Revista n.º 1160 / ISSN 1885-6039

Feliciano J. Cabrera y la Edad de Oro de los Abastos en Santa Cruz de Tenerife (I)

Martes, 21 de julio de 2026
Juan Roberto Cabrera García
Publicado en el n.º 1158

Crónica histórico-antropológica que reconstruye la biografía comercial de Feliciano J. Cabrera (1906-1985). El texto examina las redes migratorias y comerciales transatlánticas e interinsulares que unieron Cabaiguán (Cuba), Santa Cruz de La Palma, las Breñas, Puntallana y Santa Cruz de Tenerife.

Feliciano J. Cabrera en la Plaza del Príncipe

Por su rigor técnico, su visión cooperativista y su profunda calidad humana, la trayectoria de Feliciano J. Cabrera (1906-1985) y su esposa Julia García personifican la transición del comercio transatlántico hacia la modernización de los abastos en Canarias. Desde el aprendizaje en las Antillas hasta el icónico rugido de la Ford Thames en el barrio de Duggi, esta es la historia de un comercio que fue, ante todo, una escuela de vida y comunidad.

La andadura comercial de Feliciano J. Cabrera comenzó al otro lado del Atlántico, impregnándose del dinamismo de la emigración canaria en Cuba. En la localidad de Cabaiguán, sus hermanos habían fundado una acreditada tienda conocida como La Comercial. Fue en este negocio familiar donde Feliciano adquirió sus primeras nociones del oficio, asimilando la rigurosidad en la gestión de inventarios, el trato con los canales de distribución y una visión de negocio a gran escala que marcaría el resto de su vida. Nacido en 1906, en los albores de un siglo marcado por las corrientes de la emigración transatlántica, Feliciano J. Cabrera no construyó su porvenir sobre la mera intuición o el azar. Su andadura se cimentó sobre una rigurosa formación teórica y empresarial desarrollada conjuntamente con sus hermanos Anastasio y José Cabrera. En una época donde los comercios de barrio se gestionaban de manera rudimentaria, el núcleo de los hermanos Cabrera se dotó de herramientas intelectuales extraordinariamente avanzadas y cosmopolitas, Dominaron el sistema de registro contable de origen renacentista, lo que otorgó a Feliciano una estructura mental matemática para gestionar flujos de caja, balances de pérdidas y ganancias, y un control de inventarios de precisión a gran escala.

Feliciano Juan y paisanos a las puertas de La Comercial en Cabaiguán (foto restaurada)

A su regreso a Tenerife, antes de su definitivo asentamiento en el barrio de Duggi, Cabrera inició su andadura en la capital santacrucera mediante una alianza estratégica. Adquirió la casa de comidas y bodega La Posada del Mar, ubicada en la histórica calle de El Sol, en sociedad con sus cuñados: Benigno García, reputado comerciante de Santa Cruz de La Palma, y su hermano Felipe García. Este establecimiento funcionó como un auténtico nexo familiar; en él llegó a trabajar su hermano José Cabrera —quien había sido el fundador de La Comercial en Cabaiguán— tras su propio regreso del Caribe, además de contar con la ayuda de José Antonio, uno de sus hijos. En La Posada del Mar, Feliciano demostró un tempranero espíritu visionario al convertirse, muy probablemente, en el pionero de la importación y embotellado de vino de la isla de La Palma, el cual le llegaba directamente desde zonas vitivinícolas tan emblemáticas como Las Breñas y Las Manchas. Tiempo después, el negocio quedó en manos de su coetáneo y afín Virginio Hernández Ramón.

Feliciano desembarcó en Tenerife en el 39 sin nada más que el empeño. Con la guerra civil fue movilizado y al frente, cerrándose la oportunidad de Cuba, desde el crack del 29 y la necesidad de salir a flote. Sus pocos parientes en la isla eran su primo Evaristo Delgado Granela y Marcela, esposa del importador de salazones Juan Castañeda y Cía, y que fueron clave al inicio, porque con ellos aprendió el oficio entre Garachico, San Marcos y el Puerto de La Cruz, en días de repartos, de carga y descarga, de ver cómo se empacaba el pescado, cómo se sellaban los barriles y cómo rugían los camiones cuesta abajo con la mercancía. Con sus ahorros de indiano compró una venta de «chochos y moscas» en la Noria Alta, luego Ramón y Cajal, que le traspasó un asturiano de apellido Bielsa, a la vez que llevaba la contabilidad de las casas de don Juan Sallares, propietario de una gran cantidad de viviendas en alquiler. En el 40 volvió a La Palma sólo para casarse con Julia en Breña Baja y regresarla a Santa Cruz, donde se puso al mostrador con él. No tardaron en venir, su hermana Nieves y su madre María Delgado, que vivieron muy cerca y cuidaron la venta, incluso la de carbón, en su ausencia. Con el tiempo llegó la bodega de la Calle del Sol y sin dejar la venta, la complementaron con vinos, comidas y avituallamiento de barcos. Así, entre familia, camiones y madrugones, fue saliendo a flote en Tenerife.

Feliciano operaba ya plenamente desde su nueva y amplia sede de mayoristas ubicada en la esquina de la calle Benavides 36 con Ramón y Cajal, registrada en la guía comercial e industrial de Canarias (1948, pág.143). Un punto neurálgico que se expandía hacia el interior de la ciudad. La histórica bodega original de los bajos de la Posada del Mar quedó entonces bajo la administración directa de su hermano, José Cabrera. El bagaje de este indiano, antiguo dueño de La Comercial en Cabaiguán, fue decisivo, ya que su experiencia gestionando el comercio minorista en la Cuba de preguerra le otorgó la astucia y la mano izquierda necesarias para mantener a flote la taberna tinerfeña en los años más oscuros del racionamiento. Posteriormente, la barra y el almacén portuario pasaron a manos de Virginio Hernández Ramón, casado con Nieves Cabrera. Virginio defendió el mostrador en los años cincuenta, una época de lenta transición en la que el puerto tinerfeño comenzó a abrirse de nuevo al tráfico de los grandes buques transatlánticos de pasajeros y petroleros de la refinería.

Virginio Hernández en la bodega de La Posada del Mar. Calle El Sol (Santa Cruz de Tenerife)

Regentar una bodega en la Calle del Sol durante aquellos años significaba convivir con el miedo a la clausura. Los inspectores de la Fiscalía de Tasas y los agentes de la Comisaría de Abastos patrullaban el entorno del puerto buscando cualquier rastro de estraperlo o alteración de precios. Las autoridades realizaban inspecciones sorpresa en los bajos de la posada para cotejar que las pipas de vino correspondían exactamente con las guías de circulación emitidas en La Palma por Hernández Vergara. Los inspectores medían el grado alcohólico y el volumen para asegurarse de que el vino no hubiera sido bautizado con agua para multiplicar las ganancias o mezclado con caldos de contrabando. Frente al escrutinio oficial, donde se registraban los precios tasados por el régimen, el verdadero control del negocio seguía estando en el libro de los socios. Las anotaciones reales de las pesetas que costaba producir en Breña Baja y lo que verdaderamente se recaudaba en Santa Cruz debían mantenerse a buen recaudo, lejos de la vista de los funcionarios del Estado. El ingenio de José Cabrera y Virginio Hernández se ponía a prueba en cada visita de inspección. Una jarra del mejor malvasía palmero embotellado o una buena ración de los calderos de la barra solían ser los mejores aliados para mitigar el celo de los inspectores, logrando que estos hicieran la vista gorda ante pequeñas discrepancias en los inventarios de licores.

Entrar en los bajos de la posada en mil novecientos cincuenta era sumergirse en un microcosmos sociológico fascinante, donde la barra mostraba dos realidades comerciales paralelas pero complementarias. El brandy y el coñac nacionales eran mercancías sagradas que se custodiaban con recelo de las inspecciones. Se vendían como provisiones reguladas, el llamado rancho de a bordo, para los barcos mercantes que reanudaban las rutas internacionales. Muchas de estas cajas, lejos de registrarse en los libros oficiales, se convertían en objeto de trueque directo con los oficiales de los buques a cambio de productos extranjeros imposibles de conseguir legalmente en la isla, como café de contrabando, medicinas, tabaco rubio o repuestos mecánicos.

Los coches americanos también empezaban a verse por la zona portuaria. Algunos estaban habilitados para carga. En la foto, el Chevrolet de Feliciano J. Cabrera, matrícula TF-6129, un vehículo habitual en el trasiego de los abastos durante la década de los 50.

Frente al vino embotellado, reservado de forma exclusiva para los capitanes de los barcos o la burguesía local, el mostrador despachaba el vino de La Palma a granel. Los marineros, estibadores del muelle y vecinos del barrio acudían con sus propias jarras de loza y botellas vacías para llevarse el cuartillo de vino recio traído desde Breña Baja, el cual se cobraba rigurosamente en las pesetas de curso legal de la posguerra. En una España donde el fantasma del hambre aún acechaba en cada esquina, los calderos siempre al fuego sobre la barra eran un imán irresistible. Cocinados con carbón o leña, ofrecían platos de subsistencia inmediata, como ranchos canarios estirados con papas de la tierra, potajes de berros y cazuelas elaboradas con el pescado fresco que los propios marineros del puerto aportaban a la bodega a cambio de unos cuantos vasos de vino. El servicio ininterrumpido garantizaba comida caliente para los trabajadores del muelle, cuyos turnos eran tan irregulares e impredecibles como la propia llegada de los navíos a la bahía. Esta andadura, cimentada sobre el esfuerzo interinsular, entronca directamente con la trayectoria biográfica de su principal impulsor.

La tienda en Ramón y Cajal en el año 50

El paisaje urbano de Santa Cruz de Tenerife a mediados de los años cuarenta y cincuenta estaba profundamente marcado por las cartillas de racionamiento, el aislamiento exterior y la estricta economía de la autarquía. Sin embargo, la antigua Calle del Sol, seguía siendo una arteria vital para la supervivencia local. El puerto tinerfeño, receptor de los barcos de cabotaje, funcionaba como el gran pulmón de la isla, y la bodega de la planta baja de la Posada del Mar resistía como un bastión de ingenio comercial frente a las penurias de la posguerra. El libro de sociedad, cuyas aportaciones originales se habían fijado meticulosamente en pesetas, se convirtió en un documento de valor estratégico durante estos duros años de escasez. Conducir un negocio en pleno franquismo requería algo más que capital financiero, pues exigía una red inquebrantable de lealtades familiares capaz de sortear la falta de suministros y, sobre todo, de esquivar el asedio constante de los inspectores de la Comisaría General de Abastos y la Fiscalía de Tasas. Mientras las grandes importaciones internacionales permanecían bloqueadas por el aislamiento político, el comercio interinsular se convirtió en el auténtico salvavidas de la provincia. La alianza familiar tejida décadas atrás por los Cabrera y los García demostró en esta época su máxima utilidad y su naturaleza indestructible.

En una Breña Baja que sufría el abandono del campo de posguerra, las bodegas de los hermanos García, Benigno, Felipe y Juan seguían transformando el oro volcánico en vino de alto grado. Este producto no solo era un bien de consumo recreativo, sino una auténtica moneda de cambio en un mercado desabastecido. En Santa Cruz de La Palma, el céntrico establecimiento de los García, ubicado en las calles Real y Garachico, o operaba como el centro logístico clave para concentrar el excedente de las cosechas locales y preparar los cargamentos que debían dar el salto de isla. En los muelles palmeros, José Manuel Hernández Vergara, cuñado de los García y viejo amigo de José Cabrera, libraba una batalla diaria contra la burocracia de los puertos. Su labor consistía en conseguir espacio en las bodegas de los barcos de cabotaje que unían las islas, una flota mítica donde destacaban los viejos vapores correíllos como el Viera y Clavijo, el León y Castillo o el La Palma, junto a motonaves de carga general como el San Miguel o el Hespérides. Hernández Vergara debía negociar el estibado, controlar que los garrafones y las grandes pipas de madera viajaran calzados en las bodegas para resistir el oleaje del canal y, fundamentalmente, rellenar las guías de transporte oficiales, asegurando que el cargamento esquivara los decomisos antes de cruzar rumbo a Tenerife.

Al desembarcar en el muelle de Santa Cruz de Tenerife, flanqueado por el trasiego de carbón, mercancías y los mismos vapores interinsulares, el cargamento era recibido por Feliciano J. Cabrera Delgado. Para mediados de los cuarenta y cincuenta, el negocio se había diversificado de forma inteligente a través del clan familiar para repartir los riesgos en tiempos inciertos.


Las 15 imágenes restauradas, y con créditos, incluyen colecciones familiares, archivos históricos y autores como Zoilo Lobo y Padilla.

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