mar de los recuerdos se extiende a lo largo de todo el poemario. En el poema «Herencia», el poeta se dirige a sí mismo con una frase que condensa el doble significado del título: “puedes acogerte a la tristeza / al régimen del mar / pero no sumergirte en los fondos / oceánicos de una lengua perdida”. Acogerse al régimen del mar invita a aceptar las normas del duelo, a inscribirse en esa tradición de trabajadores y navegantes que han sabido sobrellevar la pérdida; pero el poeta también se advierte a sí mismo que no debe sumergirse del todo, que no debe perderse en la nostalgia ni en el abismo de una lengua que ya no le pertenece. Esa conciencia del límite proporciona al libro su equilibrio: la emoción nunca se desborda, la melancolía nunca se convierte en desesperación.

La geografía desempeña un papel tan importante en este libro como la propia memoria. Carreiro se mueve entre dos extremos: su Vigo natal y Lanzarote, la isla donde ejerce como profesor y donde ha construido su vida adulta. Ese vaivén entre el norte atlántico y el archipiélago volcánico no funciona como un telón de fondo, sino como una estructura de la experiencia. En poemas como «Los calderones» o «Una tarde en Buenavista del Norte», el paisaje canario aparece con sus calimas, sus invernaderos de plástico, sus carreteras que llevan a “lugarejos tristísimos”. Y, sin embargo, el poeta no se limita a describir; interroga el paisaje, lo convierte en una pregunta: “¿por qué te alejaste?”. Esa pregunta, que el niño que aún habita en el autor se hace a sí mismo, resuena a lo largo de todo el libro. La isla constituye el lugar de la elección y del extrañamiento, un espacio donde la vida provisional se convierte en destino.

Uno de los aciertos más notables del poemario reside en la manera de incorporar su oficio de profesor a la materia poética. En la sección «Régimen de vientos», los días de la semana se transforman en poemas: el lunes aparece el atasco en Salinetas, el rojo en Taliarte, los volcanes en el aula; el miércoles, el viento que los alumnos imaginan en un cuento de Víctor Ramírez; el viernes, la enseñanza de los desastres de la guerra y la inflación. Un momento especialmente revelador aparece en el poema titulado «Deberes sentimentales», donde el autor recuerda que, en el bachillerato, leía ciertos versos por obligación y los encontraba “cursis y anticuados”, pero que ahora, en la “indeseada madurez”, al visitar la casa del poeta y ver su rostro enfermo en los retratos, siente una “rara devoción”. Esa experiencia de redescubrimiento de la poesía como “humilde bálsamo” ofrece una clave de lectura para todo el libro: la poesía no adorna ni constituye un ejercicio de estilo, sino que funciona como un mecanismo de supervivencia, un modo de atravesar el tiempo sin que la dureza de lo real lo devore todo.

Portada de 'Régimen del mar'

Texto de contraportada del poemario

Merece atención también la presencia de la memoria histórica, no solo la familiar, sino la colectiva. En poemas como «Tripulante n.° 1», Carreiro introduce una nota más grave al evocar los cuerpos de un carpintero y un alcalde enterrados boca abajo, “porque podían servir para otros”. La referencia a los fusilamientos durante la guerra y la posguerra, a ese silencio impuesto que aún cubre a los muertos, aparece con una contención admirable: “en el cementerio dieron tierra / a un carpintero a un alcalde / desnudos boca abajo / eran malos tiempos / para la libertad”. Esa memoria herida se entrelaza con la memoria del abuelo, y el poeta no la utiliza para hacer un alegato, sino para mostrar que el silencio también constituye un régimen, una forma de gobierno que pesa sobre los vivos y que la poesía, en su modestia, intenta deshacer.

Carreiro maneja un lenguaje aparentemente sencillo, aunque trabaja cada palabra con una precisión de orfebre. Sus versos suelen resultar cortos, casi telegráficos, y se apoyan en la imagen concreta: la canoa guardada en el armario, la furgoneta aparcada en el descampado, el árbol desgreñado que representaba una “cabeza de medusa”, el pan amasado por las manos “bastas” de José. El poeta rehúye las metáforas recargadas y los adjetivos superfluos. Confía en la fuerza de lo nombrado, en lo evocado sin énfasis, y esa apuesta resulta suficiente para transmitir la emoción. Y lo consigue: cuando escribe que el abuelo, al final de su vida, “le había dado por decir aquel verano / ya voy camino del buen tiempo”, no necesita explicarnos que el buen tiempo significa la muerte; lo sabemos, y la frase nos golpea con la suavidad de una ola que se retira.

La estructura del libro, dividida en tres partes —«Mar del Norte», «Régimen de vientos» y «Ultramarina»—, dibuja un viaje que no sigue una línea recta, sino un movimiento circular. El norte representa el origen, la infancia, el frío; el régimen de vientos abarca el presente, el aula, la isla, el trabajo diario; la ultramarina señala el horizonte final, el mar abierto que carece de orillas, la aceptación de que el viaje nunca termina del todo. El poema que cierra el libro, titulado precisamente «Ultramarina», condensa esa sensación de navegación perpetua: “a bordo de un barco / un barco oscuro / han navegado juntos / han navegado en noches despejadas / han navegado entre la niebla”. La oscuridad del barco, la niebla, el frío, el peso de todos los mares sobre los hombros: todo eso compone la vida, y el poeta lo asume sin dramatismo, con la certeza de que el mar “seguirá siendo el mar”.

En definitiva, Régimen del mar no busca consolar ni ofrecer respuestas concluyentes; prefiere detenerse en las preguntas que el tiempo, la muerte y el trabajo dejan a su paso. Fabio Carreiro Lago ha escrito una obra que honra la memoria de su abuelo sin idealizarla, que mira al mar como un lugar de trabajo y de sueños, y que encuentra en la poesía un espacio para acogerse a la tristeza sin hundirse en ella. Se trata de un libro para leer despacio, como quien mira el horizonte desde la costa, sabiendo que, más allá de la línea del agua, existe un régimen que no hemos inventado nosotros, pero en el que, de alguna manera, todos navegamos.

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