Revista n.º 1157 / ISSN 1885-6039

Gabriel Duque Acosta (1930-1987): vida y legado de un humanista (II)

Viernes, 12 de junio de 2026
José Guillermo Rodríguez Escudero
Publicado en el n.º 1152

Varios de sus amigos, también apasionados del cielo, evocan su figura como el impulsor incansable, presidente y auténtico corazón del primer Club de Aeromodelismo Federado de La Palma. Aquel proyecto alzó el vuelo a las 11:00 de la mañana del 7 de julio de 1981...

Duque sentado manejando avión (foto: Jesús Piñero)

Un espíritu universal: curiosidad sin fronteras. Más allá de su profesión, Gabriel Duque —lector incansable— fue una figura de honda sensibilidad cultural e intelectual, movida por inquietudes que se extendían del arte a la lectura, de la música a la fotografía, y de las aficiones técnicas a las ciencias. Resultaba difícil encontrar un tema que no despertara su interés y que pasara a formar parte de su universo intelectual. El cronista Jaime Pérez García (1930-2009) señalaba que su espíritu humanista y su inagotable curiosidad lo habían encumbrado como un referente singular entre sus contemporáneos. Dotado de una memoria prodigiosa y de una curiosidad insaciable, llegó a ser un gran conocedor de muy diversos ámbitos, sobre los que disfrutaba conversando y debatiendo.

Sus inquietudes políticas lo llevaron a desempeñar cargos como consejero del Cabildo Insular y alcalde presidente del Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma en los años sesenta (1964-1970). Su trayectoria política se distinguió por un firme compromiso con la ciudad y con el bienestar de sus habitantes. En la que probablemente sería una de sus últimas entrevistas como alcalde para la prensa local, Duque dejaba entrever su humanidad incluso al referirse a las dificultades más graves que hubo de afrontar. Así, recordaba «los gravísimos problemas y la angustia de hace cinco años, cuando nos encontrábamos técnicamente imposibilitados para darles solución». Sin embargo, su habitual optimismo se imponía de inmediato: «hoy es de resaltar el modo tan distinto de enfocar la obra, pues contamos con soluciones eficaces e inmediatas ante cualquier contingencia». Así era Gabriel: un tenaz buscador de soluciones.

Para este alcalde, el peso decisivo que en todo desafío tiene la formación espiritual y humana nos invita a mirar hacia el verdadero cimiento de cualquier progreso: la educación de las personas. Y no únicamente la que se imparte entre los muros de las instituciones académicas, sino aquella que germina, íntima y silenciosa, en el corazón del hogar. Porque sin una auténtica formación humana, la educación se vacía de sentido; sin educación, la cultura se marchita y las virtudes cívicas se diluyen. Y sin ese entramado de valores, el desarrollo se desvanece, dejando sin sustento toda aspiración de prosperidad económica.

Entre las empresas más decisivas que transformaron la capital palmera durante los seis años de mandato de Gabriel, destaca el impulso inicial al suministro de agua a presión, una obra que marcaría un antes y un después en la vida de la ciudad. Solía recordar, con serenidad y sin afán de protagonismo, que aunque la red baja y la culminación de la alta se llevaron a cabo bajo su gestión, los depósitos y los canales que conducían el agua desde los manantiales ya habían sido levantados por manos anteriores. Lejos de atribuirse méritos ajenos, reconocía con honestidad el esfuerzo de quienes le precedieron. En ese gesto, sencillo pero revelador, se dibujaba la amplitud de su mirada: una visión limpia, ajena a la mezquindad de la política más áspera, capaz de entender el progreso como una obra colectiva que trasciende nombres y mandatos.

Grupo del club de aeromodelismo Virgen de las Nieves (Duque, a la izquierda)

Bajo su impulso tomó forma también la entonces Avenida Blas Pérez González —hoy conocida como Avenida Marítima—, destinada a convertirse en la arteria vital que vertebra la ciudad. A su paso florecieron nuevas barriadas de viviendas y cobró vida un ambicioso plan de construcciones escolares que, como una siembra fértil, dio lugar a treinta y dos nuevas unidades educativas. Aquel esfuerzo, sostenido por una clara vocación de futuro, no pasó desapercibido: mereció al Ayuntamiento que presidía la concesión del Corbatín de Alfonso X El Sabio, distinción que reconocía no solo la obra material levantada, sino el firme compromiso con la educación como piedra angular del progreso.

Rememoraba con satisfacción numerosas actuaciones de gran relevancia que llegaron a culminarse, entre ellas la desviación del Barranco de Dolores hacia el de las Nieves y su posterior canalización, lo que permitió eliminar por completo el riesgo de inundaciones en la ciudad. A partir de esta intervención, se impulsaron otras obras destacadas como la construcción del Puente del Roque, que conectó esta zona con el núcleo urbano; la apertura de la calle de El Pilar; la edificación de veinticuatro viviendas municipales en Mirca y de cincuenta en la Barriada de Santiago; la urbanización de la Explanada del Puerto; la elaboración del Plan General de Ordenación Urbana; y el diseño del proyecto de la red de alcantarillado, entre otras muchas e importantes iniciativas.

Del último año de su mandato, con motivo de la Bajada de la Virgen de 1970, se conservan los edictos publicados en la prensa provincial. Cara a las que serían sus últimas Fiestas Lustrales como edil, hizo público, entre otros, el siguiente bando: «El próximo día 14, darán comienzo en esta capital, los festejos de la Bajada de la Virgen, que finalizarán el día 28 del actual mes de junio. Con tal motivo, espero que todo el vecindario, sin excepción alguna, procedan, a partir del mismo día, a iluminar y engalanar las fachadas de sus domicilios, hasta la finalización de las Fiestas, con lo cual colaborarán eficazmente a dar un mayor realce a la Bajada de la Virgen. Santa Cruz de La Palma, 9 de junio de 1970. El Alcalde. Gabriel Duque Acosta». A su juicio, buena parte de las dificultades que rodeaban la organización de las Fiestas Lustrales podrían haberse resuelto mediante la creación de un Patronato que trabajara de forma continuada a lo largo del quinquenio, al estilo de las comisiones falleras. No le faltaba, desde luego, visión de futuro: su planteamiento parecía anticipar el modelo organizativo que, con el tiempo, terminaría consolidándose en estos esperados festejos patronales. Porque si bien unas fiestas de corte estándar resultan más sencillas de planificar, suelen hacerlo a costa de diluir su esencia. Para él, la clave residía en no perder nunca el vínculo con lo genuino: acudir siempre a las raíces, a lo tradicional, a lo auténtico, como fuente de identidad y sentido.

Su profunda devoción por el Arte lo llevaba a celebrar con entusiasmo cada logro en ese ámbito. Así ocurrió cuando se consiguió una partida económica destinada a las primeras fases de restauración del pórtico de la parroquia matriz de El Salvador, de las Casas Consistoriales y del Castillo Real de Santa Catalina. Del mismo modo, vivió con especial ilusión la llegada a la ciudad de la II Campaña Nacional de Teatro con la Lope de Vega, así como el ciclo de arte dramático protagonizado por la compañía de Nuria Espert. Y como esos, tantos otros momentos que fueron tejiendo, uno a uno, su compromiso apasionado con la cultura.

Casa del médico palmero Gabriel Duque

El arte de volar: pasión por el aeromodelismo. Sin embargo, estas facetas políticas quedaron en un segundo plano frente a sus verdaderas pasiones: la medicina, sus pacientes y las múltiples aficiones a las que se entregaba con entusiasmo. Esta amplitud de miras lo llevó a impartir numerosas conferencias sobre asuntos tan variados que sería complejo enumerarlos. En este sentido, el cronista de la ciudad, Manuel Poggio Capote, señala que Gabriel poseía una sensibilidad exquisita, reflejada en su profundo amor por la música clásica, la literatura y el aeromodelismo. Sin embargo, fue en esta última pasión donde su talento se elevó con mayor fuerza: alcanzó una maestría y un saber tan precisos como admirables.

Varios de sus amigos, también apasionados del cielo, evocan la figura de Gabriel Duque como el impulsor incansable, presidente y auténtico corazón del primer Club de Aeromodelismo Federado de La Palma. Aquel proyecto alzó el vuelo a las 11:00 de la mañana del 7 de julio de 1981, en el Aeropuerto de Buenavista, en Breña Alta, donde un puñado de entusiastas —aficionados entregados, directivos comprometidos y socios de la Sociedad de Aeromodelismo «Virgen de las Nieves»— se unieron para dar forma a un sueño compartido: conquistar el aire a escala, con ingenio, pasión y espíritu pionero.

Un domingo cualquiera —recuerda otra fuente—, mientras Gabriel y él volaban aeromodelos en el Aeropuerto de Buenavista, apareció un extranjero que pronto reveló ser un ingeniero óptico inglés, llegado a la isla para ajustar los espejos del telescopio Herschel. También era aeromodelista, y al conversar con Gabriel elogió su dominio del inglés. Gabriel, con su habitual sonrisa pícara, respondió que «el método Berlitz era la leche». Al notar la experiencia del visitante, cedió uno de sus aviones «a la altura de tres errores». Lo que siguió les dejó sin palabras: el ingeniero ejecutó una impecable tabla acrobática, algo nunca visto con un avión de entrenamiento. Luego, con su clásica flema británica, sugirió reforzar las alas con seis gomas en lugar de cuatro.

La conversación derivó hacia el motivo de su visita y, al escuchar a Gabriel hablar con sorprendente soltura sobre óptica y astronomía, el inglés, intrigado, le preguntó por su profesión. «Soy médico», respondió con la misma sonrisa socarrona. El asombro fue inmediato. Más aún cuando le explicó que devoraba mensualmente una montaña de revistas sobre medicina, aeromodelismo, electrónica, mecánica o fotografía, que analizaba y retenía con una lucidez extraordinaria. La charla terminó con un cálido apretón de manos y una confesión sincera del ingeniero: pocas veces había encontrado a alguien fuera de su ámbito capaz de manejar con tanta brillantez conocimientos tan complejos.

Radioaficionados palmeros

Lecciones desde tierra firme: ciencia y humildad. En diciembre, con motivo de la Patrona de la Aviación, Nuestra Señora de Loreto, se celebraron varios actos memorables, entre ellos una insólita exhibición de aeromodelismo en el Aeropuerto de La Palma en Villa de Mazo. Pero uno de los momentos más impactantes fue la brillante conferencia de Gabriel sobre la teoría del vuelo. Recorrió con soltura la ingeniería aeronáutica, el diseño de los aviones y las técnicas de vuelo, dejando a todos impresionados. Al terminar, el añorado Agustín Henríquez «Varsovia», aún asombrado, le preguntó si alguna vez había pilotado un avión: hablaba con la precisión de quien ha estado en cabina. Con naturalidad, respondió que no, que todo lo había aprendido en libros «maravillosos» que lo explicaban al detalle. Entre risas, Agustín lo invitó a volar en la avioneta del Aeroclub; Gabriel agradeció el gesto, pero con su ingenio característico sentenció: «Habría sido piloto si en el cielo no hubiera ni una nube, y marino si el mar fuera siempre un plato». Rechazó la invitación con elegancia… y propuso que llevaran a su sobrino. Y así fue.

Los viernes por la tarde eran sagrados: el grupo de amigos del aeromodelismo —con Gabriel, fundador en 1981 y alma de la Sociedad Virgen de las Nieves— hacía parada obligatoria en la tienda de Manolo, la «Juguetería Tere», epicentro de la afición en La Palma. Al cerrar, la tertulia continuaba en el Bar Melo, entre conversaciones vivas, casi siempre sobre aeromodelismo, donde Duque compartía con entusiasmo las últimas novedades que leía en revistas americanas, inglesas y españolas.

Pero una tarde el rumbo cambió hacia otra de sus grandes pasiones: la música. Habló de clásica y ópera con devoción, y terminó desgranando, con asombrosa precisión, cómo se afina un piano. La escena fue reveladora: mientras explicaba, el silencio crecía y, sin darse cuenta, se había formado un pequeño círculo de gente alrededor, cautivada por su forma de transmitir y su conocimiento... Otras de sus pasiones fueron la radioafición, la acuariofilia, la mecánica o el montañismo.

Carné de montañero

Grupo de montañeros palmeros

Otras actividades. Precisamente, el Grupo Montañero de La Palma, creado en 1967, tuvo como primer presidente al recordado médico, quien figura como socio número 1 en una ficha firmada el 19 de febrero de ese mismo año. Uno de los principales artífices y verdadero impulsor de la formación de este grupo fue también el recordado fotógrafo Miguel Bethencourt Arrocha, entusiasta animador de las primeras actividades del colectivo. Bethencourt ya realizaba sus habituales excursiones —especialmente a La Caldera— desde mucho antes de la creación de la agrupación.

El radiooperador palmero Aurelio Rodríguez Concepción (EA8AIN) afirma que el padre de Gabriel, Dionisio Duque, fue el introductor de la radioafición en La Palma. Asimismo, habría sido el primer radioaficionado de la isla, con el indicativo EA8AK, y fundador de la delegación de la URE (Unión de Radioaficionados Españoles) en La Palma, lo que explica su profundo conocimiento en este ámbito.

También dedicaba tiempo a la acuariofilia, una afición —y en muchos casos también disciplina— dedicada a su cuidado y mantenimiento, donde se recrean ecosistemas acuáticos con peces, plantas y otros organismos. Va mucho más allá de tener un simple acuario decorativo: implica comprender el equilibrio biológico del agua, la compatibilidad entre especies y las condiciones necesarias para que la vida prospere. En cierta época, se extendió un problema grave: una enfermedad provocaba que los peces perdieran las escamas hasta acabar muriendo, generando alarma entre aficionados de varios países. Las revistas especializadas recibían numerosas consultas desesperadas ante aquella mortalidad. Decidió investigar el fenómeno con rigor. Tras un estudio detallado, elaboró una especie de «fórmula magistral» que no solo frenaba la pérdida de escamas, sino que además fortalecía a los peces, resolviendo de forma sorprendente el problema. Su aportación tuvo tal impacto que una de las revistas del sector, que otorgaba premios anuales a sus suscriptores, le concedió un Accésit de Honor. Un reconocimiento que reflejaba cómo su curiosidad y capacidad de análisis iban mucho más allá de cualquier afición puntual, llegando incluso a contribuir al bienestar de miles de acuarios.

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