Allá, a lo lejos, en estos mismos momentos en los que expectantes y muy ansiosos nos encontramos todos, por falta de luz, algo suena y el hombre y el perro muy atentos se ponen. Y es porque allá nuestros oídos están al escucharse los lastimeros, monótonos y continuos ladridos de un hambriento o enfermo perro que herido o sin cenar se quedó esta noche... Y entre lamento y lamento, a intervalos, se produce un inesperado y prolongado silencio... Mas, al momento, rompiendo ese silencio, llega también hasta aquí, ahora, y en medio de ese silencio, desde abajo, desde la misma orilla del mar, el triste, lánguido y continuo graznido de una pobre pardela que, posiblemente, ha perdido a su pareja entre las olas del embravecido mar, y quizás también a alguno de sus pequeños hijos o hijas. Ella presiente que nunca más los volverá a ver...
Todos estos momentos de sentidas emociones y de profundas vivencias, de vida y de muerte, son como un presagio indicador de que ya muy lentamente, y silenciosamente, va muriendo este día que nunca más volverá, y en sustitución él enviará a su hermano… ese nuevo día que nos llega, cargado se ilusiones y deseos, y que solo sabremos cómo terminará cuando termine... La mortecina luz diurna que el sol nos deja se va apagando, va muriendo muy lentamente, y sin prisas y sin ganas desaparece tras aquellas lejanas y altas montañas; y poco a poco, sin aviso alguno, le viene detrás, sustituyendo, y también sin prisas, las enormes y oscuras sombras de esta larga y fría noche invernal.
"Sí, lo dije bien", repitió el abuelo Juan, “la larga noche”, la cual, va muy de mano, con su eterna y inseparable compañera, “la oscura y muy negra oscuridad”. Y aquí, en nuestro espacio vital y vivencial, donde la vida discurre, tan lenta como discurrió ayer, nosotros muy enfadados continuamos todos porque, en este lugar de nuestra querida isla, hace ya muchos, muchísimos días, se nos ha ido la tan ansiada luz eléctrica y, esperanzados, mirando a la lámpara del techo, estamos todos, un día sí y otro también, y la luz no llega… no llega...
Caminando, paso a paso, con su bastón en la mano, va el abuelo Juan por esos rurales caminos, cabizbajo, triste, aburrido y sin rumbo, como el que camina solo por caminar... Así va el abuelo Juan ahora... Se acerca porque allí, sentados en el viejo banco de la plaza del pueblo, están sus amigos, los de siempre, y al abuelo cariñosamente saludan. En animada conversación, le dicen unos y le repiten otros muchos, que quieren hablar al mismo tiempo, que el pasado temporal de agua y de horrible viento, que sin piedad alguna asoló esta parte de la isla, se entretuvo destrozando muchas torres eléctricas y, consecuentemente, también algunos de los transformadores fueron pasto de las llamas. Razón esta, le dicen, por la que los vecinos de esta parte apartada de nuestra palmera isla, donde yo y tú, lector, vivimos aquellos inolvidables días, obligados por la necesidad nos vimos en las oscuras noches cuando por los caminos andamos; y ahora no nos veíamos, pero nos reconocíamos porque la voz y el bulto nos delataban.
Así que, obligados por las circunstancias del momento, para seguir viendo lo que queremos ver hemos tenido que, urgentemente, echar mano de aquellos antiguos artilugios que tanto tiempo usaron nuestros antepasados, o quizás nosotros mismos, cuando niños éramos, si es que entonces queríamos estar medianamente alumbrados durante las frías noches de este crudo y casi interminable invierno; igual al que ahora, en estos momentos, tú y yo atravesándolas estamos otra vez... El quinqué, la palmatoria, el candil y algún trozo de vieja vela, ahora, han resucitado y, obligados por la necesidad del momento, han salido de su dormitorio, del cajón del olvido, de su oscuras esquinas, estos y otros utensilios hoy puestos al servicio de las campesinas familias, de los queridos vecinos de nuestro familiar entorno. Consecuentemente, como decíamos, sin luz eléctrica estamos tú y yo, el abuelo y su familia, soportando estoicamente el mucho, muchísimo frío que a esta hora en la que, según anuncia nuestro viejo reloj de la pared, muy pronto la negra noche se nos viene ya encima...
¡Jo! Parece que nos oyó y ya está aquí otra vez esa negra y oscura oscuridad, dispuesta a sustituir a la brillante y alegre diurna luz. Ahora, sin luz, todos son oscuros bultos, muchos altos fantasmas y enormes negras sombras que evocan, una y otra vez, a imaginarios fantasmas irreconocibles y, por ello, fantasiosas, sospechosas y temerosas o desgreñadas brujas... Lentamente para unos, y muy rápido para otros, pasan los días y las noches, y nosotros sin luz seguimos... Obligatoriamente hay que volver a encender la luz de la vela de nuestra vieja palmatoria para poder ver todo lo que ahora, en la oscuridad, todavía está ya que entre nosotros se ve todo oscuro, muy oscuro, casi diría yo... "Todo lo que nos rodea y existe, en las frías y desdibujadas tinieblas del invisible mundo oscuro está", decía el abuelo.
Pero, ¡ay!, "ahora, a pesar de encender la luz de esta vieja palmatoria, nada podemos ver con la claridad que yo esperaba", piensa el abuelo, ya que la luz de su palmatoria se ve ahora, desde los ojos modernos, muy pobre, pero muy pobre... Porque nuestro cerebro la compara con la eléctrica, que ahora, por desgracia, desaparecida está... Tan pobre era aquella luz que casi no se veía nada de nada, o acaso solo bultos y más bultos, grandes y chicos, entre indefinidas formas...
